El Librero de la Atlántida

Todo se agita bajo un presentimiento, una intuición colectiva y un arcano universal: La Atlántida. ¿Estaremos reviviendo su cataclismo?, ¿o habremos aprendido de su historia?

Con el hallazgo de unos restos arqueológicos durante la construcción de una urbanización de lujo en Sanlúcar de Barrameda, arranca esta novela.

Alejandro, un tímido librero de Cádiz, sólo tiene por amigo a un viejo marinero, el Corcho, que cuenta leyendas de antiguas ciudades sumergidas mientras bebe en las tabernas de la Caleta gaditana. Un estudio científico, que asegura que se avecina una nueva glaciación y que desmonta la común creencia del calentamiento global, modifica los planes de expansión de una importante empresa constructora, desatando una guerra por acumular suelo.

Mientras, la naturaleza parece encolerizada con los hombres que la golpean. Y, como telón de fondo, el mito de la más grande, poderosa y mágica de todas las civilizaciones.

ANTICIPO:
Alejandro Arrachero no había tenido suerte en la vida. Y no es que fuese tonto, que no lo era, sino que carecía de la dosis de malicia imprescindible en un mundo donde competir era la receta para la supervivencia cotidiana. Competir en el trabajo, en el amor y en el poder. Y Dios no lo había llamado para el camino de esos esforzados menesteres. Prefería la contemplación del atardecer sereno antes que el tridente del gladiador o el maletín y el portátil del ejecutivo agresivo. Todo lo que le faltaba de valor guerrero, lo despachaba sobrado en capacidad de ensueño, adorno perfectamente inútil para el mercenario que se suponía que debía ser. Y es que Alejandro no podía evitarlo: ante cualquier estímulo, su mente floraba hasta construir palacios de cristal habitados por extraños seres descomunales. Está un poco colgado, decían a sus espaldas, le falta un hervor, no le hagas demasiado caso. Nunca perteneció ni a coro, comparsa, chirigota o cuarteto alguno. Mal oído, poca voz y aún menos gracia confabularon desde su infancia para apartarle de ese Carnaval tan importante para sus compañeros de instituto. Cuando la Erizada del barrio de la Viña anunciaba el arranque de la fiesta. Alejandro se encerraba en su madriguera de soledad. Apenas pisaba en esos días grandes las calles del Cádiz de su alma. Estudiante discreto, había logrado aprobar a trancas y barrancas su carrera de Filosofía y Letras, una titulación de difícil salida en su ciudad. Como era de Puerca de Tierra para dentro, no quería saber nada de ningún trabajo más allá de las viejas murallas de la ciudad. Y, encima, era tímido y buena persona. Su madre, viuda de un honrado trabajador de astilleros, desesperaba por los nietos que no le llegaban. Alejandro, hijo, deja los libros por una temporadita y busca hembra pa`casarte, tal y como quiere el señor. Pero nada, el niño no se echaba novia ni a tiros. Y no porque fuese feo, que bien guapo sí que era, sino por lo corto e introvertido. Sus amigos nunca entendieron cómo podían gustarle más los libros de fantasías que esas gaditanas que enloquecieron a fenicios y romanos. Para todos ellos. Alejandro no terminaba de parecerles normal del todo. Algo simple, quizá; Simple, eso era, sin gracia ni malicia. Y por eso le daban de lado en aquella tierra del ángel y la sal en la que las ocurrencias ingeniosas destacaban sobre la fuerza bruta del puñetazo y la fría lógica de la razón. Resignado, Alejandro se acomodaba a su discreto papel. Sólo en el silencio de la librería en la que trabajaba, entre anaqueles y libros, encontraba el remanso de paz que le confería algo de seguridad y confianza. El andamiaje de libros silentes sostenía su personalidad, que se desdibujaba en cuanto abandonaba su reino de sueños y letras para adentrarse en la selva de los humanos, esa que le aguardaba a las puertas mismas del establecimiento.

Alejandro sólo tenía un amigo, un buen amigo de verdad, el Corcho, con el que le gustaba pasear al borde del mar las tardes ventosas del invierno. Aprovecha estos aires —le decía el viejo marinero— que nos silban la canción triste de la Atlántida. ¿La Atlántida? ¿Usted cree que de verdad existió? Y entonces. Pepe Higueras, el Corcho para las gentes del mar, le contaba misteriosas historias. Mientras le escuchaba, el tiempo parecía detenerse. En esas tardes que gastaban sentados con la vista fija en ese océano grande al que Cádiz todo se lo debía, Alejandro intuía que el viejo le estaba contando una sublime realidad que los doctores y catedráticos despreciaban. Más verdad dicen mis historias, le repetía el patrón, que tas tus libros muertos.

