El Poder del rey

ElPoderDelReyGeorgeShipway

A mediados del siglo XIII a.C., Agamenón se hace con el trono de Micenas. Durante años se ha estado preparando para este momento, pero se encuentra con un reino que se ha ido debilitando, lo que aprovechan los dorios desde el norte para llevar a cabo incursiones cada vez más agresivas. Entonces, Agamenón se ve obligado a conquistar los reinos costeros del Golfo de Corinto para, de ese modo, detener la invasión doria y evitar la hambruna que éstos provocan con sus saqueos.
Pero ésa es sólo una solución temporal; el verdadero enemigo se encuentra más allá del mar. Protegida por los vientos y las corrientes marinas, y apoyada por un poderoso comercio en el interior del continente, Troya estrangula económicamente a la Hélade. Varios años de bloqueo marítimo no han logrado doblegar la voluntad de Príamo, el rey troyano, y la diplomacia tampoco consigue resultados.
Ante esa situación, Agamenón creará toda una red de intrigas que podrían enemistarlo
con su hermano, destruir su reinado y hasta acabar con Ifigenia, su propia hija, con el
único fin de destruir Troya y acabar para siempre con su amenaza.
En un estilo directo, otorgándole la voz al propio Agamenón, George Shipway teje en torno al mito de la conquista de Troya una explicación mucho más plausible de lo que ocurrió que la narrada en los cantos homéricos. Una novela que nos hará ver con nuevos ojos el modo en el que se desarrollaron los hechos.
George Shipway nació en Allahabad, India, donde su padre trabajaba como editor, pero muy pronto fue enviado a Inglaterra a cursar sus estudios. Más tarde ingresó en el ejército y dentro de éste en la Caballería Real India —según sus propias palabras, para poder jugar al polo—, de donde se retiró en 1947 con el rango de teniente-coronel. Ya en Inglaterra, después de dos décadas dedicado a la enseñanza en una escuela privada —llegó a ser profesor del príncipe Carlos—, y con sesenta años, empezó a trabajar en su primera novela, Gobernador Imperial, que alcanzó un éxito arrollador. De ahí hasta su muerte no dejó de producir novelas históricas de gran calidad.

ANTICIPO:

El viento bramaba desde el mar, azotando las praderas argivas y es­calando las murallas de piedra, esculpidas en las mismas rocas, que rodeaban Micenas.
Las nubes, como negras capas raídas, atravesaron el firma­mento y lo cubrieron como una mortaja al atardecer. El vendaval arrancaba la paja de las casas, despojaba a los robles, las hayas y los fresnos de las últimas hojas del otoño y hacía subir los restos hacia el cielo en espirales de jirones fragmentados. Los campesi­nos rezagados regresaban del campo a toda prisa, avanzando con­tra el viento como si fueran nadadores remontándose contra los rápidos.
Iba a ser una noche terrible.
Yo descansaba en mi trono de mármol, rodeado por un grupo de nobles, consejeros y héroes importantes en el salón del palacio de Micenas. La cena había concluido; los sirvientes y las mujeres se habían retirado, llevándose los platos. Algunos grupos de héroes y compañeros permanecían en las mesas, conversando, discutiendo y bebiendo. Un aedo, junto a la chimenea, rasgaba su lira entonando una balada monótona que ensalzaba a los Argonautas de Jasón. Yo, que presencié la ida y el regreso de éste, escuchaba las confusas in­venciones del cantante con divertida ironía.
El viento rugía por debajo de las puertas cubiertas de bronce, sil­baba por las grietas entre las vigas y los dinteles y agitaba la llama de las antorchas que iluminaban la habitación. Oleadas vacilantes de luz y de sombras jugaban a perseguirse sobre el mural de tamaño natural que representaba leones, ciervos y carrozas, produciendo un halo de luz bronceada que bañaba las baldosas rojas y azules del suelo, par­padeando sobre las decoraciones del techo. El fuego de la chimenea, azotado por ráfagas de viento provenientes de las ventanas a medio abrir del triforio, despedía guirnaldas de pálido humo gris que flota­ban en el aire del salón.
Carraspeé un poco, bebí un trago de mi copa dorada de doble asa y le dije al hombre que estaba a mi lado:
—¿Tienes alguna idea, Diores, de hacia dónde se dirigieron los hombres-cabra después de saquear Ripe?
—No, mi señor. Afortunadamente, estaba lejos cuando atacaron, inspeccionando un rebaño de ovejas en un pastizal de las afueras. Escuché el tumulto a lo lejos y fui rápidamente a la hacienda. Cuando llegué, los edificios ya estaban ardiendo. Así que, sin más demora, me dirigí apresuradamente a Micenas. —Diores se pasó los dedos por su áspera cabellera entrecana; el polvo y el sudor de un día entero de viaje le cubría los brazos, las piernas y el curtido rostro—. Se arre­molinaron alrededor de aquel lugar como avispas sobre uvas podri­das. No se trataba de una banda errante que hubiera bajado de las montañas al comenzar el invierno, como la que te capturó a ti en el pasado. ¿Recuerdas, Agamenón?
