El Rey de Eiselorn. Libro I: Elwendur

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Tras las invasiones de los Pueblos del Este, una época de oscuridad y desidia se cierne durante más de 50 años en el Continente de Imnavel. Tan sólo unos pocos reinos, mermados por décadas de lucha, resisten las invasiones para mantener sus pueblos a salvo.
Pero el último Rey de Derehlar, Dighlon, conquista la Montaña Elevada de Iver Osterith, último bastión de defensa de los habitantes de Imnavel. Los Déspotas del Este capturan en la gran Cima a Gahlandir el Sempiterno, el Valedor, junto a Aldrids y Epsígoras, alentados por el poder de los Seis.
Este último acto hace que los supervivientes de Imnavel se agrupen para repeler las invasiones o perecer para siempre. Nuevos ejércitos se levantan. Nuevas armas son blandidas. Nuevos aceros son forjados. Bosques y lagos mueren. Incluso los Antiguos oyen nuevamente el rumor de la guerra, el viejo rumor que no se oía desde las Primeras Eras.
A partir de allí, los Hermehrs esperaron por su revancha, una que les devuelva su pasado e historia, sus antiguas tierras y sus viejas canciones de nobles reyes e hidalgos señoríos.
Las Eras Doradas y las Eras Sabias habían llegado a su fin para dar comienzo a la Era del Elwendur, la Migración de los Pueblos.

ANTICIPO:

El Rey llegó al comienzo de la escalera tras pisar hojas secas y crujir de ramillas quebradas que alfombraban los adoquines del suelo. Bajó los pocos escalones y se internó en la oscuridad. Aún así, había alguna claridad que le permitía ver que existía allí una puerta también de madera y metal. Tiró de ella y no pudo abrirla. Luego trató de forzarla pero tampoco pudo. Entonces subió nuevamente y buscó un gran fuste o algún tronco caído. Cuando lo halló, descendió nuevamente y lo apoyó en un agujero que había entre la puerta y el suelo. Así, forcejeó fuertemente hasta que la puerta cedió y se abrió entre un rechinar de metal y polvaredas de tierra que volaron en el aire. Los rayos internos le fueron dando en el rostro, iluminándolo por partes. Venían desde dentro de la fortaleza, desde lámparas de aceite colgadas de las paredes. Cuando Kívor dejó entrar la brisa exterior, las llamas flamearon y dibujaron sombras sobre los muros internos, sombras que se movían y desaparecían, que se alargaban y se contraían, que llegaban y se iban. El resplandor de las antorchas no era posible verse desde afuera y sólo unos tenues hilos de luz se escapaban por la abertura de debajo de la puerta y Kívor no los vio. Se adentró en el largo y vacío corredor. Se sentía alerta a lo que pudiera encontrar dentro del lugar. Caminó despacio y sólo vio otra puerta al final, pues no había otro desvío o bifurcación. Sus lentos pasos trajeron consigo los ecos de sus taconeos que llegaban desde los rincones húmedos y polvorientos. En todo el tramo hasta la puerta, el Rey vio ratas que bordearon la pared y enormes arañas posadas en sus telares sobre los ángulos superiores del techo. Vio su propia imagen reflejada en los muros en forma de sombras que se agrandaban y se achicaban mientras se acercaba o se alejaba de la luz.
