El Reich Africano

ElReichAfricanoGuySaville

El explosivo thriller que imagina una historia alternativa en que los nazis dominan el continente africano.
Una novela ampliamente documentada, basada en los planes reales de los nazis sobre África: 
• la división del continente en siete colonias alemanas
• el proyecto de deportación de los judíos a Madagascar
• el plan de invasión nazi de Angola, concebido en 1937
África, 1952. La esvástica ondea desde el Sáhara hasta el océano Índico. Unas relucientes autopistas bisecan la jungla, mientras los reactores de caza patrullan en el cielo. Gran Bretaña y una victoriosa Alemania nazi se han dividido el continente, pero ahora los planes de Walter Hochburn –el arquitecto del África nazi– amenazan a las debilitadas colonias británicas. 
En Inglaterra, el ex mercenario Burton Cole es reclutado para un trabajo que le permitirá saldar una cuenta pendiente con Hochburn, a pesar de los recelos de la mujer a quien ama. Si Burton fracasa, toda África será presa del horror y nadie estará a salvo.
Sin embargo, cuando su misión se ve abocada al desastre, Burton tendrá que huir para recuperar su propia vida. Su periplo le llevará desde los campos de batalla del Congo hasta las granjas de esclavos de Angola, mientras una gran conspiración lo guía al corazón del Reich Africano…
Guy Saville nació en 1973 en el Reino Unido. Tras licenciarse en 1995, trabajó como periodista freelance para The Independent, The Guardian y The Sunday Telegraph. Desde entonces, ha vivido en Sudamérica y en África. En febrero de 2007, El Reich Africano ganó el premio a la mejor novela del año otorgado por la reconocida web inglesa YouWriteOn.com, que asiste a todo tipo de escritores noveles. Un año después, el Arts Council británico concedió a Saville una beca para terminar la novela. El resultado es un debut explosivo que ha seducido a crítica y lectores.

ANTICIPO:

Tardaron cuarenta minutos en llegar a Mupe, tal como habían previsto. Burton se había pasado el rato secándose el sudor de los ojos, intentando no pensar en las lágrimas que había derramado en el despacho de Hochburg. No dejaba de mirar por el re­trovisor, pero no se veía ningún enjambre de faros alemanes. Lapinski seguía encorvado sobre el volante. Con su bigotito y sus cabellos lacios podría haber sido un aprendiz de vivales. Como todos, llevaba uniforme de las SS, un atuendo que detestaba. Cada dos por tres, murmuraba algo en polaco. Burton no sabía si eran rezos o juramentos.
Mupe era una pista de aterrizaje en desuso de la ruta de vue­lo que enlazaba Stanleystadt con Irumu, en el este. Cuando Sabena, las líneas aéreas originales del Congo, había construido su red de aeródromos en la década de 1920, también había acon­dicionado pistas de aterrizaje de emergencia distribuidas por la selva. Ahora, la vegetación las estaba reclamando y eran ideales para operaciones encubiertas. Los nazis habían abandonado la mayoría de las antiguas infraestructuras belgas para construir otras mejores, más grandes: monumentos a la conquista. Una red de aeropuertos conectaba las seis colonias del África alemana, con centros de enlace que unían el continente con la madre pa­tria. En la región de la Schádelplatz, todos los aeródromos ha­bían perdido utilidad debido a la nueva Terminal internacional de Kondolele, que podía recibir tanto aparatos militares como los ultimísimos Junkers de Lufthansa. También lo usaban aviones privados que desplazaban en un abrir y cerrar de ojos a digna­tarios de las SS, que se maravillaban de la plaza de Hochburg antes de marcharse de nuevo a casa jurando no volver a soportar nunca más el asqueroso calor de África. Burton había aterrizado en Kondolele esa misma tarde, aunque pareciera que hacía toda una vida.
—Mantén el motor en marcha —ordenó Burton cuando lle­garon al aeródromo. Bajó del jeep, seguido de Patrick, con la cara aún oculta bajo su cabeza de insecto. Los dos corrieron hacia la línea de árboles.
El vehículo de Dolan se detuvo tras ellos. Lo conducía Vacher, el quinto miembro del grupo, que era rodesiano. Burton hizo gestos a ambos hombres para que no se movieran de donde es­taban.
Dolan levantó las manos, exasperado.