Asentí con la cabeza, ignorando el desliz. Los héroes, a menos que tengan sangre real, no deben dirigirse a un rey por su nombre de pila, pero Diores era un viejo amigo, el tutor de mi infancia que me ins­truyó en el arte de las armas y de las maneras cortesanas. Mi abuelo, Atreo, le había cedido una hacienda en Ripe, un valle situado a un día de Micenas, con el fin de que continuara con mi educación en agri­cultura y gestión de bienes. Son conocimientos esenciales para los hé­roes, que viven de la agricultura. Estando yo a cargo de Diores en la hacienda de Ripe, y a causa de una serie de circunstancias desafortu­nadas, terminé en manos de los hombres-cabra, y, aunque las proba­bilidades estaban en mi contra, logré huir.
Pocos hombres sobrevivían a un encuentro con los hombres- cabra, descendientes de aquel pueblo a quienes nuestros ancestros de Creta masacraron, esclavizaron y despojaron de sus bienes cuando Zeus y sus guerreros descendieron sobre Argos tres siglos atrás. Expulsados de las llanuras fértiles, se refugiaban en las mon­tañas, donde llevaban una vida nómada y austera. Dependían com­pletamente de la cabra, la única criatura capaz de arrancar vida del estéril suelo rocoso. Los hombres-cabra eran salvajes, y su historia era amarga, marcada por un odio implacable hacia los descendientes de Zeus, el pueblo que ahora habitaba en los reinos de Argos.
Le hice señas a un escudero para que volviera a llenar el cáliz de Diores.
—Al amanecer movilizaré una partida de guerra. Una grande, si es que has acertado con el número que calculas. La conduciré a la montaña e intentaré darles caza. Las probabilidades de tener éxito son remotas: los hombres-cabra son condenadamente esquivos y no se enfrentan a tropas organizadas. Encontrarlos depende de la pre­sencia de dorios entre sus hordas, ¿viste alguno?
—Estaba demasiado lejos, mi señor.
Asentí mientras escuchaba distraídamente al aedo que declamaba las acciones de un héroe en la distante Cólquida, un héroe que, como yo sabía a ciencia cierta, nunca había puesto un pie en la nave de Jasón.
Los dorios, también conocidos como «Hombres de Hierro», em­puñaban armas forjadas de ese metal, tan escaso como el oro. Solían ser una tribu errante, originaria del norte de Tesalia, pero se habían asentado en Doris durante un tiempo. Después, desalentados por las dificultades para conseguir sustento en una región tan poco pro­ductiva, cruzaron el golfo de Corinto hacia Arcadia, donde se aliaron con los hombres-cabra. Pronto descubrimos que los dorios se ha­bían convertido en tropas de refuerzo en los asaltos de los salvajes. Al principio eran pocos, pero se volvieron más numerosos con el paso del tiempo.
—Han dejado de ser una simple molestia —dijo Diores, como si me hubiera leído el pensamiento— y se han convertido en una pe­ligrosa amenaza. Los hombres-cabra, junto a los dorios, han arrasado varias ciudadelas de los reinos de Micenas. ¿Recuerdas Lasiona, señor? En Elis, en el reino del rey Néstor.
—Tan solo han atacado pequeños bastiones —contesté con un gruñido—. Y nunca han conseguido adentrarse más. Pero tienes razón, Diores: tarde o temprano tendremos que detenerlos. Tengo planes en mente para eso. Mientras tanto, daré órdenes para convo­car la partida de guerra al amanecer.
Estaba sentado en el trono mientras el viento se abría paso entre las casas y retumbaba en las persianas de los ventanales. Envié la orden junto con una lista detallada del armamento y los equipos de los que dispondrían. Diores repitió mis órdenes, pero no al pie de la letra. Así que, haciendo un esfuerzo por reprimir mi irritación, le hice re­petir todo una vez más. La escena me hizo recordar con nostalgia a mi hermano Menelao, que en aquel momento vivía lejos, en el reino de Esparta. Aunque no era precisamente brillante, y algunas veces podía llegar a ser bastante lento para aprender, la participación de mi hermano en la devastadora campaña que los gemelos empren­dieron contra Atenas lo convirtió en un hombre con experiencia en el arte de la guerra, y yo lo consideraba un pupilo idóneo. Con mis enseñanzas podría haberse convertido en un excelente general; un deseo un tanto egoísta, porque el rey Tíndareo de Esparta ya lo había nombrado líder de sus huestes después de que se comprometiera con su adorable hija, Helena.
Hablé con un consejero veterano para posponer una reunión del Consejo prevista para el día siguiente, me terminé mi copa de vino y caminé hacia la puerta. Todos los nobles que estaban en el salón se inclinaron ante mí con respeto. Como monarca de Micenas, debía ir siempre acompañado por mis guardias, así que, mi compañero, con su lanza en la mano, me seguía unos pasos más atrás. Taltibio había sido mi amigo durante años: primero como mi escudero, y después como mi compañero. Era un hombre alto, del­gado y enjuto. Su piel era del color de un haya en otoño, tensamente estirada sobre los huesos de su cara. En la mandíbula tenía una ci­catriz que le había causado la espada de un dorio. Tenía los ojos rasgados e inquietos, y los labios finos, y apretados, el tipo de cara que denota un amor por los caballos. Pero era más que un simple jinete: Taltibio estaba a cargo de los establos del palacio y de sus cuarenta sementales de raza. Era él quien dirigía las compras desti­nadas a la cría en el Reino, y era el responsable, en total, de más de cuatrocientos caballos.
