El Reverso

ElReversoCarlosCalvera

Una novela fantástica en la que la Historia y lo paranormal se unen para ofrecer al lector una metáfora del horror del Holocausto.
Argentina, 1945. El “Amindra”, un barco de la Cruz Roja, parte hacia Alemania en misión humanitaria. Tiene como cometido llevar un cargamento de carne hasta el puerto de Hamburgo. Pero algo extraño viaja oculto en su bodega: una especie de fósil de enormes dimensiones en el que se distingue lo que semeja un rostro humano de expresión inquietante. Mientras, en Alemania, la ciudad de Dresde es destruida por los bombardeos de los aliados. En una iglesia, un raro cuadro en el que figura una imagen grotesca, que parece ser de barro, es alcanzado por un rayo. La imagen empieza a sangrar. Dos religiosos alemanes se enteran de este suceso. El más anciano teme lo peor; cree que una profecía de la Cábala podría estar haciéndose realidad. Es el Reverso, un personaje mítico que se manifiesta cuando el pueblo judío sufre y que simboliza su dolor, pero también su redención. Desde ese momento, la traumática situación vivida en Alemania durante esos días de 1945 tendrá su reflejo en lo que sucede a bordo del “Amindra”. Dos realidades separadas por cientos de kilómetros confluirán de manera sobrenatural, y una serie de descubrimientos y hechos sin explicación lógica precipitarán la acción hacia un final inesperado.

ANTICIPO:

2

Río de la Plata

A mediados de enero del año 1945, los responsables de la empresa de estiba Hermanos Miñano y Cía comunicaron al capitán Santiago Rainiez que debía hacerse cargo de un viejo mercante amarrado en el muelle 18 del puerto. El carguero era un transporte mixto comprado a un armador chileno y contaba con más de veinte años de vida activa. También le in­formaron de que su cargamento consistiría en seis mil tonela­das de carne congelada consignadas a la ciudad alemana de Hamburgo a través de un envío del CICR, más otras dos­cientas de mercancías diversas que viajaban a título particular.
Durante la última semana de enero se estibó el cargamen­to y los inmensos bloques de hielo destinados a mantenerlo fresco. Parte del hielo tuvo que transportarse en camiones desde las ciudades cercanas a la capital, porque la cantidad que se requería era de tal magnitud que la industria pesquera de Río no podía suministrarlo por sí sola. Durante todos aquellos días, los chigres de vapor no dejaron de trabajar, y la carga se arrumó cuidadosamente en las inmensas bodegas; el tráfico de camiones y vagonetas fue constante; el muelle 18 se convirtió en un auténtico hormiguero repleto de musculosos hombrecillos que laboriosamente trajinaban toda suerte de materiales y equipos.
A las 6 de la tarde del décimo día de carga, llegó a los tingla­dos una vagoneta de grandes dimensiones que transportaba un bulto tapado por un toldo enorme. Los operarios de las grúas estuvieron discutiendo largo y tendido acerca de cuál debía de ser el mejor modo de embarcar el fardo. Después de un buen rato de deliberaciones, se decidió utilizar la pluma de treinta toneladas, y se hizo preciso descubrir el cargamento para afe­rrar los cabos del mejor modo posible. Fue entonces cuando los nueve perros pertenecientes al destacamento de salvamento que iban a embarcarse comenzaron a ladrar y a moverse de un modo muy nervioso atrayendo la atención de todos.
El capitán Rainiez no se dio cuenta de lo que en realidad sucedía hasta que se percató de que las grúas habían inte­rrumpido su trabajo y sus operarios, juntamente con otros muchos estibadores y transportistas, se habían congregado en torno al vagón para observar con asombro lo que se escondía tras la inmensa carpa. Cuando, en compañía del primer ofi­cial y de su hija Elsa, se acercó hasta la muchedumbre para averiguar el motivo de su agitación, vio una enorme piedra volcánica en cuyos pliegues parecía distinguirse vagamente una suerte de tronco vegetal fosilizado perteneciente a eras pretéritas. Las marcas de este prodigio de la naturaleza hu­bieran podido tomarse por simples asperezas de la piedra de no haber sido por la enorme fisura que lo escindía en su sec­ción central, y que dejaba aflorar, de un modo inquietante, la parte anterior de un segundo fósil aún más primitivo. Diríase que el tronco inicial era una inmensa crisálida, y lo que se ha­llaba en su interior, su ninfa. Una ninfa en forma de cara pe­trificada que sólo dejaba intuir un rostro…
—¿De dónde habrá salido eso? —preguntó Elsa, inten­tando hacerse oír por encima del alboroto que ocasionaban los perros y los curiosos.