—Parece bastante tranquilo —comentó Patrick, recorriendo con la mirada el perímetro silencioso del aeródromo—. ¿Cuán­to falta?
Burton echó un vistazo al reloj, intentando ver las agujas a la escasa luz que había. Su avión tenía previsto aterrizar a las dos y veinte.
—Diez minutos.
—Suponiendo que hayan llegado a salir.
—Ackerman no sería capaz de dejaros en la estacada —res­pondió Burton, queriendo tranquilizarse a sí mismo tanto como a Patrick—. Voy a comprobar ese edificio. Mantén aquí a los de­más. No quiero que Dolan haga su estruendo habitual. —Salió de entre los árboles.
—¡Espera! —exclamó Patrick, hurgándose un bolsillo con la mano—. Tal vez te haga falta. —Le lanzó algo y Burton lo atra­pó. Era su Browning.
Asintió y se encajó la pistola en la cintura. Con el BK44 en la otra mano, se agazapó y avanzó silenciosamente hacia un edi­ficio destartalado al otro lado del aeródromo. Le recordaba el al­macén de las manzanas de la granja.
No había puerta, sólo el marco. El interior olía a orquídeas y yeso húmedo; el suelo estaba infestado de cucarachas. Todo lo que tuviera algún valor había sido saqueado hacía tiempo. De la pared colgaba un retrato de Leopoldo III de Bélgica, el anterior gobernante de la colonia. Alguien le había añadido un mostacho y un pene descomunal; alguien más, una soga al cuello. Había esvásticas pintarrajeadas en todas las paredes, pero muy toscas, como dibujadas por niños.
Burton entró en lo que había sido la sala de control. Las ven­tanas rotas daban a una pista de tierra compactada. Tendrían que señalarla con balizas para los pilotos. Incluso con el equipo de visión nocturna, un aterrizaje así era de lo más peligr…
Un ruido.
Burton aguzó el oído. Se quedó inmóvil un instante. Parecía Hochburg. Su forma de andar cuando iba a cenar a su casa de la infancia. Lo oyó de nuevo, algo más terrenal: el tintineo de una cartuchera militar. Se apretujó contra la pared. Levantó la mano, preparado para tumbar a cualquier intruso y golpearlo en la nuca.
El hannu era tan eficaz como un palo.
Una pisada. Otra. Y una figura corpulenta entró en la habi­tación. Burton la arrojó al suelo en un segundo y alzó la mano para el ataque final.
—¡Soy yo!
Reconoció la atronadora voz galesa.
—Tenías que quedarte con los demás —dijo. —¡Bah! Eso dijo el abuelo. —Dolan había ido incorporan­do un léxico desdeñoso para referirse a Patrick: abuelo, yanqui y, si él no podía oírlo, viejo gallina. Su antipatía había sido mutua e instantánea, el tipo de animadversión que sólo puede existir entre almas gemelas. Que América se hubiera mantenido al mar­gen de la guerra parecía aumentar el desprecio de Dolan, como si Patrick fuera personalmente responsable de ello.
Burton lo ayudó a levantarse. Incluso en la oscuridad, inclu­so con la cara cubierta de pintura de camuflaje, Dolan tenía un aspecto rubicundo.
—¡Baja la voz! —ordenó al galés—. El comandante Whaler seguía mis instrucciones.
—Necesito saber algo. ¿Acabaste con ese boche de mierda?
Burton recordó fugazmente las lágrimas y la sangre. El cu­rioso gorgoteo cuando el cuchillo se había hundido en la tráquea de Hochburg. Una pregunta sin responder. —Está muerto.
En la penumbra, Burton pudo distinguir los dientes de Dolan al sonreír encantado. Tenía demasiados, puestos como columnas en la boca; una cabeza como una bala de cañón; un cuerpo ancho como dos barriles. El galés, experto en explosivos, había sido el jefe inicial del grupo antes de que Ackerman fuera a la granja, y llevaba su resentimiento con tranquilidad. Se rió entre dientes y dio un golpecito triunfal a Burton en el hombro.
—¿Viste mi obra? ¡Bum! Seguro que mandé al otro barrio a veinte boches por lo menos. —Rió de nuevo.
—Ya habrá tiempo para eso después —indicó Burton, incó­modo—. De momento, quiero dos balizas. Una al principio de la pista. La otra al final. Encárgate de ello con Vacher.
—A sus órdenes —respondió con un burlón saludo militar.