Los lacayos abrieron las puertas de bronce y el viento me tiró de la capa con fuerza. Crucé a continuación el pórtico que, sorpren­dentemente, estaba vacío. Era normal que, en una noche como aque­lla, los nobles buscaran refugio y durmieran a cubierto, protegidos del vendaval en distintas habitaciones del palacio. A los lados del patio se erigían dos edificios de tres pisos que debían bloquear el viento, pero esa noche las ráfagas eran tan fuertes que casi me im­pedían avanzar. Me encaminé hacia el portal que daba a la habitación real del piso superior. Mientras Taltibio abría el cerrojo, yo me giré para escudriñar el cielo y escuchar el aullido del vendaval .
No hacía mucho, según recordé con desasosiego, en una noche como aquella, aquel maldito monstruo que fue Tiestes se infiltró en la ciudadela, evitando guardias y centinelas, para descuartizar a su hermano Atreo y asesinar a Pelopia, su propia hija y, a la vez, esposa de Atreo. Secuestró a Egisto, el hijo a quién incestuosamente engen­dró con Pelopia, y escapó sin ser visto.
Pero aquello ya era historia, y todos estaban muertos menos Egisto. El esqueleto de Tiestes se pudría en una cámara sellada en algún lugar debajo de mis pies. ¿Por qué, entonces, sentía yo aquel extraño vacío? ¿Podría ser la premonición de una tragedia? Nadie amenazaba Micenas; nadie, hasta donde yo sabía, ansiaba mi cabeza. Pensé en los hombres-cabra que había mencionado Diores; pero descarté esa idea. Los hombres-cabra podían ser letales si te los en­contrabas en las colinas, y peligrosos para pueblos aislados como Ripe. Pensar que podían ser una amenaza para una ciudadela como Micenas era estúpido. Me arreglé el cabello que el viento había des­ordenado, me atusé la barba y traté de calmar mis temores.
El recuerdo de aquella terrible y sangrienta noche en la cámara de Pelopia no me abandonaba. Tiestes se había arrastrado sigilosa­mente junto a los guardias y centinelas que estaban resguardados de una tormenta furiosa. Yo castigué a los culpables, pero aquello fue hace años, y desde entonces habían pasado muchas cosas. ¿Habrían olvidado su lección? ¿Estarían alerta en una noche de vientos furio­sos como aquella? Echar un vistazo no me haría ningún daño.
—Cierra la puerta, Taltibio —le grité al oído—. Vamos a hacer una ronda.
El centinela apostado en las escaleras nos saludó a viva voz. Su­bimos hasta el adarve, y allí nos enfrentamos a la fuerza desencade­nada de la tormenta. Tambaleándonos como dos borrachos, nos agarramos el uno al otro para ayudarnos a avanzar, y así, Taltibio y yo cruzamos los pórticos del noroeste, revisando todas las garitas a medida que pasábamos. Desde la puerta principal, continuamos si­guiendo la muralla oriental hasta la torre que vigilaba el precipicio de la Quebrada del Caos, un abismo siniestro como ningún otro; desde su cima, los malhechores eran empujados para encontrar una muerte segura en su caída; en sus profundidades oscuras, los padres abandonaban a las hijas no queridas, y los asesinos se deshacían de los cuerpos de sus víctimas; los esclavos usaban los acantilados como letrinas. La Quebrada del Caos, apenas un riachuelo en verano, se desbordaba con las lluvias en invierno, y cosas innombrables apare­cían en la espuma de sus crecidas. Me detuve en el sotavento de la torre para examinar el valle, azotado por la tormenta, que cobijaba al pueblo de Micenas: un grupo de villas apiñadas en desorden, hogar de artesanos, orfebres, tejedores, alfareros y una muchedum­bre de campesinos, mano de obra y esclavos. La noche era tan negra como el ébano; no podía ver nada excepto algunas luces distantes que parpadeaban en las ventanas, y la silueta de la imponente colina que se alzaba tras el valle.
El viento me golpeó la cara y me dejó sin aliento. Le di unos toquecitos en el hombro a Taltibio.
—Ya es suficiente —le dije, gritando—. Volvamos al palacio.
Taltibio tiró con fuerza de la puerta para cerrarla y pasó el seguro. Yo me detuve un momento en aquella bendita serenidad y escuché la tormenta. Nos encaminamos hacia el piso superior, con los pies firmes sobre los peldaños de mármol de la escalera. Taltibio se de­tuvo en uno de los portales; yo entré a mi habitación, una gran cá­mara de piedra con paredes azules y los muebles apropiados para un rey. Mi escudero, Eurimedonte, me quitó la capa; el cuerpo de esclavos se arrodilló para desatarme las botas de piel. Yo me quité la túnica y la falda de cuero y me senté desnudo en una silla. Me froté la cara: sentía la piel como si acabaran de desollarme.
Eurimedonte me sirvió vino. Tomé la copa de cristal entre mis manos y, de nuevo, me sentí preocupado por aquella sensación de calamidad inminente.