—Te aseguro que no tengo ni la menor idea —le dijo su padre consultando el registro de carga.
El capitán preguntó a su primer oficial al respecto, pero éste tampoco supo darle ningún detalle.
—Lo encontró un pesquero en aguas del Pacífico sur —co­mentó por fin un viejo lobo de mar retirado que se hallaba ubicado a la derecha del grupo.
Al oír el comentario, todo el mundo se abrió en abanico en torno al ex veterano, y ahora vigilante del puerto, para escu­char de su propia boca la historia del sorprendente hallazgo.
—Fue el 1 de septiembre de 1939″ —comenzó a relatar el marino aferrando su pipa con la misma firmeza con que se sostiene la rueda de un timón—, cuando el pesquero de altu­ra Sirio, perteneciente a la compañía naviera chilena Roldán Sánchez y Hermanos, avistó una inmensa columna de humo mientras faenaba a unas 600 millas al oeste de la isla de Juan Fernández.
»Lo primero que creyeron los hombres del pesquero, a tenor de la formidable humareda que se alzaba tras la línea del horizonte, fue que debía de tratarse de algún petrolero in­cendiado. Sin pérdida de tiempo recogieron las artes de pesca y pusieron rumbo hacia la imponente pira con la intención de prestar auxilio a los náufragos. Sin embargo, y a medida que se aproximaban, fueron percatándose asombrados de que lo que en un principio habían tomado por humo era en realidad vapor. Así sucedió, efectivamente, que el Sirio se encontró por casualidad ante el extraordinario privilegio de poder asis­tir en directo al nacimiento de una isla volcánica.
»Durante cerca de cinco días, en los que el buque perma­neció fondeado en las proximidades, el cono volcánico sumer­gido fue vomitando una amalgama de lodo, ceniza y escorias hasta alcanzar una altura de casi cien metros por encima de la superficie del mar. Su erupción no fue propiamente explosiva, sino más bien efusiva; no hubo poros ni excesivas burbujas, ni tampoco se caracterizó por episodios de gran violencia. La ex­tensión de la lava sobre el fondo marino se desarrolló de modo pausado, y al poco tiempo, la frágil estructura emergen­te empezó a enfriarse con rapidez hasta solidificarse por com­pleto. Este episodio no habría presentado mayores conse­cuencias de no haber sido porque algunos miembros de la tripulación del pesquero insistieron en abandonar el barco y poner pie en «tierra» para tomar algunas fotografías.
En este punto de la narración, la sirena del mercante ron­có dos veces, interrumpiendo el relato del marinero con un bramido sordo y estertóreo que levantó el vuelo de varias bandadas de gaviotas. Elsa, que no dejaba de contemplar el fósil de la vagoneta, se estremeció con el ruido del cilindro y buscó la proximidad de su padre para sentirse segura.
—¿Puede una montaña salir del mar de esa manera? —le preguntó con un atisbo de asombro contenido en los ojos.
—Claro —se apresuró a contestarle el capitán—. Del mis­mo modo que un continente puede separarse, o una isla llegar a desaparecer. Es un simple fenómeno geológico. Pero oigamos el resto de la historia que cuenta ese individuo —añadió pal­meándole la mano con cariño—. Tengo verdadera curiosidad por conocer los detalles que la han conducido hasta mi barco.
—Unos cinco días después de estos sucesos, y encontrán­dose el Sirio de regreso a casa —prosiguió el viejo marino—, una virulenta tormenta destrozó las paredes basálticas del is­lote, borró todo rastro de existencia de la montaña submarina y devolvió al mar aquel pequeño milagro de vida efímera. Algo imprevisible, no obstante, quedó al margen de todo aquel proceso geológico, iniciando un nuevo viaje hacia la era de los hombres.
»Cuando casi un mes después, el Sirio tocó puerto, trajo consigo un hallazgo sorprendente: un gran fósil pertenecien­te a eras remotas que las erupciones del volcán habían desen­terrado de las profundidades del légamo marino exponiéndo­lo a las luces de nuestro mundo.