Burton vio cómo se iba deprisa. Había conocido antes a sol­dados como Dolan: chicos que nunca habían estado en un com­bate de verdad y encontraban patética la guerra de 1939 a 1940. Creían que la guerra sólo era un juego brusco. Una refriega con granadas. En la Legión, los sous-officiers les habrían hecho sudar sangre la primera noche, pero ahora que ya no se combatía, la disciplina decaía.

Tras su ataque sorpresa en los Países Bajos y Francia en la pri­mavera de 1940, Hitler había rodeado las Fuerzas Expediciona­rias Británicas en Dunkerque. Durante unas horas se creyó po­der evacuar a las tropas, pero el cuartel general del Führer dio la orden de aplastar a los británicos hacia el mar. Murieron cuaren­ta y cinco mil soldados, casi un cuarto de millón fue hecho pri­sionero de guerra, y apenas algo más de cinco mil lograron esca­par. «La raíz, el corazón y el cerebro de nuestro ejército han sido destruidos», admitió Churchill después de verse obligado a re­nunciar a su cargo de primer ministro.
Su lugar lo ocupó el sereno y pragmático lord Halifax, quien, tras captar el temor de la población, propuso una cumbre con el Führer para decidir el futuro de Europa; nadie quería una gue­rra larga, como la de 1914 a 1918. Hitler, que accedió, declaró: «Si hay algún país que no tiene nada que ganar en este conflic­to, y puede incluso que perderlo todo, ése es Inglaterra.» A pesar del murmullo de protestas, la prensa reforzó la postura de Hali­fax y su campaña para hacer regresar a los soldados a casa. Todo ese verano, mientras los Spitfire y los Messerschmitt combatían sobre Gran Bretaña, los titulares pedían el regreso de los prisio­neros de guerra de Dunkerque a cambio de la paz. Hubo mani­festaciones de mujeres frente al Parlamento que exigían la vuelta de sus maridos e hijos. Con más discreción, los embajadores de los países conquistados de Europa habían ido a Londres para apremiar al primer ministro a negociar un acuerdo que pudie­ra devolverles la independencia.
En octubre, Gran Bretaña y Alemania llegaron a un acuerdo y firmaron un pacto de no agresión en el que se creaba el Con­sejo de la Nueva Europa (el CONE, en argot diplomático). Los países ocupados (Francia, Bélgica, los Países Bajos, Dinamarca y Noruega) dispondrían de autonomía bajo nuevos gobiernos de derechas y ocuparían un lugar junto a Italia, España, Portu­gal, Suecia y Finlandia. También se acordó que la Wehrmacht conservaría sus bases en el extranjero para garantizar la estabili­dad de esta nueva comunidad de naciones. En el este, Gran Bre­taña prometió mantenerse imparcial si Alemania necesitaba de­fender alguna vez sus fronteras de un ataque soviético. La mayoría de los prisioneros de Dunkerque volvió a casa a tiempo para ce­lebrar las Navidades. Hitler felicitó a los británicos por su sentido común; les envió un árbol de Navidad que se colocó en Trafalgar Square, una tradición que se mantuvo los años posteriores.
Se sucedieron otros acuerdos de paz que garantizaban la neu­tralidad de los dos países entre sí y devolvían a Alemania las co­lonias africanas que le habían sido arrebatadas mediante el Tra­tado de Versalles.
La culminación fue la Conferencia de Casablanca de 1943, en que el continente se repartió («se partió», según Churchill) entre las dos potencias. Gran Bretaña conservaría sus intereses en el África oriental (la única concesión fue la antigua colonia alema­na de Tanganica); Alemania se quedaría con el oeste, y se anexio­naría el territorio de sus recientemente independientes vecinos europeos; uno de los principios fundacionales de Hitler para el Consejo de la Nueva Europa. No todo había ido como la seda. El Congo estuvo en guerra más de un año, mientras que la Fran­cia Libre, bajo el general De Gaulle, opuso una última resistencia en Duala, Camerún, antes de que el Afrika Korps la arrojara al mar.
Desde entonces, una década de paz y prosperidad.

Cuando Burton regresó a los jeeps, Patrick lo estaba espe­rando.
—Si Dolan dice una sola cosa más, te juro que lo mato. —Te necesito allá arriba. A ver si detectas el avión. —Te lo dije antes: ya no tengo edad para trepar a los árboles.
