El naufragio de La Medusa

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El naufragio de “La Medusa” es un hecho histórico auténtico, el hundimiento del barco francés La Medusa, el 2 de julio de 1816, después de haber encallado en el “banco de Arguin”, frente a la costa africana. Fue un drama terrible, sobre todo porque sólo sobrevivieron quince de los ciento cincuenta náufragos que buscaron refugio en una diabólica balsa, La Machine, que más tarde representaría magistralmente el pintor Théodore Géricault, en su famoso cuadro Le radeau de la Méduse.

En un contexto histórico inmediatamente posterior a las guerras napoleónicas, el barco se dirigía a Saint-Louis (Senegal) para restituir al gobierno francés de la antigua colonia, que le había sido arrebatada por Inglaterra. Era un contingente expedicionario de carácter civil, científico y militar, integrado por cuatro navíos –uno de los cuales era La Medusa-, bajo las órdenes del marqués de Chaumereys, una aristócrata incompetente que llevaba veinte años sin pisar la cubierta de un barco.

Pero los héroes de esta historia no son capitanes ni oficiales, sino dos de los más humildes tripulantes: el “Rey Nembo”, un simple marinero, y Rafaelillo, el grumete de la nave, según nos relata con mano firme Carlos Calvera.

ANTICIPO:
La primera reacción que hubo cuando corrió la noticia de que el navío había embarrancado fue de profunda inquietud; las madres corrieron a buscar a sus hijos pequeños y las familias fueron concentrándose sobre la cubierta principal a la espera de noticias. Todo el mundo se esforzaba en tratar de vislumbrar por la línea del horizonte alguna porción de costa que les infundiese cierta tranquilidad, mas nada se veía a excepción de una mar inmensa y completamente lisa. Luego se desató una especie de crispación y algunos civiles se precipitaron sobre el falso piloto exigiéndole responsabilidades, de modo que fue necesario que Richefort se retirara escoltado a su camarote para evitar que la reyerta terminara en linchamiento. Chaumareys, por su parte, estaba como enajenado de todo y se paseaba sobre la cubierta con gesto progresivamente desencajado, tratando de tranquilizar a todo el mundo sin conseguir nada; muy al contrario, el gobernador Schmaltz y su familia miraban con despreocupación a uno y otro lado, asumiendo, como suele hacer a menudo la gente rica, que alguien tomaría cuidado de ellos. En cuanto a la oficialidad de la nave; los unos por haberlo consentido, y los otros por no haberlo impedido, eran igualmente culpables de lo sucedido y se aprestaban a impartir las órdenes sin apenas convicción.

-¡Recojan inmediatamente todo el trapo y que se preparen un par de buceado res para reconocer el casco! -ordenó el Viejo a uno de los guardamarinas.

Al instante se fletó un bote y dos de los mejores nadadores de la tripulación se sumergieron por debajo de las aguas para determinar si había daños de gravedad en el casco. Veinte minutos más tarde eran izados sobre la cubierta para que informasen de su misión.

-El casco esta intacto -dijo uno de ellos-. La fragata se ha incrustado limpiamente sobre la arena del banco.

-¿Qué longitud ha quedado enterrada? -preguntó Coudein al marinero.

-Casi una tercera parte del pantoque, señor; es difícil precisarlo, el agua está muy turbia.

El Viejo se volvió hacia el almirante Chaumareys para prevenirle.

-Hemos encallado con la marea alta -le dijo fríamente-. Eso significa que a cada reflujo nos hundiremos más en el barro del fondo.

El almirante llamó a los dos oficiales -Reynaud y Coudein para parlamentar con más discreción en un lugar reservado.

-¿Qué sugieren ustedes, caballeros? -les preguntó.

-Ante todo, es vital que actuemos antes de que empiece a bajar la marea -le previno el Viejo-. Después cada intento tendrá menos posibilidades de tener éxito.

-Deberíamos bajar la arboladura y aligerar la carga del barco -añadió a su vez el lugarteniente-. Luego trataríamos de remolcarlo hacia aguas más profundas, arrastrándolo mediante los botes o con el cabestrante.

Chaumareys frunció el ceño.

-Será necesario hacer un minucioso inventario de cuáles son las provisiones que se desechan al mar -dijo-. Todo lo que llevamos es de vital importancia para la colonia… ¿Hay alguna posibilidad de que alguno de nuestros barcos nos auxilie?

-Es sumamente improbable que tal cosa suceda -le contestó el Viejo, con los ojos inyectados de sangre por el profundo pesar-. Lo más probable es que el resto de navíos que hemos dejado atrás sigan la ruta de rodeo clásica, de tal modo que no lleguen a Saint-Louis hasta dentro de dos o tres días. Sólo entonces nos encontraran en falta. Ahora mismo -concluyó Coudein- estamos fuera de las rutas comerciales convencionales; ningún barco va a pasar por aquí a no ser que vaya perdido.

