El halconero

Aleric, el Halconero, es un joven campesino de la Bretaña francesa medieval que crece conociendo bien la miseria extrema y la brutalidad del mundo mortal. En los bosques aprende a comunicarse con las aves predadoras que los habitan y logra entrar al servicio del barón como halconero. Tras enamorarse de la hija de éste y ser desterrado por ello a luchar en las cruzadas, el Halconero cae en los brazos de la vampira Pythia que lo utiliza para alimentarse y para sus juegos eróticos. Convertido finalmente en vampiro, el Halconero descubre su verdadero destino: convertirse en el largamente esperado Mesías de la raza vampírica que partirá en busca del Sacerdote de Sangre.

ANTICIPO:
Era un día de niebla y malos presagios. El sol aparecía sólo en una suerte de aurora circular, como el contorno de un disco pálido contra el cielo blanco rasgado a jirones. Vimos a un búho que echaba a volar de los pantanos, como un fantasma entre la bruma, aunque ninguno de nosotros dijo una palabra acerca de ello. Una familia de mendigos se topó con nuestro caballo en el camino, y eso también era una mala señal, ya que se consideraba que los mendigos eran una plaga y el presagio de que tu suerte iba cambiar.

La niebla que nos rodeaba se volvía más espesa a medida que avanzábamos por el pantano. Mi señor dijo algo acerca de la tranquilidad del agua y de lo profunda que parecía para esa época del año. Miré hacia abajo desde la montura, y me pareció ver caras en el agua turbia a lo largo de la orilla del sendero. Cabalgamos juntos entre el Gran Bosque, yo en cabeza, inclinándome hacía atrás contra su cuerpo. Grité instrucciones al entrar en el camino verde que discurría sinuoso entre los árboles y sobre pequeñas colinas. La niebla disminuía a medida que nos adentrábamos. Su caballo saltaba por encima de troncos podridos y continuaba galopando por lo que una vez fue un camino, aunque estaba ya cubierto de helechos hasta el punto en que el bosque que nos rodeaba se volvía muy espeso. Entonces desmontamos y él se llevó el caballo lejos, para atarlo frente al final del sendero rocoso y tapizado de hierba que terminaba en un canal.

—Este bosque es peligroso —dijo—. Los lobos tienen hambre este año. ¿Habías llegado tan lejos antes?

Sacudí la cabeza, señalando un matorral de zarzamoras.

—Por ahí —indiqué—. Lo llaman la Puerta del Bosque.

— ¿Quiénes?

—La gente —contesté, a falta de una palabra más adecuada.

—Ah, los plebeyos —convino con una mueca—. ¿No tienen miedo de estos bosques?

—A veces, sí —respondí—, y a veces, no.

—Aquí viven algunos —anunció Kenan—. Están llenos de la antigua malignidad de los días anteriores a la caridad cristiana. Se dedican a la brujería.

Entonces la voz le cambió de tono, como si tuviese miedo de hablar así rodeado por los árboles.

—Mi padre me habló una vez de esas personas.

—Yo los he visto —confesé—. Pero no son demonios. Viven más humildemente incluso que mis hermanos y hermanas. Y aun así, en cierto sentido son más ricos que los reyes.

—Si viven en este bosque, son intrusos y cazadores —afirmó con severidad pero con cierto temblor en la voz.

Salté por encima de una piedra cubierta de musgo y entré en la oscuridad esmeralda mientras los árboles empezaban a ocultar el sol. Me corté un poco en los brazos y la cara con las zarzas.

Kenan sacó el cuchillo y comenzó a cortarlas. Éstas estaban plagadas de bayas púrpuras, frutos que siempre me habían dicho que no probase. Luego, más allá de ese centinela de la naturaleza, vimos la antigua pared de piedra. Mostraba más huecos en la estructura de los que tenía cuando yo era joven, y la abundancia de parras y helechos lo había devorado todo.

—No está tan lejos —le informé corriendo hacia la pared.

La escalé y salté. Una vez en el otro lado, observé los gruesos árboles y localicé el montículo que yo creía que era el pozo. Cuando Kenan y yo nos subimos encima, manifestó:

—Es un pozo del demonio.

Yo me puse a reír, y él me dio tal bofetada que me tiró al suelo. Frotándome la mejilla, lo miré desde abajo.

—Éste es el pozo del que he oído hablar —dijo—. Hace tanto que lo cegaron que pensaba que era sólo una leyenda. ¿Y dices que hay un grifo en el fondo?

Sacudí la cabeza y me levanté sin saber si me convenía volver a acercarme a él.

—Lo oí una vez. Gemía débilmente.

— ¿Quién te habló de eso?

—Ya te lo he dicho. Una bruja —repuse.

No me atreví a mencionar a Madre Morwenna por su nombre, ya que la Cristiandad y sus defensores no miraban con buenos ojos a los practicantes de las Antiguas Enseñanzas aún vivos.

