El Secreto de los Dioses Olvidados

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1929. El Imperio germano-ruso nacido tras la victoria del Kaiser en la Gran Guerra controla desde Berlín casi toda Europa. A lo largo del continente las tensiones entre vencedores y vencidos, imperialistas y bolcheviques, se encuentran en un peligroso punto de ebullición.
En París, eruditos especialistas en la leyenda de la Atlántida han hecho un gran descubrimiento en secreto. Datos que revelan una sorprendente verdad tras el relato de Platón. Pero alguien más está al tanto de sus investigaciones, y quiere apropiarse de ese fabuloso tesoro.
Cuando la conspiración salga a la luz, un joven correo de la Resistencia va a ser la única esperanza de los científicos para proteger el secreto que ocultaban los diarios de un famoso novelista francés. Jean Fontanabella y su improvisado aliado, Marcel DeFer, serán testigos a partir de ese momento de prodigios como ningún hombre recordaba jamás.

ANTICIPO:

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PARIS, 1929

Fuego. Marcel se vio rodeado por fuego allá adonde miraba. Destellos blancos que iluminaban todo a su alrededor, haciendo que el cielo granate resplandeciera en la línea del horizonte. Una sinfonía caótica de luces encendiéndose y apagándose a toda velocidad, en medio de la cual vislumbraba los cuerpos mutilados de sus compañeros. Esparcidos y dislocados, como muñecos rotos a manos de un chiquillo gamberro.
Marcel permanecía tumbado, la barbilla pegada al suelo y la respiración acelerada por lo que se avecinaba. Con la cara hundida en la nieve, se esforzaba por no moverse. Como si eso pudiera hacer que la agitación se detuviera en torno a él.
Apenas unos segundos después la tierra aulló y se estremeció, recorrida por un rugido antinatural, agudo. Se prolongó y estiró hasta ser un chirrido insoportable para los oídos. Entonces, el mundo explotó y se hizo pedazos, sacudido por la fuerza de un titán furioso dispuesto a hacerlo desaparecer. Y Marcel aulló al unísono con la tierra. Su voz, rota en el intento de rivalizar con el lamento del mundo herido. Temblaba a medida que todo lo que le rodeaba era torturado sin piedad por ese todopoderoso verdugo. Hasta que el aire abandonó los pulmones del soldado y su voz se convirtió en un llanto apagado.
Entonces, tan súbitamente como empezó, todo se acabó. Sin embargo, sus oídos seguían repitiendo el macabro concierto que los había ensordecido, negándose a permitirle un descanso. Como tantas veces antes, se permitió creer durante un segundo que había llegado la calma. Que todo el tormento al que era sometido iba a cesar.
Como tantas veces antes, un ruido a su espalda le sacó de su error.
Por el rabillo del ojo, pudo ver la forma que asomaba desde el fondo del cráter. La oscuridad tornada cuerpo físico. Un monstruo frío que ni siquiera reparó en su presencia, pues su atención ya estaba fija en otro punto.
En la gárgola. Conocía aquella forma oscura, alada, y no podía dejar de temerla. En el brillo de sus ojos estaba concentrada la ira más sangrienta. Sus alas quebradas se sacudían como un animal herido, y una enorme estela de sangre se extendía tras de sí. Pero no por ello perdía fiereza su mirada, o resultaba menos amenazadora su presencia. Adentrándose en el cráter. Acercándose hasta donde él estaba.
Debía acabar con ella. Algo en su interior le gritaba para que lo hiciera.
Tanteando con la mano a su alrededor, descubrió el mango de la bayoneta. Aferró el duro y frío acero, y se giró hacia la gárgola. Decidido a enfrentarse a ella.
Gritó, a la vez que se lanzaba al ataque.
La gárgola le respondió con un rugido gutural.

