El pacto de una dama

ElPactoDeUnaDamaReneeBernard

La ingenua Jocelyn descubre, no sin sorpresa, que su madre agonizante es la infame madame del burdel la Bella Carmesí. Tras prometerle que se hará cargo del establecimiento y de las chicas, Jocelyn se transforma y pronto es conocida como madame DeBourcier.

Rakish Alex Randall, lord Colwick, está decidido a conseguir entrar en la cama de la nueva madame. Sus extravagantes intentos no serán ignorados mucho tiempo… Cuando el peligro acecha a la elegante mujer, Jocelyn cierra un trato con Alex, con la esperanza de que pueda proporcionarle protección. Pero el pacto de Jocelyn los arrastra a un apasionado duelo de voluntades en el que todas las ilusiones se verán sacudidas… y todas las fantasías serán cumplidas.

Renee Bernard ha viajado por todo el mundo y emplea los conocimientos adquiridos en contar historias. Sus ardientes romances históricos la han convertido en una autora superventas del USA Today.

ANTICIPO:
—¿Asistirás?

Alex Randall se dio cuenta de que su hermana debía de estar repitiendo la pregunta. Su voz tenía cierto tono de exasperación.

Apartó el periódico con pulso firme.

—Ni siquiera he pensado en ello.

—No creo que vayas a lograr encontrar esposa, señor, si no te molestas en rodearte de buena compañía —le reprendió Eloise, arreglándose enojada el vestido, y sentándose junto a él.

—La temporada social1 ni siquiera ha comenzado, Eloise.

—Alex trató de utilizar un tono neutro para disimular su frustración. El límite de su paciencia con los sermones de su hermana mayor era cada vez menor—. Sé que tendré oportunidades suficientes de rodearme de buenas compañías, y de las otras.

—Eres demasiado mayor para hacerte el libertino. Lord Colwick le respondió con una sonrisa irónica. A los treinta y dos años, no se encontraba preparado para llevar bastón y trompetilla. Y, aunque disfrutaba de su libertad, no tenía mala reputación. Ni siquiera su estrecha amistad con otros miembros de la alta sociedad rodeados por el escándalo había empañado su reputación. Y aunque envidiara a su amigo, el duque de Sussex, por haberse casado recientemente con una hermosa viuda, provocando un escándalo, no estaba dispuesto a reconocerlo.

Tal como era, la vida de soltero no estaba desprovista de diversiones, y dado que hacía algunas semanas su hermana se había mudado con él, con vistas a llevar la casa, tampoco veía la necesidad de lanzarse en brazos de la tristeza o la pena.

—Eloise —continuó, decidiéndose por una nueva estrategia, para poder concederse un momento de paz—, me has mimado demasiado como para tener una esposa. No hay otra mujer de su casa como tú y ¿qué otra iba a aguantar mis tonterías?

Ella trató de lanzarle una mirada de desaprobación, pero no lo logró, ya que sus lisonjas hicieron que esta se desvaneciera.

—Es cierto, pero te he malcriado. ¿Acaso debería abandonarte a tu suerte, para que te encontraras en la necesidad de buscar un buen partido?

En lugar de buscar una respuesta, se limitó a aguardar.

—N… no es que te vaya a abandonar… —Le mudó el color, y él supo que ella tenía en mente a su propio y amado buen partido, consciente de que un hermano soltero era el menor de sus problemas. Alex suponía que su matrimonio debía de estar pasando por una situación difícil, pero su hermana era demasiado orgullosa como para admitir abiertamente que había algo de extraño en las prolongadas ausencias de su marido. Lo cual significaba que Eloise no iba a presionar tanto como para que la expulsaran del cómodo lugar que ocupaba bajo su techo.

Pero tampoco era tan ingenuo como para creer que ella dejaría el tema por mucho tiempo.

—Por supuesto que no, Eloise. Si me disculpas, de verdad, tengo que terminar esto.

Ella captó la poco sutil indirecta y se levantó de su asiento para dejarlo con sus papeles.

—Entonces, voy a mandarle al marqués tu confirmación de asistencia a la fiesta. —Y se marchó antes de que él pudiera pensar en la manera de evitar su victoria.

Maldita sea. Se atusó el cabello castaño con la mano. ¡Un hombre necesita respirar! No era propio de él admitir que estaba inquieto, pero Alex era consciente de que, de un tiempo a esta parte, no se encontraba nada bien. Al fin y al cabo, el matrimonio de su amigo Drake y la invitación a Alex de acudir a la presentación en sociedad de la nueva duquesa deberían ser bienvenidos. Debería haberle deseado a su amigo toda la felicidad del mundo. Pero, en lugar de ello, sentía el reticente aguijonazo de la envidia por la buena suerte de Sotherton.

