El inocente.

ElInocenteMichaelConnelly

El abogado defensor Michael Haller –cuyo lugar de trabajo preferido es el asiento trasero de su Lincoln– siempre ha creído que podría identificar la inocencia en los ojos de un cliente. Hasta que asume la defensa de Louis Roulet, un rico heredero de Beverly Hills detenido por el intento de asesinato de una prostituta. Por una parte, supone defender a alguien presuntamente inocente; por otra, implica unos ingresos desacostumbrados. Poco a poco, con la ayuda del investigador Raul Levin y siguiendo su propia intuición, Haller descubre cabos sueltos en el caso, puntos oscuros que lo llevarán a creer que la culpabilidad tiene múltiples caras.
En El inocente, Michael Connelly, padre de Harry Bosch y referente en la novela negra de calidad, da vida a Michael Haller, un nuevo personaje que dejará huella en el género del thriller.

ANTICIPO:

El tribunal del Departamento 2A estaba atestado de le­trados, tanto de la defensa como de la acusación, negocian­do y charlando entre ellos cuando llegué allí. Supe que la se­sión iba a empezar con puntualidad porque vi al alguacil sentado ante su mesa. Eso significaba que el juez estaba a punto de ocupar su lugar.
En el condado de Los Ángeles los alguaciles son de he­cho ayudantes jurados del sheriff que están asignados a la di­visión de la cárcel. Me acerqué al alguacil. Su mesa era la más próxima a la galería del público, de manera que los ciudada­nos podían acercarse a hacer preguntas sin necesidad de pro­fanar el recinto asignado a los letrados, acusados y personal del tribunal. Vi la agenda en la tablilla que tenía delante. Leí el nombre en su uniforme —R. Rodríguez— antes de hablar.
—Roberto, ¿tienes a mi hombre ahí? ¿Harold Casey?
El alguacil fue bajando el dedo por la lista, pero se detu­vo enseguida. Eso significaba que tenía suerte.
—Sí, Casey. Es el segundo.
—Por orden alfabético hoy, bien. ¿Tengo tiempo de pa­sar a verlo?
—No, ya están entrando al primer grupo. Acabo de avi­sar. El juez está saliendo. Dentro de dos minutos verá a su cliente en el corral.
—Gracias.
Empecé a caminar hacia la portezuela cuando el alguacil me llamó.
—Y es Reynaldo, no Roberto.
—Claro, es verdad. Lo siento, Reynaldo.
—Todos los alguaciles nos parecemos, ¿no?
No supe si pretendía hacer una broma o se trataba sim­plemente de una pulla. No respondí. Me limité a sonreír y abrí la portezuela. Saludé con la cabeza a un par de aboga­dos que no conocía y a otros dos que sí. Uno me detuvo para preguntarme cuánto tiempo calculaba que iba a estar ante el juez, porque quería calibrar cuándo regresar para la compa­recencia de su propio cliente. Le dije que sería rápido.
En una comparecencia de calendario los acusados son llevados a la sala del tribunal en grupos de cuatro y puestos en un recinto cerrado de madera y cristal conocido como corral. Éste permite que los acusados hablen con sus abogados en los momentos previos a que se inicie el proceso, cual­quiera que sea.
Me coloqué al lado del corral justo en el momento en que, después de que un ayudante del sheriff abriera la puer­ta del calabozo interior, desfilaran los cuatro primeros acu­sados de la lista de casos. El último en entrar en el corral era Harold Casey, mi cliente. Ocupé una posición cercana a la pared lateral para gozar de intimidad, al menos por un lado, y le hice una seña para que se acercara.
Casey era grande y alto, como solían reclutarlos en los Road Saints, la banda de moteros, o club, como sus miem­bros preferían que fuera conocido. Durante su estancia en la prisión de Lancaster se había cortado el pelo y se había afei­tado, siguiendo mis instrucciones, y tenía un aspecto razo­nablemente presentable, salvo por los tatuajes en ambos brazos que también asomaban por encima del cuello de la camisa. Se hace lo que se puede. No sé demasiado acerca del efecto de los tatuajes en un jurado, aunque sospecho que no es demasiado positivo, especialmente cuando se trata de ca­laveras sonrientes. Sé que a los miembros del jurado en ge­neral no les gustan demasiado las colas de caballo, ni en los acusados ni en los abogados que los representan.