La primera idea que pasó por su mente fue dar gracias al cielo por haber escapado de la pesadilla. Con los ojos cerrados y la cabeza sepultada bajo la almohada, se dio cuenta de que había despertado en posición fetal, acurrucado y encogido. Respiró hondo, se incorporó y salió a la terraza de la habitación deseando desembarazarse de su malestar. Tan sólo llevaba puesto un pantalón oscuro de algodón, desnudo su torso bien proporcionado y los brazos fibrosos, pues la temperatura era agradable. Presagio del inicio de un verano que se resistía a llegar. Encendió un cigarro y se giró hacia la penumbra de la habitación. Entre las revueltas sábanas grises asomaba el cuerpo de su pareja de la última noche, su pálida piel recubierta aquí y allá de pequeñas pecas. Le había dicho que se llamaba Sophie. Y, a pesar de que su físico le hacía parecer más adulta, dudaba que tuviera más de veinte años. Dormía con placidez, sus demacradas facciones cubiertas apenas por la melena cobriza. Una estampa que a Marcel le recordó algunas de esas esculturas de bronce representando a ninfas dormidas. Aún no sabía qué le había llevado hasta allí. Por qué ignoró su primer impulso de hacer oídos sordos a las groseras proposiciones de Sophie, como tantas veces había hecho con chiquillas como aquella. Aspiró una larga calada, y volvió a sopesar si debía culpar a las muchas copas de absenta. Desechó la idea casi al momento, recordando el rostro cubierto por un exceso de maquillaje. Los profundos ojos del color del océano. El tono retador de sus palabras al abordarle en las proximidades de Montmartre. El descaro al pedirle un cigarro… Aunque quisiera, no podía negar que se había dejado llevar por un arrebato irrefrenable. Recordaba haber derrochado mucho de su salario en pagar alcohol para los dos, si bien lo ocurrido en aquella habitación estaba envuelto en una profunda neblina, sobre la que sólo podía hacer elucubraciones.
—Otro recuerdo olvidado —se dijo, con sorna.
Tras una última y profunda bocanada, arrojó la colilla a la calle. En el cielo, el sol del atardecer brillaba sin más compañía que alguna nube aquí y allá. Con calma, recogió el resto de sus prendas de encima de la única silla y se vistió sin perder un instante.
Contempló por última vez a la joven, evitando preguntarse qué le había traído a ella hasta aquel cuartito pintado de orín y humedad. En qué condiciones se había producido las visibles cicatrices de sus muñecas. Buscó tres billetes de un marco y los dejó junto al dinero que le había pagado por sus servicios. Entre el tumulto de frascos de perfume, peines, barras de labios y ropa interior barata que se disputaban un lugar sobre la estrecha cómoda desportillada. Lo fuera o no, Marcel creía que era otra víctima de la guerra del 14. Una más de la generación de huérfanos que habían sido abandonados en la calle. En aquel día se merecía un trato mejor.
Abrió la puerta en silencio. Antes de marcharse, arrancó la hoja del almanaque que colgaba al lado. El papel trazó un veloz bucle en el aire, y quedó boca arriba sobre unos zapatos de tacón sucios y desgastados que no recordaban si eran azules o negros. El 13 de Julio de 1929 había pasado definitivamente.

