El rey de la máscara de oro

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En este libro el lector encontrará máscaras y rostros cubiertos: un rey con máscara de oro, un salvaje con morro de piel, salteadores italianos de rostro pestífero y salteadores franceses con falsos rostros, galeotes con máscaras rojas, jóvenes súbitamente envejecidas en un espejo y una singular multitud de leprosos, embalsamadoras, eunucos, asesinos, endemoniados y piratas, todo lo cual configura una de las obras más notables y desconocidas de la literatura fantástica francesa.

Sus relatos son cortos, "atmosféricos", delicados muestrarios de tiempos y lugares, de sentimientos amables o siniestros, esbozando un eterno trueque de máscaras y rostros, la oscura realidad de la condición humana.

ANTICIPO:
No pongo en tela de juicio el hecho de que en Libia, en los confines de Etiopía, donde viven hombres muy viejos y sabios, aún existan brujerías más misteriosas que las de los magos de Tesalia. Por cierto, es terrible pensar que los encantamientos de las mujeres pueden hacer descender la luna en un estuche para espejos o, cuando está llena, hundirla en un culto de plata, con estrellas mojadas, o freírla como una amarilla medusa de mar en una sartén, mientras que la noche tesálica es negra y los hombres que cambian de piel son libres de vagabundear; todo esto es terrible; pero yo temería menos estas cosas que encontrar embalsamadoras libias en el desierto color de sangre.

Con mi hermano Ofelión habíamos atravesado los nueve círculos de arenas varias que rodean Etiopía.

Existen dunas terrestres que, de lejos, parecen glaucas como el mar o azuladas como lagos. Los pigmeos no llegan hasta estas extensiones; los habíamos dejado atrás, en los grandes bosques tenebrosos, donde el sol no penetra nunca; y los hombres color de cobre, que se alimentan de carne humana y se reconocen entre sí por el ruido de las mandíbulas, están más lejos, en el poniente. Según las apariencias, el desierto rojo en que entrábamos para ir hacia Libia está vacío de ciudades y de hombres.

Caminamos siete días con sus noches. En esta comarca, la noche es transparente y azul, fresca y peligrosa para los ojos, de tal modo que a veces esta nocturna claridad azul inflama las pupilas en el espacio de seis horas y el enfermo no vuelve a ver la luz del sol. Tal es la índole de este mal que únicamente ataca a quienes duermen en la arena y no se cubren el rostro; pero quienes caminan noche y día sólo deben temer al polvo blanco del desierto, que irrita los párpados bajo el sol.

Al atardecer del octavo día divisamos unas cúpulas blancas de pequeñas dimensiones, dispuestas en círculo, en la planicie color de sangre, y Ofelión opinó que valía la pena examinadas. La noche caía rápidamente, como de costumbre en el país libio, y cuando nos acercamos ya estaba muy oscuro. Las cúpulas emergían de tierra y al principio no pudimos encontrar ninguna abertura en ellas; pero en cuanto franqueamos el circulo que formaban, vimos que poseían puertas cuya altura era la de un hombre de mediana estatura y que, sin ninguna excepción, estaban dirigidas hacia el centro del círculo. La abertura de las puertas estaba sumida en la penumbra; pero, a través de orificios muy estrechos practicados en alrededor, pasaban rayos que marcaban nuestras caras como si fueran largos dedos rojos. Asimismo, nos rodeaba un olor que desconocíamos, y que parecía mezclado de perfumes y de corrupción.

Ofelión me detuvo y afirmó que nos hacían señales desde una de las cúpulas. Una mujer que no podíamos ver claramente se hallaba bajo la puerta y nos invitaba a pasar. Yo vacilé, pero Ofelión me empujó hacia ella. La entrada era oscura; y también era oscura la redonda sala bajo la cúpula; y, no bien entramos, la que nos había llamado desapareció de nuestra vista. Oímos una voz suave que pronunciaba palabras bárbaras. Luego, la mujer volvió a presentarse ante nosotros, llevando una humosa lámpara de arcilla. La saludamos y nos deseó la bienvenida en nuestra lengua griega, lengua que hablaba con acento libio. Nos mostró unos lechos de barro cocido, adornados con figuras de hombres desnudos y pájaros, y nos invitó a tomar asiento. Luego, diciendo que iba a buscar nuestra comida, desapareció una vez más, sin que nos fuera posible ver por dónde salía, al débil resplandor de la lámpara depositada en el suelo. Esta mujer tenía cabello negro y ojos de color sombrío, y estaba vestida con una túnica de lino; un cinturón azul sostenía sus pechos y olía a tierra.

La cena que nos sirvió en platos de arcilla y copas de cristal oscuro consistió en rebanadas de pan con higos y pescado salado; la única carne eran saltamontes confitados; en cuanto al vino, era rosado y pálido, al parecer mezclado con agua, y de un sabor exquisito. Ella comió con nosotros, pero no probó ni el pescado ni los saltamontes. Y mientras estuve en la cúpula no la vi comer carne; se contentaba con un poco de pan y frutas en conserva. Sin duda, la razón de esta abstinencia nacía de una repugnancia cuya causa se comprenderá fácilmente a través de este relato; y puede que los perfumes entre los cuales vivía le quitaran la necesidad de alimentarse y la apaciguaran con sus partículas sutiles.

Nos interrogó poco, y nosotros apenas nos atrevíamos a hablarle, pues sus costumbres parecían extrañas. Después de la cena, nos extendimos en nuestras camas; ella nos dejó una lámpara y preparó otra más pequeña para ella misma; luego nos dejó, y pude ver que se internaba bajo el suelo por una abertura situada en el extremo opuesto de la cúpula. Ofelión parecía poco deseoso de responder a mis conjeturas y terminé por dormirme, aunque agitadamente, hasta la medianoche.

Me despertó el sonido de la lámpara que crepitaba, ya que la mecha había ardido hasta el aceite, y no vi a mi hermano Ofelión a mi lado. Me incorporé y lo llamé en voz baja, pero ya no estaba en la cúpula. Salí entonces y me pareció oír lamentos y gritos de plañideras bajo tierra. Ese eco se apagó rápidamente: di vueltas a las cúpulas sin descubrir nada. Pero había una suerte de estremecimiento, algo así como de un trabajo en el suelo, y a lo lejos el triste llamado del perro salvaje.

Me acerqué a uno de los orificios desde los cuales brotaban los rayos rojos y logré subir a una de las cúpulas para mirar en el interior. Entonces comprendí lo extraño de la comarca y de la ciudad de las cúpulas. El sitio que veía, iluminado por hachones, estaba plagado de muertos; y entre plañideras, otras mujeres se atareaban con vasijas e instrumentos. Las veía abrir vientres frescos y extraer las entrañas amarillas, marrones, verdes y azules, y hundirlas en ánforas; las veía introducir un gancho de plata por las fosas nasales y quebrar los delicados huesos de la nariz para sacar los sesos con espátulas, lavar los cuerpos con agua colorida, frotarlos con perfumes de Rodas, de mirra y cinamomo, trenzar el cabello, engomar las cejas y pestañas con color, pintar los dientes y endurecer los labios, pulir las uñas de las manos y pies y rodearlas de una línea de oro. Luego, una vez chato el vientre y hueco el ombligo, en el centro de arrugas circulares, alargaban los dedos de los muertos, blancos y plisado s, les rodeaban las muñecas y los tobillos con anillas de plata, y los enrollaban pacientemente en largas vendas de lino.

De Las embalsamadoras.

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Interplanetaria

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