»Pese a lo que podáis suponer —continuó el veterano—, la reliquia que veis ante vosotros no desató la expectación que en cualquier otra circunstancia hubiese cabido esperar. El estalli­do de la guerra en Europa había capitalizado el interés de la opinión pública y, por consiguiente, también el de los medios de comunicación. El descubrimiento del fósil apenas mereció algunas líneas en las páginas culturales de La Gaceta de Buenos Aires. El discreto interés de entidades científicas nacionales hizo inviable el traslado de la mole de roca hasta algún museo de la capital. De esta manera, los unos por desinterés y los otros por desidia, consiguieron que el hallazgo entrara en un segundo ostracismo, permaneciendo olvidado en un viejo y destartalado hangar del puerto durante casi cinco años…
»Yo lo sé —concluyó el anciano acompañando sus pala­bras con una profunda bocanada de pipa destinada a avivar el rescoldo de su memoria— porque durante todos estos años he sido el vigilante del puerto. En mis rondas solitarias he contemplado esa misma imagen que veis ante vosotros en la más estricta intimidad, de día y de noche, en los días de nie­bla y en los de tormenta, en el más escrupuloso silencio y con el ruido de la lluvia arañando la techumbre del almacén don­de se cobijaba. Podéis creerme: esa piedra ha permanecido más tiempo enterrada en el hangar que bajo las profundida­des del mar; despertó con el inicio de la guerra y parece que­rer marcharse ahora que se aproxima su final.
La cara fosilizada, en muchos aspectos casi humana, era en verdad inquietante y, de no ser por el particular y multitudi­nario ambiente que la rodeaba en aquellos instantes, se habría antojado incluso amenazadora. Quiero decir con esto que, de haberse contemplado bajo los ángulos de la soledad o de la luz lúgubre de alguna bodega, habría causado al observador mie­do, o al menos desasosiego, sin el menor género de dudas.
—¿Adonde llevan eso? —preguntó el capitán Rainiez al representante de las oficinas, que en ese momento se acerca­ba al grupo.
—Es un envío privado —respondió el sujeto encogiéndo­se de hombros—. Lo único que me han dicho arriba durante la conferencia de carga es que ha llegado a última hora y que ha sido aceptado. Los jefes quieren que se embarque con el resto de las mercancías. Por lo visto, los comisarios de con­trol encargados de revisar la carga no han puesto ninguna ob­jeción.
—¿Quién es su propietario?
—No se ha dado a conocer.
—¿Y para qué querría alguien transportar esa piedra has­ta Hamburgo? —se interpuso Elsa, que no acertaba a com­prender quién podía estar interesado en llevar semejante ha­llazgo a un país sumido en plena guerra.
El representante volvió a encogerse de hombros y se de­sentendió del asunto mientras protestaba por los excesivos devengos contratados.
Rainiez no preguntó nada más. A los jefes de la compañía no les gustaba que sus capitanes se inmiscuyeran demasiado en la naturaleza de los cargamentos; especialmente en estos tiempos de guerra en que el contrabando estaba a la orden del día. Su misión se limitaba, por consiguiente, a transportar todo aquello de un punto a otro del globo y a no preguntar.
—¿Está toda la carga a bordo? —dijo a su primer oficial cuando los trabajos se dieron por terminados.
—Sí, señor, ahora están afirmando la de cubierta. El se­gundo oficial tendrá los datos de peso dentro de poco.
—Tome nota del calado tan pronto como pueda.
—A la orden, capitán.
Mientras el capitán y su hija aguardaban los preceptivos informes del oficial, tuvieron ocasión de observar con más detenimiento la espantosa efigie fosilizada. El conjunto geo­lógico era una obra colosal; una especie de cara emergente que luchaba por abrirse paso a través de las concavidades de un tronco; un parto doloroso y terrible que parecía alumbrar, desde las mismísimas entrañas de la madre primigenia, a una criatura abominable.
Aun cuando ninguno de los dos tenía conocimientos de geología, comprendieron enseguida que el fósil no guardaba ninguna similitud con esas otras reliquias antediluvianas que habían visto expuestas en los museos de la capital. Aquel ros­tro sugería unos rasgos y unas formas ondulantes que le im­primían una suerte de «movimiento congelado» sobrecoge- dor. La «especie» no podía clasificarse en ninguna de las colecciones convencionales de flora y fauna marinas existen­tes en las galerías de los museos oceanográficos o en los cen­tros universitarios. Su naturaleza, por decirlo de algún modo, era más humana que animal.
Tal vez fue por este motivo por el que los marineros se apresuraron a cubrirla de nuevo con el toldo de lona una vez desapareció por el interior del escotillón de la bodega núme­ro dos.
El capitán se fijó a continuación en las evoluciones de los hombres que integraban su tripulación. El estallido de la gue­rra había propiciado que muchos marinos abandonasen su profesión a tenor de los riesgos que implicaba la navegación por las rutas frecuentadas por los submarinos alemanes. Los pocos que aún se prestaban a continuar la tarea eran simples aventureros, la mayoría de ellos pendencieros, que acudían como polillas al fuego atraídos por la suculenta paga o por la posibilidad de desertar a la primera oportunidad de cambio. Casi todos aquellos elementos eran marinos de ordinario; ninguno estaba, por consiguiente, en posesión del correspon­diente certificado que los acreditaba como marineros de pri­mera.