—O lo haces tú o lo hace Dolan.
—¿Hora? —preguntó el americano tras soltar un gruñido.
Burton volvió a consultar su reloj.
—Las dos y diecinueve.
—Ya tendríamos que oírlos —comentó Patrick, que empezó a trepar.
—Ya-lo sé.
Patrick desapareció entre el follaje.
—Ackerman nunca me dio buena espina —dijo entre las ho­jas—. Ahora que el trabajo está hecho, ya sobramos.
Burton esperó unos segundos con el oído atento a cualquier
sonido procedente del cielo y luego se subió al Ziege junto a La­pinski.
—He oído al comandante Whaler —dijo el conductor—. ¿Y si tiene razón?
Burton suspiró. Los pies le dolían con aquellas botas; por lo menos llevaba calcetines.
—«No seas incrédulo sino creyente» —soltó.
—¿Perdón?
—San Juan, capítulo veinte. Olvídalo. Ackerman cumplirá.
—Pero ¿y si no aparecen?
—Entonces será una suerte tenerte aquí conmigo.
Lapinski le dirigió una mirada desconcertada.
—El viaje en coche a casa es muy largo. No te preocupes, en cinco minutos te estarás quejando de las turbulencias.
Guardaron silencio, y Burton aprovechó para intentar oír el leve zumbido de las hélices procedente del sur. Se trataba de un vuelo regular de la Central African Airways que cada semana transportaba carga de Salisbury, Rodesia del Sur, a Jartum. Nin­gún controlador nazi prestaría atención a su pitido en el radar. O eso fue lo que Ackerman le había asegurado.
Lapinski habló de nuevo. Burton supuso que estaba nervioso.
—Voy a enseñar a Elizabeth a conducir. Le compraré un co­che. Eso impresionará a sus padres, ¿no crees?
—Sobre todo, si se lo compras británico.
—Por supuesto. Había pensado en un Austin.
—Estoy seguro de que serás bien recibido en la familia —di­jo Burton, procurando no sonar falso. Sabía que el conductor había aceptado el trabajo por el dinero: confiaba que tener la car­tera llena haría olvidar los prejuicios a los padres de su enamo­rada. Polonia ya no existía, Varsovia había sido arrasada por com­pleto. Un ex cabo de un ex país no era exactamente lo que querían
para su niña del alma.
—Eso espero, comandante. Es la mujer de mi vida. —Te entiendo —aseguró Burton, pensando en Madeleine. Acto seguido, se llevó un dedo a los labios—. ¿Oyes eso? Lapinski escuchó y negó con la cabeza. Burton se asomó por la ventanilla y se puso la manobras la oreja. Estaba seguro de haber captado el zumbido distante de unas hélices, pero ahora sólo oía el murmullo de los insectos. Das Heimchenchor («el coro de grillos»), solía llamarlo su padre. Bur­ton se imaginó qué se estarían diciendo unos a otros, qué canta­rían. En esa parte de la selva serían Oecanthus, grillos arbóreos.
Una fuente de luz roja brotó en el extremo más alejado de la pista de aterrizaje. Dolan había encendido la primera baliza. —Esperemos que no la vean los boches —dijo Lapinski. Burton no respondió, concentrado como estaba en la banda sonora de la noche. Cuando era pequeño, Hochburg solía con­tarle cuentos sobre los grillos. Le decía que tenían ciudadelas sub­terráneas, que libraban guerras como los hombres y criaban gue­rreros y princesas. Y que algún día, si Burton era sehr artig y no lo molestaba cuando estaba rezando con su madre, le enseñaría la lengua secreta de los grillos. Como muchas de las promesas de Hochburg, fue papel mojado, pero a veces emitía unos chirridos
extraños con la boca y lo miraba riendo. Hochburg y sus historias.
Burton se movió, más acalorado que nunca, con el uniforme de las SS pegado al pecho; se moría de ganas de quitárselo. Dio
un manotazo en el salpicadero.
—¿Dónde está ese puto avión? —masculló. Como en respuesta, de repente el ruido de hélices se oyó con claridad. ¿Cómo se le había pasado? Llegaba del sudoeste. Cada
vez más fuerte y más ansiado.
