El hombre de la arena y otras historias siniestras

ElhombredelaArena

La obra de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822) es el testimonio de un espíritu libre y vigoroso, de un agudísimo y perspicaz conocedor de las interioridades y resortes de la sociedad de su época, así como de la naturaleza humana. En todos sus escritos se respira esa bocanada de aire fresco característica del creador que explora por primera vez territorios no hollados. Hoffmann se enfrenta a la realidad siguiendo los cánones del Romanticismo: «Escribir (componer, crear) basándose sólo en la realidad vista con los ojos del alma, sentida con su tacto.» Lo «real», pues, no sería sino el conjunto de todo lo «visto» y «sentido» interiormente y no el feudo exclusivo de la razón común, eficaz a veces para expresarlo. Estas trece historias siniestras y nocturnas, de las que El hombre de la arena es la estrella, son, pues, producto de la descripción fiel de la realidad vista y sentida con el ojo del alma, que penetra e indaga más allá de las apariencias anticipándose al psicoanálisis para vislumbrar la cara oculta de la Naturaleza y de lo cotidiano. El leve estremecimiento placentero que sentimos al comienzo de estas «piezas fantásticas», algunas de ellas verdaderamente «góticas», se torna poco a poco en escalofrío, mezcla de terror y premonición, ante el desarrollo de los acontecimientos: lo cotidiano da paso a lo siniestro y la cara oculta de las pasiones humanas aparece ante el sorprendido lector desnuda, en su cruda y gélida intimidad.

ANTICIPO:
Empaquetado en una miserable silla de posta que hasta las polillas habían abandonado instintivamente al igual que hicieran las ratas con la embarcación de Próspero2, llegué al fin, tras un viaje desastroso, molido de cansancio, frente a la posada del mercado de G***. Todas las desgracias que hubieran podido sucederme habían recaído sobre mi coche, al que no había tenido más remedio que abandonar en la última posta medio destartalado. Por fin, tras varias horas, cuatro caballos macilentos y extenuados, con la ayuda de varios campesinos y la de mi criado, remolcaron hasta aquí la destrozada casa rodante; llegaron los entendidos, sacudieron sus cabezas y opinaron que era necesaria una reparación a fondo que muy bien podría durar dos, o tal vez tres días. La ciudad me pareció agradable y los alrededores pintorescos y, sin embargo, me asustó el pensamiento de aquella visita forzosa. Si alguna vez, amable lector, te has visto obligado a permanecer tres días en una pequeña ciudad donde no conoces a nadie en absoluto, donde eres un extraño para todos; si has experimentado el dolor que nace de la imposibilidad de poder comunicarte sin embarazo, entonces podrás comprender mi disgusto. En la palabra es donde primeramente se manifiesta el espíritu de la vida en todo lo que nos rodea; pero las pequeñas ciudades son como esas orquestas encerradas en sí mismas, que sólo saben interpretar bien su propio repertorio, mientras que cualquier nota ajena resulta discordante a sus oídos y en unos instantes la reduce al silencio.

Muy malhumorado, paseaba arriba y abajo por mi cuarto cuando me acordé de súbito de que un amigo, allá en mi tierra, que había pasado un par de años en G***, hablaba a menudo de un hombre muy culto y de ingenio que había frecuentado mucho durante su estancia en aquella época; incluso recordaba su nombre: profesor Aloysius Walter, del Colegio de los Jesuitas. Decidí ir a visitarle y utilizar para mi provecho aquella amistad de mi amigo. Me explicaron en el colegio que el profesor Walter estaba en clase, pero que faltaba poco para que terminara; me dijeron que, si lo deseaba, podía volver en otro momento o esperarle en las salas exteriores. Elegí esto último. En todas partes, los monasterios, los colegios, las iglesias de los jesuitas se construyen en ese estilo italiano que, inspirado en las formas y en el amaneramiento antiguos, prefiere la gracia y el esplendor a esa gravedad sagrada, y aun a la dignidad religiosa. También aquí las elevadas, amplias y luminosas salas estaban adornadas con riquísima arquitectura; contrastaban singularmente con los cuadros de santos que colgaban en las paredes, entre columnas jónicas, los bajorrelieves de las puertas que representaban amorcillos danzarines, o frutas u otras exquisiteces culinarias.

Llegó el profesor, le mencioné a mi amigo y acepté la hospitalidad que tan amablemente me ofreció durante el tiempo que durase mi obligada estancia. Éste me pareció igual a como me lo había descrito mi amigo: excelente conversador, de modales mundanos… En pocas palabras, encarnaba por entero esa clase de religioso de tipo superior, educado en ciencias naturales, de quien se colige que muy a menudo ha mirado la vida por encima del breviario a fin de conocer con exactitud qué es lo que en ella sucede. Cuando descubrí con cuánta elegancia tenía amueblada su habitación, manifesté en voz alta al profesor la reflexión que yo había hecho anteriormente al contemplar las salas exteriores.

–Es cierto –repuso–; nosotros hemos expulsado de nuestros edificios esa tétrica gravedad, aquella extraña majestad de irreductible tirano que sobrecoge nuestro pecho en la arquitectura gótica, y que causaba incluso un siniestro terror; es, pues, un mérito de nuestras construcciones el que puedan arrogarse la estimulante serenidad de los edificios antiguos.

