El legado de Osiris

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Marc Beltrán no cree ya en casi nada, y mucho menos en la vida ultraterrena. Sobre todo después de que un año antes un absurdo accidente automovilístico acabase con la vida de Silvia, su mujer. Sin embargo, últimamente, su desesperanzada incredulidad se está tambaleando. De vez en cuando, y en pleno día, cree ver a su esposa en medio de la calle. Y peor aún, parece como si quisiera decirle algo. ¿Tendrá eso algo que ver con la extraña investigación que Silvia estaba llevando a cabo cuando le sorprendió la muerte?

Con El legado de Osiris, Carlos Sanmiguel recupera el mito de la resurrección del alma en el Antiguo Egipto y lo convierte en una rompedora historia de misterio sobre la pervivencia de un dios que parece habitar entre nosotros. Una aventura en la que sus protagonistas se verán obligados a luchar, por encima de todo, para salvar su alma.

ANTICIPO:

En medio de una tormenta, una mujer dirigía sus pasos a la entrada de la basílica. Silvia Méndez trató de aumentar el ritmo de sus piernas, percibiendo que a pesar del paraguas que la cubría, el fuerte viento mecía a su antojo la lluvia, exponiéndola a acabar totalmente empapada. La joven atravesó el arco central de la parte inferior del monasterio que daba acceso a la basílica. Cruzó el atrio interior, dejando atrás el portal de la antigua iglesia románica y alzó la mirada por un instante. Sus sentidos se despertaron, experimentando la sensación de estar en un lugar sagrado. La entrada al santuario era majestuosa, digna de la mismísima obra de la naturaleza donde se hallaba, la montaña de Montserrat. No dilató más que unos segundos su estudio de la fachada, la aguardaban dentro y se dirigió hacia la entrada, accediendo por una portezuela.

Se encontró en una estancia pequeña con dos grandes cálices blancos, situados a ambos lados, que contenían la conocida «agua bendita» del catolicismo. Enarcó las cejas e hizo caso omiso al antiguo ritual y no se santiguó. Por la puerta de la derecha accedió al interior de la basílica. El templo, construido en el siglo XVI por el abad Bartolomeu Garriga, fue consagrado en el año 1592, treinta y dos años después de iniciarse las obras. De una sola nave, sus medidas revelaban la magnitud: 68,20 metros de largo, 21,50 de ancho y 33,30 de alto. La gran sala estaba cubierta por majestuosos arcos góticos redondeados que se apoyaban sobre las paredes y que la separaban de las diversas capillas, ubicadas a ambos extremos de la nave. A cada lado del pasillo central se abrían hileras de bancos ocupados por unos cuantos feligreses que en silencio, un silencio sepulcral y bajo un ambiente sombrío y recargado, rezaban a su Dios.

Silvia Méndez guardó su paraguas e inspeccionó la estancia. El escenario que se presentaba ante sus ojos, reconstruido después de la guerra de la Independencia, estaba dotado de una hermosura y una majestuosidad sólo al alcance de lugares sagrados. Silvia se acomodó un mechón de cabello por detrás de la oreja y arqueó la ceja con ironía.

A pesar del esfuerzo humano requerido para levantar aquella increíble basílica en el afán de rendir culto a su deidad, corroboraba que el engaño del hombre se había infiltrado hasta en las más profundas entrañas de la religión. Definitivamente, aquel templo no era un santuario cristiano, ni tan siquiera el tabernáculo de la patrona de Cataluña.

Cuando alzó la vista y divisó el centro de la basílica, intuyó un destello dorado en su parte superior. La historia decía que la imagen que se elevaba en el corazón de la iglesia era la Virgen de Montserrat, la Moreneta, icono del catolicismo, pero su conocimiento rebatía aquella autenticidad. La imagen que actualmente se mostraba en el camarín se trataba de una talla románica del siglo XII, elaborada con madera de álamo. Sin embargo, la leyenda contaba que en el año 880 fue encontrada por unos pastores la imagen de una mujer de piel negra con su hijo en brazos, posiblemente adorada con anterioridad por los aldeanos de los alrededores. Silvia Méndez, periodista de profesión, sabía que aquel templo simbolizaba una religión más antigua, un culto que cambió el devenir de la humanidad. La mujer de piel oscura con su hijo en brazos no era la imagen de la madre del mesías judío. En su opinión, apoyada por años de investigación, aquél era en realidad un templo egipcio, el templo de la diosa Isis.

