El que susurra en la oscuridad

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En este libro se reúnen dos de los relatos más extensos salidos de la pluma de H. P. Lovecraft

El que susurra en la oscuridad es una historia ambientada en la Nueva Inglaterra rural, en la que, después de unas inundaciones aparecen arrastrados por la riada, unos extraños cuerpos de forma indefinida. Esto conduce a una investigación sobre su origen y a un intercambio de correspondencia entre el narrador y un investigador que poco a poco va desentrañando pistas sobre los misteriosos seres.

En las montañas de la locura es la memoria en primera persona de un geólogo de la Universidad de Miskatonic sobre una reciente expedición dirigida por él al continente antártico y su trágico final. Narra el profesor superviviente cómo se inició la expedición y cómo en uno de los vuelos de reconocimiento se toparon con una impresionante cordillera. Las exploraciones de la zona llevan al grupo a descubrir una cueva en cuyo interior encuentran catorce fósiles de una estatura superior a la humana pertenecientes a unos seres totalmente desconocidos para la ciencia.

ANTICIPO:
La grabación fonográfica me llegó hacia finales de junio… expedida desde Brattleboro, ya que Akeley no deseaba arriesgarse en los servicios de mis al norte. Había comentado a sentirse espiado, con creciente intensidad, algo que se veía acentuado por la desaparición de algunas de nuestras cartas, y hablaba mucho acerca de los actos insidiosos de ciertos personajes a los que tenía por instrumentos y agentes de los seres ocultos. Sospechaba sobre todo del hosco granjero llamado Walter Brown, que vivía solo en una empobrecida granja cercana al bosque cerrado y que habla sido visto a menudo merodeando por lugares de Brattleboro, Bellow Falls, Newfane y South Londonderry sin poder ofrecer explicación o motivos para ello. Estaba convencido de que la voz de Brown era una de aquellas que habla captado, en cierta ocasión, enfrascadas en una conversación terrible; y el hecho de haber encontrado una vez una pisada o huella de garra cerca de la casa de Brown poseía para él el mis terrible significado. Las huellas estaban curiosamente cerca de las pisadas del propio Brown… pisadas que lo situaban enfrente del ser que hubiera dejado las huellas.

Por fin llegó la grabación de Brattleboro, hasta donde Akeley fue en coche, a lo largo de las solitarias carreteras secundarias de Vermont. En la nota adjunta confesaba que había comenzado a tener miedo a tales carreteras y que ya ni siquiera se acercaba, excepto a plena luz del día, hasta Townshend en busca de suministros. Repetía una y otra vez que no era prudente saber demasiado, a no ser que se encontrase uno muy lejos de esas colinas silenciosas y temibles. Muy pronto tendría que mudarse a vivir con su hijo a California, aunque resultaba duro abandonar un lugar que albergaba todos sus recuerdos y antiguos sentimientos.

Antes de escuchar la grabación en la maquina que pedí prestada en el rectorado, repase con cuidado las explicaciones consignadas por Akeley en varias cartas. Aquella grabación, según decía, había sido obtenida alrededor de la una de la madrugada del 1 de mayo de 1915, cerca de la boca cerrada de una cueva allí donde la boscosa ladera oeste de Darle Mountain se alza sobre el pantano de Lee. El lugar había estado de siempre inusitadamente plagado de extrañas voces, siendo esa la razón por la que se había llevado el fonógrafo, el dictáfono y el registro virgen, confiando en lograr resultados. Anteriores experiencias le dictaban que la víspera de mayo —la odiosa noche del aquelarre en las esotéricas leyendas europeas— sería probablemente más fructífera que cualquier otra fecha, y no se vio defraudado. Es de reseñar, no obstante, que él en persona nunca había escuchado voces en ese lugar en concreto.

Al revés que la mayoría de las voces captadas en lo profundo del bosque, la esencia de aquella grabación era casi ritual e incluía una voz claramente humana que Akeley no había sido capaz de reconocer. No era la de Brown, y parecía proceder de mi hombre de buena educación. La segunda voz, no obstante, era la que de veras importaba… ya que se trataba de ese maldito zumbilín sin parentesco con la humanidad, pese a las palabras humanas que pronunciaba con buena gramática inglesa y acento culto.

