El guerrero místico

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Tres mundos distintos, vinculados por los sueños…

En uno, las hadas padecen una guerra contra devastadora contra huestes de centauros y sátiros. En otro, goblins diminutos escarban en las ruinas de gigantescas máquinas abandonadas por una raza de titanes desaparecidos.

Y en un tercer mundo, humanos y enanos viven gobernados por cinco dragones inmortales que mantienen la paz eliminando a los dementes de la sociedad.

Galen Arvad, un joven herrero, oculta a su esposa y a su amigo enano, Cephas, un secreto terrible. Por la noche se ve acosado por sueños de una mujer alada, un goblin y un misterioso desconocido. Y durante el día oye hablar a los objetos. Incapaz de ocultar sus excentricidades a los monjes, Galen es hecho prisionero y enviado al exilio.

Una vez entre los otros locos, Galen Arvad se ve obligado a aceptar que su supuesto mal es una señal de que posee poderes mágicos capaces de tender puentes entre los diferentes reinos. ¿Podrá Galen aprender a usarlos antes de que lo destruyan los monstruos que gobiernan su mundo?

ANTICIPO:
La herrería

La herrería de Galen se encontraba a mitad de camino entre la calzada de la playa y el extremo superior del Procesional de Vasska. Era una tiendecita modesta colocada entre otros comercios situados a lo largo de aquella calle adoquinada. El Procesional, como lo denominaban los habitantes de la ciudad, no era la única calle de la población que tenia riendas, pero sí era la más popular.

En aquellos momentos, mientras empezaba a amanecer, la calle estaba extraordinariamente tranquila. Las galeras de pesca permanecían atracadas en los muelles, olvidadas por una vez sus salidas a alta mar con las primeras luces. Las calles aparecían notablemente desiertas para la hora que era. El humo estaba ausente de la chimenea de la tahona. El martillo del tonelero permanecía silencioso. Únicamente los graves sones de las trompas del Kath-Drakonis rompían el desacostumbrado silencio.

Cada establecimiento era un único y asombroso homenaje a las fuerzas de la ciudad que lo configuraban. Cada uno se esforzaba por conseguir un equilibrio entre una individualidad reconocible y una agradable familiaridad. Era un equilibrio imposible de obtener, pues las distintas influencias que pretendían dar a esas naturalezas salvajes cierta imagen de perfección ideal habían engendrado una ciudad que era un colosal batiburrillo.

Benyn era, antes de nada, una ciudad costera con una modesta flota pesquera. Los navegantes sensatos que se instalaban allí -donde el brazo Claris del río Whethril desaguaba- tenían la esperanza de un magnífico futuro siempre y cuando no sucediera con demasiada rapidez y no alterara su modo de vida. Aquella aparente incoherencia no llamaba la atención de nadie. Así de paradójica era la vida en Benyn

Tampoco era el mar la única influencia sobre la ciudad, pues en épocas remotas el Imperio Rhamas había incorporado Benyn a su poder así como su ruina, junto con todos los territorios del Lomo del Dragón A lo largo de roda aquella era legendaria, Benyn se habla esforzado en no llamar la atención de los Emperadores Dementes, cuyos nombres eran terribles, pero que se encontraban gratamente lejos. Cuando los cinco Reyes Dragones derrocaron la tiranía de los Rhamas, el poder del imperio decayó en la zona, dejando que el Lomo del Dragón se valiera por si mismo. La retirad, dejó a Benyn con un conveniente lenguaje común al de gran parte de la región. Y sobre las ruinas del fracaso apareció el Pir Drakonis: una teocracia que trajo una nueva ley a las poblaciones desperdigadas y destrozadas de las orillas del mar de Chebon

Los teócratas del Pir Drakonis ayudaron y entorpecieron simultáneamente el cambio. El «Pueblo del Dragón», era exigente, y para una humanidad derrotada y cansada de la guerra, el orden que trajeron fue la salvación A partir de entonces, se convirtieron en el único gobierno que conoció el pueblo de Benyn. Los fundamentos de 1, religión pir penetraron profundamente en un suelo tan fértil, alcanzando todos los aspectos de su vida cotidiana, gobierno y culto.

De ese modo la singular configuración de Benyn quedó forjada mediante el fuego, el agua y el aliento de dragón. Su arquitectura era una mezcla de carpintería de barco, cantería rhamasiana e iconos del Pir Drakonis.

