El relato de Arthur Gordon Pym

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Edgar Allan Poe (1809-1849), maestro indiscutible de la narración breve de todos los tiempos, escribió poesía, artículos y medio centenar de cuentos que le granjearon fama universal. En 1837 aceptó el encargo de la revista Southern Literary Messenger de Richmond (Virginia) para publicar una novela por entregas: El relato de Arthur Gordon Pym, la única que escribiría. Planteada inicialmente como una clásica historia de aventuras marineras, al estilo de Defoe o Marryat, la novela se va haciendo cada vez más inquietante, asfixiante y terrorífica, para acabar en un final sorprendente (uno de los finales más analizados de la historia de la literatura) que inspiró a escritores como Lovecraft (En las montañas de la locura) o Julio Verne (La esfinge de los hielos) obras que pretendían continuarla.

Nada mejor para describir el contenido de esta novela, en parte autobiográfica, que referir su extenso y dieciochesco subtítulo:

«El relato de Arthur Gordon Pym de Nantucket. Comprende los detalles del motín y atroz carnicería a bordo del bergantín Grampus en su viaje a los Mares del Sur; con una relación de cómo recuperaron la nave los supervivientes; su naufragio y horribles sufrimientos a causa del hambre; su liberación por la goleta británica Jane Guy; el breve crucero de ésta por el océano Antártico, su captura y de la matanza de su tripulación en un archipiélago del paralelo 84 de la latitud sur, junto con las increíbles aventuras y descubrimientos, más al sur, a que dio lugar esta infortunada calamidad».

ANTICIPO:
El bergantín zarpó, como yo había supuesto, como una hora después de que el me dejara el reloj. Eso fue el veinte de junio. Como se recordará, yo llevaba tres días en la bodega, y durante ese tiempo hubo tanto ajetreo a bordo, y tantas carreras de un lado para otro, especialmente en la cámara y en los camarotes, que Augustus no tuvo posibilidad de visitarme sin riesgo de que descubriesen el secreto de la trampilla. Cuando vino por fin, le aseguré que me encontraba todo lo bien que se podía estar; así que durante dos días no se preocupó por mí; pero estaba atento a cualquier oportunidad para bajar. No se le presentó hasta el cuarto día. Varias veces durante ese intervalo habla estado a punto de confesarle a su padre la aventura y hacer que subiera inmediatamente, pero aún teníamos Nantucket al alcance, y no estaba seguro, por algunas manifestaciones que se le habían escapado al capitán Barnard, de que no diera la vuelta si me descubrían a bordo. Además, Augustus, después de pensarlo según me dijo, no imaginaba que tuviera necesidad de nada por el momento, o que dudara, en tal caso, en hacerme oír en la trampilla. Tras estas reflexiones concluyó que podía des preocuparse de mí hasta que encontrara la ocasión de visitarme sin ser visto. Esto, como digo, no ocurrió hasta cuatro días después de dejarme el reloj, y a los siete de esconderme en la bodega. Entonces bajó, sin agua ni provisiones, con intención primero de llamarme para que acudiera a la trampilla; luego subirla él al camarote y desde allí me tendería alguna provisión. Al bajar descubrió que dormía, dado que por lo visto roncaba muy fuerte. Según mis cálculos debió de ser el sueño en el que caí al regresar de la trampilla con el reloj, y por tanto debió de durarme más de tres días y tres noches. Recientemente he tenido ocasión de conocer, por experiencia propia y por confirmación de otros, el fuerte efecto soporífero del hedor que desprende el aceite de pescado rancio en lugares cerrados; y cuando pienso en las condiciones de la bodega donde estaba prisionero, y el mucho tiempo que hacia que el bergantín se utilizaba como ballenero, me parece más asombroso que me despertara una vez durante el tiempo que digo.

