El Límite del Mundo

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BZ Gundhalinu, inspector de policía, miembro “tec” de la clase de elite del planeta gobernante Kharemough, abandonó Tiamat antes de que se cerrara la Puerta Estelar, dejando tras de sí un sangrante retazo de su vida y aislándose para siempre de la mujer a la que amaba y amaría eternamente, la mujer que era ahora la Reina de Estío. Los rígidos códigos Kharemoughi habían hecho de él un desterrado, como lo atestiguaban las cicatrices que aun exhibían sus muñecas. Y así partió hacia el planeta Cuatro, donde la escoria de toda la galaxia se congregaba en torno al lugar conocido como el Límite del Mundo, en busca de la fortuna, aunque más probablemente de la muerte. Allí, pensó, podría ser olvidado por todos, y quizás olvidar él a su vez.
Lo que no sabía era que, adentrándose en el infierno del Límite del Mundo, y en el infierno dentro del infierno que era el Lago de Fuego que se abría en su centro, donde la realidad se volvía irrealidad y el tiempo se curvaba y fundía y fluía aleatorio, abría ante él la posibilidad de recuperar su honor, redimir a su familia y quizá, finalmente, regresar al lado de su perdido amor…
El Límite del Mundo es una novela que continúa la saga de La Reina de la Nieve, y se abre como anticipo a su continuación, La Reina del Estío.

ANTICIPO:

Día 7

Dioses, ¿es posible que haya pasado una semana desde que llegué aquí? Parece una eternidad…, y sin embargo parece como si fuera ayer que hice mi primer viaje a la Oficina de Permisos.
Fui informado por la desaliñada mujer que me alquiló la habitación infestada de bichos que necesitaría autorizaciones. Incluso para permane­cer en la ciudad más de una noche necesitaba un permiso de la Compa­ñía…, y para entrar en el Límite del Mundo necesitaría media docena más. Cuando oí la noticia me sentí exaltado, porque me di cuenta de que mis hermanos habrían tenido que hacer lo mismo, y que en consecuencia ha­bría algún registro de cómo y cuándo se habían ido de allí. Pensé que las cosas iban a ser fáciles.
Por la mañana fui al centro de la ciudad. Pero, en el momento mismo en que crucé el umbral de la Oficina de Permisos en la plaza de la ciudad, me di cuenta de que mis suposiciones acerca de que todo iba a ser razona­ble o fácil eran pura fantasía. No había puerta en la oficina; el calor era peor dentro que fuera, aunque jamás hubiera creído que eso fuera posible. No había sillas, ni mostradores, nada excepto una pared lisa partiendo en dos la única habitación.
Al otro lado de la pared vi a tres personas de pie o sentadas en la auténtica oficina, que parecía primitiva pero funcional. Crucé la estancia hasta la pared y golpeé suavemente en ella con los nudillos. Sólo uno de los empleados, una mujer, se molestó en alzar la vista hacia mí; ninguno de ellos acudió a la pared. Golpeé de nuevo, más fuerte esta vez, cuando me di cuenta de que me ignoraban. La mujer hizo un gesto con la mano de que me fuera, como si estuviera haciendo algo importante. No hacía absoluta­mente nada, como yo podía ver muy bien.
Otro evidente forastero entró en la oficina y se detuvo junto a la pared a mi lado, sujetando en la mano su disco de crédito. Gritó algo que sonó como «¡Memo!». Uno de los empleados, un hombre viejo con el rostro como una loncha de fruta seca, cruzó finalmente la habitación hacia noso­tros. Pulsó algo en la pared, y oí una nota tintineante; de pronto se abrió una ventanilla frente al otro hombre. Una bocanada de aire fresco y seco abofeteó mi rostro.
—Perdone —dije—, pero estaba yo primero.
—Aguarde su turno —me restalló el empleado. El otro hombre son­rió, manteniendo su sitio, y el empleado tomó su disco de crédito.
Aguardé, intentando controlar mi ira al verme tratado como el más bajo de los No Clasificados allá en Kharemough. El otro hombre terminó finalmente sus asuntos, y yo me situé en su lugar antes de que el empleado pudiera cerrar de nuevo la ventanilla.
—Necesito…, necesito cierta información —dije—. Estoy buscando a mis hermanos…
El empleado inclinó insolentemente la cabeza hacia un lado.
—No están aquí dentro, hijo. Vuelva por donde vino, encontrará allí todos los hermanos que quiera. —Rió silenciosamente.
Hice una profunda inspiración y dije, tan suavemente como pude:
—Mis hermanos…, vinieron aquí hará un año. Creo que fueron al Límite del Mundo. No volvieron. Estoy aquí para buscarles. Tengo enten­dido que necesito algún tipo de permiso para hacer eso. Quiero solicitarlo.
Se apartó de la ventanilla sin una palabra; pero dejó ésta abierta, así que aguardé. Volvió con un puñado de impresos.
—Rellene esto. —Los pasó a través de la ventanilla y la cerró.
—¿Quiere decir llenar todo esto? ¿A mano? —exclamé. Pero ya le estaba hablando a su espalda. Miré la vacía oficina a mi alrededor, buscan­do inútilmente una silla o una mesa. La habitación no había producido milagrosamente ninguna de las dos cosas, de modo que me apoyé contra la pared de un lado y me puse a rellenar los impresos por cuadruplicado con un estilo roto que encontré en el suelo, en un rincón. Mientras detalla­ba mis ocupaciones, solicitaba los permisos correspondientes, juraba so­lemnemente solvencia y cordura y revelaba detalles de mis condiciones físicas y mentales que ni siquiera eran asunto de médicos, empecé a pensar que la Compañía era un enemigo más formidable que cualquier otro que pudiera encontrar en el Límite del Mundo. Me sequé el sudor de los ojos por centésima vez. Quedaban aún espacios en blanco por llenar en media docena de impresos, declaraciones juradas que adjuntar, datos que confir­mar. Volví a la pared divisoria.
—¡Memo! —llamé.
Esta vez el empleado respondió en seguida. Tomó mis papeles, frun­ció el ceño y agitó la cabeza.
—No están completos.