—Ella vive aquí con su hijo, si la Muerte no se la ha llevado todavía.

Se inclinó sobre el montículo y comenzó a arrancar las parras de encima, sirviéndose del cuchillo para cortar las raíces de los árboles cercanos.

— ¡Ponte ahí! —gritaba—. ¡Chico, ponte ahí!

Hice lo que me decía y le ayudé a limpiar bien el pozo. Si hubo alguna vez un precinto para bloquear la salida, ya hacía tiempo que no estaba. Así que miramos hacia la oscuridad interior. Un hedor como nunca antes había percibido subía por el hoyo.

Como temiendo que se lo oyese, susurró:

— ¿Estás seguro de que hay un grifo?

Sacudí la cabeza y musité:

—Con alas muy grandes.

Entonces, para hacer una prueba, me incliné sobre el borde del pozo y grité

— ¡Grifo!

Observé la oscuridad profunda y pensé que si no podía probar la existencia del grifo a mi benefactor, me pondría boca abajo y me tiraría al pozo como castigo por mentir.

Pero mientras escuchábamos, desde las profundidades del pozo nos llegó un sonido.

Era un débil «oooo», y a continuación un chillido que realmente podría ser el gruñido de una gran ave.

Al día siguiente, Kenan organizó una expedición al bosque, conmigo, el capitán de la cacería, corriendo a pie por delante de ellos. Más que limitarse a cortar las zarzas de la Puerta del Bosque, trajeron antorchas en pleno mediodía y quemaron la mayor parte, intentando contener el fuego para que no se extendiese. Lo que había sido la Puerta del Bosque era un terreno desolado y ennegrecido con cenizas que todavía humeaban mientras yo caminaba por allí.

Empecé a pensar que me había equivocado al conducirlo hasta allí. Vi en los hombres que lo acompañaban una extraña sed de sangre. Tiraban con arco contra conejos y otros animales pequeños que encontraban, dejando a las criaturas moribundas donde estaban. Matar era un placer, algo que nunca comprendí dadas mi hambre y carencia de educación. Entonces, cuando alcanzaron la antigua pared, en lugar de saltar por encima se decidieron a atravesarla. Así, tuve que ayudar a algunos de esos hombres a derribarla. Era un trabajo pesado que me agotaba el cuerpo y la mente. Pero nos apresuramos y llegamos al pozo.

Kenan fue el primero en bajar del caballo, y hasta él se aproximó un hombre Joven que se acababa de casar. Se llamaba Reinald y había llegado de las tierras del sur para reclamar la dote y ascender en la escala social del barón. Sacó la red que había traído, además de un tridente de hierro que se usaba para provocar a leones, según nos dijo.

—Con esto controlaré a cualquier criatura —anunció con un gruñido apagado.

Reconozco que me impliqué y me emocioné cuando todos los hombres se reunieron y me ataron una cuerda alrededor de la cintura y hombros, además de otra entre las piernas, con un pequeño tablón haciendo las veces de asiento. El brillo en los ojos del cazador me dijo que habría una buena recompensa por capturar aquella bestia que pocos habían visto. Me pasó una antorcha y me avisó de que no me quemara. Iba a descender al fondo del pozo y ver en qué condiciones estaba el grifo; después me tirarían la red. La aseguraría alrededor de la fabulosa criatura, y luego ataría una de tas cuerdas a mi cintura y al lazo en el borde de la red.

—Usa el fuego si necesitas un arma —me recomendó Reinald.

Sólo entonces me asusté un poco por lo que quizá me esperaba, pero percibí el coraje y la bravura del grupo, y me di cuenta de que ése sería el momento que coronaría mi vida si salía airoso.

Bajé muchos metros. La luz de la antorcha iluminaba el oscuro descenso. Vi arañazos y símbolos extraños garabateados en las piedras musgosas y húmedas. El humo de la antorcha me hacía toser, y tenía que cogerla fuerte por miedo a que se me cayera. Me bajaban despacio, pero me pareció que habían pasado horas cuando llegué al fondo. Era fangoso, con quizá ni tres centímetros de agua. Levanté la cabeza hacia la boca, que semejaba una moneda blanca por encima de mí.

Lo que vi primero al mover la antorcha fue la amplitud del fondo del pozo; parecía una gran habitación redonda.

Vi a la criatura a un lado. La bestia estaba tumbada, acurrucada en un círculo, con las alas cubriéndole el cuerpo.

Eché un vistazo a los cazadores que estaban por encima de mí, pero tenía miedo de gritarles por si despertaba al grifo. Moví la antorcha como si fuese una bandera. Al hacerlo, la llama disminuyó. Quizá fuese la humedad lo que se llevaba al fuego, pero antes de poder hacer más que mirar a la criatura, la antorcha casi se había convertido en una débil brasa.