Al principio Augustus me llamó en voz baja sin cerrar la trampilla; pero yo no contestaba. Entonces la cerró, me llamó alzando la voz, y finalmente alzándola más. Pero yo seguía roncando. No sabía qué hacer. Abrirse paso entre bultos y trastos hasta mi caja requería un tiempo en el cual podía notar su ausencia el capitán Barnard, que te necesitaba a cada momento para que le ordenase y copiase documentos relacionados con el viaje. Así que, después de meditarlo, pensó que era mejor subir y esperar otra ocasión para visitarme. En que tomara esta determinación influyó sobre todo mi sueño, que parecía sosegado, y nada hacía sospechar que sufriera ninguna influencia nociva derivada del encierro. Y no bien había llegado a este punto de sus reflexiones, cuando oyó un alboroto inusual que parecía tener lugar en la cámara. Salió de la trampilla lo deprisa que pudo, la cerró, y abrió la puerta de su camarote. Y nada más poner el pie en el umbral, un fogonazo de pistola le dio en la cara, y un golpe de cabilla le derribó al suelo.

Una mano robusta lo retenía en el suelo de la cámara, agarrándolo por el cuello; no obstante, pudo ver lo que ocurría a su alrededor. Su padre estaba atado de pies y manos, y caído en la escala de la cámara, cabeza abajo, con una herida profunda en la frente de la que manaba sangre. No decía nada; parecía que estaba agonizando. Encima de él, el primer oficial le lanzaba miradas con una demoníaca expresión de burla, a la vez que le registraba despacio los bolsillos, de los que acabó sacando una cartera grande y un cronómetro. Siete de la tripulación (entre los que estaba el cocinero, un negro) revolvían los camarotes de babor en busca de armas, y no tardaron en proveerse de mosquetes y munición. Aparte de Augustus y el capitán Barnard, había en la cámara nueve hombres, los más rufianes de la compañía del bergantín. Los malvados subieron a cubierta, llevándose a mi amigo después de atarle los brazos a la espalda. Fueron directamente al castillo, que estaba cerrado; dos amotinados montaban guardia con hachas; en la escorilla principal había otros dos. El primer oficial voceó a los de abajo: «Los de ahí abajo, ¿me oís? Id subiendo uno a uno; ¡y sin rechistar!» El primero tardó unos minutos en aparecer; finalmente, un inglés que había embarcado por primera vez salió llorando de forma lastimera, y suplicando humildemente al primer oficial que le perdonase la vida. Por toda respuesta recibió un hachazo en la frente. El desventurado cayó al suelo sin un gemido; y el cocinero negro lo cogió en brazos como si fuese un niño y lo arrojó tranquilamente al mar. Al oír los de abajo el golpe y el chapuzón del cuerpo, ni las amenazas ni las promesas consiguieron persuadirles de que salieran a cubierta, hasta que alguien propuso ahumarlos. Siguió una refriega, y por unos momentos pareció que iban a recuperar el bergantín. Pero los amotinados lograron finalmente cerrar el castillo antes de que pudiesen salir más de seis de sus adversarios. Éstos, al verse tan inferiores en número y sin armas, se rindieron tras un breve forcejeo. El primer oficial les habló con buenos modos, sin duda para inducir a rendirse a los de abajo, porque no les era difícil oír lo que se hablaba en cubierta. El resultado dejó probada su astucia, a la vez que su ruindad: todos los del castillo expresaron al poco rato su deseo de entregarse; y conforme subían, los iban maniatando y tumbando boca arriba junto a los seis primeros… hasta sumar, los que no se habían amotinado, veintisiete en total.