Con la chaqueta al hombro, se colocó el gastado sombrero de fieltro y se alejó. Edificios precariamente apuntalados le salieron al paso, recuerdos vivos del bombardeo de París. Aquella zona en concreto no había merecido la atención del gobierno de ocupación y, por tanto, no se había realizado obra de reconstrucción alguna en los alrededores. Marcel agradeció que, a falta de iluminación artificial, la luna se encontrase en fase de cuarto menguante. Así no tuvo que contemplar el doloroso espectáculo al que había sido condenado uno de sus edificios más representativos. La antaño altiva Notre-Dame personificaba ahora el cuerpo mutilado de un agonizante espíritu francés. Los artilleros alemanes no habían mostrado respeto alguno por aquel tesoro, alcanzando los muros con varios obuses y afectando a la estructura de la catedral. La torre que antaño saludase al Sena a su paso se encontraba reducida a una montaña de escombros, dejando huérfana a su hermana gemela, no menos lastimada por las explosiones. A pesar de los continuos ruegos de los responsables eclesiásticos ante el gobernador, nada se había hecho para restañar las graves heridas ocasionadas al templo en 1.914. Rumores crecientes aseguraban que los alemanes estaban estudiando el modo de demolerla y transportar las partes en buen estado hasta uno de los museos de Berlín. Lo único cierto era que la entrada había sido prohibida por amenaza de derrumbe y permanecía custodiada por una docena de guardias de ocupación. Tales cuidados se antojaban ahora excesivos, cuando era de dominio público que todos los bienes susceptibles de ser transportados habían sido escrupulosamente saqueados. Ante las acusaciones vertidas al respecto por una misiva vaticana, el General Von Bülow lo calificó de obra de un indisciplinado batallón no identificado. Desde su posición Marcel podía ver a una pareja de soldados. El resto de la guarnición descansaba por la noche en lo que había sido la sacristía.
El aire nocturno le hacía llegar el frío de las aguas del Sena, así que levantó las solapas de su chaqueta. Su cita se estaba retrasando. Un viejo oficial del ejército, al que conocía de su época como prisionero de guerra. Le había abordado cerca de su pensión y, mientras repasaban la situación del país tomando unas copas, el capitán Lefebre le emplazó para volver a verse. Le insinuó que podía presentarle a alguien y ofrecerle un trabajo mejor que vigilar un almacén. Un trabajo digno de un militar. DeFer tenía una idea bastante aproximada de cuál podía ser su propuesta. Sabía de las actividades de resistencia contra la ocupación que nacían aquí y allá. Todos eran perseguidos y condenados duramente por los servicios de inteligencia alemanes.
Encendió un cigarro, y levantó la vista para mirar de nuevo hacia el mancillado templo. Se esforzó por encontrar en algún rincón de su memoria recuerdos anteriores a la guerra, pero todo en vano. Le resultaba imposible rememorar el aspecto de Notre-Dame en sus días de esplendor. Sin dejar de observarlo, lanzó una bocanada de humo e inspiró el brumoso aire. Le llegó el olor a tableros quemándose desde la improvisada lumbre de unos mendigos en la zona de los diques. Fue ese aroma a madera ardiendo el que evocó en su cabeza una imagen nítida y viva como sólo la mente es capaz de plasmar. Recordó entonces el aspecto de la solemne fachada. La admiración que sentía al contemplar el bellísimo rosetón multicolor. La sensación de insignificancia que le embargaba al situarse junto a tan majestuosa estructura. La memoria le devolvió asimismo el jolgorio de puestos de mercachifles anunciando las bondades de sus productos bajo toscos toldos de tela. Y una voz llamándole, entre el gentío que acudía vestido con sus mejores galas para el servicio.
—Perdone, señor. Es usted Marcel DeFer. ¿Me equivoco?
La mano que estaba sacudiéndole el hombro le sacó de su ensoñación. Al girarse, se encontró frente a un hombre que rondaba los veinticinco. Su aspecto permitía adivinar que disfrutaba de una vida acomodada, pues vestía un traje de lino blanco que parecía hecho a medida, de corte elegante.
—¿Quién es usted? ¿Nos conocemos? —le preguntó.
—Mi nombre es Jean Fontanabella, de Toulouse. Vengo en nombre del capitán Lefebre. ¿No se acuerda de mí? Usted no ha cambiado en absoluto.
Al tiempo que se presentaba, le tendió la mano. Marcel valoró durante unos segundos la impresión que le producían aquellos ojos, antes de extender la suya para estrechársela.