Entonces oí un silbido por encima de mí, y los gritos distantes de la partida de caza. Miré arriba y vi que caía una bola retorcida. Era la red. Me moví hacia uno de los recovecos cavernosos del pozo, y la red cayó, desenredándose ligeramente en el suelo húmedo. Me apresuré a recogerla, y me dispuse a desenmarañarla para atrapar a la criatura. Toqué algo afilado y duro con el pie, y miré abajo con la última luz de la antorcha. ¿Eran huesos? ¿Se habían quedado atrapadas con el grifo otras criaturas?

Entonces, temeroso de haberlo despertado, ya que había oído un ligero cascabeleo, miré hacia atrás, donde estaba la bestia entre sombras. ¿Estaba durmiendo? ¿Había muerto? No lo sabía. No estaba seguro, por más que no la oyese respirar. La antorcha se convirtió en poco más que una chispa, emitiendo una débil luz con la cual apenas me veía la mano frente a mi cara. Caminé lentamente hacia la criatura, pero en la oscuridad creciente parecía estar muerta. El hedor que había percibido era el olor sulfuroso de sus alas aceitosas.

Me llevó casi una hora ponerle la red alrededor, aliviado de que no se despertase. Incluso muerto, ese grifo sería un trofeo. Cuando conseguí pasarle fa red por la nariz, se apagó totalmente la antorcha.

Hice lo posible con las cuerdas, anudándolas en un tazo y ligándolo a la cuerda por la cual había bajado.

Cuando creía que estaba listo, di un silbido agudo. Al hacerlo, me pareció ver movimiento dentro de la red.

Los hombres comenzaron a tirar de la cuerda desde arriba, y fue rápido porque el grifo no era tan pesado como parecía.

Poco después cayó la cuerda, y alargué los brazos en la oscuridad para cogerla. Anudé el asiento y me até a él, y los demás me levantaron.

Al llegar al borde superior del pozo, vi que casi todos los hombres que me habían sacado estaban alrededor de la bestia, la cual seguía dentro de la red.

Mi señor tenía la cara blanca. Desenvainó la espada y la levantó.

Otros hombres cortaron la red.

Las alas no eran como yo pensaba. Había oído que los grifos tenían alas con plumas de halcón pero de oro, y muy brillantes. En cambio, éstas eran como de dragón, y parecían piel de una anguila sobre huesos arqueados. Además, las alas eran toscas, pero si, como decía la leyenda, esa bestia hubiese estado en el pozo tanto tiempo como los recuerdos de una bruja, sin duda se habría desgarrado el cuerpo en las rocas y la pared de piedra del pozo intentando salir.

El cazador dijo:

—Es el demonio en persona.

Miré a la criatura y miré a los demás, estupefacto. Eso no podía ser el demonio. No podía serlo. El hombre llamado Reinald echó hacia atrás un ala con la espada.

Bajo las alas enormes apareció el cuerpo de un hombre. Estaba seco y consumido, como un cadáver, y desnudo. Apenas le quedaba unos gramos de grasa, y parecía un saco de huesos. Pero al echarle atrás las alas, se le empezaron a abrir los ojos, y los labios, cortados, se le separaron ligeramente. Tenía los ojos de un blanco pálido, y por un momento le vi los dientes, que eran como los de un lobo.

Reinald desenvainó la espada con rapidez y la alzó sobre la garganta de la criatura, para a continuación dejarla caer con fuerza y separar la cabeza del cuerpo. Después hundió la espada en el pecho de la criatura, hurgando como si buscase el corazón. Sacó la espada sin que manara sangre, lo que me pareció más que milagroso. Era un espectáculo escalofriante de presenciar, y me atrevo a decir que todos sentíamos como si tuviésemos hielo en las venas en ese momento.

Entonces, Reinald lanzó la espada al suelo como si estuviese maldita.

Miró primero al cazador, y luego a mí, señalándome la cara.

—Nos has traído al Chacal del demonio, chico. Esto es una maldición.

Me quedé allí, temblando, confundido, hasta que el cazador se me acercó y me dijo:

—He oído hablar de esas criaturas, Halconero, pero no creía que existieran. Estoy seguro de que las guerras trajeron aquí a ésta desde el este junto con otras pestilencias. Es un demonio que trae plagas consigo.

—Creía que era un grifo. De verdad. Lo creía —me disculpé, sintiéndome como si hubiese cometido el peor crimen imaginable.

—Tenemos que quemarlo —concluyó Reinald mientras iba a coger una de las antorchas de sus compañeros—Luego tendremos que esparcir las cenizas para que no encuentre nunca el camino de vuelta del infierno.

Puso la antorcha en el cuerpo, introduciéndola en el pecho. La piel aceitosa de la criatura prendió con rapidez, y el fuego se extendió a las alas.

Rodeamos al demonio ardiente, que despedía un hedor mezcla de azufre y de carne de venado, y comenzamos a rezar el padrenuestro de rodillas.

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