Entonces llegó a la otra puerta. Esta no era de madera, pero sí estaba construida en rejas gruesas y fileteadas que dejaban ver a través de ellas. Atrás, otro pasillo se dividía en dos, uno que se encaminaba hacia la derecha y otro que se derivaba hacia la izquierda. Kívor supo que la cerradura no se encontraba porque había sido arrancada, pues lo supo por los retorcidos hierros que en ella se encontraban. Empujó y pasó a los pasillos. A ambos lados, escaleras subían y se mostraban entre las penumbras, en caracoles de roca sólida. El Rey optó por el izquierdo y subió los peldaños. La escalinata recorría varios pisos y sólo se quedó en el primero. Vio que por el otro lado también se llegaba al mismo piso. Frente a él, tres armaduras de distintos tamaños se apoyaban contra la pared. En las aperturas de sus cascos metálicos no había más que vacío y poseían una espada la más pequeña, una lanza la mediana y un hacha de doble filo la más grande. Tenían posturas amenazantes y belicosas. La más grande poseía un color cobrizo que resaltaba en su forma pulida y trabajada, mientras que la más chica tenía un color bronce dorado y la mediana era totalmente plateada. Las tres poseían relieves y salientes, guarniciones, cadenas y mallas de acero brillantes. Entre las estatuas de metal se encontraba una tercera puerta, enorme y maciza, que se hallaba abierta. Tras ellas, el Rey notó que la portezuela se hallaba frente a él y hacia ella fue. Una habitación contigua apareció tras ella. Con la cabeza aún observando las armaduras ingresó de lleno. En la fría sala sólo vio muebles muy viejos y armas colgadas de las tapias, libros y arañas que descansaban en los techos. Pero lo que más le llamó la atención fue el enorme caldero encendido que había en el centro de la habitación, un gran recipiente de metal color negro apoyado sobre enormes soportes, bajo el cual el fuego ardía y crepitaba salvajemente. Atrás, una chimenea estaba prendida y echaba humo. Kívor caminó lentamente observando hacia todos lados. Dentro del caldero se oían burbujas y el explotar del aceite hirviente que se deshacía en turbulentos humos de color ámbar y azul. Se arrimó entonces a la gran caldera que hervía en espesos y cenagosos líquidos y vio que el compuesto cambiaba de color en su interior. Una espada estaba guardaba en un soporte de la pared y la tomó con ambas manos. No era grande, pero le resultó cómoda y liviana. Pensó que lo protegería de lo que pudiera llegar a ocurrir.
Cuando los grandes ojos se perdieron en el filo, alguien se acercó despacio desde atrás. El Rey sintió la punta cortante en su espalda como una herida casi latente. Se quedó paralizado e inmóvil. Su espada cayó al piso emitiendo un sonido a metal contra piedra y enseguida levantó los brazos y abrió la boca. No pudo ver quien se hallaba detrás de él.
—No era mi intención ingresar en su morada—dijo asustado.
—Tampoco ésta es mi espada—agregó.
—Sé quien es usted—contestó la voz.
—¿Lo sabe?—preguntó Kívor.
—Usted es un ladrón—dijo nuevamente.
—No—dijo Kívor, cuando ambos callaron. El Rey temblaba sintiendo aquella punta en su espalda.
—No sé como he llegado a éste sitio—dijo el Rey.
—Sé muy bien lo que trama. Robarme mis trabajos.
—¿Trabajos? No. Me he extraviado en éstas tierras. Todo lo que deseo es volver a mi sitio, mi hogar. Es la verdad.
—¿Por qué no ha golpeado la puerta entonces?
—Existen ruidos de animales en el exterior y he visto figuras extrañas entre las sombras. Cuando llegué a su puerta, toqué dos veces, pero nadie había atendido.
—¿Cómo ingresó aquí?
—Me encaminé hacia un pasillo del costado, el que me llevó a una puerta que bajaba.
—Sólo quise hallar a alguien que me dijera donde estoy—dijo el Rey.
—¿Por qué no ha esperado usted más tiempo en la puerta? Yo le hubiera abierto.
—Comprendo. De repente, me hallé en éste sitio y no tuve opción. Las sombras y las criaturas de allí afuera realmente me han asustado—agregó.
—¿Qué es lo que ocurre aquí? Me hallaba en mi nación. Todo lo que recuerdo es eso. Ahora heme aquí, confuso y perdido, apuntado y amenazado por el arma de un desconocido en un lugar desconocido—dijo Kívor.
—Creo que hasta ahora todo lo que usted ha hecho es tratar de engañarme—dijo el desconocido.
—¿Es acaso normal que lo encuentre dentro de mi propiedad revisando mis trabajos?
—Ya le he explicado.
—¿Y qué es lo que estaba usted haciendo con mi espada?
—Sólo observaba, como antes le he dicho.
—Se aprovechan de mi ausencia en las demás salas e ingresan a robarme. Ya sé lo que ustedes hacen. Sí. Es eso. Un ladrón.
—No soy ladrón. Me hallo perdido y no sé dónde estoy.
—¿De dónde viene?—preguntó el ser.
—De Lender Uhr—respondió Kívor. Un desentendimiento dominó al Rey, porque la punta amenazante no se hallaba más en su espalda, pues se había retirado ya y nada dijo quien la utilizaba para apuntar.
— Soy Rey de Lender Uhr. Mi nombre es Kívor—agregó el Rey.
—¿Kívor?—preguntó con tono preocupado. En ese momento, alguien gritó desde lejos.
—¡Ya es suficiente, Akelanor! ¡Esperaba ésta visita!—ordenó. Kívor bajó los brazos, pues ya no sentía el filo en él. Mirando hacia todos lados giró su cuerpo. Vio a un Ahlin con una daga en la mano.