Y aquello no era propio de Alex en absoluto.

Una vez, Drake lo había apodado como «el santo» por su acérrima adherencia a las normas sociales, y Alex se había reído. El apodo ya no le parecía tan gracioso.

Respetar las normas significaba rendirse ante el inevitable matrimonio de conveniencia que sus iguales aplaudirían. No era un estúpido por tener la esperanza de poder tener la misma buena fortuna que su amigo. El matrimonio por amor del duque de Sussex era una excepción a la norma, y lo había logrado con métodos, al parecer, milagrosos. Aun ahora, seguía sin estar del todo seguro sobre la manera en que Drake había logrado convertir un escándalo en un dulce matrimonio, pero tenía bastante claro que era una proeza que ninguna otra persona podría repetir.

El escándalo no era una opción para el cuarto lord Colwick, entonó en silencio. Gracias a su padre, la sensibilidad de Alex ante cualquier paso en falso a ojos de la sociedad estaba profundamente arraigada en él. El tercer lord Colwick había sido un derrochador y un vividor de dudosa fama, y había dejado tras él un legado de deudas y honor perdido. Lo peor de todo era que había tenido una triste y humillante muerte, cuando su cuerpo sucumbió bajo los excesos de su estilo de vida. Estaba irreconocible al final, y no se arrepintió ni en su última expiración. Así que, a la tierna edad de quince años, había recaído sobre Alex el título y la obligación de hacer todo lo posible por remediar el daño infligido. Alex jamás había eludido sus responsabilidades y deberes. No había sido fácil, pero, lentamente, había subsanado las deudas de la familia y reparado su credibilidad. Ahora estaba moralmente obligado a perpetuar su estirpe y, si era posible, aumentar y fortalecer la salud financiera de la familia para las generaciones venideras. Como aristócrata con título nobiliario, sus opciones para acumular riqueza eran limitadas. Algunas cautelosas inversiones, la gestión de sus tierras y las rentas eran la base equilibrada que lo mantenía todo. Pero aquella se podía convertir en una precaria existencia si los negocios empeoraban o si sus arrendatarios tenían una mala cosecha. Un buen matrimonio era el único medio seguro para sobrevivir.

Otros hombres ignoraban la estructura sobre la que se sustentaban y jugaban inconscientemente en las mesas de juego, disfrutando de las distracciones que las diversiones de Londres les ofrecían. En cuanto a Alex, disfrutaba de sus libertades como tales, pero jamás se había abandonado a ningún juego arriesgado.

Su conciencia lo atormentaba con amargos recuerdos de las locuras de su padre, y no tenía vocación alguna por los juegos de azar.

Mientras que otros hombres buscaban tentadoras conquistas, Alex tenía que cargar con la percepción de que los escarceos sin sentido habían llevado a muchos hombres a uniones desatinadas, o mucho peor. Él no era ningún vividor.

Alex negó con la cabeza para aclarar la maraña de sus pensamientos. Se preguntaba lo que Drake pensaría del tormento que se infligía a sí mismo, figurándose su reacción. Drake arquearía una ceja con cordial cinismo, rechazando la discusión con un gesto. Aquella era una de las razones por las que Alex siempre lo había admirado tanto. Santo o no, aun siendo el hombre más constante en lo que a autocontrol se refiere, seguía siendo capaz de apreciar en otro hombre la falta total de temor a las malas lenguas y a la deshonra.

Pero la disciplina no era precisamente un consuelo a la hora de apaciguar la ardiente sangre de un hombre, y las oportunidades que Londres le ofrecía no le eran ajenas. En ese instante, se le vino a la cabeza que podría haber dado con el quid de su actual inquietud. Alex recorrió con la mirada las columnas de texto y calculó que hacía bastantes semanas que no iba en busca de compañía íntima.

No me sorprende estar de capa caída, se dijo. Un hombre necesita…

—Apuesto a que estás desanimado como un alazán perdido, Lex.

El acento irlandés de Declan lo hizo volver en sí y él sonrió ante la bien recibida intrusión. El señor Declan Forrester era un buen amigo, y si Eloise desaprobaba sus modales distendidos y su perspicacia, tanto mejor.

—Tonterías —se burló Alex, aunque irguió la espalda para contrarrestar la imagen de un equino triste y decaído—. Un hombre puede estar sumido en sus pensamientos sin estar triste, Declan.

—¡Qué va! Y yo debería saberlo. Siempre me encargo de no pensar jamás demasiado, y soy el hombre más jovial que conozco. —Se rió de su ocurrencia, haciendo gala de su buen temperamento.