–Sin embargo –dije–, ¿no ha surgido precisamente esa santa dignidad, aquella altura y majestad, características de los edificios góticos que parecen aspirar al Cielo, del verdadero espíritu del cristianismo? ¿No es éste acaso más espiritual que sensual, en contraposición al espíritu que domina el mundo antiguo, el cual sólo vive y se nutre en el ámbito de lo terrenal?

El profesor sonrió.

–Ea –dijo–; el Cielo, el Reino Superior, tiene que conocerse en este mundo, y ese conocimiento hay que despertarlo por medio de símbolos agradables, tal y como nos los ofrece la vida, es decir, el espíritu venido de aquel Reino al ámbito de lo terrenal. Nuestra patria está seguramente allá arriba; pero mientras sigamos existiendo aquí abajo, también nuestro reino es de este mundo.

«Desde luego –pensé–, en todo lo que hacéis, demostráis que vuestro reino es de éste y sólo de este mundo». Pero en modo alguno comuniqué mis pensamientos al profesor Aloysius Walter, quien continuó diciendo:

–Lo que afirmáis sobre el esplendor de nuestros edificios, al menos en cuanto a este lugar se refiere, sólo puede aplicarse a la gracia y encanto de la forma. Aquí, donde el mármol es demasiado caro, donde los grandes maestros de la pintura no quieren trabajar, hemos tenido que ayudarnos, según marcan las nuevas tendencias, con imitaciones. Hacemos ya mucho atreviéndonos a utilizar yeso pulido; la mayoría de las veces, es sólo el pintor quien reproduce las distintas clases de mármoles, como sucede precisamente ahora, en nuestra iglesia, la cual, gracias a la magnanimidad de nuestros benefactores, están decorando de nuevo.

Manifesté el deseo de visitarla; el profesor me condujo hasta allí y, cuando entré en el pasillo de columnas corintias que formaba la nave del templo, sentí la agradabilísima impresión que producían aquellas proporciones tan gráciles. A la izquierda del altar mayor se alzaba un enorme andamio sobre el que se hallaba encaramado un hombre pintando las paredes al giallo antico3.

–¡Eh, Berthold! ¿Cómo va eso? –gritó el profesor hacia lo alto.

El pintor se volvió hacia nosotros, pero al instante siguió de nuevo con su trabajo mientras, con voz sorda y apenas perceptible, murmuraba: «Mucho trabajo… una cosa demasiado curvada y confusa… imposible utilizar una regla… Animales… monos… rostros humanos… rostros humanos… ¡Oh, loco y desdichado de mí!»

Esto último lo dijo gritando, con un tono de voz que sólo podía ser producto de un profundo e íntimo dolor; me sentí extrañamente conmovido: aquellas palabras y la expresión de su semblante, la mirada que anteriormente había dirigido al profesor, mostraban a mis ojos la vida destrozada de un artista desdichado. El hombre debía de tener alrededor de cuarenta años; su figura, aunque cubierta por el blusón informe y sucio de pintor, dejaba adivinar algo muy noble, difícil de describir; el profundo dolor que parecía embargarlo sólo podía empalidecer su rostro, pues era incapaz de apagar el fuego que brillaba en sus ojos negros. Pregunté al profesor qué sabía de aquel pintor.

–Es un artista extranjero –respondió– que se hallaba aquí casualmente cuando se decidió restaurar la iglesia. Emprendió con alegría el trabajo que le encargamos; de hecho, su llegada fue una suerte para nosotros, pues ni aquí ni en toda la extensión de la comarca hubiéramos podido encontrar un pintor que con tan magnífica destreza como la de éste fuera capaz de encargarse de pintar todo lo que se necesita. Por lo demás, es el hombre más bondadoso del mundo, por eso enseguida se le acogió muy bien en nuestro colegio; lo queremos mucho. Aparte de los respetables honorarios que recibe, costeamos su manutención; pero esto último es para nosotros una tarea minúscula, pues es tan austero que nadie sabe cómo puede sostener en pie ese cuerpo suyo ya de por sí tan enfermizo.

–Pero –interrumpí– hoy parece estar de mal humor… tan excitado.

–Eso tiene su razón especial –repuso el profesor–. Mas vayamos a ver ahora algunas pinturas hermosísimas de los altares laterales; las conseguimos hace algún tiempo, debido a una feliz casualidad. Sólo hay entre ellas un único original, un Dominichino4; el resto de las obras pertenece a maestros desconocidos de la escuela italiana. De todas formas, si sois hombre sin prejuicios, convendréis conmigo en que cualquiera de ellas podría llevar la firma del más grande de los artistas.

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Interplanetaria

2 Opiniones

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  • yo
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    Hola!!!!!!!!!!!estoy haciend un trabajo sobre el hombre de arena de Hoffman.alguien me podria dcir el tiempo y el espacio donde se desarrolla la acción??es importante.gracias

  • Markus
    on

    Pues para estar haciendo un trabajo sobre el tema te veo algo despistado. La ubicación en el tiempo creo que es finales del XVIII o principios del XIX europeo. El espacio se correspondería con la ciudad alemana y concretamente los ambientes de familias nobles, como los de los protagonistas.

    Consejo: para hacer el trabajo es necesario leerse el cuento (y no echarle cuento)

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