El establecimiento de Calen era como todos los demás de la calle. Compartía una pared norte común con la rienda de reparación de redes de Darlyse Kensworth, pues casi todas las tiendas tenían al menos una pared colindante, y la mayoría compartían pared por ambos lados. También poseía un segundo piso en cuyos aposentos, parcamente amueblados, Galen había vivido hasta hada poco más de un ano. Las formas de los tejados de aquellas riendas adyacentes recordaban botes volcados con las largas tablas recubiertas de cal descendiendo en amplias curvas desde la quilla convertida en caballete, hasta Ilegal a los aleros. A los vecinos les agradaba bromear diciendo que si alguna vez el pueblo quedaba bocabajo, podría flotar. Aquellos tejados estaban sostenidos por columnas de piedra empotradas -herencia de los diseños rhamasianos- que enmarcaban paredes algo más delgadas de piedra, madera o yeso. Todo, desde la cumbrera del techo hasta las piedras angulares de sus pilones, estaba adornado ahora con iconos de Vasska; el Rey Dragón que ocupaba cada aspecto de las vidas de aquella gente.

Los ojos sin vida de las tallas de dragón contemplaban con fijeza las puertas de las tiendas del Procesional. Todas estaban cenadas, excepto una. La parte delantera de la herrería de Galen estaba abierta. Vaciados en hierro de los innumerables aspectos de Vasska hacían de centinelas; sus complicadas facciones, finas y detalladas. Ambas paredes estaban cubiertas de más adornos de hierro colado en tamaños más reducidos, entremezclados con herramientas de todos los oficios.

Un cono tramo de escaleras conducta a la, ligeramente más elevada parte trasera de la tienda. Allí colgaba acero reluciente, el más brillante de toda la Gran Ensenada. Ni siquiera las piezas forjadas procedentes de Cabo Hadran -importadas de la misma Hrunard- podían compararse con su pureza y resistencia. Sin embargo, aquella exposición, por lo general amplia y variada, aparecía terriblemente reducida. Las compras de los regalos para el Festival habían dejado su huella en las existencias de Galen, al tiempo que se consignaban en el grueso libro encerrado en la caja fuerte, al otro extremo de la habitación.

La parte posterior de la tienda quedaba aislada del resto del mundo por una pared de hierro sin ventanas. Más de un niño había pensado que habría al otro lado de la pared, contándose historias unos a otros, durante la noche, sobre bestias espantosas y monstruos, encadenados allí para servir al aparentemente amable Galen. A los adultos les divertían aquellas historias y sabían muy bien lo que había allí. No era más que el corazón oscuro y ardiente de la tienda: la fragua de Cephas.

Al ser una herrería, el establecimiento poseía algunas características singulares, y ninguna resultaba más peculiar que aquella fragua. El fuego era el mayor amigo y temor en Benyn: una fuerza que convenía respetar y controlar cuidadosamente. El calor de su llameante horno podía fusionar el carbón y el hierro de los montes Shunard no sólo para conseguir cualquier clase de acero, sino el acero especial por el que era famosa aquella herrería; pero aquel mismo calor podía, si se descontrolaba, asolar toda la población y poner fin a su larga y sosegada historia, y, por ese motivo, la fragua, fuelle y horno estaban situados allí, en la parte trasera.

En aquella tenebrosa oscuridad, la fragua resplandecí» con un rojo intenso. Las ascuas del trabajo del día anterior se hablan sosegado durante la noche hasta adquirir una seductora calidez.

Allí, junto a la forja, se sentaba el viejo enano Cephas, con los ojos cubiertos con una tela.

Cephas dormía en el suelo, entre el horno y el fuelle, no obstante los repetidos ofrecimientos de Galen de una cama y habitaciones encima de la tienda. Necesitaba sentir el calor de la fragua, le explicaba él, muy educadamente, cada vez, y saber que la piedra lo esperaba cada mañana Con la llegada de cada amanecer, el enano se alzaba del suelo y cambiaba metódicamente las múltiples capas de tela que cubrían sus ojos. Sólo entonces se atrevía a aventurarse fuera de la seguridad de su fragua, negra como el carbón, para salir a la parte delantera del establecimiento, dar la vuelta a la llave y abrir los postigos de las puertas al Procesional antes de volver a retirarse al interior de la fragua.