Siguió una escena de la más espantosa carnicería: arrastraron a los marineros atados hasta el portalón. Aquí el cocinero iba descargando un hachazo en la cabeza a cada víctima a medida que otros amotinados conseguían sacarlo por el costado del barco. Así perecieron veintidós, mientras Augustus, que se daba ya por muerto, esperaba de un momento a otro a que llegara su turno. Pero al parecer los malvados se cansaron, o se hartaron, de esta sangrienta carea, porque dejaron para más tarde a los cuatro prisioneros restantes, junto con mi amigo, al que arroja ron a la cubierta con los demás, en tanto el primer oficial ordenaba que subiesen ron; y la banda de desalmados celebró una francachela que duró hasta la puesta del sol. Entonces empezaron a discutir sobre qué hacer con los supervivientes, que estaban tumbados a cuatro pasos de ellos y podían oír cada palabra que decían. La bebida debió de producir un efecto apaciguador en algunos amotinados, porque se oyeron varias voces partidarias de soltar a los cautivos a condición de que se sumasen al motín y entraran en el reparto de beneficios. Pero el cocinero negro (que era un demonio en codos los sentidos, y tenía tanta autoridad como el propio oficial, si no más) no quería escuchar ninguna proposición en ese sentido. Afortunadamente estaba tan borracho que el bando menos sanguinario, entre los que estaba un encargado de las estachas del arpón llamado Dirk Peters, no tuvo dificultad en hacerle callar. Este hombre era hijo de una india de la tribu de los upsarokas, que vivían entre las rocas de los Montes Negros, cerca de la fuente del Missouri. Su padre había sido mercader de pieles, creo; o al menos tenía relación con las factorías indias del río Lewis. Peters era uno de los hombres de aspecto más feroz que he visto en mi vida. Era bajo de estatura, no mediría mas de cuatro pies y ocho pulgadas, pero tenía unos miembros hercúleos. Sus manos, sobretodo, eran tan gruesas que casi no parecían humanas. Los brazos, igual que las piernas, los tenía arqueados de manera singular, como faltos de flexibilidad.

Su cabeza era, igualmente deforme, de tamaño enorme, con una depresión en la coronilla (como la que tienen la mayoría de los negros), y totalmente calva. Para ocultar ese defecto, que no se debía a la edad, llevaba normalmente una peluca hecha con cualquier material parecido al pelo que tuviera a mano; unas veces era una piel de perro de aguas, otras de oso pardo americano. En la época de la que hablo llevaba un trozo de piel de oso, que aumentaba no poco la ferocidad de su rostro de rasgos upsaroka. La boca le iba casi de oreja a oreja; tenía los labios delgados y parecían, como otras partes de su persona, desprovistos de la natural flexibilidad, de manera que su expresión habitual no variaba por influencia de ninguna emoción, fuera la que fuese. Es posible imaginar cuál era esta expresión dominante si se tiene en cuenta que tenía los dientes largos y hacia fuera, de manera que los labios no los ocultaban nunca, siquiera parcialmente. Si le echabas una mirada casual al pasar por delante de él podías creerle muerto de risa; pero una segunda mirada te llevaba a pensar que si esta expresión era de alegría, entonces era la alegría de un demonio. De este personaje singular corrían multitud de anécdotas entre la gente de mar de Nantucket. Tendían a probar su fuerza prodigiosa cuando se excitaba, y algunas hacían dudar que estuviera en su sano juicio. Pero a bordo del Grampus, en la época en que se produjo el motín, le miraban más con burla que otra cosa. Hablo de Dirk Peters con ese detalla porque, aunque de aspecto feroz, fue quien le salvó la vida a Augustus, y porque tendré frecuente ocasión de referirme a él en el curso de este relato; relato que en pasajes posteriores, permítaseme decir aquí, encontraremos que incluye incidentes tan fuera del ámbito de la experiencia humana y por lo mismo tan fuera de los limites de la humana credulidad, que escribo sin esperanza ninguna de hacer creíble lo que tengo que contar, aunque convencido de que el tiempo y el progreso de 1a ciencia confirmarán mis mas importantes e inverosímiles informaciones.