Inclinó la mirada y abrió la carpeta que mantenía entre las manos. Ojeó unos papeles, fotografías con imágenes de las dos mujeres, la Moreneta y la diosa Isis. Levantó la vista y sonrió orgullosa, portadora de un conocimiento secreto para el mundo. A Isis, esposa de Osiris, se la representaba a menudo sentada en un trono con su hijo Horus. De piel oscura, la leyenda relataba cómo había engendrado a su descendiente en un acto milagroso. Como el reflejo de un espejo, convino consigo misma que el parecido entre ésta y la Moreneta era indiscutible.

Silvia, absorta en sus pensamientos, observó las distintas lámparas votivas, para acabar orientando la mirada al presbiterio, rodeado por hileras de sillas neogóticas, y centrando sus ojos en el altar que se exhibía en el centro: un bloque de piedra de ocho toneladas de la propia montaña. Suspiró resignada. Su descubrimiento era mayor de lo que ella había creído en un principio: la adopción de Isis por la Iglesia católica como su venerada y fantasiosa Virgen era únicamente la punta del iceberg.

Estudió con una expresión pensativa las conocidas cruces que adornaban las columnas laterales, una confirmación más de sus descubrimientos. La cruz paté, uno de los símbolos de la orden templaria. La periodista había investigado a los oscuros templarios, adoradores de extrañas vírgenes negras. Sabía que habían bebido del conocimiento egipcio y que durante siglos habían disfrazado el culto a la diosa Isis con el de la madre del Dios del catolicismo.

A pesar de que los monjes benedictinos justificaban el color oscuro de la Moreneta a causa de la capa de barniz que cubría la madera o en el humo de las velas, todo cuadraba con la teoría de Silvia, incluyendo la esfera que la Virgen sostenía en la mano y que habían venido a justificar como la representación del cosmos. La periodista sostenía la hipótesis de que la posterior imagen de la diosa tuvo que ser copiada de la primigenia, y en la época en que fue hallada la imagen, alrededor del año 880, la creencia generalizada consistía en que la Tierra era plana. Silvia defendía que dicha esfera corroboraba su teoría sobre el verdadero origen de la imagen, confirmando que el objeto que mantenía en la mano era el disco solar egipcio, el propio dios Sol. La iconografía de la diosa Isis la presentaba portándolo sobre la cabeza. Entonces, ¿de dónde había salido la imagen? ¿Quién la había depositado en la cueva de la montaña donde la leyenda contaba que había sido descubierta? Los monjes no tenían respuesta o no querían ofrecerla.

La periodista había seguido el curso del culto de Isis por Hispania en tiempos del Imperio romano, descubriendo templos dedicados a la gran diosa, y estaba convencida de que los sacerdotes de Isis la escondieron en las cuevas de la montaña. Sin duda, no era un enclave elegido a la ligera. Montserrat representaba un centro de fuerzas telúricas y de innumerables misterios que la aproximaban a la divinidad. Sus cavernas y pasadizos subterráneos, combinados con sus extraños picos esculpidos por el paso de los milenios, ofrecía a los adoradores de Isis la imagen de una pirámide natural, punto de culto a la diosa. Al mismo tiempo, Montserrat también personificaba otro símbolo muy significativo, un triángulo invertido representado en sus cuevas. Este símbolo aludía a un conocimiento oculto, un saber que debía permanecer protegido de los seres humanos. Dedujo que la elección de Montserrat por parte de los sacerdotes del culto a Isis no podía haber sido más acertada.

La mujer, enfundada en un elegante traje chaqueta oscuro, caminó con lentitud por uno de los laterales de la iglesia. A pesar de su intento por pasar desapercibida y no molestar, sus tacones indiscretos obligaron a algunos de los beatos a levantar la mirada e interrumpir sus reiteradas y soporíferas plegarias para prestar atención a la mujer. Se sentó en un banco de madera y en silencio esperó paciente a que apareciera la persona con quien debía entrevistarse.