—Su Majestad—dijo el Ahlin, quien agachó la mirada al piso y, arrojando su arma al piso, retrocedió sin hablar.
—¿Me conoces? ¿Quién eres tú?
El Ahlin levantó los ojos y se mostraron tan verde como los mares. Su expresión era juvenil, aunque representaba al mismo tiempo el paso del tiempo fundido en sus arrugas.
—Akelanor—respondió el ser de la lejanía.
—Akelanor—agregó el Ahlin, avergonzado y afligido.
—Soy yo quien se debe disculpar. Soy yo quien debe hacerlo—dijo Kívor.
—¿Tú?—preguntó el extraño.
—Yo—agregó Kívor buscándolo. Akelanor se dio vuelta y se dirigió hacia un costado donde las candelas recortaban su silueta holgada y pequeña.
—Por largo tiempo hemos sabido de su venida. Pero no nos imaginábamos que ésta fuera tan pronta —dijo Akelanor. El Rey no comprendió.
—Su Majestad de Lender Uhr. Debe usted conocer a Meild, amo y señor de éste sitio—dijo Akelanor. Meild se mostró con su reluciente traje blanco y su largo cabello rubio. Sus orejas eran puntiagudas y su cinturón era plateado.
—Bienvenido, Rey de Lender Uhr—dijo Meild. Kívor siguió sin entender.
—¿Qué es lo que hago aquí?—preguntó.
—¿Qué tierra es ésta?—agregó. Akelanor dejó de observarlo y se frotó la barbilla con sus pequeños dedos. Sus dientes se salieron de su boca y su nariz puntiaguda se movió graciosamente. Dejó ver después una muestra de seriedad. Luego se fue, dejando solo a Meild.
—Me temo que eso no puedo decírselo, Rey de los Gahlands. Solo sepa esto. Yo lo he traído. Yo lo he salvado de ser muerto por un Akrath—dijo Meild. Pasaron luego a otra habitación aún más grande, atravesando la puerta, donde se encontraron con una gran recámara repleta de vidriados de cristal y arañas en el techo, más candelabros y más muebles. La sala tenía otro hogar que ardía en un rincón, junto a dos grandes sillones rojos con hilos tejidos en dorado a su lado. Bajo ellos, una alfombra se extendía sobre el suelo. Meild y Kívor se sentaron sobre los sillones. El fuego ardía al calor de los leños.
—Deseo expresar mis disculpas por la confusión de Akelanor y sus infundios hacia su persona. No ha querido ser impertinente de su parte. Últimamente, algunos seres han ingresado seguidamente a éste, mi hogar, y he tenido que usar mis armas para con ellos. Esta tierra no es lo que solía ser, el páramo de belleza que ha sido.
— Ahora soy yo quien se disculpa por penetrar sin permiso alguno—dijo el Rey.
—No. Yo te he invitado a ésta morada, aunque hubiese querido que sea de otra manera.
—Dime, Meild ¿qué es todo esto que está pasando?—preguntó Kívor mirando la llama de la vela.
—Todo es confuso para mí. Solo rondan mi cabeza aquellos momentos vividos como meros recuerdos sin sentido, como si allí se hallaran, pero alejados de mí. Toda mi vida se ha tornado en estos instantes en los que he llegado a éste sitio, como el despertar de un largo sueño—expuso.
—De pronto, heme aquí. Pero siento muy dentro de mí que esos momentos han sido reales—agregó Kívor.
—Y así es—agregó Meild.
—Dígame qué es lo que hay en su mente.
—Un camino. Un carruaje. Yo sentado en él. En el camino no existen casas, sólo árboles y animales—expresó Kívor mirando el techo. Movía sus manos en el aire y hacía gestos que describían la historia que relataba.
—Hemos sido atacados. Eran varios y yo me he defiendo como me ha sido posible. Mas los atacantes eran muchos.
—¿Recuerda los rostros?—preguntó Meild.
—No de los que nos abordaron. Recuerdo una presencia que se acercó luego hacia mí. No tenía rostro. Vestía un atuendo que lo cubría enteramente. Recuerdo a otro que miraba desde lejos, pero que pronto desapareció—dijo Kívor.
—¿No tenía rostro el primero?—preguntó Meild nuevamente.
—No. Había un vacío en su cara.
—¿Ha hablado con él? ¿Ha hablado él con usted?
—No lo recuerdo.
—¿Tiene otra memoria de ellos o de él?
—Después de un tiempo vi el carruaje totalmente incendiado.
