El guardián de las hogueras

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Reinaldo es un bibliotecario de una ciudad aislada junto a un río caudaloso en la que nadie excepto él sabe leer. Las horas de los libros sirven únicamente para avivar el fuego de las hogueras que cercan la ciudad y la protegen de los mosquitos, transmisores de una extraña enfermedad.

Aquellos que enferman son expulsados de la ciudad. Un comité científico certifica su contagio y, ante el silencio de los ciudadanos, la Policía los obliga a cruzar las hogueras y remar hasta la otra orilla del río para no volver.

En la ciudad no se habla del pasado. La escritura se prohibió hace mucho tiempo y todos los saberes se fueron perdiendo. Sus habitantes viven dócilmente sometidos a la voluntad de las autoridades: el médico, la gobernadora, el jefe de Policía. Nadie se rebela ni trata de escapar.

Reinaldo empieza a cuestionar las costumbres de la ciudad y el conformismo de sus ciudadanos cuando se acerca el momento en que su hija, a punto de cumplir los trece años, tiene que superar la ceremonia de adultez: deberá pasar una noche entera en un recinto cerrado rodeada de enormes arañamonas. Solo entonces empezará a pensar que es posible traspasar los límites.

ANTICIPO:
Ellos viven del otro lado del rió. Los mandamos allí cuando detectamos los primeros síntomas. Nuestro médico, Nelson Doctor, certifica la enfermedad: echa su aliento fétido sobre el estetoscopio, lo frota con un trapo de algodón.

—La pulcritud es fundamental —dice, y yo no puedo evitar mirar de reojo las uñas negras de sus pies.

Coloca el aparato sobre el pecho del enfermo y pide silencio. Mira al paciente a los ojos y dice lo que todos sabemos:

—Sí, sin duda, está enfermo.

Todos en la ciudad hemos visto alguna vez esta escena. Yo la vi decenas de veces y siempre sentí dolor. El enfermo bizquea. Primer e inequívoco síntoma de contagio. Solo debe cumplirse el ritual: el médico debe confirmarlo. Nelson se presenta siempre con paso nervioso, acompañado por su hijo, que heredará su estetoscopio y, con él, su oficio. Junto a él está también, para hacer frente a cualquier contratiempo, Washington Poli, que sostiene un garrote con la mano derecha y se agarra los testículos con la izquierda.

—SÍ, sin duda, está enfermo —dice el médico.

Washington coloca su manaza en el hombro del enfermo. No hay peligro de contagio y se muestra delicado, aun compasivo. Lo empuja levemente y le da una orden tímida:

—Vamos a la canoa.

El enfermo no trata de resistir. Sabe que no tiene otra opción. Washington Poli sabe ser brutal si se tercia, y sus secuaces no le van a la zaga. Asume entonces que debe subir a la canoa y remar hasta la otra orilla, donde mueren o sobreviven quienes han contraído la enfermedad.

La noticia viaja velozmente y toda la ciudad está en la calle, todos los vecinos se acercan a la orilla y despiden en silencio al enfermo, que suele mantener un porte digno, aunque su mirada estrábica no le permita mirar al frente. Solo se oyen algunos sollozos de sus familiares, pronto sofocados por los murmullos de desaprobación de sus vecinos.

Solo el enfermo cruza las hogueras. Varios hombres, apostados junto a ellas, apoyan ambas manos sobre sus arcos. No los cargan porque saben que es improbable que el enfermo intente volver. Las flechas siguen en el carcaj. Se oye el chapoteo de los remos y algunas miradas tratan de atravesar la humareda para ver la trayectoria de la canoa. Algunas veces se oye cantar a los remeros: hay quien dice que eso demuestra que las fiebres y el delirio ya han empezado. Pero toda esta expectación dura poco, a lo sumo un par de horas. Mañana el enfermo formará parte del pasado: nadie hablará más de él. El pasado no cuenta en la ciudad.

La otra orilla queda tan lejos que casi nunca podemos verla desde la ciudad. Solo de noche, a veces, hay quien dice observar el resplandor de una hoguera que parece flotar en el aire, a lo lejos. Puede que no todos hayan muerto. Puede que algunos sigan allí, del otro lado. A nadie parece importarle.