Burton y Lapinski salieron del jeep y corrieron hacia la linde
de los árboles. Dolan ya los estaba esperando. Una segunda luz
se elevó al cielo; Vacher había encendido la segunda baliza. Bur­ton vislumbró la silueta del joven soldado corriendo hacia ellos. Una década antes habría sido imposible que los recogieran de noche, ni siquiera con balizas. Pero Ackerman había suministra­do a los pilotos el mismo equipo que a Patrick. Todo moderní­simo; alemán, por supuesto.
—¡Ahí está! —gritó Dolan, y empezó a cantar en galés—: Señor, condúceme por esta tierra agreste. —Por una vez, Burton no le dijo que bajara la voz.
El avión iniciaba ya el acercamiento final: era un Vickers Viscount, con las cuatro hélices convertidas en borrones grises en el
cielo y volaba bastante bajo, como para casi rozar la copa de los árboles.
Las ramas del más cercano a ellos se movieron, y Patrick sal­tó al suelo con las gafas de visión nocturna aún colocadas. Burton le sonrió encantado.
—He visto cabezas cuadradas —le informó el americano con tono monocorde—. Un convoy entero. Doce vehículos por lo menos, algunos provistos de MG48.
La sonrisa de Burton se borró. Dolan frunció el ceño a Patrick como si éste tuviera la culpa.
—¿Y vienen hacia aquí? —preguntó Burton—. ¿ Cuánto tiem­po tenemos?
El avión aterrizó a sus espaldas, y oyeron el lamento de las rue­das al tocar la pista de tierra compactada. El aparato invirtió los motores al instante para lograr detenerse.
—Si no sabían dónde estábamos, ahora ya lo saben—contes­tó Patrick—. Dos minutos como mucho.
—¿Y si mandan un caza? —Lapinski había hecho la misma
pregunta cien veces durante el entrenamiento—. No podremos escapar.
—No pueden abatir un vuelo comercial —respondió Burton por centésima primera vez—. No sin tener pruebas de que so­mos nosotros. —Y añadió con menos convicción—: Dos minu­tos es tiempo de sobra.
El Vickers corría ya a poca velocidad por la pista con la com­puerta posterior abierta. Un tripulante salió por ella con el mismo entusiasmo que un nadador se mete en aguas infestadas de cocodrilos. El Vickers rodó hacia el final de la pista para dar la vuelta. Burton distinguió el logo azul de la Central African Air­ways en el alerón de cola. El aviador les hizo gestos.
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—Vamos —ordenó Burton.
No tuvo que decirlo dos veces. Salieron de entre los árboles y Vacher se unió a ellos al cruzar la pista. Dolan no dejaba de mi­rar hacia atrás con el arma a punto. Pareció decepcionado al ver que no aparecía ningún nazi.
Aunque las hélices estaban demasiado lejos para que el vien­to que levantaban le afectara, el tripulante les esperaba encor­vado.
—Nares —se presentó—. ¿Están listos?
Burton asintió.
—Estupendo. Porque no quiero estar en tierra ni un segundo más de lo necesario.
—Eso es lo que me gusta de los chicos del aire —comentó Patrick.
—¿Es segura la zona? —preguntó Nares.
—No por mucho tiempo —contestó Burton.
El tripulante hizo una mueca de intranquilidad.
El Vickers había terminado de dar la vuelta y estaba listo para despegar. Los pilotos aceleraron los motores. Nares guió el gru­po hacia el avión, sin molestarse en comprobar que todos lo si­guieran. Estaban ya a unos doscientos metros. Si los nazis se acer­caban, el estruendo de las hélices les impedía oírlo.
Burton volvió la vista atrás. La pista estaba vacía. Y también los árboles.
Delante de ellos, apareció otro tripulante que, con gestos, les apremiaba a avanzar. Cada movimiento de la mano decía una mis­ma cosa: «Vámonos a casa».
Una alegría infinita invadió a Burton. Iba a cumplir la pro­mesa que había hecho a Madeleine. Cinco más cinco más diez: jamás tendrían que volver a preocuparse por nada. A su lado, Patrick corría con el brío de un hombre libre, el fusil de fran­cotirador colgado del hombro y la pistola en la mano; parecía más joven.
Ya estaban a cincuenta metros del Vickers.
—Te lo dije —soltó Burton en voz muy baja a su viejo amigo; todos sus temores habían sido infundados. Se arrancó el brazalete con la esvástica del brazo y lo lanzó al viento.
En ese momento el avión explotó.

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