—La Atlántida existió, y estuvo cerca de aquí, a no más de cuarenta millas. Sus gentes, altas e inteligentes, avanzaron en sus ciencias una barbaridad. Tenían palacios, templos, gimnasios y barcos capaces de cruzar mares. Llegaron hasta el Egipto, donde sembraron la semilla de la sabiduría, y también a las grandes islas del Mediterráneo. Navegaron por el Mar del Norte, donde abrieron la ruca del escaño y el ámbar, que seguiría viva por muchos miles de años. Conocían la astrología, las matemáticas y todas las leyes antiguas que hoy hemos perdido. Fue una tierra hermosa y feliz, que dominó todos los mares del Levante mucho antes de que los egipcios levantaran sus pirámides. Pero pecaron de soberbia. Como el capitán del Titanio, como los americanos, como los científicos de hoy. Se creyeron con más poder que los dioses, y los dioses no los perdonaron. Les enviaron huracanes, tormentas, olas gigantescas, que terminaron arrasando toda su ciudad. Todos los atlantes murieron o se suicidaron. Y son sus llantos los que oímos los marineros en noche de luna, unos quejíos tan tristes que rompen el corazón. Figúrate, los que todo lo fueron y nada son. ¿Puede existir mayor dolor para sus espíritus atormentados? Nosotros somos sus descendientes, por eso llevamos una penita negra en nuestro corazón.

Así, como en trance, hablaba el Corcho. Después se sumergía en largos silencios, mirando con fijeza las espumas de las olas rotas y las cabriolas insolentes de gaviotas y cormoranes. Los ojos del Corcho se humedecían entonces de añoranzas marineras. Nada deseaba más que regresar a la mar, que volver a navegar por aguas lejanas y solitarias. Esa melancolía lo mataba; sabía que ningún armador, con sus ochenta años a cuestas, lo llamaría. La pesada ancla de la edad impedía que los vientos de libertad desplegaran de nuevo su velamen. Y para matar esa nostalgia bebía en las más sórdidas tabernas del Cádiz antiguo, en la Caleta, el barrio de la Viña y el del Pópulo. Sólo el buen fino del Puerto de Santa María lograba sacarle la pena de las entrañas, sólo bajo sus vapores creía sentirse cerca de aquellos héroes que navegaban en sus trirremes dorados.

—¿Sabes, Alejandro? Un día de estos me voy a reunir con los atlantes. Una madrugá de mar calma, cogeré una barquita de remos y me iré hacia adentro. Sus cantos me guiarán. Y después me dejaré ir. Nadie me quiere aquí y yo sé que mi sitio está en la mar. Las aguas me sepultarán y mi epitafio será de olas y espumas, como las de los dioses antiguos.

—No diga eso, aquí me tiene a mí. Es mi mejor amigo, el único que me entiende, el único que me cuenta historias que me gusta escuchar.

Y después guardaban otra vez silencio, un prolongado silencio. Y a la diez, Alejandro acompañaba al Corcho al asilo de las monjas, donde lo tenían acogido. Y así, durante un día y otro, se fue cuajando la estrecha amistad del maestro marinero y su discípulo librero. En las tardes de verano, cuando el día alargaba y las campanadas de las diez aún sonaban a la luz del sol moribundo, el Corcho se mostraba más locuaz, menos taciturno.

—Somos hijos de la luz, Alejandro, sin ella nos morimos de pena, como los pajarillos de campo en las jaulas.

—Pues a mi me gustan las tardes de invierno con lluvia y viento, le respondía Alejandro.

El Corcho callaba, y lo miraba con cariño, como miraría a una barquita recién calafateada y pintada que se fuera a echar al mar por vez primera.

Aquella tarde de julio, el Corcho volvió a narrar sus historias sobre los remotos habitantes de las costas andaluzas.

—Ellos adoraron al sol, el jefe de todo lo creado. Por encima de él, sólo a la Madre. Comprendieron antes que el resto de los hombres cómo funcionaban los asuntos de los dioses y les pusieron nombres a las cosas. Aprendieron a escribir esos nombres y se los enseñaron a otros pueblos de la Antigüedad. Muchos de los dioses egipcios y griegos, los más antiguos, provienen en verdad de estas tierras.

—Corcho, ¿por qué hablas tanto de la Atlántida? Parece que la conocieras.

—La intuyo, se cómo ocurrió todo. Esa historia la llevamos dentro, pero no dejamos que se nos muestre. Ocurrió y volverá a ocurrir, por eso me da tanta lástima.

—¿Qué es lo que volverá a ocurrir?