El fonógrafo y el dictáfono hablan trabajado a saltos y estaba, desde luego, la desventaja de lo alejado y lo amortiguado que llegaba el oculto ritual; así que la conversación grabada resultaba muy fragmentaria. Akeley me había suministrado una trascripción de lo que él suponía que eran las palabras grabadas y las revisé de nuevo, al tiempo que preparaba la máquina para reproducir. El texto era oscuramente misterioso, más que abiertamente horrible, aunque el saber cuál era su origen y cómo había sido conseguido le aportaban todo un horror asociado que ninguna palabra puede suministrar. Lo que aquí consigno es cuanto recuerdo… y estoy completamente seguro de que es correcto, no solo por haber leído la trascripción, sino por haber hecho girar una y otra vez la grabación. ¡Y eso no es algo que uno pueda olvidar así como así!

(SONIDOS INDEFINIDOS)

(UNA VOZ CULTIVADA DE VARÓN HUMANO)

… Es el Señor de los Bosques, incluso para… y los presentes de los hombres de Leng… porque de los pozos de la noche a los abismos del espacio, y de los abismos del espacio a los pozos de la noche, alabados sean por siempre el gran Cthulhu, Tsathoggua y Ese que no debe ser Nombrado.

Alabada sea por siempre y colmada de abundancias la Cabra Negra de los Bosques. ¡Ia! ¡Shub-Niggurath! ¡La Cabra del Millar de Retoños!

(UNA ZUMBANTE IMITACIÓN DE HABLA HUMANA)

¡Ia! ¡Shub-Niggurath! ¡La Cabra de los Bosques con un Millar de Retoños!

(VOZ HUMANA)

Y ha llegado que el Señor de los Bosques, siendo… siete y nueve, bajo los peldaños de ónice,.. (lo)ado sea en el Abismo, Azathoth, Ese del que tú nos has enseñado mara(villas)… en las alas de la noche más allá del espacio, más allá de… a Ese del que Yuggoth es el menor de los hijos, girando solitario en el negro éter al borde…

(VOZ ZUMBANTE)

… ve entre los hombres y encuentra la forma, para que él en el Abismo pueda saberlo. A Nyarlathotep, Poderoso Mensajero, debe informársele de todo. Y Él asumirá el aspecto de los hombres, la máscara de cera y el atuendo que ocultan y bajará del mundo de los Siete Soles para burlarse…

(VOZ HUMANA)

… (Nyarlathotep, Gran Mensajero, portador de extraña alegría hacia Yuggoth, a través del vacío, Padre del Millón de Afortunados, El que Ronda entre…

(VOZ CORTADA POR EL FINAL DE LA GRABACIÓN)

Tales eran las palabras que iba a escuchar cuando puse en marcha el fonógrafo. Fue con un asomo de verdadero espanto y renuencia que oprimí el botón y escuché crepitar la punta de zafiro, aunque me alegraba de que las primeras y fragmentarias palabras fueran de una voz humana… una voz rica y educada que parecía, en lo que toca a acento, vagamente bostoniana y que, desde luego, no pertenecía a un nativo de las colinas de Vermont. Mientras escuchaba esa débil y espantosa grabación, creí encontrar que lo que

se decía era lo que constaba en la cuidadosa transcripción de Akeley. En ella se cantaba, con esa madura voz bostoniana… ¡Ia! ¡Shub-Niggurath! ¡La Cabra del Millar de Retoños!

Y entonces escuché la otra voz. Aun ahora, en retrospectiva, me estremezco al pensar en la sacudida que recibí, pese a lo preparado que estaba por los informes de Akeley.

Aquellos a los que luego he descrito tal grabación dicen que ahí no hay otra cosa que fraude de baja estofa o locura; pero, de haberla escuchado ellos mismos o leído el grueso de la correspondencia de Akeley (especialmente esa terrible y enciclopédica carta suya), sé que pensarían de forma bien distinta. Así que, pese a todo, es una pena tremenda que no desobedeciese a Akeley y permitiese oír la grabación a otros… una pena tremenda, también, que los contenidos de sus cartas se perdiesen. A mi juicio, con la impresión que recibí de primera mano sobre dichos sonidos, y con el conocimiento del telón de fondo y las circunstancias que concurrían, la voz resultó algo monstruoso. Imitaba punto por punto a la voz humana, en lo que al responso ritual se refiere, pero en mi imaginación aleteaba un morboso eco, abriéndose camino a través de abismos inimaginables, procedente de inconcebibles inflemos exteriores. Hace ahora más de dos años que hice funcionar por última vez aquel blasfemo cilindro de cera; pero aun ahora, y siempre, puedo recordar ese débil y diabólico zumbido, tal y como me impactó la primera vez.