Una acción arriesgada. Sin duda, no era el lugar más oportuno para reunirse. La identidad de su colaborador, su informador, podría estar en serio peligro, pero la situación lo requería y desconfiaba de otros medios de comunicación. Escuchó unos pasos reverberar en la estancia. El leve murmullo de los beatos saludando a aquel personaje le reveló de quién se trataba. Un religioso tomó asiento una fila por delante. El monje, enfundado en un hábito negro, miró por encima del hombro a la mujer sentada a su espalda. Era un hombre de mediana edad, de pelo moreno y facciones angulosas. Pese a su condición de religioso, se le podía describir como atractivo.

—Esto es una locura. Si te hubieran seguido estaría al descubierto —le susurró con la voz rasposa. Su mirada, por el contrario, estaba fija en el centro de la nave, tratando de encubrir la conversación con la mujer.

—Lo sé, Carlos. Es importante lo que debo decirte.

Carlos Codina arqueó la ceja e hizo un gesto de malestar. Estaba convencido de que lo que debían tratar era importantísimo, pero, de todos modos, no se le escapaba el detalle de que la mujer hubiera puntualizado lo trascendental del mensaje.

—¿Qué ocurre? Suéltalo…

La periodista, de rostro ligeramente triangular, pómulos altos y nariz fina, tragó saliva y retiró un mechón de cabello moreno de su cara, colocándolo por detrás de su oreja. Sus ojos almendrados de color verde se estrecharon, al tiempo que ella se inclinaba hacia adelante.

—Se trata de Yaacov. Ha muerto.

El miedo corrió por el cuerpo del hermano Codina como el veneno letal de una avispa marina. Sintió ganas de maldecir lo más sagrado, pero se retuvo, por respeto o por su educación religiosa, aunque hacía tiempo que su fe había quedado reducida a añicos. Era irónico. Cuando se veía a sí mismo con aquel hábito, no podía evitar sentirse un farsante, juzgando los últimos meses de su vida como un eterno carnaval donde pasaba por ser lo que ya no sentía en su corazón.

—¿Y los documentos? ¿Te los dio? —preguntó sin pesar, sin tristeza, sin tan siquiera querer saber el motivo de la muerte del tal Yaacov.

La periodista frunció el ceño, desconcertada. En todo caso, entendió la actitud del monje: los documentos eran lo más importante.

—Sí. Quiero que los guardes —señaló con un hilo de voz.

Con discreción, depositó la carpeta en el banco. Carlos Codina miró con el rabillo del ojo y en un gesto rápido se la introdujo dentro del hábito. Se obligó a mantener la calma, pero estaba aterrorizado, sin acabar de comprender el porqué de aquella decisión.

—¿Por qué quieres que los guarde yo?Silvia Méndez resopló angustiada. Se acarició el cabello y miró a ambos lados de la iglesia antes de responder.

—El viejo ha muerto… puede pasarme cualquier cosa.

—¿Lo asesinaron?

La mujer sacudió la cabeza. A pesar de eso, el asunto de su muerte no estaba del todo claro.

—La prensa dice que fue un suicidio.

El monje arrugó la frente. ¿Un suicidio? No tenía lógica. ¿Por qué se iba a suicidar un hombre que había descubierto un tesoro tan importante? Trató de pensar y calmarse para encontrar respuestas.

—Puede que ellos lo asesinaran— insinuó, apesadumbrado.

—O, por el contrario—objetó Silvia—, decidiera simplemente acabar con su vida. Ese hombre había presenciado cosas horribles y era cómplice de todas las atrocidades del culto. Codina guardó silencio. La periodista tenía razón.

—Y, ¿tu marido? Puedes confiarle el secreto…

Silvia sacudió la cabeza cabizbaja. Sus ojos se enrojecieron con el recuerdo de su querido Marc. Aquella cuestión había planeado sobre su cabeza en muchas ocasiones, pero creía injusto y egoísta cargarle a él, a esas alturas, con aquel asunto.

—Prefiero que esté al margen.

Codina parpadeó. Le había hablado un millón de veces de lo feliz que era con ese hombre y de cómo lo amaba. El religioso no comprendía la actitud de la periodista. Lo achacó a su poca experiencia en la vida de pareja a causa de su servicio a Dios.

—Está bien. Esconderé estos papeles donde nadie pueda encontrarlos.

Silvia hizo un gesto de asentimiento. Luego, permaneció en silencio por unos segundos, pensativa.

—Carlos… quiero pedirte un favor —le rogó con la voz temblorosa.