—Lo siento, pero no recuerdo su cara. Sufro de amnesia desde que fui herido en el cerco de Reims, y todos mis recuerdos anteriores son… Borrosos, por decir algo. Tiendo a mezclar lo vivido con datos que leí en los libros, señor Fontanabella —su joven acompañante permaneció callado, el rostro serio y la mirada fija en Marcel.
—Lamento decírselo, pero ha ocurrido una grave desgracia esta mañana. El capitán ha sido asesinado por guardias de ocupación. Se vistió con el uniforme del ejército francés, y provocó a los soldados alemanes para que le atacaran. No le puedo contar más, pero parece que ha sido un acto suicida.
La frase turbó a Marcel. Si había acudido a la cita era por el respeto que le merecía Lefebre, y ahora estaba muerto. Fontanabella reanudó su conversación en el mismo tono de voz, teñido ahora de amargura.
—Me temo que, al pedirle ayuda para cumplir mi misión, lo que conseguí fue avivar los rescoldos del orgulloso militar que nunca dejó de ser. Así que, en parte, me siento culpable por lo ocurrido.
—¿Qué ha querido decir al hablar de una misión, señor Fontanabella?
—Si quisiera acompañarme, puedo explicárselo durante el viaje.
Señaló entonces un automóvil de techo cerrado, aparcado a unos metros. Una vez dentro del auto, el joven siguió hablando.
—Espero que se dé cuenta del terrible riesgo al que me voy a exponer al confiar en usted, monsieur DeFer. Lo hago porque la palabra del capitán Lefebre sobre su lealtad me basta. Y sé que esto puede resultarle algo precipitado, sobre todo teniendo en cuenta que no nos veíamos desde hace tanto… —le confesó Fontanabella. Sacó de su chaqueta una pequeña pitillera plateada con las esquinas labradas en una sencilla filigrana de espigas, la abrió y le ofreció un cigarrillo que Marcel aceptó con una sonrisa amable.
El motor ronroneó con placidez al avanzar por la avenida. Tan sólo algunos peatones taciturnos deambulaban sin destino aparente. Jean volvió a mirar al veterano. Al comentar que su aspecto no había cambiado después de una década, no había sido educado. Realmente le veía tal y como le conoció por primera vez, en el hospital de campaña. Las cicatrices ya habían sanado, y sólo eran líneas dibujadas sobre su rostro y sus brazos. Pero conservaba la misma apariencia de diez años atrás.
Durante casi una hora, Marcel escuchó con atención la narración que Fontanabella le hizo de sus motivos. La confesión sobre su pertenencia al Mixed Bureau. Una organización anglo-francesa clandestina dedicada a apoyar el sabotaje y el espionaje en las tierras del Káiser y la Zarina. Una agencia que no debería existir. Las cláusulas del Tratado de Auxerre habían prohibido a las potencias derrotadas la creación, o el mantenimiento, de tales actividades dentro del territorio del Imperio Ruso-alemán. Mientras charlaban, rebasaron los límites del casco urbano. Por calles en penumbra donde no se adivinaban ni las figuras de transeúntes. Junto a casas desperdigadas, que sólo permitían columbrar retazos de luz a través de los postigos de madera.
Cuando Marcel quiso saber por qué no había recurrido a los recursos del MB, le reveló que se trataba de una misión en la que se había embarcado a título personal. Que una filtración había provocado la muerte de su enlace cuando se disponía a entregarle información muy importante de la resistencia contra Alemania. Que desconocía quién había sido el traidor, y por eso dudaba si debía desvelar ningún dato a sus contactos. Esa era la razón por la que había recurrido al capitán Lefebre. Un hombre al que conocía de su etapa como médico cirujano en el hospital de campaña de París. Le declaró a Marcel sus esperanzas de recibir noticias favorables sobre la viabilidad de una nueva forma de energía. Una totalmente desconocida para el resto de la comunidad científica. Un descubrimiento capaz de relegar al carbón y al petróleo al olvido. El veterano soldado comprobó cómo se iluminaba el rostro de Fontanabella, excitado ante las posibilidades que eso suponía, y que le desglosó en detalle.