—¿Qué ha pasado con los que iban con usted?
—No lo sé. No los vi más después de la depredación. Luego fue como un puente mental. Hubo una ausencia de memorias que me hizo despertar aquí.
—Creo que ahora me es todo algo más claro—dijo Meild.
—Un Akrath ha ido por usted. Se escabullen de noche por los cielos sin ser vistos. Como el humo o el viento, viajan sin ser notados. Llevan soldados con ellos. Sus guerreros han penetrado ya su tierra, escondiéndose en la espesura de los campos, llevando información. Ellos lo querían a usted. El Akrath ha sido enviado a cumplir una misión—dijo Meild.
—Furd los ha enviado. Los Akraths se manifiestan de diferentes formas. Lo que se vea de él depende de quien lo observe. Y será en quien lo observe que se producirán cambios y reacciones en su interior. He allí su cometido. Ellos crean cambios internos. Siembre son temor y miedo.
—Entonces, creo que se ha arraigado en mí de una forma muy fuerte.
—Siendo así, ha cumplido su cometido. El trabajo se ha completado y ha surtido efecto en usted. Pero mi intervención ha sido justa. Solo un momento más y usted habría desaparecido—dijo Meild. Los dos se habían quedado mudos, pensando, meditantes, hundiéndose en sus mentes.
—¿Cómo he llegado aquí? ¿Cómo me has traído aquí, Meild?—preguntó Kívor. Meild meditó.
—Todo aquí es distinto al lugar de donde usted proviene. Incluso es distinto al lugar que era. Solía ser otro sitio éste. Aquí han nacido árboles, han crecido las aguas y han encendido llamas de sabiduría. Sí. Ha habido cosas grandes en éstas tierras—agregó Meild pensando.
—Ahora Furd ha ganado terreno. Esas imágenes y esos sonidos que ha usted oído afuera son sus signos y sus rastros—dijo Meild.
—¿Está usted listo a oír lo que debo decirle?—preguntó lanzando un suspiro. El Rey afirmó con un vaivén de cabeza.
—Ha sido usted arrastrado a la fuerza hacia éste sitio. Los Akraths abren pórticos y secuestran a aquellos a quienes se les ha ordenado raptar. Usted ha sido liberado de ser prisionero de Furd. Yo lo he traído a éste lugar.
—¿Cómo es posible?—preguntó Kívor.
—A través de las Aeshis, acerca de las cuales supongo que ya habrá oído. Por lo que antes le he dicho, existen cosas que no conoce. Este sitio es uno de ellos. Yo he logrado abrir pórticos. Por uno de ellos usted ha llegado aquí—agregó Meild.
—Pues he quedado a la deriva en un laberinto—dijo Kívor. Meild calló.
—Summod es enorme y complejo. Somos insignificantes ante él, aún siendo parte. Lo que pensemos quedará atado a una limitada restricción mortal. Tal vez los Simientes que mueven los hilos jamás querr

án que lo sepamos—dijo Meild. Sus ojos estaban perdidos. Se puso de pié y comenzó a caminar en círculos. Kívor lo seguía con la vista. Meild se había sumido en sus pensamientos. Su mente se escapó, vagando por otros razonamientos. El trato que Summod había hecho con él fue un mar de interrogantes para Kívor, quien levantó la vista y vio entonces a Akelanor. Lo vio sentado, aún meditando. Meild se había ido. Ambos no hablaron, sólo respiraron lentamente.
—Debe usted saber que los Ahlins han desaparecido de Ishnar—dijo Akelanor.
—No, creo que no lo sé. Por los menos, no lo recuerdo—contestó Kívor. Akelanor se puso de pie.
—Debo retirarme. Vendré luego. Descanse y lea lo que usted desee, Su Majestad de Lender Uhr. En un momento estaré aquí nuevamente—agregó. En el corredor anexo, Akelanor se detuvo en su caminar y se dio vuelta para mirar al Rey.
—Sólo le diré una cosa. Aunque no lo recuerde usted, o no lo sepa quizás, los Ahlins están aquí. Su papel en ésta historia volverá a jugarse. Meild vio oscuridad y dolor. Pero también vio una luz de esperanza. Habló algo de un Descendiente. Quizás Meild tiene planeado algo para usted. El lo salvó del Akrath. Sé que usted regresará. Y también los Ahlins. Ya pronto lo sabrá—dijo. Kívor quedó solo en la enorme sala, aún observando al corredor. Sorprendido, intentó comprender lo que le había dicho.

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