El ojo de la luna

Una conspiración de asesinato y la lucha por la sucesión del trono enfrenta hermano contra hermano en esta emocionante novela de aventuras ambientada en el Antiguo Egipto.

Cuando Isikara descubre que la hermosa reina Tiy de Egipto ha sido asesinada y su hijo mayor, Tuthmosis, se enfrenta al mismo destino, acaba huyendo con el joven príncipe para protegerlo. Deben encontrar la ayuda que permita a Tuthmosis recuperar su trono.

La autora sudafricana fue profesora de arte durante 20 años, ceramista, viajera y fotógrafo aficionada hasta que tuvo hijos pequeños, momento que aprovechó para empezar a escribir. Hofmeyr ha ganado por dos veces el prestigioso The Sanlam Gold Award for Youth Literature. Vive en Londres con su esposo, Michael. Acaba de aparecer en inglés la secuela de esta novela, Eye of the Sun.

ANTICIPO:
Se produjo un momento de absoluta calma a las puertas del templo antes de que Katep soltara el alarido.

El sonido me atravesó el cuerpo, como si me desgarrara. Aún puedo oírlo. Era el grito más estremecedor que jamás había escuchado.

Salí corriendo por el sendero. Katep se encontraba aferrado al pretil de la pared de piedra del pozo. Un cocodrilo le tenía atrapado por el brazo al tiempo que retorcía y sacudía la cabeza tratando de arrancarle de la pared. En el interior del pozo, los demás cocodrilos saltaban, se azuzaban entre sí y chasqueaban las mandíbulas en su afán por alcanzarle.

—¡Coge el palo! ¡El palo, Kara! ¡Haz algo! —gritaba Katep. Sus ojos estaban cegados por el terror.

Me puse a buscar desesperadamente, pero el palo ahorquillado para los cocodrilos que solía encontrarse junto a la pared había desaparecido. Nada estaba en su lugar. Yo no tenía arma alguna, ni siquiera una rama que pudiera insertar entre las fauces de hierro de la bestia, o con la que pudiera pincharle los ojos o golpearle la cabeza.

Me quedé paralizada. Conocía la brutalidad de los cocodrilos, su ataque repentino a una víctima desprevenida. Conocía la manera en que vapuleaban a sus presas antes de arrastrarlas bajo el agua. Un último latigazo de la cola, una rápida curvatura del cuerpo y el animal lanzaría a Katep por los aires para luego volver a atraparle con una fuerza mayor, y más letal. Entonces, sería demasiado tarde.

Empecé a dar vueltas con desesperación, agarrando cuanta arena podía. Arena y más arena que arrojaba con todas mis fuerzas a aquellos ojos de reptil. Una vez tras otra, levantaba en el aire una tormenta de arena.

De pronto, con un resoplido furioso, salvaje, la criatura sacudió la cabeza violentamente. Luego soltó a Katep y, apartándose de la pared, se hundió en el pozo.

Katep cayó inerte en el suelo, a mis pies; la sangre le manaba de un brazo tan destrozado que ya no parecía un brazo.

Tal era la abundancia de sangre, que pensé que Katep moriría. ¿Cómo era posible sobrevivir cuando corría tanta sangre por todas partes? Pero no murió.

Los cocodrilos se utilizan para los sacrificios. Mi hermano Katep era su guardián, el responsable de alimentarlos y cuidar de ellos. Mi padre, sumo sacerdote del templo de Sebek, el dios cocodrilo, realiza ofrendas sagradas para apaciguar a esta divinidad. En ciertos periodos de la luna, los reptiles reciben una limpieza ritual y se elige uno de ellos, que se sacrifica y luego se embalsama.

Mi trabajo consiste en ayudar a embalsamarlos. Mezclo las resinas y preparo las vendas de lino. Los cocodrilos son voluminosos, y la tarea de envolverlos resulta laboriosa. Hay que seguir cierto método para que las vendas se vayan entrecruzando de manera que conformen un patrón determinado. Después, se le pintan a la momia ojos y dientes.

Ésa es la parte que más me gusta: pintar los ojos feroces, los dientes terribles. Pero ni siquiera una vez muertos los animales, consigo hacerlos parecer tan aterradores como en la vida real.

Los cocodrilos momificados se colocan en criptas sagradas situadas bajo el templo, para que hagan compañía a Sebek. Hilera sobre hilera, se amontonan en los estantes de piedra como si de hogazas de pan se tratara. Comida para los dioses.