«Tonterías —pensé—, mis consejeros son hombres de fiar, y mis héroes me son leales».
Encontrar a un sólo cortesano traicionero en el palacio era tan poco probable como descubrir nieve en verano. De todas maneras, poco después de asumir el trono mandé ejecutar o desterrar a todos los personajes de cuyas intenciones dudaba, y aún tomé más pre­cauciones: planté espías en todas las casas principales, cuya misión era alertarme de cualquier disturbio. No había escuchado un solo susurro desde entonces.
«¿Problemas con los reinos vecinos?», me pregunté. ¿Tendrían ellos algo que ver con los ataques de los dorios?
¿Podría ser Elis? El viejo Augeías murió y dejó el cetro en manos de su hijo Fileo; y fue justamente Fileo quién ayudó a Tiestes a echarme de Micenas. Desde luego, no éramos amigos, pero la ex­tensa Arcadia se extendía entre nuestros reinos, y las huestes elianas no se podían comparar con las mías. Por mi parte, no me había ol­vidado de Fileo, y ya tenía planes para desplazarlo del poder.
¿Y Tebas? Siempre habían sido hostiles, pero estaba demasiado lejos para que nos atacaran por sorpresa. Yo contaba con una red de inteligencia con presencia en cada uno de esos reinos, una telaraña de agentes y mensajeros que Atreo había instaurado durante su man­dato. El aviso llegaría mucho antes que cualquier intento hostil.
Me estaba imaginando peligros que no existían. Tomaría otro trago de vino, y después retozaría con alguna concubina. No había nada como la cópula para dispersar cualquier fantasía desagradable.
Sorbí un trago del añejo de Samos y seguí pensando en ello. No, no podría ser ninguna esclava de mi harén: su repertorio era dema­siado tedioso y familiar. Algún día tendría que vender todo el lote y reemplazarlas por otras esclavas del mercado de Nauplia. Había es­cuchado rumores de que en Rodas criaban mozas tremendamente ágiles.
Tenía una esposa. La responsabilidad me llamaba; era el momento de atender mis deberes maritales. Eurimidonte deslizó una túnica de lino sobre mi cabeza, indiqué a Taltibio que se quedara donde estaba, y atravesé el pasillo hasta el aposento de Clitemnestra.
Figuras de delfines y gaviotas de plata se enroscaban en el marco de ébano pulido de su cama. Mi esposa yacía sobre los vellones, tapada hasta el cuello con un edredón violeta. Su pelo brillante y suelto for­maba un arroyo de agua negra sobre el lino de la almohada. Sus ojos verdes estaban enmarcados por unas larguísimas pestañas, su piel era como marfil antiguo, y sus cejas negras se curvaban levemente hacia arriba, combinando a la perfección con la curvatura de sus pó­mulos. Sus labios eran rojos, y su barbilla obstinada. Tres de sus damas de compañía, hijas de algunos héroes, estaban sentadas al pie de su cama; mi aparición cortó su charla como un hacha.
Hice un gesto con la cabeza a las mujeres y éstas cogieron sus te­jidos y sus agujas y salieron de la habitación.
—Qué visita tan inesperada, mi señor —me dijo Clitemnestra.
—Pero bien recibida, espero.
Ella suspiró.
—Es tarde.
—Lo siento. He tenido que inspeccionar a los guardias.
—Qué celoso sois con vuestro trabajo, mi señor. Mientras tanto, yo casi me he quedado dormida.
—Al contrario, pareces bien despierta, y estás increíblemente her­mosa.
Clitemnestra se tapó aún más con el edredón.
—La tormenta me ha atacado los nervios. No podría… serviros como vos queréis.
—Nunca lo haces, mi dama. Vivo de la esperanza.
Levanté el dobladillo de mi túnica.
—¿No visitareis primero a vuestra hija? —sugirió, apurada—. Está despierta en la habitación contigua; la he escuchado llorar hace un rato.
—Cualquier excusa, con tal de retrasarlo todo —respondí, con amargura—. Está bien.
Cogí una lámpara y crucé el pasillo hacia la cámara contigua. La misma en la que murió Atreo despedazado. Una niña de dos años se movía, intranquila, en su cuna. La luz de la lámpara revelaba sus rasgos finos y cetrinos, sus ojos de mirada perdida y una boca poco firme. Ifigenia. No era fruto de mis entrañas, y tampoco del vientre de Clitemnestra. Era una extraña en mi nido. Hija de Teseo de Ate­nas y Helena de Esparta, había sido adoptada en secreto por mi es­posa para salvar el honor de su hermana, y se me había impuesto como si fuera la hija legítima de nuestro matrimonio.
La indiscreción de una concubina fue lo que me reveló la verdad. Por razones políticas, tuve que guardar el secreto. Lo mantuve aun cuando mi hermano se casó con la hermosa Helena. Cerré el pico, estrangulé a la esclava, y desde entonces fingí ignorar la verdad. Clitemnestra creía que su engaño había sido un éxito; nunca se imaginó que yo lo sabía.
Había dos secretos que abrían una brecha en mi relación con Clitemnestra. Ifigenia era uno. El otro, bueno, esperaba que nunca des­cubriera quién había sido el autor del asesinato de su esclava.