Casey estaba acusado de cultivo, posesión y venta de marihuana, así como de otros cargos relacionados con dro­gas y armas. Los ayudantes del sheriff, al llevar a cabo un asalto antes del amanecer al rancho en el que vivía y traba­jaba, encontraron un granero y un cobertizo prefabricado que habían sido convertidos en un invernadero. Se requisa­ron más de dos mil plantas plenamente maduras junto con veintiocho kilos de marihuana cosechada y empaquetada en bolsas de plástico de pesos diversos. Además, se requisaron más de trescientos gramos de metanfetamina, que los empa­quetadores espolvoreaban en la cosecha para darle un punto adicional, así como un pequeño arsenal de armas, muchas de las cuales, según posteriormente se determinó, eran ro­badas.
Todo indicaba que Casey lo tenía crudo. El estado lo había pillado bien. De hecho, lo encontraron dormido en un sofá en el granero, a metro y medio de la mesa de empa­quetado. Por si eso fuera poco, había sido condenado dos veces por delitos de drogas y en ese momento continuaba en libertad condicional por el caso más reciente. En el esta­do de California, el tercer delito es la clave. Siendo realistas, Casey se enfrentaba al menos a una década en prisión, in­cluso con buen comportamiento.
Sin embargo, lo inusual en Casey era que se trataba de un acusado ansioso por enfrentarse al juicio e incluso a la posibilidad de una condena. Había decidido no declinar su derecho a un juicio rápido y ahora, menos de tres meses después de su detención, esperaba con avidez que se cele­brara la vista. Estaba ansioso porque sabía que su única es­peranza radicaba en su apelación de esa condena probable. Gracias a su abogado, Casey atisbo un rayo de esperanza, esa lucecita titilante que sólo un buen abogado puede apor­tar a un caso oscuro como ése. A partir de ese rayo de espe­ranza nació una estrategia que en última instancia podría funcionar para liberar a Casey. La estrategia era osada y le costaría a Casey pasar un tiempo en prisión mientras espe­raba la apelación, pero él sabía tan bien como yo que era la única oportunidad real con que contaba.
La fisura en el caso del estado no estaba en su suposi­ción de que Casey era cultivador, empaquetador y vende­dor de marihuana. La fiscalía estaba absolutamente en lo cierto en estas suposiciones y había pruebas más que sufi­cientes de ello. Era en cómo el estado había obtenido esas pruebas donde el caso se tambaleaba sobre unos cimientos poco firmes. Mi trabajo consistía en sondear esa fisura en el juicio, explotarla, ponerla en el acta y luego convencer a un jurado de apelación de que se desestimaran las pruebas del caso, algo de lo que no había logrado convencer al juez Orton Powell durante la moción previa al juicio.
La semilla de la acusación de Harold Casey se plantó un martes de mediados de diciembre cuando Casey entró en un Home Depot de Lancaster y llevó a cabo diversas com­pras cotidianas, entre ellas la de tres bombillas de la varie­dad que se utiliza en el cultivo hidropónico. Resultó que el hombre que tenía detrás en la cola de la caja era un ayudan­te del sheriff fuera de servicio que iba a comprar sus luces de Navidad. El agente reconoció algunos de los tatuajes en los brazos de Casey —sobre todo la calavera con un halo que es el sello emblemático de los Road Saints— y sumó dos más dos. El agente fuera de servicio siguió la Harley de Casey hasta el rancho, que se hallaba en las inmediaciones de Pearblossom. Esta información fue transmitida a la brigada de narcóticos del sheriff, la cual preparó un helicóptero sin identificar para que sobrevolara el rancho con una cámara térmica. Las subsecuentes fotografías, que mostraban man­chas de un color rojo intenso procedentes del calor del gra­nero y el cobertizo prefabricado, junto con la declaración del ayudante del sheriff que vio a Casey adquirir bombillas hidropónicas, fueron presentadas al juez en un affidávit. A la mañana siguiente, los ayudantes del sheriff despertaron a Casey del sofá con una orden judicial firmada.
En una vista previa argumenté que todas las pruebas contra Casey deberían ser excluidas porque la causa proba­ble para el registro constituía una invasión del derecho de Casey a la intimidad. Utilizar adquisiciones comunes de un individuo en una ferretería como trampolín para llevar a cabo una posterior invasión de la intimidad a través de una vigilancia en la superficie y desde el aire mediante imágenes térmicas seguramente sería visto como una medida excesiva por los artífices de la Constitución.