Debo levantarme cada día antes del amanecer. Mi primera tarea, antes de que la oleada matinal de mosquitos pueda penetrar en la ciudad, es comprobar que todos los hombres y todas las mujeres a mi cargo —cuarenta y ocho en total, ahora— estén ya en sus puestos. Nunca falta nadie.

Enciendo mí antorcha y me dirijo primero por la Avenida Central a las hogueras del este, en la Calle Cuatro. Después sigo por esta misma calle mientras los centinelas avivan el fuego a mí paso, -Buenos días Reinaldo-, -Buenos días, Carlos, Antonia, William, Hugo-. La cortina de humo se hace más densa, cruzo la Avenida Presidente Chávez y llego a la orilla del río donde la historia se repite, aunque por ser esta la zona de máximo riesgo las hogueras son allí mucho más altas y la humareda más espesa. Sigo por la Avenida hasta la Calle Once y superviso las hogueras del oeste hasta la Avenida de la Libertad. A unos veinte metros de la avenida se alza ya el humo de las hogueras del sur, y cuando saludo a los hombres, «Buenos días, Georgina, Eladio, Inglés, Basilia-, ellos lucen ya la sonrisa del deber cumplido, -Ya prendimos-, dice Eladio, -Ahora solo nos falta el papel pintado-, añade. Arranco algunas páginas del libro y se las entrego.

Aún no clarea cuando llego a la Plaza Mayor. Introduzco la llave que llevo colgando del cuello en la cerradura de la puerta de la Biblioteca Provincial, que chirría sobre sus goznes oxidados.

Los muros de la biblioteca están vacíos. Primero quemamos los libros, después los estantes de madera: no se desprecia nada combustible. Solo al fondo, en la pared más alejada de la entrada, quedan dos o tres hileras de libros. No habrá más de dos mil, presumo. Dentro de cinco años, seis como máximo, la última letra impresa en papel habrá desaparecido de la ciudad. A Manuela Alcalde, la Gobernadora, solo le importa encontrar un nuevo repelente para mosquitos, pero el Comité Científico —con Nelson Doctor al frente— no parece mostrarse tan preocupado.

Con la yema de los dedos acaricio los lomos de los libros, algunas veces los muevo, los ordeno de otra manera, imagino que son personas condenadas a muerte y que ese movimiento es su última voluntad, ensayo combinaciones algunas veces azarosas, otras obedeciendo a criterios varios: orden alfabético, tamaño, gradación de colores. Hoy procuro conseguir que los títulos de los libros, enlazados, formen una frase, un texto completo. Así empieza:

Amigos que no he vuelto a ver Viven Una buena temporada Una temporada en el infierno

El primer hombre El hombre invisible El hechicero El lector El dueño del secreto La amaba

Amado monstruo Una mujer difícil


Pronto me siento cansado, abatido, sin fuerzas para seguir moviendo todos esos volúmenes, y, después de escoger un libro para mañana, me tumbo en el suelo y apoyo sobre él la cabeza, las baldosas están frescas a estas horas. Veo el techo desconchado, las grandes manchas grisáceas de humedad, los cristales rotos de la claraboya por donde el agua entra a voluntad cuando llueve, las astillas amontonadas junto a la enorme puerta. A veces siento que el edificio está vivo, que la biblioteca va a derrumbarse sobre mi cabeza cuando saque el último libro del último estante, por eso le hablo con voz suave y me excuso. «Es mi obligación", digo. "Eso mismo decía tu abuelo», responde. "Vosotros, los que debierais salvarme, sois mis verdugos." O eso sueño, porque me quedo dormido. Me despierta un rayo de sol sobre los párpados: es casi mediodía. Me levanto penosamente —ya hace tiempo que mis rodillas se parecen a las bisagras de la puerta de este edificio— y me dirijo, cruzando la Plaza Mayor y esquivando por lados alternativos los socavones de la Calle Ocho, a mi casa. Debo preparar la comida para Flora y para nuestra hija María, que ha crecido demasiado deprisa.

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