Acerqué aún más la lámpara a la cara de la niña. Era fea, y estaba malcriada. Cuando descubrí su parentesco decidí que, de una u otra manera, al final debería ser eliminada. Aún no había encontrado el momento idóneo para hacerlo, pero la oportunidad llegaría, sin duda.
Regresé a los aposentos de Clitemnestra.
—¿Creéis que nuestra hija tiene buen aspecto? —me preguntó, con languidez.
—Parece muy sana —le respondí, sin mucha convicción—. Ahora, mi dama, déjame ver qué aspecto tienes tú.
Me quité la túnica, me acerqué a la cama y retiré el edredón. Ella cogió la sábana y la bajó para mostrarse desnuda ante mis ojos. Tenía un cuerpo voluptuoso, piernas largas y delgadas, caderas redondas y unos senos espléndidos. Sin duda, fuegos que aplacarían al más ar­diente de los amantes. Pero, ¿para qué iba a engañarme? La realidad era muy diferente: penetrar a mi sensual reina era como revolver una papilla espesa y fría. Sin embargo, la mera visión de su cuerpo des­nudo endurecía mi lanza. Separé sus piernas y me arrodillé entre ellas.
—Tened cuidado, Agamenón, estoy embarazada de nuevo.
Me detuve, apoyándome sobre los codos
—¿Estás segura?
—Así me lo ha asegurado Macaón. De cuatro meses, me ha dicho.
Yo confiaba en mi médico de palacio. Era el hijo de Asclepio, el fundador de la escuela médica de Epidauro, y era mucho más hábil que los numerosos matasanos y carniceros que se disfrazaban de doctores. Sin embargo, mi confianza en Clitemnestra era menor que la anchura de una espada, así que resolví confirmar el diagnóstico por la mañana. Podía ser, simplemente, otro pretexto.
—¿Sólo de cuatro meses? No hay riesgo, entonces. Abriros, mi dama.
Me clavé en su interior sin remordimientos, y cabalgué a la yegua como uno de aquellos centauros de las fábulas.
Luchaba por mi vida en la cima de una amplia escalera. Las murallas que rodeaban la ciudadela de Tebas eran monstruosamente altas, y yo me asía a la interminable piedra gris con ambas manos. A cada lado tenía punzantes lanzas y caras hostiles, con gestos desafiantes. El clamor de la batalla retumbaba en mis oídos. Largos tridentes em­pujaron la escalera, intentando derribarla. Me agarré a los peldaños frenéticamente. Entonces comenzó la caída, una caída terrible e in­terminable, rematada por peñascos afilados como fauces.
Me desperté, presa del pánico y bañado en sudor. La voz estruen­dosa de la tormenta ahogó el ruido del sueño. La lámpara de cana­lones escupía reflejos sobre los muebles y las paredes. Con el brazo, rocé la piel suave y tibia de Clitemnestra. Ella se agitó en sueños, murmurando algo. Yo contemplé la penumbra de la habitación con los ojos abiertos, recobrándome del terror de aquella pesadilla recu­rrente, mientras escuchaba los fuertes latidos de mi corazón.
Un ruido extraño se mezclaba con el silbido del viento, un chi­rrido agudo, como el que profieren los cerdos en estampida. Sacudí la cabeza para borrar de mi cerebro los últimos fragmentos del sueño. Pude escuchar gritos distantes, apenas perceptibles. Un toque sordo de trompeta, tres notas cortas y ascendentes. Pasos atropella dos inundaron el corredor, y la madera de una lanza golpeó la puerta: era Taltibio, llamándome con urgencia.
—¡Señor! ¡Levantaos! ¡Levantaos! ¡Las trompetas están dando el toque de alarma!
Salté de la cama, busqué la correa del perno, abrí la puerta de par en par y salí al pasillo. Podía ver la cara de preocupación de mi com­pañero debajo de su casco.
—¿Qué es lo que pasa, Taltibio?
—No lo sé, mi señor. Por el sonido, imagino que el enemigo anda suelto.
Nadie cuestiona un toque de alarma. Corrí a mi habitación y llamé a Eurimedonte. El palacio entero se despertó y se llenó del sonido de las puertas batientes y las voces. Mi escudero, con los ojos rojos, salió de su cubículo con una lámpara en la mano.
—Dame mis armas, Eurimedonte. ¡Rápido!
Pero armarse nunca había sido algo rápido. La armadura tenía una pechera, la protección trasera, guardas en los hombros y en el cuello, una falda triple de bronce y veinte correas de cuero para abro­charlo todo en su sitio. Eurimedonte olvidó darme una túnica inte­rior, por las prisas, así que me puso la coraza directamente sobre el cuerpo, y comenzó a abrocharme las correas. Un grito estridente se escuchó a lo lejos, con el mismo volumen que el viento. Las trom­petas, fervientes e imperiosas, volvieron a dar el toque de alarma. Le arranqué el bronce de las manos al escudero.
—¡Deja eso, chico! ¡No hay tiempo! ¡Dame el escudo, el casco y la lanza!
Eurimedonte me puso el casco de pelo de jabalí en la cabeza y una lanza en la mano. Yo metí la otra a través del asa del escudo de cuerpo entero. Descalzo y desnudo, como los guerreros que pelea­ron en las guerras de Zeus, bajé las escaleras a toda velocidad, pa­sando junto a mujeres aterradas, esclavos y héroes medio armados que se apresuraban para responder al toque de alarma. Toda una multitud ruidosa y desorganizada.