Alex se levantó y le dio una palmadita en la espalda.

—Estás loco.

—Un loco divertido —le corrigió Declan—, mejor que ser un filósofo con cara de demacrado, ¿no te parece?

Alex se encogió de hombros, siguiéndole el juego.

—No aspiro a ser ninguna de esas dos cosas.

—Entonces salgamos esta noche. Yo fingiré que jamás he estado en Londres y tú puedes olvidarte de tus problemas haciéndome el recorrido de rigor.

—Yo no he admitido que tenga problemas, Declan.

Su amigo se mantuvo impasible.

—Lo que tú digas. Pero una salida por lo mejor de Londres sigue siendo el remedio.

No se molestó en contarle que había llegado a sus oídos a través de fuentes fiables que lord Colwick había perdido el ánimo y que si te encontrabas a Alex algún día en la penumbra de su biblioteca, resultaría difícil negar la veracidad de los rumores.

—Al menos sal conmigo a cabalgar y sacúdele el polvo a este viejo.

—Te veo en los establos. —Alex cerró la carpeta que había sobre el escritorio.

Declan se rió.

—¡Así se hace!

Tras ponerse rápidamente la ropa de montar, a Alex le subió el ánimo el paseo a caballo por los elegantes senderos de Park Lane.

No acostumbraba a hacer ese tipo de ejercicios tan enérgicos, pero le sentó bien a sus músculos estirarlos y hacer algo de fuerza sobre la montura. Entre ellos no eran necesarias las palabras. Aunque Declan podía ser tan locuaz como cualquiera, respetaba el estado de ánimo de Alex, y Alex le agradecía la concesión.

En la entrada de Hyde Park, Alex se dio cuenta de que puede que aquella forma de escape no hubiera sido la opción más prudente. A pesar de la avanzada hora, el agradable tiempo que hacía había animado a salir a montar a mucha gente, todos dispuestos a ver y a que les vieran. Declan hizo un gesto de disculpa ante lo inevitable.

—¡Lord Colwick! —saludó una voz de mujer y Alex, consciente de sus deberes, tiró de las riendas.

—Señora Preston, es un honor volver a verla.

La mujer sonreía en su asiento, desde el interior de su carruaje, aparcado de manera que pudiera ver bien el desfile de jinetes a través de los senderos del parque.

—Hacía siglos, excelencia, empezaba a temer que ya no se encontrara en la ciudad.

—Me gusta la tranquilidad del campo, pero difícilmente podría abandonar mis obligaciones aquí. —Se volvió, haciéndole un gesto a Declan—. ¿Me permite presentarle a mi buen amigo, el señor Declan Forrester?

La señora Preston asintió, evaluando visiblemente al irlandés.

—Buenos días, excelencia, ¿ha venido a la ciudad para la temporada social?

—Siempre. —Se tocó el sombrero con cortés deferencia—. Lord Colwick es un amigo demasiado generoso como para ordenar que hagan mi equipaje, y yo soy un amigo demasiado despreciable como para marcharme.

Alex puso los ojos en blanco, luego hizo lo posible por lograr que la conversación retornara a un terreno más elegante.

—Bueno, entonces nos volveremos a ver, señora Preston.

—Sí. —Las plumas del sombrero de la señora Preston bailaron alegremente mostrando su acuerdo—. Y tiene que conocer a mi encantadora hija, Winifred. Estará presente y aceptará invitaciones en el baile del marqués de Threxton.

¿Asistirá?

Maldita sea. Si Eloise no me hubiera sonsacado la confirmación de mi asistencia…

—Sí, creo que me he comprometido a hacerlo.

—¡Maravilloso! Entonces, seguramente nos veremos allí.

—Apenas le hizo un gesto de despedida a Declan, al parecer, más encantada de presentarle su progenie a un lord con título nobiliario que a su menos refinado amigo.

Cuando hubieron cabalgado donde no pudiera oírles, Declan dijo en tono de chanza:

—Uuuuhm. Parece que la señorita Winifred Preston acaba de ganarse uno o dos tristes bailes ¿eh, Alex?

—Por encima de todo, solo trata de no hacerla llorar, ¿vale, Declan?

—Muy gracioso, señor Randall. Oh, vamos. Tampoco está tan mal, ¿no?

Alex le lanzó una penetrante mirada con la intención de zanjar la conversación.

Pero en lugar de darle fin, Declan pareció animarse.

—¿Acaso puede un hombre quejarse de que le arrojen jovencitas a sus pies? Maldita sea, ¡písalas si lo prefieres! Pero, sin embargo, para mi… es un juego totalmente distinto. Tendré que pescar tras tu estela y ver las preciosidades que puedo cazar.