Desde el terrible accidente, la tarea de cuidar de los cocodrilos ha recaído sobre mí.

La herida de Katep se ha curado, dejando un espantoso muñón; pero su corazón está tardando más tiempo en sanar. Mi hermano se encuentra nervioso, sin rumbo. Se niega a hablar del asunto. El accidente le ha hundido en el silencio, en el resentimiento; le consume una furia que no encuentra escape por medio de la palabra o la acción.

La pérdida de un brazo es algo espantoso. Sobre todo para un cazador como Katep, capaz de derribar con su palo arrojadizo cualquier ave salvaje o detener, entrada la primavera, a cualquier liebre con sus flechas.

Al no poder cazar, Katep ya no es Katep.

—¡Me marcho! —anuncia una mañana.

—¿Por qué?

Se encoge de hombros. Impaciente. Enfadado.

—Aquí no hay sitio para mí. Se necesitan las dos manos para todo lo que hago. Me siento atrapado. Indefenso. No tengo más remedio que marcharme.

Me quedo mirándole. Sabe que yo sé que está buscando lo imposible.

—¿Adónde irás?

—No estoy seguro.

—Ah, ¿no?

Encoge otra vez los hombros, los cuales parecen haber olvidado que sólo hay un brazo que mover.

—Tal vez vaya a los campamentos de los mercaderes de camellos, en el desierto de Sudán. O quizá a buscar oro y amatista en Nubia. Puede que a las minas de turquesa, en el Sinaí.

Le miro de arriba abajo con recelo. Para el caso, podría haber dicho que abandona el planeta y se marcha al más allá a través del Mundo Subterráneo.

—¿Tan lejos? —digo tan sólo. Su silencio me dice que sabe lo que le pregunto en realidad: «¿Cómo te las vas a arreglar con un muñón por brazo?». Luego añado—: No volveré a verte. Nubia, Sudán y el Sinaí están mucho más allá de las fronteras de Egipto. ¡Son nuestros enemigos!

Katep esboza una fugaz sonrisa. Su rostro resulta atractivo, a pesar de la furia.

—Enemigos de Egipto, Kara; pero no míos. —Luego, sacude la cabeza—. No puedo quedarme aquí, de ninguna manera. No deseo ser sacerdote; ni siquiera cantero, como pretende nuestro padre.

Doy una patada en la arena con mi pie descalzo.

—¿Por qué no? —pregunto, aunque comprendo su enfado, su frustración. Entiendo su decisión de marcharse, su necesidad de desaparecer. Sé que se irá. Tiene que hacerlo… por mucho que yo pueda suplicarle.

De nuevo furioso, esgrime el muñón del brazo.

—¿Conoces a algún cantero que corte piedra con una sola mano?

Las cicatrices aún se ven rojas y descarnadas; repulsivas a la vista aunque, al mismo tiempo, fascinantes. Conozco cada una de ellas con tanta exactitud como los lunares de mi propio brazo. A diario he limpiado las heridas, las he untado con ungüentos y las he vendado desde el día que tuve que inmovilizar a Katep mientras mi padre le inyectaba veneno de escorpión en el brazo para entumecerlo, le recortaba los jirones de carne y luego cosía la piel.

Ahora, las cicatrices forman jeroglíficos en la carne y narran su propia historia. Katep no soporta mirarlas. Para él, llevar a todas partes su muñón es un tormento. No me extraña que quiera liberarse, salir huyendo. No escapa de mí ni de su hogar, sino de su brazo. Es lo que me dice la cabeza, pero el corazón me empuja a hablar de manera diferente.

—¡No te vayas! Quédate, por favor. ¡No puedes irte! Dijiste que nos marcharíamos juntos algún día. Hicimos planes, ¿te acuerdas? En la rama del árbol de mimosa, el día que vimos a las hembras de cocodrilo poniendo huevos en la arena.

Me lanza una mirada desdeñosa.

—Entonces éramos unos críos.

Me aparto de la cara las trenzas laterales de mi peluca y le miro con ojos entornados. Me siento como una niña a la que acaban de regañar.

—¿De eso valen tus promesas?

Nos habíamos pinchado los pulgares con espinas de mimosa. Yo había juntado mi dedo al suyo. Fue un juramento de sangre.