El juez Powell rechazó mi argumento y el caso pasó a juicio o a una sentencia pactada posterior al reconocimiento de culpabilidad por parte del acusado. Entretanto, apareció más información que reforzaría la apelación a la condena de Casey. El análisis de las fotografías tomadas cuando se so­brevoló la granja de Casey y las especificaciones focales de la cámara térmica utilizada por los ayudantes del sheriff indicaban que el helicóptero estaba volando a no más de treinta metros del suelo cuando se tomaron las fotografías. El Tribunal Supremo de Estados Unidos ha sostenido que un vuelo de observación de las fuerzas policiales sobre la propiedad de un sospechoso no viola el derecho individual a la intimidad siempre y cuando el aparato se halle en espa­cio aéreo público. Pedí a mi investigador, Raúl Levin, que comprobara este límite con la Administración Federal de Aviación. El rancho de Casey no estaba localizado debajo de ninguna ruta al aeropuerto. El límite inferior del espacio aéreo público encima del rancho era de trescientos metros. Los ayudantes del sheriff habían invadido claramente la in­timidad de Casey al recopilar la causa probable para asaltar el rancho.
Ahora mi labor consistía en llevar el caso a juicio y ob­tener testimonio de los ayudantes y el piloto acerca de la al­titud a la que sobrevolaron el rancho. Si me decían la ver­dad, los tenía. Si mentían, los tenía. No me complace la idea de avergonzar a las fuerzas policiales en un juicio público, pero mi esperanza era que mintieran. Si un jurado ve que un poli miente en el estrado de los testigos, el caso está termi­nado. No hace falta apelar a un veredicto de inocencia. El estado no puede recurrir un veredicto semejante.
En cualquier caso, confiaba plenamente en el as que te­nía en la manga. Sólo tenía que ir a juicio y únicamente ha­bía una cosa que nos retenía. Eso era lo que necesitaba de­cirle a Casey antes de que el juez ocupara su lugar para la vista del caso.
Mi cliente se acercó a la esquina del corral y no me dijo ni hola. Yo tampoco. Él ya sabía lo que quería. Habíamos mantenido la misma conversación antes.
—Harold, ésta es la comparecencia de calendario —dije—. Aquí es cuando le digo al juez si estamos listos para ir a juicio. Ya sé que la fiscalía está lista. Así que depende de nosotros.
—¿Y?
—Y hay un problema. La última vez que estuvimos aquí me dijiste que iba a recibir dinero. Pero aquí estamos, Harold, y sin dinero.
—No te preocupes, tengo tu dinero.
—Por eso estoy preocupado. Tú tienes mi dinero. Yo no tengo mi dinero.
—Está en camino. Hablé con mis chicos ayer. Está en camino.
—La última vez también dijiste eso. No trabajo gratis, Harold. El experto que estudió las fotos tampoco trabaja gratis. Tu depósito hace tiempo que se agotó. Quiero más dinero o vas a tener que buscarte un nuevo abogado. Un abo­gado de oficio.
—Nada de abogado de oficio, tío. Te quiero a ti.
—Bueno, pues yo tengo gastos y he de comer. ¿Sabes cuánto he de pagar cada semana sólo por salir en las páginas amarillas? Adivina.
Casey no dijo nada.
—Uno de los grandes. Un promedio de mil cada sema­na sólo para pagar el anuncio, y eso antes de que coma o pa­gue la hipoteca o la ayuda a los niños o de que ponga gasoli­na en el Lincoln. No hago esto por una promesa, Harold. Trabajo por una inspiración verde.
Casey no pareció impresionado.
—Lo comprobaré —dijo—. No puedes dejarme colga­do. El juez no te dejará.
Un siseo se extendió por la sala cuando el juez entró por la puerta que conducía a su despacho y se acercó a los dos escalones que llevaban a su sillón. El alguacil llamó al orden en la sala. Era la hora de la función. Miré a Casey un largo momento y me alejé. Mi cliente tenía un conocimiento afi­cionado y carcelario de la ley y de cómo funcionaba. Sabía más que la mayoría. Pero todavía podía darle una sorpresa.
Me senté junto a la barandilla, detrás de la mesa de la defensa. El primer caso era una reconsideración de una fian­za y lo solventaron rápidamente. A continuación el alguacil anunció el caso de California contra Casey, y yo subí al es­trado.
—Michael Haller por la defensa —dije.
El fiscal anunció asimismo su presencia. Era un hombre joven llamado Víctor De Vries. No tenía ni idea de por dón­de iba a salirle en el juicio. El juez Orton Powell hizo las preguntas habituales acerca de si había alguna disposición posible en el caso. Todos los jueces tenían la agenda repleta y un mandato prioritario de solventar los casos a través de una disposición. La última cosa que quería un juez era que no hubiera esperanza de acuerdo y el juicio fuera inevitable.