Mención especial merecía en este capítulo el primer ofi­cial del Amindra, un sujeto gordo y desagradable llamado Curto Balboa que años atrás había regentado un tugurio de prostitución en el puerto.
«A la mujer no hay que amarla demasiado si se la quiere conservar —solía congratularse—. De lo contrario, se aburri­rá, y se irá con otro para que le pegue.»
Curto era de esa clase de individuos dotados de una sutileza especial para detectar las debilidades humanas y aprove­charse de ellas. Un auténtico cerdo inmoral bien relacionado en los bajos ambientes portuarios. Había obtenido el título de oficial de manera «poco clara». Contaban las malas len­guas que concediendo favores sexuales en su local a clientes del ministerio.
—Aquí tiene los registros —le dijo Curto tras supervisar los datos del flete.
El capitán ojeó los documentos de despacho del barco y los firmó.
Tan pronto se diluyeron las últimas luces de la tarde del día 3 de febrero, levaron anclas y se hicieron a la mar. El Amindra de Valparaíso calaba 28 pies 4 pulgadas proa, y 29 pies 11 pulgadas popa. La inmensa talla fosilizada, que pe­saba casi tres toneladas, había tenido que arrumarse en las profundidades de la bodega frigorífica número dos, en medio de las interminables galerías de carne congelada. El hecho de que el fardo llegara a los muelles a última hora resultó funda­mental para tomar esta decisión.
Apenas hubieron rebasado al barco faro San Agustín, el práctico los abandonó y empezaron a adentrarse en solitario en el Atlántico. Fue justo en este momento de calma en que el crepúsculo extinguía en los confines del horizonte su postre­ra luz, cuando un extraño acontecimiento tuvo lugar a bordo: las veletas direccionales de viento, situadas sobre los mástiles del mercante, se volvieron incomprensiblemente contra el viento y se pusieron a señalar a tierra. Aquel fenómeno —que contravenía todo principio físico y que el capitán atribuyó a una mala magnetización del casco— no pasó desapercibido a los miembros de la tripulación, siempre propensos a ver en estas señales los peores designios del infortunio.

3

Había comenzado a nevar levemente, y los copos de nie­ve se posaban en silencio sobre las ruinas de la que, no hacía ni unas horas, había sido la ciudad más hermosa de Europa.
Durante toda la mañana, el padre Fanseé y su discípulo Jo- seph estuvieron rezando junto a un grupo de refugiados en el interior del templo. La devastación era de tal magnitud que en una ciudad de un millón de personas no habían quedado sufi­cientes hombres vivos para enterrar a los muertos. La carnice­ría en la estación central de Hauptbahnhof había superado todo cuanto pueda imaginarse: dos trenes que acababan de lle­gar de Kónigsbruck con cientos de niños evacuados del este, y que ahora volvían a ser evacuados para salvarlos de las hordas rusas, confluyeron con miles de refugiados que se amontona­ban en los andenes. El calor de las explosiones y la falta de oxí­geno originada por la lluvia de bombas incendiarias arrojadas por la aviación aliada provocaron un gigantesco ciclón de fue­go de corrientes ascendentes. Vientos de 250 kilómetros por hora y mil grados de temperatura succionaron todo lo que en­contraron a su paso, arrastrando a los niños por las ventanas de los vagones. Algunas madres se aferraron a las farolas para intentar retenerlos, pero la succión fue tan intensa que les levantó los pies del suelo arrebatándoles a sus pequeños.
Los recuerdos recientes de aquella pesadilla aún palpita­ban bajo las blancas canas de Emiliano, que había sido testigo presencial del infierno…
—Coma usted algo, padre —dijo Joseph agachándose junto al maestro, que permanecía agostado frente al altar.
—¿Sabes? —le comentó el profesor contrayendo en su frente la cicatriz en forma de media luna que una muía rebelde le había dejado grabada a perpetuidad en sus años de juven­tud—. En ese órgano que ahora yace fundido sobre el altar del coro tocó su música Juan Sebastián Bach. Esta iglesia tenía unas cualidades acústicas únicas en el mundo; no quiero ni pensar cómo debieron de retumbar las explosiones aquí dentro.
—Ande, coma algo —insistió el muchacho.
Fanseé se reincorporó con dificultad y mordió el pedazo de pan sin apenas convicción.
—Llevará años reconstruir la ciudad —añadió.
—¿Cómo hemos llegado a esto? —le preguntó el novicio cubriéndole la espalda con un abrigo de mujer que había res­catado de uno de los cadáveres caídos en la plaza del Merca­do Nuevo—. ¿Qué ha hecho a Dios sentirse tan enojado con Alemania, maestro?