Codina cabeceó, prestando suma atención—. Si algún día me ocurriera algo… Si yo muriera…

—¿De qué me estás hablando? —le espetó, irritado.

—En el interior de la carpeta hay una carta para ti. Si un día me ocurriera cualquier desgracia, quiero que la leas justo un año después de mi muerte. Recuerda, un año después. Codina dio un respingo. ¿Un año después? El dato explotó en su interior como una granada, convencido de que únicamente había una explicación para aquella afirmación y debía haberse vuelto loca para pensar en una acción tan antinatural. Ladeó la cabeza y tensó los músculos de la cara.

—Has leído el papiro, ¿verdad?

—Es mi plan B, por si las cosas se torcieran.

Codina gruñó. La función de ambos era protegerlo, no utilizarlo.

—Debes estar loca si pretendes hacerlo. No es posible, va en contra del orden establecido de la vida, no se puede engañar a la muerte…

El enojo del monje iba en aumento, pero la periodista mantuvo la calma.

—Isis lo consiguió… y no dejaré que ellos se salgan con la suya. Además, ya he recitado una de las fórmulas.

—Pero…

La periodista le hizo callar chistando, lo que acompañó con un ademán.

—Lo siento, Carlos, es mi elección; simplemente te pido tu ayuda si ocurriera. Ahora debo marcharme, tengo todavía muchas cosas por resolver. Por cierto, en la caja hay un objeto para mi marido, no te preocupes, él sabrá lo que hacer. Adiós, Carlos.

Codina realizó una rápida y bien disimulada inclinación de cabeza. Agudizó el oído para escuchar cómo la periodista se alejaba y abría la puerta de salida de la basílica. Se quedó sentado, pensativo, mirando la imagen de la diosa, abstraído en sus pensamientos mientras trataba de digerir los últimos acontecimientos.

Recordó cómo el destino le había unido a aquella mujer. Su curiosidad por conocer el pasado, por hallar la verdad en las creencias que profesaba, lo había arrastrado irremediablemente hasta ella. No sabía si había sido la mejor elección pero, de todos modos, no había forma de dar marcha atrás. Por suerte, en el monasterio se sentía a salvo, a salvo de ellos, seres demoniacos que acabarían con su vida si conocieran su paradero y su implicación en las investigaciones del curioso trío formado por ambos y el viejo profesor de origen judío. No obstante, mientras estuviera entre aquellas paredes, su vida no correría peligro, aunque ahora ya no estaba tan seguro. Tras unos minutos, abandonó la basílica, caminó por el atrio, y se encaminó a la biblioteca recorriendo una serie de pasillos.

Codina entró con sigilo en el Scriptorium Biblicum. Inspeccionó si se encontraba a solas. Tras asegurarse y dejar atrás un monolito que rezaba en latín La biblioteca es el máximo ornamento del cenobio benedictino, recorrió un estrecho pasillo lleno de libros. Se creía que, durante las guerras napoleónicas, se había perdido gran parte del tesoro literario de la abadía, pero en realidad se salvaron muchos de los libros de la biblioteca. Contaba con más de doscientos cincuenta mil ejemplares, cuatrocientos de ellos de valor incalculable y dos mil manuscritos que databan algunos del siglo VIII. Su trabajo en la comunidad consistía en la investigación científica sobre historia, teología, traducciones y filosofía adaptada al estudio bíblico. Y fue su curiosidad, una inquietud natural por conocer cada recoveco de lo que creía, lo que le impulsó a emprender una cruzada santa en la búsqueda de pruebas que demostraran que las leyendas sobre Montserrat eran invenciones de buscadores de tesoros y de místicos sin apenas dos dedos de frente. Como un nazi que visitó el monasterio en 1940, llamado Heinrich Luitpold Himmler, comandando una expedición de veinticinco oficiales de las SS, con la única intención de encontrar el Santo Grial de Cristo: sus «serios» y «meticulosos» estudios los habían llevado a la conclusión de que Montserrat era en realidad Montsalvat, la montaña donde, según el poema de Parsifal, se escondió el Grial. Y Codina había investigado sobre todo aquello… ¡Y tanto que había investigado! Incluso demasiado, pensaba para sus adentros, maldiciéndose por su curiosa cualidad. En todo caso, ya era demasiado tarde para lamentarse.

