El horror de la escalera y otros cuentos fantásticos

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El horror de la escalera reúne los veintiséis cuentos de corte fantástico escritos por Quiller-Couch a lo largo de su carrera. Han sido seleccionados de diez diferentes colecciones de relatos, y entre sus temas podemos encontrar la reencarnación, en Una pantomima azul; la brujería, en La dama del barco; la metempsicosis, en Psique y El misterio de Joseph Laquedem; o el cambio de personalidad, en Intercambio mutuo, Sociedad Limitada y La habitación de los espejos. A destacar su más famoso relato El pase de lista del arrecife, de ambientación militar, y las alegorías Océano –sobre la eterna pregunta: ¿por qué si Dios es infinitamente bueno y poderoso existe el sufrimiento y la muerte en el mundo?– y La sombra mágica, una metáfora sobre el alma andrógina del poeta.

ANTICIPO:
UN ESPEJO OSCURO

A DARK MIRROR

["Speaker", 29 de marzo de 1890]

En el cuarto de un amigo mió hay colgado un espejo. Es una hoja de cristal oblonga, en un marco de madera oscura y muy barnizada, tallado con el peor gusto del periodo Regencia, y con relieves de oro desgastado. Al mirarlo desde la distancia, uno imaginaría que es una reliquia de algún saloncito «elegante" de la época de la señorita Austen. Pero hay que acercarse a él y mirar al cristal mismo. Debido a alguna malformación o a un simple defecto de fabricación, todas las imágenes que devuelve están lívidas. Inunde la habitación con la luz del sol; permanezca ante el cristal con la juventud y la sangre caliente cosquilleando en las mejillas; y el cristal no devolverá ni el sol ni el color, sino su propia cara, azulada y muerta, y detrás de ella un horror de sombras inescrutables.

Desde que me contaron la historia del espejo, me he plantado delante de d más de una y dos veces, y me he asomado a su sombra. Y éstos son los simulacros que me ha parecido ver allí, oscuros.

He visto una casa parroquial de piedra y desolada, dividida en dos mitades por un cementerio; y detrás de ella, durante muchas millas, nada más que páramos sombríos alejándose y ascendiendo. He oído gemir los vientos borrascosos por la noche y por la mañana, entre las lápidas, y alrededor de los ángulos de la casa; y al cruzar el umbral, sé por instinto que el espejo se alzará sobre la repisa de la chimenea en la habitación desnuda déla izquierda. También sé a quien pertenecerán las cuatro voces suprimidas que me saludan mientras mi mano todavía está sobre el pestillo. Hay cuatro niños dentro, tres muchachas y un muchacho, y están discutiendo por una caja de soldados de madera. La mayor de las muchachas, una niña de ojos marrón rojizo, y de manos maravillosamente pequeñas, agarra uno de los soldados de madera y chilla:

-¡Éste es el Duque de Wellington! ¡Éste será el Duque!

Y su soldado es el más alegre de rodos, y el más alto, y el más perfecto en todos los aspectos. La segunda chica elige, y le llama .Serio» por la solemnidad de sus rasgos pintados. Y luego todos se ríen de la niña más pequeña, pues ha elegido a un extraño y menudo guerrero, muy parecido a ella misma; pero ella sonríe ante sus carcajadas, y vuelve a sonreír cuando le bautizan «Camarero». Por fin elige el muchacho. Es más guapo que sus hermanas, y es su esperanza y su orgullo; y tiene la frente enorme y la boca bien formada, aunque un poco blanda. Su soldado se llamará Bonaparte.

Aunque la puerta está cerrada entre nosotros, puedo ver a aquellos niños sin madre bajo el mismo espejo azul, el cristal que había ayudado a que la sangre de la cara de su madre palideciera cuando abandonó el cálido mar de Cornualles que era su hogar, y vino a instalarse y morir en aquel exilio desolado. Algunos de sus libros están en la pequeña librería que hay allí. Fueron enviados por mar desde el oeste, y naufragaron. En su mayor parte son revistas metodistas, pues, al igual que la mayoría de la gente de Cornualles, sus padres fueron seguidores de Wesley, y las manchas de la sal marina siguen sobre sus páginas.

También sé que el padre estará sentado en la habitación a mi derecha, sentado ante su comida solitaria, pues su digestión es rara, y prefiere cenar solo. Es un hombre extraño, pequeño, poco comprensivo, lleno de pesadumbre y de fuerte voluntad. Es un clérigo, pero de día siempre lleva un revólver en el bolsillo, y por la noche duerme con él debajo de la almohada. Lo ha hecho desde que alguien le dijo que los páramos no eran seguros para una persona de sus convicciones.

Todo esto y más me muestra el espejo. Veo crecer a los críos. Veo a las niñas marchitarse y languidecer en aquella espantosa casa parroquia], donde los vientos pellizcan y el miasma del cementerio las ahoga. Veo al guapo y prometedor muchacho irse al diablo; lentamente al principio, luego a grandes zancadas. A medida que la esperanza se esfuma en el rostro de sus hermanas, él bebe y se da al consumo del opio…ya cosas peores. Vuelve a casa después de una breve ausencia, con el cuerpo y el alma destrozados. Después de eso, no hay descanso en la casa. Duerme en la habitación con su pequeño y persistente padre, y a menudo se oyen ruidos de horribles peleas dentro de ella, Y las muchachas se quedan despiertas en la cama, muertas de miedo, escuchando, hasta que los oídos les zumban y se aturden por el estallido de la pistola de su padre. Por la mañana, el borracho saldrá tambaleándose, y tal vez mire aquel espejo, que le devolverá algo más que toda su desesperación.

-El pobre viejo y yo hemos pasado una noche terrible -masculla-. Hace lo que puede, ¡pobre viejo!

Pero para mí se ha acabado todo.

Le veo caer de cabeza y encontrar por último su fin en la habitación de arriba después de veinte minutos de forcejeo, con un curioso deseo postrero de portarse como un hombre y enfrentarse a la muerte con firmeza. Veo a la segunda hermana luchar con una enfermedad que la aniquila rápidamente; y, debido a que es un espíritu solitario y titánico, rehúsa toda ayuda y solaz. Un mañana se levanta, insiste en vestirse ella sola, y muere; y la hermana más Joven la sigue, aunque de forma más lenta y tranquila, como corresponde a su naturaleza más amable.

Ya sólo quedan dos, el padre raro y la mayor de las pequeñas, la chica que «nunca hablaba con esperanza». La fama ha llegado a ella y a sus hermanas muertas. Al mirar desde la infancia aquel espejo lívido que reflejaba su mundo, lo han habitado con extraños espíritus. Hombres y mujeres del mundo real reconocen el espantoso poder de aquellos espíritus, sin comprenderlos, al no haberse plantado delante del espejo. Pero la superviviente conoce el espejo demasiado bien.

-Monsieur, j´en ai bien le droit.

Con una última mirada, veo la pequeña y vulgar iglesia que hay justo debajo de la parroquia. Y en una placa sobre el altar leo una lista con muchos nombres…

Y el último es el de Charlotte Bronte.

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Interplanetaria

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