—Tú lo sabes tan bien como yo, Joseph. El nazismo no ha traído precisamente motivos que empujen a nuestros ene­migos a compadecernos. Nosotros descartamos mucho antes la piedad con los demás. El alemán no sabe comportarse con lo débil; tal vez porque nuestros dioses antiguos jamás com­partieron el vivir de los hombres ahora nos toque probar el amargo escozor de nuestra propia «medicina».
—Pero nosotros nunca llegamos a cometer una salvajada como la que los ingleses y los americanos han hecho con nuestros civiles.
—¿Estás seguro de eso, Joseph? ¿Qué sabemos en reali­dad de lo que ha sucedido en los territorios ocupados, de lo que ha pasado con los ciudadanos judíos desplazados de Ale­mania? ¿Adonde iban los trenes cargados de deportados que hemos visto pasar durante estos años?
—Nadie lo sabe —susurró el muchacho bajando la cabeza.
—Tal vez él si lo sepa —advirtió el padre mirando la ima­gen de la pintura, que desde el fondo del ábside derrumbado emergía de entre los escombros.
Los fuegos que se habían encendido dentro del templo para calentar a los refugiados incidían sobre la representación avivando un pálido fulgor tembloroso a su alrededor. Aquel ser de barro que se tapaba los ojos con las manos para ocultar su mirada a los horrores del mundo resultaba frío y cercano a la vez.
—¿Pensáis de verdad que esa representación pueda llegar de algún modo a materializarse a partir del barro, como su­giere la vieja leyenda judía? ¿Que pueda llegar a emerger de las aguas del mar? ¿Que trate acaso de anunciarnos algo aún más espantoso de lo que ya hemos visto? No os ofendáis, pa­dre, pero pienso que no sería capaz de imaginarme nada se­mejante.
Emiliano posó su mano huesuda en el hombro de Joseph y trató de acomodarse a su vera para hablarle más de cerca.
—Escúchame, Seep —le dijo con el brillo de la hoguera reflejada en sus dos pupilas grises—. De la misma manera que las leyes físicas básicas, tales como la gravedad y el magnetis­mo, existen independientemente de nuestra voluntad y de nuestra conciencia, las leyes espirituales del universo influyen en nuestras vidas cada día y a cada momento sin que poda­mos verlas.
—Intento comprenderos, maestro.
—La Cábala judía, Joseph, es mucho más que un sistema filosófico intelectualmente convincente; es una descripción precisa de la naturaleza, entrelazada entre la realidad espiritual y la física. No debes tratar de entenderla, sino sólo de intuirla.
La Cábala no se aprende, se recibe. Tampoco se estudia, sino que se recuerda. ¿Acaso no se afirma que los moribundos ex­halan con frecuencia el último suspiro cuando nace el alba, o al cambio de marea? No hay ciencia que pueda explicarlo, y sin embargo, todos cuantos han vivido este instante, en que se pasa de la noche al día, perciben este símbolo de un modo in­teriorizado y único. ¿Comprendes lo que te quiero decir…?
El joven dudó.
—¿Cómo se manifestará ante nosotros? ¿Cómo nos anun­ciará su mensaje si somos incapaces de prevenirlo?
—Eso nunca lo sabremos, Joseph.
—¿Por qué no?
—La aparición que vaticina la Cábala del Reverso no se llevará a cabo entre un baño de multitudes ni en medio de os- tentosas manifestaciones públicas; será anónima e irá ligada a un evento insignificante, pero, al mismo tiempo, tremenda­mente cargado de significado. El Reverso actúa siempre de manera figurada, es sólo un símbolo que encierra una reali­dad aún oculta a los ojos del hombre.
—Si os soy franco, debo deciros que todo cuanto decís me confunde y hasta me asusta.
—Lo sé —sonrió el maestro—. Ven, te enseñaré algo que tal vez te resulte más convincente al espíritu. El arte verdade­ro no precisa de explicaciones, sólo requiere la atención de los sentidos para mostrarnos sus mensajes ocultos.
Los dos clérigos se acercaron hasta la pared del coro. El atrio que circundaba la iglesia también estaba abarrotado de obras de arte, la mayoría calcinadas por el fuego o destruidas por los desprendimientos del techo. En la parte superior del altar resplandecían, con un temblor conmovedor y triste, las velas de colores que los refugiados de la ciudad habían pues­to para recordar a los seres queridos caídos durante el bom­bardeo. La emoción que embargaba el ambiente era palpable, hasta el punto de poder sentirse con los ojos cerrados.
