El hombre vivo

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El hombre vivo narra el caso de Innocent Smith, un hombre común, aunque algo extraño, cuya visión del mundo es pura y no está manchada por el cinismo. Su encanto infantil seduce a la señora Mary Gray, inquilina de la Casa Beacon, y la convence para que se case con él. El resto de los huéspedes de la pensión opinan que la señora Gray ha perdido la cabeza, pues apenas conoce al señor Smith, por lo que deciden investigar el pasado del singular pretendiente en busca de asuntos escabrosos. Y obtienen un gran éxito. En el historial de Innocent Smith encuentran alarmantes acusaciones para todos los gustos: desde intento de homicidio a robo con allanamiento de morada, deserción o poligamia. Los vecinos conjurados escenifican un juicio para dilucidar la verdad de las acusaciones y disuadir a la señora Gray de su propósito. Los capítulos iniciales de la novela, Los enigmas de Innocent Smith, llenos de suspense, describen los hechos de los supuestos delitos. Pero en la segunda parte de la obra, Las explicaciones de Innocent Smith, el inimitable ingenio de Chesterton nos deparará la sorpresa de una inaudita explicación para cada uno de ellos. En estas páginas, como en tantas otras de Chesterton, el humor absurdo y la paradoja no excluyen una reflexión profunda y moral sobre el ser humano y la sociedad, y nos ofrecen una visión nueva sobre las convenciones de siempre.

ANTICIPO:
Se levantó un viento alto por el oeste, como una ola de felicidad desmesurada, y barrió toda Inglaterra en dirección este, arrastrando consigo la escarchada fragancia de los bosques y la fría intoxicación del mar. En un millón de casuchas y rincones te refrescaba como un jarro de agua y te dejaba tan pasmado como si ce hubieran dado un golpe. En !os aposentos interiores de las casas más amplias y laberínticas irrumpió como una explosión doméstica esparciendo por el suelo los escritos de algún profesor, hasta que parecieron tan preciosos como fugitivos, o apagando la vela junto a la que un niño leía La isla del tesoro para envolverlo en una oscuridad rugiente. Pero introdujo por todas partes dramatismo en vidas poco dramáticas y llevó el triunfo de la crisis por el mundo. Más de una madre, agobiada en el humilde patio trasero de su casa, había mirado las cinco camisas enanas colocadas en el tendedero como quien contempla una pequeña tragedia. Era como si hubiese colgado a sus cinco hijos. Llegó el viento y se hincharon y bracearon las cinco camisas enanas como si se hubieran metido en ellas cinco gorditos diablillos, y muy en el fondo de su oprimido subconsciente medio recordó aquellas burdas comedias de los tiempos de sus padres, cuando los duendes aún residían en las casas de los hombres. Más de una chica que pasaba inadvertida en un jardín frío, húmedo y bien cercado, se había tirado en una hamaca con el mismo gesto indolente con el que podía haberse tirado al Támesis, y aquel viento desgarró la ondulante cerca de boscaje, elevó la hamaca como un globo aerostático y le mostró contornos de nubes pintorescas mucho más allá, y panoramas de pueblecitos radiantes mucho más abajo, como si surcara el cielo en un barco de hadas. Más de un polvoriento oficinista o coadjutor, caminando pesadamente por una carretera bordeada de álamos, pensó por centésima vez que eran como los penachos de una carroza fúnebre, cuando aquella energía invisible los abrazó, los balanceó y los hizo entrechocar alrededor de su cabeza como una guirnalda o cual saludo de alas seráficas. Había en él algo más inspirado y acreditado incluso que el antiguo viento del refrán, pues éste era el buen viento que no hace mal a nadie.