En realidad, no había necesidad de semejante juramento. Ya teníamos un vínculo de sangre. Somos mellizos. Compartimos la misma sangre y los mismos pensamientos. Los compartíamos mucho antes de abandonar el seno materno. Tenemos sentimientos en común. Entre nosotros existe un hilo tan fino, plateado e invisible como la tela de araña, e igual de resistente. No se puede romper con facilidad. No tenemos que hablar, no hace falta.

—¡La mitad de la barca me pertenece! —es todo lo que digo. Pero él sabe en qué estoy pensando: «¿Quién pescará ahora conmigo? ¿Quién cazará ranas y las asará al fuego, o me desafiará a caminar por el pretil del pozo de los cocodrilos?».

Katep se me queda mirando. Me ha leído el pensamiento.

—Promete que no caminarás sobre el pretil del pozo.

Le hago una mueca.

—¡Ja! ¡Antes no te preocupaban los peligros! Fuiste tú quien me retó a entrar en al laberinto la primera vez.

—No es lo mismo. Éramos dos. Tampoco vuelvas allí, Isikara.

¿Por qué me llama Isikara, en lugar de Kara?

Ya no soy su hermana. Le lanzo una mirada furiosa entre los mechones que me cubren el rostro.

—¡No me abandones!

—Entonces, acompáñame.

Sacudo la cabeza:

—Por la pluma blanca de la verdad, sabes que no puedo. Me es imposible romper el juramento que le hice a nuestra madre en su lecho de muerte. Juré que cuidaría de nuestro padre. Me dedico a cocinar y limpiar. A tejer el lino. Soy su ayudante en el templo. Le ayudo a hervir las resinas para el embalsamamiento y cuido de sus herramientas. —Doy otra patada en la arena y trago saliva, haciendo uso de la rabia para luchar contra el llanto—. Y encima, ahora tendré que encargarme también de los cocodrilos.

—No te fíes nunca de ellos, aunque parezca que están dormidos.

—¡Ja! No me hacen falta tus consejos. —Le miro frunciendo los ojos bajo la luz del sol, desafiándole a que cambie de parecer.

—¡Venga ya, Kara! no te enfades tanto.

Por un momento, olvida su propia furia y me agarra por el cuello con el brazo sano. Percibo que el otro brazo también desea sujetarme, pero el muñón se mueve torpemente en el aire, carente de dirección. Katep adquiere una voz profunda y feroz:

—¡Soy Sebek! ¡Te atrapo como una bestia voraz!

—¡Basta! ¡No te burles de Sebek! —Le aparto de un empujón para que no me vea llorar. Mi mano vuela al amuleto de piedra lunar que me rodea la garganta. A toda prisa, dibujo el Ojo de Horus en la arena con el dedo gordo del pie, para que mantenga alejado el mal de ojo y proteja a Katep.

La mañana de su marcha, le entrego una bolsita de lino para que se la cuelgue al cuello. Contiene los cuerpos resecos de una lagartija y de una rana, así como un mechón del cabello de mi madre, que le mantendrán a salvo. También le doy un saco de granadas y algunas judías desenvainadas, además de dos hogazas de pan y un poco de ave de caza en conserva; yo misma había matado al pájaro con mi palo arrojadizo. A continuación, le regalo un pequeño amuleto de cristal azul que me habían ofrecido como intercambio en el mercado.

—Es un escorpión, para mantener alejado el mal. Prométeme que tendrás cuidado con los escorpiones que hay debajo de las rocas en el Sinaí.

—En el Sinaí emplean a encantadores de escorpiones para evitar que piquen a los mineros.

Le miro. Aunque todavía no se ha marchado, sabe cosas que yo ignoro.

—¿Y qué pasa si te pican?

Katep se echa a reír.

—¡Deja ya de preocuparte! Los encantadores de escorpiones también disponen de métodos para extraer el veneno.

Entonces, empieza a navegar por la reluciente cinta plateada de agua que desemboca en el serpenteante Nilo. Corro a lo largo de la margen embarrada tratando de mantener el paso de la barca. Tal vez confío en que el peso de mi cuerpo consiga arrastrarle a la orilla, como un ancla. Pero no es así. La barca de Katep avanza con ligereza hacia delante.

—¡Nunca volveré a verte! —grito desde la ribera.

—Claro que me verás.

—Envíame mensajes. Y no te olvides de entonar cánticos y pronunciar conjuros para mantener a los hipopótamos y los cocodrilos lejos de la barca. ¿Has cogido tu lanza y tu palo arrojadizo?