—Ayúdame a retirar estos tablones —cuchicheó Emiliano apartando una bastida que taponaba el acceso a la cripta.
El muchacho se apresuró a sujetar los maderos y, con su­cesivos estirones, logró desprenderlos del pan de argamasa en el que se hallaban anclados sus extremos.
—¿Qué hay abajo? —preguntó el novicio limpiándose las manos con su pañuelo.
—El resto de las obras que trajeron de la Pinacoteca de los Maestros Antiguos. Anda, enciende una lámpara y acér­cala aquí. La pintura del Reverso no fue la única que trajeron de la sinagoga de Altneus, ¿sabes?
La luz del candil de aceite aumentó gradualmente su in­tensidad hasta alumbrar la totalidad del cristal. Ambos se in­trodujeron por la abertura del frío pasadizo y bajaron por una estrecha escalinata de piedra que conducía a la cripta. Cuando terminaron de descender, dieron con la magnífica estancia subterránea que custodiaba las innumerables obras de arte.
—No sabía que también hubieran guardado cuadros aquí abajo —dijo Joseph atisbando con asombro el mundo de re­liquias dormidas que la luz oscilante del quinqué había veni­do a turbar.
—Hay aquí cuadros de cuya existencia ni siquiera tenía­mos noticia —argüyó el maestro con cierta solemnidad—. Han viajado por una Europa devastada por la guerra desde los lugares más recónditos: los castillos medievales de Polo­nia, las catedrales ortodoxas del este… La mayoría de ellos son huérfanos, producto del saqueo y la rapiña perpetrados por las tropas de asalto. Algunos pasaron por varias manos antes de llegar aquí, otros perecieron en su marcha o queda­ron mutilados para siempre, de ahí que catalogarlos sea una tarea ingente.
—Resulta triste verlos en estas condiciones.
El maestro agarró los extremos de un viejo retablo empa­redado entre dos cuadros y lo arrastró hacia fuera con vigor campesino.
—Mira, Joseph, hete aquí la historia completa de la Cába- la. Este retablo elaborado sobre madera de tilo fue robado de la misma sinagoga de la que se sustrajo El Reverso de Praga y, en cierto modo, nos muestra su simbología, su historia com­pleta. Como puedes ver, las escenas que contiene son de una intensidad dramática poco común, excepcional para su época. Los colores de las pinturas no remiten a la naturaleza, sino que son extraños, fríos, artificiales, violentamente enfrenta­dos entre sí, propios de un genio aislado e inclasificable.
Joseph acercó el candil para verlas de cerca.
—Parecen pinturas expresionistas —farfulló asombrado.
—Son del siglo XVI.
—Pero ¿cómo es posible?…
—Nadie lo sabe —aseguró el padre—. Quienes pudieron arrojar algo de luz acerca del origen de la obra y del misterio de su estilo ya no están en este mundo. Es posible que lo ela­borara algún artesano polaco emigrado a la ciudad vieja en tiempos del emperador José II. Parte de su grandeza y tam­bién de su originalidad radica precisamente en que no existen fuentes fidedignas que puedan dar fe de su secreto.
—Quizá sea falsa —se rebeló Joseph—. Es imposible que en ese periodo de la historia se dibujara de este modo. La de­sesperación de sus imágenes trasciende la tela. Jamás había visto nada semejante desde Las Tentaciones de San Antonio que vi en el Retablo de Isemheim. ¡Por fuerza ha de tratarse de un error!
—¡No lo es, amigo mío! Para quienes hemos convivido con el arte una vida entera, llega un momento en que nos bas­ta tocar las obras con las manos para que nos digan cosas. Mí­rala bien, compruébalo tú mismo. Está pintada al temple gra­so, usando aceite de linaza y huevo como aglutinante. En algunos colores se superponen veladuras al óleo. Es la técni­ca de los viejos maestros, no hay duda.
Joseph recorrió la sucesión de impresiones con la lámpa­ra de llama oscilante. Todos los barnices de las pinturas esta­ban oxidados y oscurecidos, dando al conjunto de la obra un aspecto opaco que impedía distinguir de forma clara las tona­lidades de las figuras que lo habitaban. Había ennegrecimien- tos producidos por humo de velas, gotas de cera y polvo graso adherido. Todas aquellas formas, abigarradas con vivos colores ocultos, tenían esa movilidad petrificada, esa intensi­dad misteriosa del arte profano, contrariado por la regla ecle­siástica, que se parece a un hombre amordazado que intenta­se hacer comprender su secreto.
—¿Dónde habrá estado guardada todos estos años? —se asombró el novicio.