Crucé el gran patio, bajé la escalinata y seguí el camino hasta las torres de la puerta del norte, sin prestar atención a las pequeñas pie­dras que se me clavaban en los pies. Una figura oscura corría hacía a mí, y la hoja de su espada destellaba.
—¿Quién va?
—Taltibio, mi señor
—Busca al capitán de guardia, y pídele el informe.
Finalmente, llegué a las murallas y apoyé los codos sobre las pie­dras secas y ásperas. Me froté los ojos e intenté penetrar la oscuridad que ocultaba el valle.
La ciudad estaba siendo atacada.
Antorchas fugaces como cometas me permitían vislumbrar in­termitentemente a los hombres que corrían a toda prisa, figuras que se perdían entre las casas, temblores, gritos y una confusión espan­tosa. Algo radiante y suave brilló en la oscuridad de la noche, llamas que lamieron los techos de las casas, avivadas por el viento, y que explotaron, resplandecientes y despidiendo chispas.
Taltibio trajo al héroe de los guardias, un guerrero con la respira­ción entrecortada por la carrera, ya que había tenido que rodear todo el palacio para alertar a los lanceros.
—¿Quién nos ataca?
—No sabría decirlo, mi señor. Aparecieron de la nada, sin aviso, y sin hacer ni un ruido.
—Enciende todas las antorchas que encuentres, y colócalas a lo largo de la muralla. Necesitaremos alguna fuente de luz si llegan hasta aquí.
Varios grupos de héroes y un manojo de lanceros llegaron co­rriendo desde las casas de la ciudadela y rápidamente se alinearon en sus puestos asignados en la muralla: habían practicado varias veces aquel ejercicio, y sin embargo había desorden y confusión: nunca habían ensayado de noche. Nadie luchaba de noche, excepto Atreo aquella vez que atacó Midea; era una práctica poco conven­cional y rechazada por la etiqueta militar. Entonces, ¿quién, en el nombre de La Dama, comandaba aquella horda incendiaria en medio de la noche como demonios enfurecidos?
Las antorchas se encendieron en las almenas a lo largo de la mu­ralla, dibujando estelas de humo con forma de estandartes raídos por el viento. El fuego en el valle se esparcía de una casa a la si­guiente: el techo y los edificios, con sus marcos de madera, eran el combustible de aquel infierno. La noche se desvaneció: la pira lo ilu­minaba todo, desde la muralla hasta las colinas, como una capa tejida con luz y sombras danzantes.
Las figuras oscuras avanzaban desde el valle en dirección a las puertas. La luz de las antorchas nos reveló la identidad del tumulto cuando estaban al alcance de nuestras lanzas: era nuestro propio pue­blo, aterrorizado y llorando, pidiendo resguardo dentro de las mu­rallas de la ciudadela. Campesinos, obreros, mujeres, mercaderes y niños arrastrados por los pelos. Desesperados, trataban de alcanzar las puertas de bronce, con los rostros grises porque estaban cubier­tos de cenizas, y con las bocas en un gesto de terror y los brazos ex­tendidos.
El enemigo acechaba detrás.
—¡Malditas sean mis entrañas! —dijo Taltibio—. ¡Son los hom­bres-cabra!
Los saqueadores, vestidos con pieles de cabra, blandían sus lanzas y dagas de piedra, persiguiendo a aquellos desdichados. Rodearon a los rezagados, atacándolos como una manada de perros salvajes a un indefenso venado. En aquel momento de respiro, los fugitivos que encabezaban la multitud lograron alcanzar las puertas y golpe­aron las planchas de roble con las manos abiertas.
Algún imbécil les abrió.
Los refugiados entraron a granel, empujándose entre los postes, peleando entre sí y cayéndose, bloqueando la entrada. Los hombres escalaban la montaña de cuerpos, pisoteando a sus amigos. Lan­zando alaridos, los hombres-cabra corrieron para alcanzar la rendija de las puertas. La guardia de lanceros se abalanzó sobre ellas para cerrarlas. Yo salté desde las murallas y corrí hacia las puertas con la lanza preparada. Una furiosa lucha cuerpo a cuerpo estalló sobre la enorme pila de cadáveres.
Los héroes se alinearon. Una pared de escudos y lanzas protegía sus pechos recubiertos de bronce. Yo antepuse mi propio escudo y empuñé mi lanza, la clavé, la retiré, cambié de objetivo y la volví a clavar. Era el metódico arte de la lucha con lanza, en la que Diores me había instruido. Dos manos tomaron el asta de madera de mi arma, intentando arrancármela. Pero yo dominaba aquel arte, y sabía lo que tenía que hacer: fingir que cedía el arma, para luego clavársela en el estómago o la vejiga, empujar con el escudo y liberar el bronce, recuperarlo, y clavárselo al siguiente. Durante toda la pelea, mis fosas nasales trataban de evitar el nauseabundo tufo de las cabras.