—Es una opción —entonó Alex con sarcasmo—. No voy a llevarte a pescar a ningún sitio.

—¿Estás seguro? Podría distraerlas mientras que tú escapas por la ventana.

—Gracias, Declan. Sabía que podía contar contigo.

—¡Ah, demonios! Siempre tan serio. Te conozco desde que llevabas pantalones cortos y jamás has sido de los que ven las cosas como son.

—¿Y cómo son?

—¡Una oportunidad para jugar! —Declan negó con la cabeza—. No tienen poder para atarte a la pájara que ellos elijan.

—Eso no es del todo cierto, y esquivar los nidos puede resultar agotador. —Alex se ajustó la chaqueta, agarrando con fuerza las riendas. ¡Maldita sea! Un hombre quiere cazar, ¡no que lo cacen!

—¿Por qué no disfrutas de los paseos y miras a ver si algo capta tu atención?

Alex estaba a punto de decirle lo horripilante que podía llegar a ser una bandada de ávidas pájaras chismosas, cuando algo captó su atención.

Los destellos de rizos cobrizos bajo una gorra de montar hicieron que se le cortara la respiración. Sin contestar a Declan, espoleó su caballo para avanzar y poder verla mejor. Hacía meses que no veía ese color. Era casi imposible que pudiera verla ahí, que una mujer de su posición fuera tan osada como para salir a montar en La Milla de las Damas y atraer la atención sobre su persona. La lógica dictaba que él estaba a punto de verse en una situación comprometida, por nada bueno. Pero la lógica no seguía el hilo de los recuerdos que fluían en él, por la simple visión de un mechón de cabello rojizo.

Solo había visto una vez a la dueña de La Bella Carmesí. Un encuentro en el que había quedado completamente cautivado por madame DeBourcier y de manera tan rápida que la había hecho enojar durante sus averiguaciones para obtener información con la que ayudar a Drake. Su «ayuda» casi lo estropea todo y derivó en una promesa de abstenerse de interferir más en los asuntos personales de su amigo.

Pero, en lo que a madame DeBourcier concierne, ni el humillante aguijonazo de que lo hubiera echado de su casa había impedido que surgiera en sus sueños. No había resultado ser como era de esperar en la dueña de una casa de mala reputación.

A Alex seguía sin cuadrarle la hermosa joven que se había sentado como una gata, con los pies plegados bajo su falda, mostrándose resentida por las preguntas que él le hacía, con el negocio que dirigía. ¿No es cierto que las mujeres de su profesión no se pueden permitir ser tan sensibles? Y, sin embargo, se había enfurecido defendiendo su honor, y él juraría que incluso, de alguna manera, había herido sus sentimientos.

Era un misterio.

—¡Madame!

La amazona se volvió, con el ceño fruncido por el brusco saludo y el estómago le dio un vuelco a causa de la decepción. Sus rasgos de halcón y aquella gélida mirada eran prueba de que había dejado volar su imaginación demasiado.

—¿Disculpe, caballero? —La voz de la joven derrochaba desdén.

—Disculpe mi equivocación. —Se tocó el sombrero y bajó la cabeza a modo de disculpa—. Al verla de perfil la he confundido con otra persona.

Declan los alcanzó, añadiendo otro saludo desconcertado con la cabeza, ante la confusión social.

—¡Te dije que no era mi hermana! Disculpe, querida señora, su vista ya no es lo que era.

Ella se marchó enojada en su caballo y Alex negó con la cabeza. Con un poco de suerte, Declan habría sido el único testigo de la debacle. De todos modos, ¿desde cuándo había tenido él suerte?

—¿Hay algo que debas explicarme?

—No. —Alex se volvió en su montura y dio la vuelta—. Nada.

—Creo que jamás te había visto correr detrás de una mujer.

—Tampoco lo has visto ahora.

Declan rió.

—¡Espero que no! Si esa es una muestra de tus gustos, me apiado de tu destino.

Alex ni se molestó en contestar. Volvieron y Alex estuvo reflexionando sobre el extraño suceso de aquel día. Él no era de ese tipo de hombres que se obsesionan con una mujer a la que apenas conocen y, desde luego, no de una mujer como madame DeBourcier. Y, sin embargo…

Para qué darle más vueltas. Un hombre tenía que salir de vez en cuando y, en lugar de luchar contra ello, iría aquella misma noche al lugar que se había apoderado de sus pensamientos durante meses.

Iría al lugar en el que podría acabar de una vez por todas con aquel sencillo misterio: La Bella Carmesí.

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