El librero de Kabul

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Asne Seierstad es quizá la más joven y respetada corresponsal de guerra noruega. Sus reportajes sobre Kosovo, Chechenia y Afganistán han recibido numerosos galardonesa nivel nacional e internacional.

Conoció a Sultán Khan –“un hombre elegante y canoso”, un “curioso librero, un patriota afgano a menudo frustrado por su país”– al llegar a Kabul en noviembre de 2001, después de la caída de los talibanes, y éste le narró la pesadilla sufrida durante su dictadura.

Encarcelado dos veces en nombre de la libertad intelectual, ha tenido que asistir a la quema de su biblioteca. Desde el punto de vista de la familia de Sultán Khan y su familia, la periodista hace un retrato de la sociedad Afgana.

ANTICIPO:
EL SUICIDIO Y EL CANTO

El deseo amoroso de una mujer es tabú en Afganistán, está prohibido tanto por el estricto código de honor de los clanes como por los ulemas. La gente joven no tiene derecho a encontrarse, a amarse o a elegir. El amor no es un idioma normal, sino más bien lo contrario: puede ser un crimen grave que se castiga con la muerte. Los indisciplinado son asesinados a sangre fría, y cuando solo es castigado uno de los dos amantes, siempre se trata de la mujer.

Las jóvenes son ante todo un objeto de intercambio o de venta. El casamiento es un contrato hecho entre las familias o dentro de la familia. Su utilidad para el clan es un factor decisivo, y los sentimientos rara vez son tomados en cuenta. Durante siglos, las mujeres afganas han tenido que aguantar la injusticia de la que son víctimas. Existen, no obstante, testimonios de su disconformidad en forma de cantos y poemas secretos, cuyo eco permanece en las montañas o en el desierto.

Las mujeres protestan con “el suicidio o el canto”, escribió el poeta afgano Sayd Bahodin Majruh en un libro sobre la poesía de las mujeres pashtun. Con la ayuda de su cuñada, Majruh, que murió en Peshawar en 1988 asesinado por los fundamentalistas, logró recuperar varios de estos poemas pertenecientes a la tradición popular que se han ido transmitiendo en torno al pozo de agua, en los caminos rurales, alrededor del horno… Evocan los amores prohibidos, donde el amante nunca es el marido, y hablan del odio hacia este marido, a menudo mucho mayor; pero también expresan el orgullo y la valentía de las mujeres. Esta poesía se llama landay, que significa “breve”, y –limitada a unos pocos versos- consta de poemas cortos y rítmicos como “un grito, un furor, un navajazo”, en palabras de Majruh:

Gente cruel, queréis que un viejo

me lleve a su cama.

¡Y preguntáis por qué lloro y me tiro del pelo!

¡Ay, Alá!, me mandas de nuevo a la noche tenebrosa,

y de nuevo tiemblo de la cabeza a los pies

porque tengo que subir a la cama que odio.

Sin embargo, las mujeres en estos poemas también pueden ser rebeldes y arriesgar la vida por el amor en una sociedad donde la pasión está prohibida y el castigo es despiadado.

Dame tu mano, mi amor, y vámonos al campo

Para amarnos o caer juntos bajo los navajazos

Me lanzo al río, la corriente no me arrastra.

Mi horrible marido tiene suerte; siempre soy devuelta a la ribera.

Mañana por la mañana me matan por ti;

Tú por tu parte no digas que no me has querido.

La mayoría de estos gritos evoca la decepción de una vida mutilada. Una mujer reza a Alá para que en su proxima vida le deje ser una piedra antes que una mujer. Ninguno de estos poemas aborda el tema de la esperanza; al contrario, en todos ellos reina el desaliento. EL hecho es que estas mujeres no han vivido lo suficiente, no han sacado suficiente provecho a su belleza o a su juventud y no han conocido debidamente los placeres del amor.

Yo era más bella que una rosa.

Bajo tu amor, me he vuelto amarilla como una naranja.

Antes yo desconocía el sufrimiento;

Por eso crecí recta como un abeto.

Los poemas también están llenos de dulzura. Con una brutal sinceridad, la mujer glorifica su cuerpo, el amor carnal y la fruta prohibida como si quisiera escandalizar a los hombres y provocar su pasión:

Pon tu boca sobre la mía,

Pero deja libre mi lengua para que te hable de amor.

Cógeme primero en tus brazos, sujétame,

Sólo luego puedes atarte a mi muslos de terciopelo.

Mi boca es para ti, devórala, no tengas miedo.

No es de azúcar que se pueda disolver.

De buena gana te doy mi boca,

Pero,¿por qué traer mi jarro su ya estoy mojada?

Te harás ceniza al instante

Si yo fijo mi mirada embriagadora en ti.

EL VIAJE DE NEGOCIOS

El día está fresco todavía. El sol arroja sus primeros rayos sobre la montaña. En este paisaje polvoriento y de un color marrón tirando a gris, las pendientes escarpadas son de piedra pura, rocas que en cualquier momento pueden caer rodando en un desmoronamiento devastador, y de gravilla que cruje bajo los cascos de los caballos. Emergiendo de entre las piedras, los cardos rozan las piernas de los contrabandistas, los refugiados y los guerreros que huyen por el caos de senderos que se atraviesan y desaparecen detrás de piedras y montículos.

Es la ruta del contrabando entre Afganistán y Pakistán, donde se encuentra de todo, desde armas y opio hasta cigarrillos, pasando por cajas de Coca-Cola. Esos mismos senderos se han usados durantes siglos, y por ellos pasaran furtivamente los talibanes y los guerreros árabes de Al Qaeda cuando comprendieron que el combate por Afganistán estaba perdido y retrocedieron a los territorios tribales de Pakistan. Volvieron a usarlos cuando regresaron a combatir a los soldados norteamericanos, esos impíos que ha ocupado Tierra Santa musulmana. En las regiones fronterizas, las autoridades afganas y las pakistaníes no tienen el control que pertenecen a las tribus pashtun a ambos lados de la frontera. Este vacío jurídico esta incluso establecido en la legislación pakistaní; las autoridades pueden operar en los caminos asfaltados y hasta veinte metros a ambos lados. Más allá prevalece la ley de las tribus.

Esta mañana el librero Sultán Khan pasa delante de los guardias fronterizos. A menos de cien metros está la policía pakistaní, pero mientras las personas, los caballos y los burros cargados se mantengan a una distancia prudencial del camino, no hay nada que la guardia pueda hacer.

En cambio, si bien las autoridades no pueden controlar el torrente de viajeros, muchos de ellos son parados y “sometidos a un impuesto” por hombres armados que a menudo no son más que campesinos corrientes. Sultán ha tomado sus precauciones: antes de salir, Sonya le cosió el dinero en la manga de su camisa, sus enseres personales están en un sucio saco de azúcar y lleva puesto el shalwar kamiz más viejo.

Como para la mayoría de los afganos, la frontera pakistani también está cerrada para Sultán. El hecho de que tenga en Pakistán una familia, una casa, un negocio y una hija escolarizada no cambia nada: no es bienvenido.

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Interplanetaria

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