Asiente, sonriendo, en respuesta a todas mis recomendaciones.

—Y mucho cuidado con los cocodrilos. Si la barca se atasca en los juncos, no bajes al agua. Ni siquiera aunque te llegue sólo por los tobillos.

Mi hermano suelta una carcajada.

—¿Acaso tengo que quedarme en la barca el resto de mi vida?

—Cuídate, Katep.

—No te preocupes, no van a perseguirme. —Se da la vuelta y sujeta la cuerda de la vela con la barbilla para poder levantar el brazo izquierdo y despedirse. Me mira por última vez. Luego me da la espalda y empieza a remar con el brazo sano.

Cuando ya no puedo seguir el ritmo, me detengo y observo cómo su barca de junco golpea contra el viento y el agua encrespada. Acaricio una vez más la fría y suave piedra lunar de mi amuleto y, a tientas, palpo los nudos de mi pulsera de junco e invoco a todo lo malvado para que permanezca bien atado y fuera del alcance de Katep.

Contemplo su espalda, y cómo la vela se va empequeñeciendo hasta que no es más que una polilla que pasa rozando el agua en dirección a un lugar desconocido. Me noto un bulto en la garganta, como si yo fuera un sapo hinchado y furioso. Con esa vela se va mi corazón. Nunca pensé que Katep cogería la barca y se marcharía sin mí. Le sigo con la mirada y deseo con todas mis fuerzas que mi propia vida cambie. Pero desear es peligroso. Los deseos siempre acaban por volverse contra ti.

Se dice que quienes navegan por el Nilo, o miran hacia delante o bien miran hacia atrás. Aquella mañana, cuando Katep se marchó, no volvió la vista. Ni una sola vez. En posición erguida, permaneció de espaldas al mundo que conocía. Yo le había seguido con la mirada, con la esperanza de que se diera la vuelta. No lo hizo.

A la mañana siguiente, arrastré por los cuernos a una cabra recién degollada hasta el pozo de los cocodrilos. Era más pesada de lo que había imaginado y maldije a Katep por haberme endosado su trabajo.

Era una hembra; se notaba por la ubre llena. La cría debía de andar buscando entre las demás cabras, olfateando en busca de la ubre de su madre. Pero mi padre era de la opinión de que había que ofrecer sólo hembras a los cocodrilos. Los machos eran demasiado valiosos, afirmaba, pues portaban la semilla del futuro rebaño.

¿Y las cabras hembras? ¿Acaso no eran ellas el auténtico futuro del rebaño?, había preguntado; pero mi padre se impacientó conmigo.

La cabra resultaba inerte y pesada. Mi padre le había cortado el cuello y las moscas se arremolinaban alrededor de la herida. El rastro que las pezuñas y el cuerpo de la criatura iban dejando sobre la arena estaba salpicado de gotas de sangre que relucían como granates. Me alegraba de que estuviera muerta. Por lo general, las ofrendas se realizan con animales vivos; pero como Katep se había ido, le supliqué a mi padre que matara primero al animal, para que no tuviera yo que escuchar cómo balaba.

Cuanto más me acercaba al pozo, más me costaba mover los pies y con más fuerza agarraba el palo ahorquillado.

Los cocodrilos se agitaban, inquietos, en el pozo, como si percibieran el olor de la sangre de la cabra y el aroma dulce y cálido de su leche. Escuché cómo los reptiles siseaban con furia y golpeaban la cola contra la piedra; oí cómo entrechocaban las mandíbulas mientras se azotaban entre sí.

—¡Ten cuidado con las colas! —me había advertido Katep.

No necesitaba que me lo recordaran.

Mi padre se sintió decepcionado y profundamente herido al descubrir la cama vacía de Katep aquella mañana.

—¿Por qué se ha marchado sin despedirse? Podría haberse quedado con nosotros y aprender mi profesión; ser mi ayudante en el templo. Le habría enseñado el arte del embalsamamiento. No había necesidad de que se fuera.

Lancé a mi padre una mirada de indignación.

—¿Acaso no soy yo tu ayudante? ¿Es que no trabajo lo bastante bien? A Katep nunca le interesó aprender a embalsamar. Además, no podemos culparle por haberse marchado. ¡La culpa fue del cocodrilo!

compra en casa del libro Compra en Amazon El ojo de la luna
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