El masajista ciego

MasajistaCiegoFlorescu

Teodor Moldovan, que escapó de la Rumanía comunista con sus padres a los 19 años para establecerse en Suiza, regresa veinte años más tarde para reencontrarse con Valeria, la mujer a la que abandonó en su huida. En lugar de lograrlo, acabará encallado en el balneario y residencia vacacional de segunda de Moneasa, donde conoce al misterioso Ion, un masajista ciego y paradójicamente poseedor de una de las bibliotecas más grandes de toda Rumanía. El poder de seducción que emana este personaje impregna una novela en la que abunda una picaresca repleta de hallazgos poéticos y en la que nada es lo que parece.

ANTICIPO:
Aún quedaba un átomo de belleza. Mientras lo creyera, estaba seguro.

Hacía diez minutos que había cruzado la frontera. El pope iba sentado a mi lado y olía a ajo. El olor le subía desde el estómago hasta la garganta, luego hasta la boca. Nos envolvía con él, a mí, a su esposa, al joven, al leñador y a sí mismo; si continuaba haciéndolo me desmayaría y chocaría contra un árbol. En esa carretera no faltaban árboles, tampoco cruces.

Eran árboles silvestres que crecían en todas direcciones, tan sólo las iglesias silvestres crecían hacia el cielo. Tenían espina dorsal. Entre los árboles había cruces. Cada cruz tenía su familia. Esta se reunía alrededor y murmuraba: «El pobrecito, aquí fue donde ocurrió». Luego se contaban unos a otros la vida del pobrecito. Cada dos o tres kilómetros el campo estaba cuajado de muertos, hasta que llegaron los primeros auxilios demasiado tarde, estuvieron allí tendidos, esperando. Probablemente aquel no fuera el peor final si es que uno quería morir. Yacían a la sombra, una leve brisa pasaba rozándolos y también el diablo, que acechaba para ver si podía llevarse a alguno.

Habían llamado al pope para una extremaunción y se había llevado también a toda la familia. Era como una excursión en honor a Dios.

―El hombre se ha muerto por su mal corazón. No le daba nada a nadie ―dijo el pope cuando ya habíamos recorrido un trecho.

Pero en su oración tan sólo había tenido cabida el débil corazón, luego hubo ajo en abundancia, del que se deshizo en mi coche. Así a mí también me tocó algo de la extremaunción.

Aceleré y nos vi tendidos bajo un árbol, el coche destrozado, sobre nosotros flotaba el olor a ajo y se mezclaba con los olores del campo. Esta tierra estaba situada bajo una espesa campana de olor. Las gentes se armaban a diario contra el diablo. Hacía mucho tiempo que este habría podido marcharse de allí, pero perseveraba. Se daba tiempo. El tiempo le seguía el juego.

Los zapatos del pope relucían, pero para él no era suficiente, se los quitó, escupió sobre ellos y los frotó con la manga. En la barba se le quedó colgando algo de saliva que se limpió con la mano. Ahora tenía las manos llenas de saliva. Le importaban los zapatos, pues tenían que llevarlo aún por muchas extremaunciones y a muchas mesas puestas.

El trigo se disparaba hacia lo alto, era verde y arriba del todo algo plumoso. Las amapolas parecían colgar del aire como diminutas explosiones de rojo. El campo era llano como la palma de una mano, en ninguna dirección se veía nada que se resistiera a las miradas. Era mayo, pero los asuntos que me llevaban hasta allí no eran asuntos de mayo, en los que el corazón latía más fuerte de puro amor.

Cuando era joven yo había visto cómo los campesinos ponían semillas de amapola en el ataúd para que el difunto las contara y se distrajera de la despedida. Por las semillas de amapola se sabía el destino del recién nacido y el número de bocas que uno tendría que alimentar en esta vida. Los campesinos creían en esas cosas, los comunistas no pudieron hacer nada contra ello.

Al pasar la frontera yo había cerrado los ojos y acelerado. Quería contar hasta diez, pero siempre se abrían en seis, como si una mano ajena los abriera. Luego un coche pitaba y los frenos rechinaban.

―¡Yo no voy a ningún sitio con suicidas! ―exclamó el pope al detenerme casi a la altura de los dedos de sus pies.

―Entonces quédate aquí ―dijo su esposa, con el niño dormido en los brazos―. Ya se han acabado los tiempos en que siempre había que llevar a los popes ―añadió.

―Hemos perdido el tren, pero no por eso tengo deseos de morir ―dijo el pope.

―Venga, señor cura. No hay que vivir mucho, que resulta caro ―dijo el leñador, que se subió rápidamente al coche.

―Nadie muere antes de que haya llegado su hora ―murmuró la esposa.

―Hace años me cayó un abeto en la cabeza ―continuó diciendo el leñador una vez que el pope hubo subido al coche―. Paf, justo aquí me cayó, el traidor. Una semana estuve en coma, pero no estoy muerto.

Al recordarlo, se rascó la cabeza involuntariamente. Tenía los ojos de color azul lechoso, el rostro lleno de surcos, como un planeta del que uno se preguntara si en alguna ocasión había fluido agua por él. Talaba los árboles, los sacaba del bosque con su caballo, cortaba todas las ramas, hasta las superiores, que chupaban la savia del árbol y lo secaban. Un día un árbol se había vengado y había ido a caer allí donde estaba el hombre. Estaba seguro de que había sido la venganza de un árbol, otros opinaban que había sido el aguardiente. Sus ojos eran también como el aguardiente de destellos azulados.

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