Atendiendo a lo expuesto por ambos oficiales, se procedió de inmediato a aligerar el navío con el objeto de reducir su calado: primero se dejó caer el ancla hasta el fondo para liberar al velero de su peso muerto y después se subieron los lastres y la carga sobre cubierta. Todas las provisiones de las bodegas, los equipajes, el armamento y cuanto hubiera arrumado en los almacenes y en las sentinas se dispuso de tal modo que pudiera inventariarse antes de arrojarse al agua. Paralelamente, se ordenó botar las tres chalupas de salvamento más grandes1 y se instaló en cada una de ellas a veinte remeros con órdenes de situarse a popa de la fragata para tratar de arrastrarla mediante cuerdas.

El «Rey Nembo» y sus negros fueron alistados de inmediato al bote del contramaestre, que ocupó plaza de timonel.

-¡Abajo! -ordenó el señor Reynaud desde la amura del alcázar.

Los goznes de las poleas chirriaron y el bote numero uno, con toda su dotación de negros al completo, comenzó a arriarse.

-¡Atención! -clamó el contramaestre una vez el bote tocó aguas-. ¡Desfrenillar remos!

Los hombres tomaron los remos extendidos por debajo de sus piernas y deslizándolos con hábiles y coordinados movimientos los introdujeron por los pasadores de las chumaceras.

-¡Señor Nembo! -solicitó el contramaestre a su jefe de remeros-, ¡listos para boga larga!

El «Rey» asintió con la cabeza y, forzando su imponente torso hacia atrás, se dirigió a los suyos para indicarles la maniobra.

O bojulá bua boyalaam!

A su consigna los veinte hombres suspendieron los remos por encima de la superficie y quedaron inmóviles a la espera de que los botes dos y tres tomaran superficie.

Rafaelillo, entretanto, se había aferrado a uno de los cabos del pescante, deslizándose hacia abajo para alcanzar el bote donde iban los suyos. Su cuerpo, apenas consistente, flotó más que cayó, Y con una gracia envidiable vino a posarse suavemente sobre el luchadero de la embarcación del mismo modo que lo haría un ángel.

La flotilla de salvamento de La Medusa estaba constituida por tres chalupas más o menos grandes, una yola, un bote grande y un bote pequeño.

-¡Qué haces aquí tu! -carraspeó el contramaestre sacando el ratán de su cinto para intimidar al grumete-. ¡Bastante tengo con arrastrar la fragata para tener también que cargar con tu peso!

Rafaelillo se escabulló entre el bosque de remos, alojándose en el otro extremo del bote.

-¡Bien muchachos, a mi voz remar hasta que se os partan los brazos! -gruñó el contramaestre, recuperando de nuevo el principal asunto de su cometido.

Rafael le miraba orgulloso porque el «Gran Rey» contaba con él, y tiraba con sus pequeños bracitos mientras cerraba los ojos para hacer mayor fuerza.

Los civiles y los soldados que se encontraban en la fragata no dejaban de proferir ánimos a los de abajo para que realizaran un nuevo intento. Sólo algunos individuos -entre ellos el doctor y el geógrafo -se mantenían al margen del espectáculo, prefiriendo asumir un comportamiento más pragmático y analítico.

-¿A qué distancia tenemos la costa? -preguntó el cirujano.

Su cara era todo un poema de temor, pero aun así se esforzaba por mantener la serenidad.

-A unas cincuenta millas -contestó Alexander.

-¿Y cuánto tiempo tardaríamos en alcanzada con los botes de salvamento?

-Poco más de un día, no estoy seguro -afirmó el geógrafo, que ahora buscaba la línea de la costa sin encontrada-. En cualquier caso -añadió–, hallar tierra no presupone garantía de salvación.

-No os comprendo -musitó Henri sin entender a qué cuento venía ahora aquel comentario inoportuno.

-En esta costa no hallaremos otra tierra que el espantoso desierto del Sahara -dijo el geógrafo sin dejar de mirar amargamente el horizonte-. Es una prolongación del mismo mar, sólo que en esta ocasión el agua está formada por arena blanca y las olas por dunas que hierven bajo un sol espantoso. Este infierno alcanza temperaturas insoportables para un ser humano; no hay pueblos ni pozos, ni agua, ni tampoco vida. Le llaman el yunque del sol y su extensión es similar a la de toda Francia. Además -continuó el geógrafo-, los botes de salvamento de la fragata sólo reúnen capacidad para la mitad del pasaje; como no suceda un milagro me temo que la mitad de nosotros tendrá que permanecer un largo período de tiempo a bordo del pecio.