—¿Quién lo sabe? ¿Acaso no es de por sí una señal que estas pinturas hayan venido a manifestar su significado preci­samente aquí y ahora? Fíjate bien; observa con atención cada una de las escenas que componen el retablo y dime qué te di­cen.
Joseph comenzó el examen por el extremo del piso supe­rior; algunos estruendos llegaban del exterior producidos por el derrumbe de edificios que habían quedado heridos de muerte por los bombardeos nocturnos.
—En el primer dibujo se ve un plano de una ciudad me­dieval —advirtió exultante el joven.
—Es la antigua Josefvo.
—¿El barrio judío de Praga?
—El mismo —sonrió Fanseé—. Hay detalles en ella que ni siquiera se conocían en los planos que han sobrevivido a nuestra época… pero continúa, por favor…
—En la segunda pintura distingo una silueta fantasmal; parece un escultor trabajando alrededor de una gran monta­ña de arcilla. ¿Es el Acbaro de la leyenda?
—Sí, es el creador del Reverso y, según la Cábala judía, también el único capaz de conferir vida al ente. La historia oral nos cuenta que, cuando llegue el momento de una reve­lación, Acbaro labrará sobre la frente del Reverso la palabra hebrea Emet, que significa «verdad», entonces el ente cobra­rá vida y manifestará su visión profética. Cuando esto haya tenido lugar, Acbaro suprimirá la primera letra de la palabra convirtiéndola en Met que significa «muerte». Entonces, la bestia volverá a la arcilla y la arcilla volverá al agua. Pero fíja­te en lo más asombroso —continuó el maestro—las cuatro pinturas siguientes representan las supuestas ocasiones en las que el oráculo ha cobrado vida para anunciar una catástrofe a través de los tiempos: la primera representación nos muestra un enorme campo de trigo cuyas espigas sesgadas yacen bajo la sombra de cruces templarías; es probable que nos hable de las matanzas de judíos efectuadas en el Rin durante la prime­ra cruzada. Las escenas están encriptadas y por ello dan pie a múltiples interpretaciones, pero en todas ellas hay elementos de una extraña violencia casi desagradable, una luz tan pron­to solar como pálida, un color denso y traslúcido.
Joseph acercó más la lámpara a la tela; parecía abducido por las explicaciones del maestro. Sus mejillas ardían por la proximidad de la llama y por la emoción del momento.
—La pintura que la precede nos sumerge en el exterminio de judíos ejecutada por el Ataman Jmelnitzski en Ucrania el año 1658 —continuó el maestro— y se nos aparece bajo la forma de un carro abarrotado de cadáveres; fíjate como el arriero que conduce el carro se tapa los ojos con las manos para no ver el horror que lo rodea.
»La tercera composición—prosiguió el anciano agostado sobre la espalda del muchacho— está muy deteriorada; en ella vemos al Reverso sujetando un cáliz de oro repleto de ni­ños muertos y simboliza los Progroms efectuados contra los judíos durante los siglos XVI y XVII. Observa como en la to­talidad de las representaciones la figura del Reverso aparece siempre cubierta de sangre.
—¿Y ésta? —preguntó Joseph señalando la última de las pinturas, en la que se mostraba un gran barco de vela que transportaba a la criatura sobre sus cubiertas mientras nave­gaba por un mar de sangre.
—Esta imagen no ha podido ser descifrada, posiblemente porque todavía no haya acontecido —dijo el maestro en me­dio de un estremecimiento.
—Parece que hace referencia a un barco —comentó el jo­ven— y si, como dice usted, todavía no ha sucedido, no debe de tratarse tanto de un navio de vela como de uno moderno.
—Eso tiene cierto sentido —matizó Fanseé sin poder evi­tar que su temor recayera de nuevo en el periódico y en el te­legrama de su bolsillo.
Joseph se dio cuenta enseguida del detalle; dudó unos ins­tantes y luego se decidió a formular la pregunta que tanto de­seaba hacerle.
—¿Acaso esa última pintura del retablo guarda alguna re­lación con el periódico que guardáis con tanto celo bajo vues­tro brazo, maestro? ¿Es ése el motivo por el que me habéis hecho bajar hasta aquí?
—¿Qué te mueve a pensar eso?
—Vuestra actitud. Sin ánimo de ofenderos, permitidme que os diga que os conozco demasiado para no darme cuenta de que ese periódico, que por obra del destino ha llegado has­ta nosotros como un ramo de flores arrojado a la salida de una iglesia, os pesa en la mano tanto como en el alma.
—Puede que lo que dices sea cierto, amigo mío. Pero ¿cómo contarte algo de lo que ni yo mismo estoy seguro?
