El Químico de los Lumiere

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La cultura de la Belle Époque idolatraba a los cazadores de imágenes. Los pintores, retratistas y cineastas se habían convertido en notarios de la alegría de vivir burguesa. La saga familiar de los Lumière encarnará el modelo de este arquetipo social. Primero descubren la instantánea. Fijan la vida en impresiones. Luego lanzan al mundo el cine. Alumbran la vida en movimiento. En este frenesí inventor, su empleado Jean Flandrin visitará al padre del impresionismo, Claude Monet, en pos de respuestas cromáticas. Las tribulaciones afectivas del químico de los Lumière, las artimañas policiales en el París de fin de siglo, el diálogo entre la pintura y el cine, conforman una trama que culmina en la conquista de la foto en colores. Fugaz espejismo. Porque para entonces, el optimismo de los años felices será enterrado en las trincheras de la Gran Guerra. Sin embargo, en adelante, la memoria pasará a leerse en imágenes.

Ganador del XII premio de novela Ciudad de Salamanca.

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A LA CAPTURA DEL ARCO IRIS

Alguna vez sabrás -mi desleal compañero- porqué el patriarca escogió la villa Lumière como refugio. Los aledaños de Monplaisir eran gobernados por el reloj más original de la tierra. El humo de las chimeneas que eran sus agujas daba la hora de las estaciones. Si salía del estudio, primavera. Si del taller de placas, verano. Si del hangar de filmes, otoño. Si del laboratorio de ensayos, invierno. Los vecinos conocían las edades del tiempo merced al chillido mecánico de la sirena fabril. Pues el carillón afanoso producía aquello que los dueños habían planeado para sus negocios. Si primavera, retratos de notables. Si verano, fotos lúdicas. Si otoño, películas de cine. Si invierno, clichés panorámicos. Los empleados presagiaban la huída inmisericorde de cada jornada laboral. Por eso, en el instante que te detengas a mirar las fábricas rociadas de luz, lo comprenderás. El suburbio era gobernado por el vaho de los hornos y sus parientes industriales.

Durante los últimos años, en ese vertiginoso fin de siglo XIX, habías hecho el mismo encargo. Tus patronos, los hermanos Lumière, te enviaban a Giverny para consultar al pintor Claude Monet sus tribulaciones cromáticas. No les había bastado con conseguir la fotografía instantánea, el tiempo detenido, la vida en impresiones. No les había colmado inventar el cinematógrafo, las vistas animadas, la vida en movimiento. Porque además, tampoco les movía la soberbia en su empeño, ni la vileza de un capital que estimaban suficiente. Tan sólo -y en esto la tenacidad de Auguste secundaba al ingenio de Louis- anhelaban dar un paso más en su carrera; culminar sus inquietudes científicas; coronar la cima de su fama fraternal mediante el dominio del arco iris. ¡Deseaban poseer el secreto de los colores!

Pues pensaban que la magia sobre las gamas, el poder sobre los tonos, aplicados a vidrio o celuloide, captaría la realidad como nunca nadie lo había hecho. Para reproducir la existencia misma, atrapar la naturaleza verdadera, conseguir la ilusión absoluta, eternizar la memoria… Sí, así lo creían ellos, y, de alguna manera, también lo percibían como un reto obsesivo sus allegados. En el fondo, a pesar de la fortuna amasada, a despecho del éxito deslumbrante, los cazadores de imágenes se habían convertido en tramperos de pigmentos. Y tú, Jean Flandrin, el químico predilecto de la familia, el hombre de confianza de la empresa, el mejor rastreador, llevabas sus embajadas más discretas por el mundo.