—Lo sé —dije, manteniendo a duras penas mi educación—. Es im­posible. No puedo conseguir todo lo que pide ni siquiera aunque me pase un mes en Puertacuatro…, ¡tendré que pedirlos a Kharemough! No puedo esperar años…
Se encogió de hombros y se mordió un padrastro; los impresos susu­rraron. Capté su olor, un débil aroma mohoso flotando en el frío aire.
—Hubiera debido venir mejor preparado. —Alzó la vista hacia mí, como si esperara ver algo que no estaba en mi rostro. Cuando no lo encon­tró, agitó de nuevo los papeles—. Bien…, puede que haya una forma de eludir algunas de las cosas que se piden aquí…, tal vez podamos hacer algo por usted…, podemos pasar por alto algunos detalles… —Me miró de nue­vo, expectante.
No respondí, sin comprender qué era lo que deseaba.
Finalmente dijo:
—Esto va a costarle algo de dinero.
Me envaré.
—¿Quiere decir un soborno? ¿Espera que le pague por ello, es eso lo que quiere decir? Quiero hablar con su superior, Memo.
—Memmog —dijo fríamente—. Yo estoy al cargo aquí. Y no me gusta su actitud. La Compañía no tiene por qué hacer nada por usted, ¿comprende? Nadie le necesita aquí; los de su clase son tan baratos como el polvo. Les dejamos explorar el territorio de la Compañía por pura gene­rosidad, y si ustedes ni siquiera están dispuestos a dar algo a cambio, enton­ces pueden tomar el siguiente transbordador que salga de aquí.
La ironía me golpeó tan fuertemente que casi me eché a reír. Por fortuna no lo hice.
—¿Cuál es su… tarifa? —pregunté hoscamente.
—Diez por el permiso de residencia aquí en la ciudad la primera semana.
—¿Diez?
—Quince para cada semana sucesiva. —Me miró fijamente. Esta vez mantuve la boca cerrada.
—Los permisos y autorizaciones para poder entrar en el Límite del Mundo y hacer prospecciones, o lo que diga que quiere hacer usted allí, son más complicados. Toman tiempo, tienen que pasar por muchas ma­nos. Algunos de los encargados de seguridad puede que deseen entrevis­tarse personalmente con usted… —Alzó significativamente las cejas; me mordí la lengua—. Sólo empezar los trámites, con todo lo que le falta, le costará cincuenta. —Tendió una mano.
Mi mano se tensó alrededor del disco de crédito.
—En ese caso, antes de pagarle nada, quiero al menos pruebas de que mis hermanos entraron realmente en el Límite del Mundo. Espero que pueda comprobar eso en sus archivos.
—No está permitido…
—A cambio de la tarifa correspondiente. —Alcé mi disco de crédito ante él.
—Supongo que puedo hacer una excepción. ¿Nombres? —Le di sus nombres y mi disco de crédito, y se dirigió al fondo de la oficina. Al cabo de otra espera interminable volvió. Me tendió una hoja de impresora, como si supiera que yo solamente iba a aceptar una prueba documental.
Los datos me dijeron que mis hermanos habían obtenido sus permi­sos de la Compañía y sus autorizaciones para prospectar y sus pertrechos. Cuánto les había costado todo esto no estaba reflejado. Habían entrado en el Límite del Mundo aproximadamente un mes después de que acudieran a verme. Eso era todo.
—¿Esto es todo, realmente? ¿Puede decirme cómo viajaban, o qué dirección tomaron al menos?
Sacudió la cabeza.
—Le he facilitado todo lo que me ha pedido. —Me tendió de vuelta mi disco de crédito.
Miré el estado del crédito e hice una mueca.
—Supongo que sí. —Frunció el ceño; al menos mi sarcasmo no le había pasado por alto—. ¿Cuándo puedo esperar obtener las autorizacio­nes?
—Vuelva dentro de un par de días. Quizá por entonces ya haya algo preparado. Habrá más gastos. —Me miró largamente—. Pero si yo fuera usted, no contaría con poder marcharme de aquí pronto. —Cerró la ven­tanilla con otra nota cristalina y se alejó.
Y, cada vez que voy allí, Memmog me dice: «Vuelva dentro de un par de días». Siempre hay más gastos, pero nada que mostrar a cambio de ellos. Y, cada vez que entro, se ríe de nuevo discretamente de mí. Soy un hombre marcado. Sé que no estoy jugando bien a este juego…, ¡pero mal­dita sea, no nací para la adulación y el soborno, cosas a las que parece dedicarse todo el mundo en esta maldita ciudad!
Si sólo hubiera alguna otra forma de entrar en el Límite del Mundo…, pero la Compañía tiene monitorizado todo su perímetro con una vigilan­cia mucho más intensa que la de cualquier gobierno. Ésta es la única for­ma racional.
Mis hermanos lo hicieron así, y al menos escaparon de este laberinto burocrático. Tiene que haber una forma de que yo descubra su rastro a partir de aquí y lo siga. Paciencia, eso es todo lo que necesito. Perseveran­cia. Lógica.
¡Maldita sea! Esto es de locos.