Henri bajó la cabeza y no dijo nada. Alexander -que se había dejado llevar por el pesimismo- se percató del impacto que sus palabras habían tenido sobre el médico y trató de suavizar su comentario.

-Aun así no desesperéis -le animó–. Si tenemos la suerte de embarcar en una de las tres chalupas más grandes podemos alcanzar el mismo Saint-Louis en cinco o seis días sin necesidad de desembarcar. ¡Tened fe, amigo mío! ¡No desesperéis! Además, quizá la fragata aún pueda liberarse de su prisión, ¡no la demos por perdida tan pronto y vayamos a ofrecernos para ayudar en todo lo que haga falta!

-¡Sí! – afirmó el cirujano algo más recompuesto -. ¡Seguro que algo habrá que hacer por ahí!

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15 Opiniones

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  • Kike
    on

    Me lo terminé de leer hace un par de días. No está mal, pero después de esas sagas inglesas, le falta algo; no me pone, quizá sea que le falta sal (epicidad), más en el tono que en los hechos. Jó, no son poco buenos los ingleses vendiendo motos, bueno, para ser precisos, SUS motos del pasado 😉

  • byron.shelley
    on

    Lo leí en una sola noche. Es divertido, históricamente riguroso y te mantiene en vilo desde la primera hasta la última página. Altamente recomendable.

  • carlos calvera
    on

    Es el mejor libro que he leido en bastantes años. Es emocionante desde la primera hasta la ultima pagina y la recreacion historica es sencillamente perfecta. Un libro inprescindible para todo amante de las aventuras nauticas

  • atler
    on

    ¿Puede decirme alguien si este autor tiene algun otro libro publicado?

  • Wamba
    on

    En el ISBN no aparece… ni siquiera este libro… que raro…

  • Saulo
    on

    A lo mejor no lo han actualizado.

  • ferran
    on

    Que yo sepa, no.

    Aunque conozco al autor y se que està trabajando en un libro sobre un submarino alemán y que que terminó otro sobre el ejercito romano.

    Saludos.

  • ferran
    on

    Pq es de un autor novel y la editorial no es muy renombrada, pero el libro existe, te lo aseguro.

    Yo lo he leido y me ha gustado mucho, es un libro que engancha.

  • ferran
    on

    Yo me lo leí de una sentada y me gustó mucho. De hecho cuando un libro se lee de una sentada es que ha gustado y que ha cumplido con creces su fin, que no esotro que entretener. A mi la parte del juicio se me hizo corta la verdad.

    Muy recomendable, saludos.

  • joaquim
    on

    Realmente bueno, es un libro de lectura amena y de los que enganchan, y de los que vale la pena recomendar, tambien es cierto q si la parte del juicio pasa un poco rapida, pero en resumen vale la pena tenerlo y por supuesto leerlo

  • joaquim
    on

    Realmente bueno, es un libro de lectura amena y de los que enganchan, y de los que vale la pena recomendar, tambien es cierto q si la parte del juicio pasa un poco rapida, pero en resumen vale la pena tenerlo y por supuesto leerlo

  • Totenkoff
    on

    Un libro que hay que tener, y más por el precio a que se vende.

    Me lo leí en estas vacaciones y la verdad es que me hubiese leido 100 paginas más bien a gusto.

    He leido algun libro del patrik O Brian y al lado de este parecen unas novelas del capitan trueno version Errol Flin.

    Ya os digo un libro muy bien documentado y ameno, lo recomiendo encarecidamente.

    Saludos.

  • stasi
    on

    También yo lo he leido y a pesar de los temores con que lo compre, he de decir que acerté en la elección. Soy un fan de Patrick O Brian y me encantan los libros de buques, así que decidi comprarlo y francamente fue un acierto.

    Yo lo recomiendo plenamente por ser un libro muy ameno y de facil lectura.

    Saludos.

    Luis

  • Bubu
    on

    Es un libro fantástico, me lo regalaron y cuando empezé a leerlo no lo podía dejar. La trama, de carácter histórico, te envuelve de tal manera que te obliga a no dejarlo hasta el final. Me ha encantado. Desde luego que es un libro que lo recomiendo sin ningun tipo de duda.

  • Mariana
    on

    Ya he comentado en el foro lo buena que es esta novela histórica, y vuelvo a reiterar que es un libro imprescindible para tener en nuestra biblioteca. El autor destaca por su rigor historico, pues se trata de una obra muy bien documentada. Cuando estudiaba Historia en la facultad dediqué un trabajo a la Restauración francesa, y me interesó el caso de este naufragio, que quizás ha pasado desapercibido, pero que fue un hecho de gran alcance en aquella época y sobretodo para la historia de Francia. Y por ello debo decir que he disfrutado con esta lectura por lo amena y bien documentada que está.

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