¡Ia! ¡Shub-Niggurath! ¡La Cabra de los Bosques con un Millar de Retoños!

Pero, aunque esa voz resuena por siempre en mis oídos, todavía no he sido capaz de analizarla lo suficientemente bien como para dar de ella una descripción por escrito. Era como el zumbido de algún espantoso y masivo insecto, toscamente dotado para el habla articulada de alguna especie extraña, y estoy completamente seguro de que los órganos que producen tal habla no tienen relación con el aparato vocal, ni del hombre ni de tan siquiera ninguno de los mamíferos. Había singularidades en timbre, tono y registro que colocaban a ese fenómeno totalmente al margen de la esfera de lo humano o la vida terrestre. Su súbita aparición, esa primera vez, casi llegó a aturdirme y escuche el resto de la grabación sumido en una especie de obnubilación abstracta. Al llegar el pasaje más largo del zumbido, se produjo un agudo aumento de ese sentimiento de infinitud blasfema que me había atacado durante el primer y más corto pasaje. Al final, la grabación acababa de golpe durante un frasco anormalmente claro de la bostoniana voz humana; pero yo me quedé sentado como un estúpido, contemplando la máquina mucho tiempo después de que esta se hubiera detenido automáticamente.

Ni que decir tiene que volví a oír muchas otras veces esa estremecedora grabación, o que hice todos los esfuerzos posibles para analizar y comparar notas con Akeley. Seria tan inútil como turbador repetir aquí las conclusiones a las que llegamos; pero he de insinuar que estuvimos de acuerdo en creer que habíamos topado con una pista que llevaba hasta la fuente de algunas de las más repulsivas y primordiales costumbres de las crípticas religiones primigenias de la humanidad. Nos resultaba patente, además, que había antiguas y sofisticadas alianzas entre las ocultas criaturas exteriores y ciertos representantes de la raza humana. No temamos modo de saber cuan amplias eran tales alianzas y cuál seria en nuestros días su

estado, en comparación con el de las edades antiguas, aunque en el mejor de los casos daban pie a ilimitadas sucesiones de espantadas especulaciones. Parecía haber un vínculo horrible e inmemorial, en ciertos estadios definidos entre la humanidad y la infinitud indescriptible. Las blasfemias que se manifestaban en la Tierra, según se insinuaba, procedían del oscuro planeta Yuggoth, en los lindes del sistema solar; pero este era simplemente la populosa avanzada de una espantosa raza interestelar cuyo origen último debía hallarse incluso fuera del continuo espacio-tiempo einsteniano o del aún mayor cosmos conocido.

Mientras tanto, seguíamos discutiendo sobre la piedra negra y la mejor forma de hacerla llegar a Arkham… Akeley consideraba improcedente que lo visitase en el lugar donde realizaba sus estudios de pesadilla. Por una u otra razón, Akeley temía intentar el envió por cualquier método ordinario o previsible de transporte. Por último, resolvió llevarla a través del condado, hasta Bellows Falls. y embarcarla en el ferrocarril de Boston y Maine, a través de Keene, Winchendon y Fitchburg aun a pesar de que habría de conducir a lo largo de algunas de las más solitarias y boscosas carreteras comarcales que forman la red viaria a Brattleboro. Dijo que se habla fijado en que había un hombre rondando la oficina del ferrocarril en Brattleboro, el día que envió la grabación, y que sus acciones y expresión habían distado mucho de ser tranquilizadoras. Ese hombre había parecido sumamente ansioso de hablar con los empleados y se habla subido al tren en el que había enviado la grabación. Akeley confesaba que no se habla sentido del todo tranquilo sobre la seguridad de esa grabación hasta que supo, por carta mía, que había llegado intacta.