Por este motivo, cada año, partías de Lyon al alba de un viernes cualquiera, cuando las calles aún estaban envueltas en los vapores nebulosos de la despertada. Al llegar a París, te alojabas en el anonimato del hotel de La Gare, en el que los huéspedes cruzaban sus destinos al ritmo de salida de los ferrocarriles. Cumplías algún negocio de la firma durante el sábado: al filo del cierre de las oficinas, en el compromiso elitista del concierto, o entre el desenfreno embriagador del cabaret. Al día siguiente, te engalanabas para pasear por los Campos Elíseos, dejarte ver entre los escaparates de la arcada Rivoli y comer en el nuevo restaurante Le Train Blue que estaba tan de moda. Después del café, un coche de caballos te trasladaba a la estación de Saint-Lazare, donde cogías un vagón de primera en el tren de las cuatro que cubría la línea París-Ruán. En la república liberal, todos los ciudadanos eran iguales, todos viajaban en un mismo vehículo. Pero, eso sí, cada uno en el sitio que correspondía a su clase, cada cual en el lugar que le asignaba su dinero.

La máquina rebufaba ceñida a los meandros festivos del río Sena. Aullaban sus pitidos en cada curva. Lanzaba bocanadas de vapor, penachos de humo que unían la tierra y el cielo, dejando una estela de blanco en azul. El caballo de hierro, como una flecha disparada al paisaje, se hundía en el horizonte entre verdes prados. Los ciudadanos ociosos, los lugareños afanados, le saludaban agitando manos y pañuelos. Algunos pasajeros devolvían el gesto. Por las carreteras circulaban ciclistas fatigosos, y, de tanto en tanto, automóviles de estridentes bocinas. Por los senderos, jinetes y amazonas se perfilaban cual centauros de etiqueta, enhiestos en sus cabalgaduras. Llegaban desde las orillas los ecos del acordeón en los bailes de los merenderos, el chapoteo de los remos al bogar las barcas, el trasiego de niños y perros escapando al cautiverio de los adultos. Los restos del pic-nic se adormecían en los manteles extendidos sobre la hierba. Eran las naturalezas muertas del domingo que declinaba.

Te apeabas siempre en la parada de Vernon. El rótulo del andén, mal cosido al techo de madera, rechinaba a impulsos del tráfico ferroviario. Los ancianos sedentes en los bancos examinaban de arriba abajo al recién llegado. El jefe de estación dirigía la orquesta con su banderín rojo como batuta. Desde un balcón próximo, al toque de silbato, se asomaba una mujer arrebujada en una toquilla, para desaparecer al poco tras la partida del convoy. Maleta en ristre, el sombrero calado, comenzabas la espaciosa marcha hacia la finca del artista famoso en la aldea vecina. En las viviendas de la calle mayor empezaban a encenderse las luces nocturnas. La taberna de la plaza daba cuartel a los parroquianos más rezagados de la farra.

Al fin, siguiendo la fila de álamos, pegado a las aguas dóciles del humilde riachuelo Epte, te plantabas ante los umbrales de la mansión de El lagar. Exhalabas el efluvio agridulce de las higueras, la brisa húmeda de los estanques, que fluían desde la espesura recóndita guardada por las cercas. Escuchabas las notas melancólicas de un piano, que se colaban por los cristales entornados de un hogar solitario, al que tan sólo alumbraba un candelabro en el atardecer sanguinolento. Reconocías, seguro, vanidoso, que se trataba de algún poema sonoro de la nueva música ¿Quizás uno de los Preludios del “Salvaje” Debussy que habías escuchado hacía poco en el Teatro de la Ópera?. Encendías un cigarro y te aprestabas a llamar desde la cancela. Palpitabas de deseo por encontrarte de nuevo con Claire, la hija del jardinero más dilecto del dueño, que te guiaba por el laberinto de los hábitos domésticos. Porque, ¡cómo olvidarlo!, era tu cómplice en el robo de la paleta del maestro.

Pero piensa que, a no tardar, llegará un día en que todo cambie. Los ritos familiares; la liturgia aventurera; las reglas de la caza.