Cephas posó la mano sobre la forja y el horno durante varios minutos, considerando su temperatura y el trabajo que lo esperaba aquel día. Una vez satisfecho, inició lentamente el proceso de reanimar la fragua. Se movía por la estancia con pasos seguros, pues, aunque ciego, conocía aquella habitación como únicamente un herrero enano podía hacerlo. Recogió el carbón de la carbonera, lo repartió en cantidades exactas y a continuación regresó junto al horno.

Mientras tanto, se dedicó a hablar consigo mismo. Era una costumbre de la que no era consciente y que incluso negaba cuando Galen le regañaba al respecto. «De todos modos -argüía para sí- cuando uno está solo, no puede ser muy exigente respecto a con quién mantiene una conversación.»

-La temperatura va bien… -dijo a las tinieblas-. Hoy el acero será bueno. ¡Hola, mí querido fuego oscuro!

Alargó la mano, y dio unas palmaditas al horno.

-Se una furia hoy, buen amigo. Hay demanda de este arte en el ancho mundo.

Accionó el fuelle, colocando con cuidado carbón nuevo sobre las viejas brasas, insuflando otra vez llameante vida al horno. El calor se elevó rápidamente en la mal ventilada habitación, pero Cephas gozó con ello.

-¡Aquí tienes algo de desayuno, preciosidad! -rió para si, añadiendo hierro a las brasas mientras accionaba el fuelle-. ¡Ya está en el horno! ¡Saldrá puro y hermoso! ¡Digno de mí, ya lo creo! ¡Digno de mi clan! ¡Digno de mi nombre, ya lo creo!

Su clan.

Se quedó silencioso al pensar en él, como le sucedía siempre, aunque jamás perdía el ritmo de su trabajo ni permitía que su mente se desviara demasiado de la forja. Se preguntó dónde estaría su clan en aquellos momentos. ¿Que pensarían del viejo y loco Cephas, paseándose ciego bajo la luz? ¿Comprenderían su huida? ¿Aceptarían lo que había hecho?

Los pensamientos siempre se entrelazaban hasta alcanzar la misma conclusión; jamás lo sabría. Jamás podría regresar junto a ellos para averiguarlo. Cephas estaba muerto para ellos… o al menos eso esperaba.

-No, señor-rió entre dientes- Sólo soy un enano ciego que se pasea por el mundo. A lo mejor iré a ver los montes Shunard. Tal vez cruzaré el Lomo del Dragón. Quizá contemplaré las aguas de Palatina de noche si las nubes ocultan las estrellas y las lunas. Puede que también cruce sus aguas.

El acero que acumulaba en el fondo del horno estaba casi listo.

-Sí -dijo Cephas con una sonrisa-, aún queda mucho mundo para que lo contemple un enano ciego.

Era una letanía que se recitaba a menudo, pero en el fondo sabía que jamás abandonaría a Galen. Aquel extraño era más que un amigo para él. Galen era un buen artesano con la forja y un herrero magnífico según los criterios humanos. De todos modos, había algo de indefensión en Galen, ya que el muchacho parecía saber mucho más sobre el trabajo de herrero que sobre la vida. El enano había llegado a la forja de

Galen por accidente, tras desembarcar de un buque atracado en Cabo Hadran. Había encontrado al muchacho trabajando en su fragua. Si bien el Joven poseía talento, era evidente que intentaba hacer más de lo que sabía. Cephas lo ayudó a forjar aquel día… y forjaron una amistad más fuerte que el acero.

Llevaban juntos cuatro años, y varias veces al año desde entonces, Galen le había ofrecido -exigido más tarde- que fuera su socio en el negocio. Pero en cada ocasión y sin perder la calma, el enano lo había rechazado. Ser un socio significaba que el negocio sería dueño de una parte de él, había respondido, y todo lo que él deseaba era ganarse un jornal, practicar su arte y disfrutar de la compañía de su curioso amigo humano.

Cephas alimentó la fragua, sintió su calor en el rostro y luego se volvió hacia los bloques informes de acero que se enfriaban sobre una gran losa de piedra que había a un lado. Sintió el resplandor del calor y escupió sobre cada uno de los pedazos de acero en bruto, oliendo el humillo proveniente del chisporroteo de su propio escupitajo.

-¡Buen acero, ya lo creo!

Sonrió, luego extrajo uno de los pedazos con unas tenazas y se dirigió a la fragua.

-Este acero es un buen augurio -murmuró entre dientes-. Me pregunto que más se estará forjando este día.

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