Al fondo de uno de los pasillos, una estantería escondía un secreto, una puerta concienzudamente escondida. Cuando llegó al lugar exacto, se paró en seco, giró la cabeza e inspeccionó ambos lados del pasillo, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba y el miedo a ser descubierto lo paralizaba por completo. Nadie, estaba solo, como cuando de noche y al amparo de una linterna recorría el monasterio para penetrar en la cara oculta de la montaña, los pasadizos secretos del monasterio. Retiró lentamente la estantería de bella madera, introduciendo una llave en la cerradura. Giró hacia la derecha, tratando de hacer el menor ruido posible. Entró en la gruta y recolocó la estantería en su posición original para no levantar sospechas.

Alumbrándose con una linterna, recorrió un frío y húmedo pasadizo excavado por el hombre que desembocaba en una pequeña cueva. Al tiempo que recorría el angosto corredor, recordó cómo de forma casual había encontrado aquel lugar. Un anochecer, mientras revisaba los títulos de los ejemplares colocados en los estantes, había notado una brisa fresca en los pies. Tras retirar la estantería, había hallado una vieja portezuela de hierro, aunque cerrada con llave. No quiso comentarlo con nadie, pero para meterse en el papel del famoso Indiana Jones, le faltaba salvar un obstáculo… la llave. Tras buscar pistas e indicios de la ubicación de la llave sin que nadie sospechara, se topó con ella de forma fortuita; una noche, mientras revisaba sin demasiadas esperanzas los ejemplares más antiguos de la biblioteca, se percató de uno especialmente revelador situado en un estante inferior, difícil de descubrir. Su título era de por sí significativo: La puerta hacia la verdad. No había encontrado nada especial en su interior: hablaba de la vida de Benito de Nursia, el fundador de la orden benedictina. No obstante, la holgura de las tapas parecía un perfecto escondite para una llave. Pidiendo perdón a Dios, había roto la tapa y había encontrado una llave oxidada.

Dentro de la cueva halló la verdad y la verdad lo había liberado. Codina pudo, después de su descubrimiento, añadir algo a las palabras del abad Muntades, que relataban que la montaña había sido violada en el año 197, erigiéndose en su útero un templo pagano a Venus. «A Venus no, a Isis».

Desde aquel momento, la obsesión de Codina fue escarbar en el pasado. Los indicios de un culto pagano en la montaña sagrada aparecían ante sus ojos como una verdad velada a través del paso de los siglos. El padre Argáiz, cronista de la orden benedictina, dejó escrito, en el año 976, que el conde Borrell de Barcelona conocía la existencia de un grupo de ermitañas, ¡mujeres!, en la montaña. Según su testimonio, adoraban a la Santa Gloriosa Solitaria, la Moreneta. Codina descubrió que, en realidad, eran sacerdotisas de un culto antiguo a Isis.

Tras aquella puerta de hierro, el monje había descubierto una montaña oculta, una montaña que el monasterio había decidido olvidar, escondiéndola a los ojos del mundo. Durante meses, había recorrido innumerables túneles, pasadizos que cruzaban la montaña de un lado a otro y que parecían no tener fin.

Aquella noche de tormenta, el monje alumbró el oscuro pasadizo con el haz de luz de la linterna, cerciorándose de que estaba cerca de su destino. Volvió a experimentar una acentuada emoción al aproximarse. Nunca olvidaría cuando lo encontró, aquella creación humana en el interior de una cueva, un templo…un templo dedicado a la Gran Diosa Madre, un templo al que, para su desolación, le faltaba la pieza más importante: la imagen de la diosa. Codina accedió a la estancia cavernosa, dando pasos lentos hasta situarse delante de un altar rudimentario de piedra. Levantó la tapa de una caja de color negro y depositó los documentos. Recordó las palabras de la periodista y buscó el extraño objeto. Cuando lo vio, esbozó una leve sonrisa, entendiendo el doble sentido de las paradojas del destino. Tomó entre sus manos el objeto, preguntándose su auténtico significado. Era una pieza de barro, una sencilla estrella de cinco puntas.

«Qué curioso, un pentáculo», se dijo a sí mismo. Se le aceleró el pulso cuando cayó en el detalle de la extraña coincidencia. «Es la Matriz Subterránea… de los antiguos egipcios».

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