—Tal vez, si os dejarais guiar por esa intuición de la que antes me hablasteis, os resultaría más sencillo hacerlo…
—Sí —barruntó el anciano atusándose la cabeza canosa con la palma de la mano—, es mejor dejarse llevar. Quizás es­tés en lo cierto. Quizás haya algo de providencia en todo esto.
—Entonces, dejadme ver sin temor lo que aún no os habéis atrevido a mostrarme en todo el día. Dejadme compartir con vos la noticia de ese ejemplar que custodiáis con tanto celo.
Fanseé ya no dudo más: sin esperar a que el novicio le re­pitiera la petición, abrió el periódico y mostró al muchacho la fotografía del mercante. Joseph leyó el artículo con suma atención:
… El extraño fósil salido del mar será finalmente tras­ladado a Europa en un mercante fletado por la Cruz Roja Internacional que transportará seis mil toneladas de carne congelada con destino al puerto alemán de Hamburgo…
—Es posible que ahí esté la respuesta a todas las pregun­tas —advirtió el viejo mostrándole a la vez el telegrama que guardaba en su bolsillo—. Yo recibí noticias de ese mismo barco en enero por vía de este comunicado de la Cruz Roja Internacional. En él se me habilita para gestionar su carga­mento de carne una vez el buque atraque en Hamburgo. Como puedes ver, el barco que menciona la carta de la Cruz Roja es el Amindra, el mismo que, según el periódico, trans­portará ese extraño fósil hasta la ciudad.
—¿Entonces, ese fósil… —preguntó Joseph sin quitar ojo de la criatura de arcilla que aparecía pintada sobre el barco de vela— es el Reverso?
—Digamos más bien que es la parte oscura de la historia; la que yo no podía imaginar ni prever que sucedería. Una gran campanada funesta que ha introducido un giro repenti­no e inesperado en todo el asunto. Tal vez sea sólo una coin­cidencia. Es posible que ese fósil que cita el periódico sea sólo eso: una piedra antigua sin más importancia que la de servir de reliquia tras las vitrinas de algún museo. No obstante, re­sulta inquietante que la noticia de su viaje y la llegada de mi carta hayan venido a coincidir con los funestos sucesos acae­cidos en el templo la pasada madrugada.
—¿Os referís al hecho de que la pintura del Reverso san­grara por la caída de ese rayo?
—Exacto. Este retablo que tienes ante ti nos cuenta la parte de la Cábala que aún permanecía oculta. Ahora, tras leer la noticia del artículo que nos ocupa, todo adquiere una dimensión nueva. La maraña de hilos del jersey del que te ha­blé en la puerta de la catedral empieza a tejer su propio dibu­jo. El cuadro y el barco parecen estar unidos de modo inexo­rable; el símbolo del Reverso comienza a tomar cuerpo en un escenario concreto.
Joseph se fijó de nuevo en el cuadro. En la parte inferior del lienzo que hacía mención al navio, se apreciaba una ins­cripción escrita en hebreo:
En la última hora de la noche, el hombre se transfor­mará en bestia y la bestia se transformará en hombre. Ese día, el anverso y el reverso de la vida se unirán y serán uno solo.
—¿Es ésa la profecía del último advenimiento? —Sí —le respondió el maestro. —¿Sabéis qué significado tiene? —Sólo por encima… —¡Hablad, os lo ruego!
El maestro miró la inscripción. Daba la sensación de que llevara mil años estudiándola.
—En breve van a sucederse dos episodios que transcurri­rán por caminos diferentes. Sin embargo, al final confluirán en uno porque ambos son la misma cosa. Sólo entonces, la humanidad será consciente de lo que representan.
Joseph lo miró sin acabar de comprender. Bajo la inscripción había una sucesión de pequeños dibujos encriptados en forma de figuritas jeroglíficas que enseguida distrajeron su atención. Los dibujos guardaban el siguiente orden:
Una serpiente con la palabra Emet tatuada en sus es­camas.
Una virgen embarazada.
Dos ahorcados invertidos.
Un crucificado.
Una montaña de cráneos con la figura del Reverso en su cúspide.
—¿Qué dicen las miniaturas? —preguntó el muchacho señalándole los dibujos.
—No estoy seguro, pero creo que son revelaciones de pa­sajes.
—¿Queréis decir que son señales del futuro? ¿Señales proféticas de cómo sucederá el advenimiento principal? ¿Epi­sodios del camino?
—Algo así. Generalmente es imposible descifrarlas hasta que suceden; sólo entonces se hacen comprensibles ante quie­nes están llamados a servirlas. —¿A servirlas?
Fanseé se puso en pie para abandonar la cripta. —A ser instrumentos de ellas.

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