El hombre de la plata

Elhombredelaplata

La lograda reconstrucción literaria que lleva a cabo León Arsenal en esta novela nos ofrece un Tartessos bastante verosímil a la luz de lo que la arqueología nos ha desvelado sobre esta cultura del sur de la península y las relaciones que mantuvo con sus vecinos griegos y fenicios, lo que convierte a El hombre de la plata en una novela histórica. Pero es también un relato de aventuras cuya acción no da tregua al lector, una historia de suspense que toma como punto de partida un episodio imaginario del reinado de Argantonio de Tartessos, en el momento de máximo esplendor de esta poco conocida monarquía. Unos saqueadores de tumbas se apoderan, en la cámara mortuoria de un destacado noble, de lo que parece una de las dos mitades de un pacto escrito y sellado en un lingote de plata. Cuando intentan comerciar con él, los espías de Argantonio reciben la orden de recuperar la misteriosa pieza al precio que sea. Se inicia de este modo una trepidante persecución, por tierra y por mar, que constituye la acción principal de El hombre de la plata.

León Arsenal resucita el Mediterráneo Occidental del siglo VI a. C. para escribir una novela «de frontera». Frontera entre la civilización y el salvajismo, frontera de la expansión hacia Occidente de griegos y fenicios que entran en contacto con los indígenas de Hispania. En El hombre de la plata, una historia llena de intriga, viajes, combates y sorpresas, encontraremos personajes como Xamo, a medio camino entre lo indígena y lo heleno, comerciantes aventureros como Eutiques o Piripompo, mineros que trabajan con el arma en la mano y hombres de armas que hacen de su habilidad con ellas un modo de vida honorable, y temerario.

ANTICIPO:
Si la emboscada fue tan comentada, hasta acabar por convertirse en una leyenda local que pervivió largo tiempo en boca de los ancianos, no fue por la astucia con que se tramó, ni porque tuviese éxito. De hecho, fracaso. No sólo las tres supuestas víctimas salieron ilesas y ahuyentaron a sus atacantes, sino que mataron a dos de ellos y dejaron heridos a casi todos los demás. Que éstos últimos fuesen una veintena fue lo que hizo tan sonada la refriega, aunque también ayudó a ello que tuviese lugar ante multitud de testigos.

Porque todo aquello ocurrió muy cerca de una encrucijada, justo el día en que gentes de distintas aldeas de la zona se habían reunido allí para comerciar. Los tres viajeros se dirigían precisamente a ese mercado local, que estaba bajo la protección de los dioses familiares de cuantos linajes hacían negocio allí, y contaba con la garantía de los jefes locales y sus guerreros. Luego se supo que andaban buscando algunas joyas menudas, procedentes del saqueo del túmulo de un rey en las tierras más occidentales de Tartessos. Querían recuperarlas, pagaban sin regatear y, para atraerles a la trampa, alguien les había indicado que en ese mercado de encrucijada quizá pudieran encontrar alguna.

En el mismo camino que llegaba desde occidente al cruce, a la vista ya del mercado, que a esa hora estaba lleno de lugareños que habían acudido a vender, comprar y trocar, una veintena de desarrapados salió al paso de los tres viajeros. «Gente de la arena» llamaban por allí a los tipos de esa calaña, aludiendo de forma despectiva a que sus madres se prostituían en las playas con los comerciantes griegos y fenicios, a cambio de alguna baratija. Vagos sin linaje, oficio ni beneficio, prestos siempre al crimen.

Los tres viajeros les vieron llegar de frente, en piña, cerrándoles el camino, con sus mantos raídos y toda clase de armas en las manos –espadas, puñales, garrotes, hachas y hasta un tridente- y se pusieron sin inmutarse en guardia. Los hombres de la arena, por su parte, hubieron de advertir hoscos que aquellos tres forasteros, a los que tenían que matar, acudían mucho mejor armados de lo que habían creído, pero aún así no se echaron para atrás, porque la recompensa prometida era elevada. Tras mirarse y cambiar unas palabras de ánimo por lo bajo, cargaron contra los viajeros con un gran griterío que pretendía paralizarles, para salvar así los pasos que mediaban entre ellos y caer sobre ellos con una lluvia de golpes. En aquel preciso instante, comenzó aquella pelea famosa.

Los tres viajeros, lejos de acobardarse, se echaron a su vez contra sus agresores. Uno de ellos, un salvaje de tierras lejanas, arrojó un palo de lanzar con tanto tino que golpeó las rodillas de uno de los que iba delante. Le hizo caer y, los que corrían agrupados detrás tropezaron con él y también se fueron al suelo, en confusión. Sus compañeros, por su parte, tiraron también con lanzas e hirieron a dos.