Después de mucha indecisión, y dos o tres altercados violentos, resolvieron finalmente que todos los prisioneros (salvo Augustus, a1 que Peters insistió en son de burla en quedárselo como secretario) debían ser abandonados en una de las balleneras más pequeñas. El primer oficial bajó a 1a cámara a ver si el capitán Barnard seguía con vida… porque se recordará que cuando subieron los amotinados lo habían dejado donde estaba. Poco después hicieron aparición los dos, el capitán pálido como un muerto, aunque algo recobrado de los efectos de la herida. Habló a los hombres con voz apenas audible; les rogó que no le abandonaran a la deriva, sino que volvieran a su trabajo, prometiendo desembarcarlos donde ellos quisieran y no tomar ninguna medida para entregarlos a la justicia. Fue como hablar a la luna. Dos de los rufianes lo agarraron por los brazos y lo arrojaron por el costado del bergantín al bote que habían armado mientras el oficial bajaba a la cámara. Luego desataron a los cuatro hombres tendidos en 1a cubierta, y les ordenaron seguirle, lo que hicieron sin resistencia. Augustus estaba aún en una postura dolorosa, aunque forcejeaba y suplicaba que le concediesen el triste consuelo de despedirse de su padre. Les tendieron un puñado de galleta y una cantarilla de agua, pero no les dieron palo, vela, remo, ni compás. Remolcaron el bote a popa unos minutos, durante los cuales los amotinados celebraron otra asamblea… y luego cortaron el remolque. Entre tanto había caído la noche, no había luna ni se veían las estrellas… y la mar se estaba poniendo fea y picada, aunque no soplaba mucho viento. El bote se perdió inmediatamente de vista, con pocas esperanzas para las infortunadas víctimas que iban en él. Esto ocurrió, sin embargo a 30º35’ latitud norte, 20º61’ longitud oeste, y por tanto a no mucha distancia de las islas Bermudas. Así que Augustus trató de consolarse pensando que quizá conseguirían llegar a tierra, o acercarse lo bastante para encontrarse con un barco frente a la costa.

Ahora dieron toda la vela al bergantín, que prosiguió su rumbo sudoeste original, ya que los amotinados habían decidido llevar a cabo una expedición pirata en la que, según se les pudo entender, debían interceptar un barco que hacía la ruta de Cabo Verde a Puerto Rico. Se desentendieron de Augustus, al que soltaron y dejaron que deambulara a su antojo de la escalera de cámara a proa. Dirk Peters lo trataba con cierta amabilidad, y en una ocasión le salvó de la brutalidad del cocinero. De todos modos, su situación era de lo más precaria, porque los hombres andaban constantemente borrachos, y no era nada de fiar su buen humor ni la indiferencia que mostraban hacia él. Su inquietud por mí, sin embargo, era lo que más le atormentaba; y desde luego, yo nunca había tenido motivo para dudar de la sinceridad de su amistad. Más de una vez pensó revelar a los amotinados mi presencia a bordo, y otras tantas se abstuvo de hacerlo, en parte porque tenía muy presentes las atrocidades que había presenciado, y en parte por la esperanza de poder traerme pronto alguna ayuda. Con miras a esto último, estaba constantemente alerta; pero pese a su continua vigilancia, tuvieron que pasar tres días, desde que dejaron el bote a la deriva, antes de encontrar una buena ocasión. Por fin, la noche del tercero tuvimos viento fuerte del este, y llamaron a todo el mundo a meter vela. Durante la confusión que siguió, bajó sin que le viesen, y entró en su camarote. ¡Cuál no fue su desolación y horror al descubrir que lo habían convertido en almacén de aparejos, y que varias brazas de cable de cadena, que solían ir debajo de la escala de la cámara, las habían arrastrado adentro para hacer sitio a un cofre, y que ahora estaban justo encima de la trampilla! Quitarlo de allí sin que lo descubrieran era imposible; así que volvió a cubierta lo más deprisa que pudo. Y nada más subir le agarró el primer oficial por el cuello, y le preguntó qué había estado haciendo en el camarote, e iba a arrojarlo por el antepecho de babor, cuando la mediación de Dirk Peters volvió a salvarle la vida. Esposaron ahora a Augustus (había varios pares de esposas a bordo), y le ataron firmemente los pies. Después lo llevaron al entrepuente, y lo arrojaron a una litera baja junto al mamparo del castillo, asegurándole que no volvería a poner los pies en cubierta «hasta que el bergantín dejara de ser bergantín». Ésas fueron las palabras del cocinero al arrojarlo a la litera; es difícil saber qué quiso decir exactamente con eso. El incidente, sin embargo, resultó ser el medio que me trajo a mí la libertad, como veremos a continuación.

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