Entonces entenderás porqué Claude Monet había elegido Giverny como paraíso terrenal. El jardín era regido por la campana más hermosa del mundo. Los colores de sus flores marcaban el paso de las estaciones. Si tulipanes rojos, primavera. Si ninfeas blancas, verano. Si glicinias azuladas, otoño. Si camelias granas, invierno. Los moradores sentían el trascurso de los años gracias a las vestiduras de las plantas que son los pétalos. Pues el cronómetro de matices cosechaba lo que los floricultores habían sembrado para el pintor. Si primavera, narcisos, rododendros e hileras de lirios aromando los caminos. Si verano, rosales trepadores, nenúfares flotantes y alhelíes olorosos embalsamando el aire. Si otoño, dalias, malvas y anémonas fragantes tapizando los campos. Si invierno, apenas orquídeas y mimosas púdicas tras los cristales de la estufa, cuyos vahos amielados alcanzaban el porche del caserón. Los deudos presentían el galope tendido del tiempo. Es por ello que en el momento que te pares a ver el paisaje inundado de luz lo adivinarás. El jardín era regido por las flores de los parterres y sus aliadas acuáticas.

Aunque siempre te preguntarás -y este es uno de los grandes misterios de nuestras vidas- si la impresión recibida habrá sido la verdadera.

Porque en esa fecha fatídica, en el apogeo de la Belle Époque, tras una larga caminata desde el apeadero, detendrás tus pasos frente a la verja de la entrada al Edén. Aspirarás el perfume amargo de los almendros, el susurro sosegado de las albercas, que allegarán desde el frescor oculto por las paredes de piedra. Escucharás las notas hirientes de un piano, fugadas por los ventanales entreabiertos de una casa lejana, a la que apenas iluminará un haz de velas en el crepúsculo amoratado. Afirmarás, ufano, presuntuoso, que pertenecen al movimiento de un réquiem ¿Tal vez el In Paradisum de Gabriel Fauré que oíste no hace mucho al coro de La Madeleine?. Paladearás el sabor a tabaco ultramarino del pitillo que encendiste en el remanso antes de la visita. Acariciarás el hilo azul de la tinta, las letras manchadas de lágrimas y nogalina, que desteñían la carta de despedida guardada en el bolsillo.

Y en ese momento, has de saber Jean Flandrin, químico de los Lumière, que, sin que nada ni nadie puedan evitarlo, sucederá lo inesperado. La postrera sombra de un nogal centenario te hará volver la vista hasta turbarte. Por más que te restriegues los ojos para verificar la impresión. Por mucho que quieras que la foto se mueva por la pantalla para cambiar de escena. Porque de pronto intuirás que acababas de contemplar la rama maldita que viera balacearse el cuerpo de Claire. Sólo entonces reconocerás el árbol del que se había ahorcado tu amante.

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Interplanetaria

4 Opiniones

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  • Adso de Fiore
    on

    Novela a medio camino del género histórico y costumbrista escrito con lenguaje preciosista. Ambientada en la Belle Epoque narra el nacimiento del cine a la vez que nos deja un vivo fresco de la convulsa sociedad que viajó hacia la guerra. Un gustazo estilístico y narrativo.

  • Ang
    on

    Me encantó. Por fin novelas históricas rigurosas y entretenidas a la vez.

  • Beva
    on

    Debo reconocer que no conocía de nada al autor y que me lo regalaron por compromiso por ser el último premio Ciudad de Salamanca. Me lo empecé y me ha encantado. Además lleva un  DVD con un documental interesantísimo que junto con la novela es un pack fantástico. Lo recomendaría sin dudar.

    Un saludoRiendo

  • elgenegoista
    on

    Es un libro muy interesante, y que atrapa desde el primer momento. Además tiene un excelente nivel de información. Es una excelente idea que los historiadores se dediquen a escribir novelas: a la vez que entretienen, también se refieren hechos que realmente han sucedido. Un Premio de Novela merecido!

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