—Lo que ocurrió se repetirá. Está escrito y nosotros seguimos a pie juntillas el guión prohibido. Mal final tendremos, grumete.

Sentados bajo los enormes ficus de la plaza Carlos Cano, a las puertas mismas del hospital de Mora, el Corcho volvió a emocionarse con sus relatos de imposibles ciudades perdidas en el mar. Y, en delirio de fantasía, alzaba la voz y gesticulaba con manos y brazos, en un inútil ensueño por atrapar el cimbreante movimiento de mareas y olas. Alejandro, en esos momentos de arrebato, miraba a un lado y otro, temeroso de que alguien pudiera oír los desvaríos de su amigo y lo tomase por un anciano demente. Y él no podía consentir eso. El Corcho era un viejo sentimental que añoraba esa mar en la que echó los dientes y en la que también los perdió, pero no estaba loco; derramaba sabiduría en cada una de sus palabras, aliñadas con la sal de sus dichos marineros.

Pero esa tarde, el Corcho estaba más embebido que de costumbre en su mundo mítico, intercalando, como era habitual en él, los sucesos del pasado, con sus augurios de futuro. Y no eran alegres,

—Llevaron sus costumbres y creencias al Egipto, cuando allí casi estaban en la prehistoria, créeme. Tierras del gran río, las llamaban. Fueron divinizados por aquellos pueblos de ganaderos y pescadores, que se asombraban de sus barcos y metales. Los atlantes eran poderosos y adoraban la belleza. Regalados por los dioses, creyeron que el mundo entero se les rendiría a sus pies. ¡Pobres! Estaban marcados por el destino. Ni los imperios más colosales pudieron, ni podrán jamás, enfrentarse nunca al zarpazo de la naturaleza irritada. Jaleada por el aliento divino. Quien no ha estado nunca en medio de una tempestad, con el barco zaherido al viento de estribor por olas de diez metros, ignora por completo lo desvalidos que podemos llegar a estar frente a los meteoros desatados. Porque, Alejandro, no somos más que bichitos de la sarna que fastidiamos con nuestras picaduras y excrementos a la madre tierra que nos cobija. El día que se rasque, por jodida, nos iremos todos al carajo.

Alejandro, en fascinado silencio, le daba la razón. Oyendo sus palabras, cabalgaba a los lomos del viento de la historia y se sentía argonauta, marinero, descubridor de costas vírgenes, hollador de países todavía sin nombrar y maestro de hombres y pueblos. Y el Corcho, en trance de atlantes, hablaba y hablaba. Cada vez más alto, cada vez más claro. Cualquiera lo podría oír, tomándolo por un loco o por un poeta ambulante, una demencia aún más abundante en aquella esquina andaluza. Fue entonces cuando Alejandro se fijó en el hombre que leía. Estaba sentado más allá del poyete del parterre, y mantenía el periódico en vilo con una artificiosa rigidez. Entre parrafada y parrafada de su amigo lo observaba. Parecía abstraído de su lectura; más que leer, escuchaba, con la oreja atenta a la charla del Corcho. Pasaba página muy de vez en cuando, y lo hacía sin convicción, como si no le interesaran esas malditas noticias que entintaban el papel y desangraban al mundo. Nos está espiando, pensó molesto Alejandro. En primera instancia se sintió celoso, allanado por un extraño en su intimidad. Después se irritó, aquel cotilla se estaría divirtiendo con las excentricidades de su amigo marinero. Debo tranquilizarme, se impuso. Lo más probable es que sea un aburrido padre de familia, que prefería la tranquilidad de la placita concurrida al estruendo de la soledad con su mujer. Y en cuanto a lo del periódico preterido, siempre serian más entretenidos, al fin y al cabo, los relatos de los viejos reinos de la antigüedad que los sucesos políticos o deportivos de una actualidad manida por cercana y previsible. Era normal, pues, que prefiriera oír al Corcho que amargarse con las noticias de la prensa. El hombre rondaría los cincuenta arios y tenía un rostro tan común, que su único rasgo identificativo era un poblado mostacho negro. De tan negro que cualquier persona observadora hubiese adivinado como tintado. No Alejandro, que jamás habría alcanzado a fijarse en semejante minucia estética. Y es que Alejandro, además de tímido y sonador, era un desastre para las cuestiones del vestir y combinar. Sólo la mano de su madre lograba enderezar, de vez en cuando, el desalmo de su vestimenta.

—Corcho, vamos a casa. Es tarde.

Le costó hacerlo arrancar. Cada día se resistía más a encerrarse a las diez de la noche en aquella cárcel para viejos, como definía a su residencia.

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