Logramos repeler a los hombres-cabra de las puertas, apartamos a los nuestros que yacían bloqueando la entrada, a los vivos y a los muertos, y cerramos las puertas. Entonces trepé rápidamente hacia las almenas. La villa ardía como una antorcha: las casas se habían derrumbado en montones de escombros, y las llamas, avivadas por el viento, se remontaban hacia las alturas y alumbraban el panorama como si fuera mediodía. Sentí el calor en mi cuerpo cubierto de sudor, y me estremecí cuando las chispas me rozaron.
Los hombres-cabra que expulsamos de las puertas se dispersaron a lo largo de la muralla buscando grietas por las que trepar entre los enormes bloques de piedra. Envié algunos hombres para que reagruparan a los defensores. Ágiles como ratas, y mucho más dañinos, nuestros enemigos encontraron apoyo para manos y pies y escalaron muralla arriba. Algunas cabezas comenzaron a asomarse por el borde, y los héroes y los lanceros los recibieron clavándoles las lanzas en sus bocas vociferantes, cortando cabezas peludas con las cuchillas. Uno de los que trepaban se escurrió entre la defensa y llegó hasta la rampa. La luz del fuego perfiló una cara afeitada, con casco, un es­cudo redondo y una espada brillante.
Aquel no era un hombre-cabra.
Esquivó mi primera embestida desviándola con su escudo y agitó la espada por encima de mi cabeza, cortando las plumas de mi casco, pero yo me recuperé a la velocidad del rayo, bajando la cabeza. Me defendí y di un paso a la derecha, subiendo el escudo. Su espada lo atravesó como si de una fina tela de lino se tratase, hasta el asidero. Me arañó la muñeca. Giré el escudo y lo dejé. Blandí mi lanza y se la clavé en las costillas. Al recuperar la espada que logré quitarle, exa­miné el extraño y grisáceo metal.
—Con que esto es el hierro —musité—. Debes ser dorio. ¡Pues ahora probarás una cucharada de tu propia medicina!
El cuerpo se retorcía a mis pies, sujetando el asta de la lanza que tenía clavada en el pecho. Levanté la hoja de la espada, apunté con cuidado y embestí. Su cabeza saltó de los hombros limpiamente, mientras un torrente de sangre brotaba del cuello. Dejé la lanza cla­vada en el dorio y me di la vuelta para enfrentarme al tumulto en las almenas.
Una decena de enemigos había ganado terreno adentrándose en la rampa más allá del torreón de la entrada, dando comienzo a un tenaz forcejeo. Agrupé cuarenta hombres con rapidez y nos dirigi­mos hacia el tumulto.
Acabamos con los hombres-cabra y con todos los dorios, excepto tres de ellos. Con héroes a cada lado, y protegido con escudos desde los pómulos hasta los dedos de los pies, ensarté a los tres a la vez. La espada capturada aguantó muy bien las envestidas de los dorios y saboreé el destello de sorpresa en sus miradas cuando notaron que el metal de mi espada no cedía. En igualdad de condiciones, los do­rios no eran rivales para un héroe. Ensarté a uno por la boca, atra­vesé a otro desde el hombro hasta el esternón, y finalmente clavé la espada hasta la empuñadura en las entrañas del tercero. Lanzamos los cuerpos por encima de la muralla, y conté seis bajas entre nues­tros guerreros.
Había sido una batalla sumamente desorganizada, pero logramos repeler a los escaladores a lo largo de toda la muralla. Enemigos he­ridos y muertos se apilaban en el suelo. Los héroes, agotados, se apo­yaban en sus lanzas, aliviados por la tregua. Yo trepé a la torre y aspiré profundamente el aire del incendio. Los hombres-cabra caían de los muros y desaparecían entre las sombras. La ciudad se había quemado entera, y las llamas, como serpientes temblorosas, ilumi­naban los montones de cenizas. El viento, que ya amainaba, disper­saba las pesadas columnas de humo despuntando volutas en sus bordes.
Un fulgor como de cobre bruñido iluminó el cielo en el este.
Taltibio subió la escalera con una copa de vino aguado en las manos.
—He encontrado una jarra en los puestos de guardia —me ex­plicó—. Pelear contra los hombres-cabra suele dar mucha sed. —Examinó las colinas arboladas llenas de manchitas que parecían huir—. El ataque ha terminado. ¿Los perseguiréis, mi señor?
—No. —Incliné la copa y me la bebí de un trago—. Hemos sal­vado la ciudadela, pero hemos perdido el pueblo. Nunca, desde el reinado de Perseo, había atacado Micenas ningún enemigo, y ahora lo han hecho los hombres-cabra. ¿Perseguirles? Los héroes jamás podrían darles caza en las colinas.
—No estábamos preparados. ¡Atacaron de noche! —Taltibio pa­recía indignado
—Sí —le respondí, cansado—. Algo de lo más irregular. Alguien debería decirle a esas bestias lo antideportiva que es esa maniobra, pero antes tenemos mucho que hacer: enterrar a los muertos, resca­tar a los heridos y reparar las defensas de Micenas —añadí, repa­sando con la vista las grietas en la muralla a nuestros pies—. ¿De qué sirve esta muralla si el enemigo puede treparla? Acompáñame, Taltibio, pongámonos manos a la obra.