Aquella explosión voladora cayó sobre Londres justo donde la ciudad escala sus alturas norteñas, terraza sobre terraza, tan escarpada como Edimburgo. Sucedió en ese lugar en el que un poeta, probablemente borracho, levantara la vista perplejo hacia todas esas calles enfiladas hacia el cielo y (pensando vagamente en glaciares y en montañeros equipados con cuerdas) le dio el nombre de Swiss Cottage que nunca ha podido quitarse de encima. A cierto nivel de esas alturas, una hilera de altas casas grises, la mayor parte de ellas vacías y casi tan desoladas como los Grampianos, hacía una curva en su extremo occidental, de forma que el último edificio, una casa de huéspedes llamada Casa Beacon, ofrecía abruptamente al sol poniente su elevada, estrecha e imponente terminación como la proa de un barco abandonado.

El barco, sin embargo, no estaba del todo desierto. La propietaria de la pensión, una tal señora Duke, era una de esas personas indefensas con las que el destino después de rodas sus calamidades. Era demasiado blanda para que la hiriesen. Pero con la ayuda (o más bien las órdenes) de una sobrina enérgica, mantuvo siempre los restos de una clientela, en su mayoría de gente joven pero apática. De hecho, había cinco pensionistas que andaban desconsoladamente por el Jardín cuando el gran vendaval rompió contra la base de la torre terminal a sus espaldas, como rompe el mar contra la base de un acantilado prominente.

Durante todo el día aquella colina de casas que domina Londres había estado condenada y sellada por frías nubes. No obstante, tres hombres y dos mujeres acabaron por encontrar aquel gris y gélido jardín más tolerable que el negro y triste interior. Cuando llegó el viento, dividió el cielo y empujó a la masa de nubes a izquierda y derecha, dejando pasar grandes y claros hornos de oro vespertino. El estallido de luz liberada y la explosión de aire soplando parecieron llegar casi a la vez, y el viento en especial lo atacó todo con estranguladora violencia. La hierba, corta y reluciente, se puso toda de un lado cual cabello peinado. Todas las matas del jardín tiraban de sus raíces como los perros de sus collarines y ponían tirante cada hoja saltarina siguiendo al elemento desatado en su caza exterminadora. Una y otra vez alguna ramita se partía y volaba como la pequeña saeta de una ballesta. Los tres hombres se quedaron rígidos, doblados contra el viento como si se apoyaran contra una pared. Las dos señoras desaparecieron dentro de la casa, o más bien, a decir verdad, fueron metidas en la casa de un soplo. Sus vestidos, azul y blanco, parecieron dos grandes flores rotas que avanzaran a la deriva sobre el vendaval. No es inapropiada esta imagen poética, pues habla algo extrañamente romántico en aquella irrupción de luz y de aire tras un día largo, plomizo y desalentador. La hierba y los árboles del jardín parecían brillar con algo a la vez bueno y poco natural, como un fuego del país de las hadas. Semejaba una extraña salida del sol en el extremo equivocado del día.

La chica de blanco entró de una zambullida bastante rápida, pues llevaba un sombrero blanco de las proporciones de un paracaídas, que la hubiera podido llevar por el aire hasta las coloreadas nubes vespertinas. Ella constituía la única pincelada de esplendor de todo aquello e irradiaba riqueza en aquel lugar desolado (estaba allí temporalmente con una amiga). Heredera de tina pequeña fortuna, se llamaba Rosamund Hunt, tenía los ojos castaños y la cara redonda; era resuelta y bastante bulliciosa. Además de rica, tenía buen humor y era bastante guapa, pero no se había casado quizá porque siempre habla a su alrededor un tropel de hombres. No era una fresca (aunque algunos hubieran podido calificarla de vulgar), peto daba a los jóvenes irresolutos la impresión de ser al mismo tiempo popular e inaccesible. Uno tenía la sensación de haberse enamorado de Cleopatra o de estar requiriendo a una gran actriz a la puerta del escenario. Y, por cierto, algunas lentejuelas teatrales parecían habérsele pegado a la señorita Hunt: tocaba la guitarra y la mandolina, siempre estaba deseando charadas y con aquel gran desgarro del cielo por el sol y la tormenta sintió bullir de nuevo en su interior un melodrama juvenil.

Ante la estrepitosa orquestación del aire, se levantaron las nubes como el telón de una pantomima esperada durante mucho tiempo.

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