En la encrucijada, a menos de cien pasos, todo el mundo dejó en suspenso sus regateos para salir a observar aquella pelea desigual entre bandidos de ribera y tres que luego resultaron ser enviados del mismísimo rey de Tartessos. Uno era casi un gigante armado a la celta, el segundo un hombrón de manto negro y casco de cimera roja, y el tercero, aquel salvaje, un sujeto casi prodigioso, nervudo, tatuado, con los dos tercios delanteros calvos y en la nuca una gran cola como de caballo que ondeaba al pelear.

Escudos por delante, fueron a chocar los tres contra los enemigos que sea apelotonaban, algunos caídos en confusión. Los espectadores veían con asombro cómo la masa de atacantes nada podía hacer contra la furia de aquellos tres. Los gritos de lucha y el choque de armas y escudos llegaba a ellos de lejos y, como soplaba brisa, iba y venía a ráfagas. Los viajeros rugían al enarbolar sus armas, sobre todo el salvaje –después sabrían que era un sefe, un adorador de serpientes del lejano noroeste-, que hacía volteaba su segundo palo de lanzar, rompiendo cuanta cabeza se ponía a tiro.

Quizá los relatos sobre aquel combate se adornaron después un tanto, según fueron pasando de boca en boca. En realidad fue un encuentro confuso, entrevelado a ojos de los espectadores por el polvo del camino que los pies desnudos de la multitud de atacantes levantaba. A través del tumulto y la polvareda, veían cómo uno se apartaba con las manos sobre una herida, cómo otro echaba a correr, agarrándose la cabeza descalabrada y con la sangre corriéndole por el rostro, cómo otro huía cojeando.

Todo se resolvió con relativa rapidez, entre el revuelo de polvo y los gritos, antes de que nadie pudiera casi hacerse cargo real de qué estaba pasando. Cuando los observadores quisieron de verdad darse cuenta, el grupo atacante se había ya deshecho y los supervivientes escapaban cada uno por su lado, unos cuantos renqueando o haciendo eses, dejando caídos a varios de los suyos en mitad del camino, muertos o incapacitados.

Los mirones que desde lejos vitoreaban a los vencedores, pues a los libofenices les gustan los bravos, observaron cómo aquellos tres se quedaban unos instantes en su sitio, escudos y armas en puño, entre enemigos caídos. Consultaron algo entre ellos, sin quitar ojo a los que huían a la desbandada. Luego el más alto, que más tarde sabrían que era hijo de un rey celta de la frontera norte tartesia, con las plumas del casco ondeando en la brisa, se llegó hasta uno de los enemigos que aún vivía. Algo le preguntó y en respuesta el otro señaló a lo lejos, entre gestos apaciguadores, hacia un hombre que se alejaba renqueando campo a traviesa, pues había recibido un buen garrotazo en el muslo.

Los tres viajeros cambiaron de nuevo unas palabras entre ellos. El sefe recogió el palo de lanzar que antes arrojase y el hombre del manto negro y casco con cimera roja arrancó su lanza del vientre de uno de los muertos. Luego salieron a una en pos de ese fugitivo en concreto, sin rematar a los heridos ni detenerse a despojar a los muertos. Por eso, tras constatar que de verdad se habían ido, una vez que los vieron a una buena distancia, algunos oportunistas abandonaron a su vez el mercado de encrucijada para caer sobre el lugar de la refriega y robar a los caídos cuanto de valor tuviesen, que no era mucho. Les dejaron desnudos y, a uno que trató de resistirse, lo mataron. Aún después se pelearon entre ellos por aquel botín mísero, más por cuestiones de orgullo que de codicia, porque no habían obtenido sino mantos gastados y adornos de cobre. Tuvieron que mediar terceros de más edad para impedir que en ese camino corriera ese día aún más sangre de la ya vertida.

Entretanto el fugitivo, al ver que le perseguían, había apretado el paso pese a la pierna herida que, a juzgar por sus gestos, debía dolerle horrores. Motivos tenía para apresurarse, lo mismo que los otros tres para perseguirle a él en concreto, pues él era quien había instigado a todos los demás a asesinar a los viajeros. Y el miedo ganó la partida al dolor, ya que, con unos cien pasos de ventaja sobre sus perseguidores, logró remontar la ladera de un cerro para refugiarse en un pinar que había en lo más alto.

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1 Opinión

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  • Magnus III
    on

    Eso, quisiera la opinión de alguien quehaya leido las dos.

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