A la luz del día pude contabilizar los daños. El pueblo de Micenas, que como he dicho constaba de varios grupos de villas adyacentes habitadas por artesanos y mercaderes, había quedado reducido a va­rios montones de cenizas humeantes que seguían ardiendo sin llamas. Únicamente el distrito de los forjadores de bronce, que estaba separado del resto por un río, había quedado intacto. El fuego había impedido el saqueo, y la oscuridad evitó que los merodeadores se llevaran el ganado y las ovejas que formaban el botín predilecto de los hombres-cabra. Cuerpos calcinados yacían sobre los escombros: los cadáveres se extendían por todo el valle. A medida que avanzaba el día, los supervivientes llegaron arrastrándose desde las laderas, el sitio al que habían huido. La mayoría, según pude constatar, habían logrado escapar con vida, pero poco más. La base de la muralla que rodeaba la ciudadela, en cambio, estaba llena de cadáveres de ene­migos. Puse a media docena de heridos bajo vigilancia para interro­garlos más tarde. Contando los cuerpos de los asaltantes, y por las observaciones de quienes habían luchado en las almenas, estimé que al menos un cuarto de los atacantes eran dorios.
La primera vez que me encontré con los hombres-cabra, veinte años atrás, la proporción era de cincuenta a uno. Los hombres-cabra eran una molestia, y los cazábamos por diversión. Ahora que los Hombres de Hierro estaban entre ellos, su presencia ponía en peligro todos los reinos de Acaya.
Aunque confiaba en que el enemigo se había retirado a las mon­tañas por completo, ya que siempre lo hacían después de saquear un pueblo, envié a algunos hombres a patrullar el campo, los bosques y las colinas. Después, para intentar calmar los miedos de Clitemnestra, me fui deprisa al palacio. Estaba aún acostada, y se mostró disgustada por mi interrupción.
—Estoy tratando de dormir después de una noche extraordina­riamente estruendosa —replicó—. ¿Qué demonios ha ocurrido?
Quizá pretendía ocultar su preocupación con aquella compostura fingida, aunque quizá su indiferencia era genuina. Casi nunca podía discernir lo que ocurría en la intrigante mente de Clitemnestra.
—Los hombres-cabra quemaron el pueblo y atacaron la ciudadela. Lo impedimos y se marcharon.
—Naturalmente. ¿Quién podría prevalecer contra el poderoso Agamenón? —Clitemnestra echó una mirada a mi cuerpo cubierto de humo y cenizas, y se ocultó bajo las mantas—. ¿Acaso intentáis imponer una nueva moda, mi señor, luchando desnudo? ¿Vais a de­jarme dormir en paz?
Acompañado por Taltibio y Eurimedonte, caminé hacia el baño real. Inmerso en el agua tibia, reflexioné sobre el ataque que habí­amos sufrido sin previo aviso, en mitad de la noche. Taltibio, de cuclillas sobre un banco de piedra caliza, notó mi expresión taci­turna.
—Creo, mi señor, que les dimos una sangrienta advertencia. Sus bajas son mayores que las nuestras.
—¿Qué importancia tienen las bajas de los hombres-cabra? —le respondí, secamente—. Nosotros hemos perdido valiosos artesanos: herreros, vinateros y orfebres.
—Todos pueden ser reemplazados. Los artesanos tienen familias numerosas, sus cofradías se mantienen unidas, y los hijos siguen los pasos de sus padres en los negocios.
—Este asalto no alentará a nadie a abrir una tienda en Micenas —le dije, con agravio—. A menos que les ofrezcamos protección, nuestros mercaderes se irán en tropel.
Eurimedonte vio el rasguño en mi muñeca, donde la espada del dorio me había mordido, y chasqueó la lengua.
—No me gusta esa herida, mi señor. Traeré vendas y ungüento y os la sanaré.
Examiné el pequeño rasguño.
—Muy bien, ve rápido —le contesté. Sólo un tonto ignoraba las heridas, por pequeñas que éstas fueran. Morían más hombres por descuidar heridas que en el campo de batalla.
Me recosté boca abajo sobre un diván de ébano mientras una hermosa esclava sifnia masajeaba mi espalda.
—Una ciudadela, sea grande o pequeña —continué—, nunca será abatida por los hombres-cabra, ya que son meros rateros que bajan a robar ganado y desaparecen. Se han vuelto más temerarios con el pasar de los años gracias al refuerzo de los dorios, y ahora hostigan comunidades enteras y amenazan nuestra economía al disuadir a los pobladores que generan las riquezas de asentarse en nuestro terri­torio. Ésa es una estrategia sistemática que no parece estar a la altura de los hombres-cabra. Alguien más debe estar detrás de esto.
Descansé la frente en mis antebrazos y suspiré. Taltibio se lamió los labios, admirando los pechos de la eslava sifnia. ¿Estarían los do­rios, aliados extranjeros de los hombres-cabra, organizando una cam­paña planificada? Los dorios se parecían mucho a los aqueos, y sólo eran considerados peligrosos porque sabían trabajar el hierro. ¿Dónde conseguían aquel metal? Mis redes de inteligencia al norte del istmo me habían informado de que los Hombres de Hierro bajaban desde Doris en una corriente constante, pero escasa, que desaparecía en las salvajes montañas de Acaya como el agua desaparece en la arena.

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