Por esa época —la segunda semana de julio— se extravió otra de mis cartas, como supe gracias a un ansioso comunicado de Akeley. Después de eso me pidió que no le enviara más cartas a Townshend, sino que todo el correo había de ser remitido a la Lista de Brattleboro, adonde él iba frecuentemente, tanto en coche como en el autocar que, en los últimos tiempos, habla reemplazado en el transporte de pasajeros al lento ramal del ferrocarril. Pude constatar que se estaba volviendo más y más nervioso, ya que me suministró multitud de detalles sobre el cada vez más frecuente escándalo de los perros en las noches sin luna, así como sobre las huellas frescas que a veces encontraba en el camino, y en el barro a la zaga de su corral, al amanecer. Una vez me habló de una verdadera legión de pisadas en hilera que se enfrentaba a una igualmente definida y densa línea de huellas de perros, y me envió una instantánea, espantosamente turbadora, que lo probaba. Eso ocurrió luego de una noche en que los perros se habían superado a si mismos ladrando y aullando.

La mañana del miércoles 18 de julio recibí un telegrama, enviado desde Bellows Falls, en el que Akeley decía que me enviaba la piedra por B. & M. en el tren n.° 5508 que salía de Bellows Fallas a las 12.15 del medio día, y que debía llegar a la North Station de Boston a las 4.12 de la tarde. Habría, según calculaba, de arribar a Arkham alrededor del mediodía y, de acuerdo con tales cálculos, pasé allí toda la mañana del viernes, esperando. Pero el mediodía llegó y pasó sin que apareciese y, cuando telefoneé a la oficina del ferrocarril, me informaron de que no se había recibido nada para mí. El siguiente paso fue, con creciente alarma, hacer una llamada a larga distancia, al agente de ferrocarril de la North Station de Boston, había aparecido. El tren n.° 5508 había llegado con solo 35 minutos de retraso el día anterior, pero no traía caja alguna a mi nombre. El agente prometió, no obstante, realizar una investigación, y yo terminé el día enviando a Akeley una carta nocturna en la que le informaba de lo sucedido.

Recibí la tarde siguiente, con encomiable prontitud, noticias procedentes de la oficina de Boston, a través de una llamada realizada por el agente, apenas hubo esclarecido los hechos. Al parecer, el empleado del tren n.° 5508 había podido recordar un incidente que quizá tuviera mucho que ver con el objeto perdido: una conversación mantenida con un hombre de voz peculiar, flaco, de pelo amarillento y aspecto campesino, mientras el tren estaba en espera en Keene, N.H., poco después de la una de la tarde.

El hombre, según el empleado, se había mostrado de lo más nervioso al hablar de una pesada caja que afirmaba estar esperando, pero que ni estaba en el tren ni consignada en los libros de la compañía. Había dado el nombre de Stanley Adams, y su voz era tan extrañamente grave y monótona que dejó al empleado anormalmente aturdido y somnoliento solo de escucharlo- Este último no podía recordar con exactitud cuándo había acabado la conversación, pero recordaba haberse despertado del todo cuando el tren comenzó a moverse. El agente de Boston añadía que ese empleado era un joven sincero y de lealtad completa y más allá de toda duda, con referencias excelentes y de muchos años en la compañía.

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6 Opiniones

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  • Choser
    on

    Es un libro excelente que se los recomiendo.En mi opinion,el mejor relato escrito por Lovecraft.Se lo recomiendo, es un muy buen libro. ;)

  • Noseinventameunnombre
    on

    Lo tengo que leer para el colegio pero… NO LO VENDEN EN NINGUNA LIBRERÍA, dicen: Esta en falta. TENGO LA PRUEBA EL LUNES y es SABADO >:(

  • MISTRAL
    on

    Hola , no tiene parangon este escritos, su libro de los Mitos es increible me aficione a el a los 15 años y los tengo todos, un escritor especial y si biografia os la recomiendo.

  • MISTRAL
    on

    Si np lo encuentras en liberias, ve a la biblioteca, seguro que lo tienen.

  • camilinda
    on

    Es verdad, lovecraft es increible…

  • .....
    on

    Es la mejor información que encontré GRACIAS :o

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