Aun así, Powell escuchó la mala noticia por boca de De Vries y por la mía, y nos preguntó si estábamos preparados para programar el juicio para esa misma semana. De Vries dijo que sí, yo dije que no.
—Señoría —dije—, me gustaría esperar hasta la semana que viene si es posible.
—¿Cuál es la causa de su demora, señor Haller? —pre­guntó el juez con impaciencia—. La fiscalía está preparada y yo quiero solventar este caso.
—Yo también quiero solventarlo, señoría. Pero la defensa está teniendo dificultades para encontrar a un testigo que será necesario para nuestro caso. Un testigo indispensable, señoría. Creo que con un aplazamiento de una semana será suficiente. La semana que viene estaremos listos para seguir adelante.
Como era de esperar, De Vries se opuso al aplazamiento.
—Señoría, ésta es la primera vez que la fiscalía oye ha­blar de un testigo desaparecido. Era él quien solicitó el jui­cio rápido y ahora quiere esperar. Creo que es una simple maniobra de dilación porque se enfrenta a…
—Puede guardarse el resto para el jurado, señor De Vries —le interrumpió el juez—. Señor Haller, ¿cree que en una semana solventará su problema?
—Sí, señoría.
—De acuerdo, les veré a usted y al señor Casey el próxi­mo lunes y estará listo para empezar. ¿Entendido?
—Sí, señoría. Gracias.
El alguacil anunció el siguiente caso y yo me aparté de la mesa de la defensa. Observé que un ayudante del sheriff sa­caba a mi cliente del corral. Casey me miró con una expre­sión que parecía formada a partes iguales por rabia y confu­sión. Me acerqué a Reynaldo Rodríguez y le pregunté si me permitiría volver a la zona de detenidos para poder conti­nuar departiendo con mi cliente. Era una cortesía profesional que se permitía a la mayoría de los habituales. Rodríguez se levantó, abrió una puerta que había detrás de su escritorio y me permitió entrar. Me aseguré de darle las gracias utilizan­do su nombre correcto.
Casey estaba en una celda de retención con otro acusa­do, el hombre cuyo caso había sido llamado antes en la sala. La celda era grande y tenía bancos en tres de los lados. Lo malo de que la vista de tu caso se celebre pronto es que des­pués has de sentarte en esa jaula hasta que hay gente sufi­ciente para llenar un autobús hasta la prisión del condado. Casey se acercó a los barrotes para hablar conmigo.
—¿De qué testigo estabas hablando ahí? —me preguntó.
—Del señor Verde —dije—. El señor Verde es lo único que necesitamos para llevar este caso adelante.
El rostro de Casey se contorsionó de rabia. Traté de sa­lir le al cruce.
—Mira, Harold, sé que quieres acelerar esto y llegar al juicio y luego a la apelación. Pero has de pagar el peaje. Sé de larga experiencia que no me hace ningún bien perseguir a la gente para que me pague cuando el pájaro ha volado. Si quieres que juguemos ahora, pagas ahora.
Asentí con la cabeza y estaba a punto de volver a la puerta que conducía a la libertad, pero le hablé otra vez.
—Y no creas que el juez no sabe lo que está pasando —dije—. Tienes a un fiscal joven que es un pardillo y que no ha de preocuparse por saber de dónde vendrá su siguiente nómina. Pero Orton Powell pasó muchos años en la defensa antes de ser juez. Sabe lo que es buscar a testigos indispen­sables como el señor Verde y probablemente no mirará con buenos ojos a un acusado que no paga a su abogado. Le hice la señal, Harold. Si quiero dejar el caso, lo dejaré. Pero lo que prefiero hacer es venir aquí el lunes y decirle que hemos encontrado a nuestro testigo y que estamos listos para em­pezar. ¿Entiendes?
Casey no dijo nada al principio. Caminó hasta el lado más alejado de la celda y se sentó en el banco. No me miró cuando por fin habló.
—En cuanto llegue a un teléfono —dijo.
—Bien, Harold. Le diré a uno de los ayudantes que has de hacer una llamada. Llama y quédate tranquilo. Te veré la semana que viene y pondremos esto en marcha.
Volví a la puerta, caminando con rapidez. Odio estar dentro de una prisión. No estoy seguro de por qué. Supongo que es porque a veces la línea parece muy delgada: la frontera entre ser un abogado criminalista y ser un abogado crimi­nal. A veces no estoy seguro de a qué lado de los barrotes estoy. Para mí siempre es un milagro incomprensible que pueda salir por el mismo camino por el que he entrado.

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