Día 14

Hoy empezó como ayer, y como anteayer. Efectué las rituales sumisiones burocráticas una vez más, con la esperanza de conseguir mis autorizacio­nes… , sin conseguir más que calor y sed. Después volví otra vez al bar de C’uarr, en el Barrio; otro ritual que mis pies tienen ya programado. Me había prometido que no iría a C’uarr hoy…, estaba seguro de que enferma­ría del estómago si volvía a beber otro vaso de su licor matarratas. Pero fui pese a todo.
La repentina oscuridad del bar es tan cegadora como la calle. Siem­pre me detengo apenas cruzar la puerta, echo hacia atrás el protector solar de mi casco, parpadeo hasta que mis ojos pueden distinguir el cuadro de los clientes regulares del bar. El puñado de forasteros con sus características indumentarias destacan entre los trabajadores de la Compañía como frag­mentos de cristal de color sobre un lecho de lisas piedras blancas. Siempre los mismos forasteros…, atrapados como yo en este purgatorio en el que he empezado ya a pensar como la Espera.
—¿Todavía por aquí, peregrino? —me preguntó un fornido guardia de la Compañía mientras me empujaba a un lado de la puerta. Se detuvo, sonriendo ante la indignación que no pude ocultar por completo. Toda una vida no sería suficiente para hacerme recibir con resignación los insul­tos de los inferiores—. ¿Cuánto te falta todavía? —siguió. Cuando no le respondí, dijo—: Bien, quizá mañana. O quizá no. —Se echó a reír, exhi­biendo unos dientes amarillos.
Me mantuve lejos de los garfios de carne de sus manos. Unos pocos días antes presencié cómo dos guardias rompían casualmente todos los dedos de un prospector que dijeron que hacía trampas en el cinco y veinte. La Compañía tiene sus propias leyes cuando llegas al Límite del Mundo, y las leyes cambian según el humor de quien las aplica. La ley uniforme de la Hegemonía es sólo un recuerdo aquí.
El guardia siguió su camino, y yo me dirigí a la barra. Pedí una copa con voz demasiado fuerte, y tuve que soportar la irónica y lenta respuesta de C’uarr. C’uarr, el tuerto, es tan amargo y corrosivo como su venenoso licor. No es un local…, por el nombre viene probablemente de Samathe. No dejaba de preguntarme qué lo mantenía allí, cuando es evidente que odia esta ciudad y lo que hace, del mismo modo que odia a todo el que llega a este lugar. A medida que transcurrían los días y la inactividad empe­zaba a devorarme, empecé a pensar que era un parásito que vivía de la miseria de la Espera más que del dinero que ésta le proporcionaba. Hoy se me ocurrió que simplemente seguía allí por inercia…
C’uarr depositó el bajo y ancho vaso sobre el sucio mostrador con un fuerte golpe; gotas del rojo licor ensangrentaron su mano. La tendió, con la palma hacia arriba, como siempre. Deposité en ella una marca.
—¿Alguna noticia? —pregunté, mientras daba el primer sorbo. Le pagaba para que preguntara por mis hermanos. Pero la pregunta era ya retórica; me volví y me alejé antes incluso de oír su respuesta. Siempre era no. Noté la mirada de C’uarr clavada en mis espaldas, llena de burla y torva especulación. Es como un animal…, se da cuenta de que no soy real­mente como los demás. Puedo decirlo cuando me mira.
La sala de techo bajo huele a moho y varillas de fesh. Nadie se molesta en alzar la vista mientras me abro camino hacia un banco en una esquina libre de una mesa. Me he fundido en el entorno, como ellos. Peregrinos, los llaman los trabajadores de la Compañía, y ríen. Efectúan su peregrinaje hasta este lugar desde todo el planeta, desde toda la Hegemonía, buscadores de una legendaria riqueza, de ocultos tesoros, todos creyentes en la misma religión de la codicia. La mayoría de ellos terminan en cambio en esta trampa, atrapados como insectos en una botella mientras C’uarr y la Compañía los sangran a muerte.
Paso el resto de la tarde sentado, mirando, conservando la misma be­bida hasta que C’uarr me amenaza con echarme. Le pido otra, pero no la bebo. El barato licor local color rubí es fermentado de algún tipo de hon­go. Lo llaman ouvung. Un gusano muerto flota en cada botella. La prime­ra vez que lo bebí sentí náuseas…, y me pregunté si el gusano no estaría realmente allí como testamento a la estupidez de los bebedores. Me he acostumbrado a él, como todos los demás.
Finalmente, el cielo al otro lado de la puerta empieza a oscurecer. Ceno otra ración de repulsiva comida barata, y regreso a mi habitación infestada de bichos para dormir una noche más. He gastado más en insec­ticidas y pantallas sónicas desde que estoy aquí que en comida. Pero tengo que conseguir dormir un poco…, para poder levantarme mañana e iniciar una vez más mi fútil ronda, y al día siguiente, y al otro…
A veces pienso que tengo que estar loco para seguir aquí…, cada vez que considero mis posibilidades de encontrar el rastro de mis hermanos en toda esta nada, en todo el Límite del Mundo. Nadie al que he preguntado recuerda siquiera haberlos visto. ¿Por qué, en el nombre de un centenar de antepasados, no pudo HK haberse casado decentemente y tener media docena de herederos? Quizá uno de ellos hubiera podido llegar a ser me­dio inteligente… Estoy seguro de que SB se lo sacó de la cabeza, de la misma forma que le sacaba de la cabeza cualquier otra idea que hubiera tenido alguna vez. Aunque, ¿qué mujer se hubiera casado con ninguno de ellos? Incluso nuestra propia madre…
Idiota…, si ni siquiera puedes conseguir la autorización de la Compa­ñía para entrar en el Límite del Mundo, ¿qué demonios vas a hacer con ello?

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