Una flota más poderosa que ninguna otra antes conocida surcaría los mares. Capaz de mandar a pique acorazados. De bloquear el comercio de los enemigos de Francia y sus aliados.
El coche tomó un desvío. Tras atravesar una carretera pavimentada que se estiraba a lo largo de varios kilómetros, se aproximó hasta un grupo de casas que asomaban espaciadas a lo largo del camino. Un centenar de metros más allá, se detuvo. Jean señaló hacia una de las viviendas, de dos plantas, que se recortaba contra el resplandor de la luna, al final de un corto sendero.
—Es aquí. El doctor Rechenbaum nos debe de estar esperando— cuando Marcel salió del vehículo, le miró y añadió— aún está a tiempo de reconsiderar su decisión, señor DeFer. Puede dar media vuelta y regresar a París, a su vida normal. En cuanto atraviese el umbral de esa puerta, formará parte de la misión y pondré en conocimiento del MB su implicación.
—Ahora mismo, sólo soy un veterano de guerra amnésico. No tengo familiares que pudieran llorar mi muerte, o al menos no recuerdo dónde encontrarlos. Implicarme en esta misión será lo más parecido a un proyecto de futuro que pueda recordar en una década. Me quedo.

La puerta gruñó apenas sobre sus goznes cuando Marcel la empujó, abriéndole paso a la casa en penumbras. Dubitativo, dio un primer paso hacia el interior. al ver que nadie parecía haber escuchado sus llamadas.
—No se oye nada…
Jean se encogió de hombros bajo el marco de la puerta, escrutando el interior desde donde estaba.
—Espero que no se haya equivocado de dirección, se

e;or Fontanabella— murmuró—. Nos podemos buscar un buen problema si no es la casa de los Rechenbaum…
—Pensaba que se fiaría un poco más de mí, teniente— le espetó el joven, acercándose despacio al centro del recibidor—. Ya he estado aquí un par de veces…
Aún así, los dos hombres se movieron en silencio. Sin decirse nada, habían convenido en la necesidad de no hacerse notar todavía. Con un gesto, Fontanabella señaló una puerta y le indicó a DeFer que la abriese.
—Es el salón. Espero que no se asusten al vernos aparecer así… —murmuró.
Marcel cogió la manija de bronce y, con mucho cuidado, la hizo girar hasta que la puerta se abrió. Tiró entonces de ella y se asomó al interior de la habitación.
—Me parece que… —las palabras parecían negarse a salir de su boca—. Rechenbaum ha recibido una desagradable visita, señor Fontanabella.
Cuando miró al interior de la estancia, el joven temió desplomarse en el suelo. Por todas partes se extendía el brillante color carmesí de la sangre fresca, mezclada con restos humanos. Dos bultos inertes atados en sendas sillas, era todo a lo que habían sido reducidos los habitantes de la casa.
—¿Reconoce a alguien? — le preguntó Marcel a Jean, que negó con la cabeza.
Fontanabella temía mirar hacia los cadáveres atados a las sillas, por si lo que veía le hacía desmayarse. El veterano se movió mientras tanto, procurando no mancharse con los restos esparcidos. Incluso la mesa, esmeradamente colocada, estaba moteada de sangre. Cubría por igual cubiertos, platos, y servilletas. Hasta manchaba el salmón que esperaba a ser servido dentro de una fuente de cristal.
—Han degollado a la mujer. También le hicieron muchos cortes por el cuerpo —le explicó Marcel, fijándose en el cadáver más cercano. La cara se le había quedado pálida, y hablaba con un hilo de voz, como si temiera despertar a alguien—. ¡Dios Santo! Si el hombre era Rechenbaum, ni siquiera usted podrá reconocerle. Tiene el rostro totalmente desfigurado por los golpes. Creo que les han torturado.
—Si no le importa, me daré por satisfecho pensando que tiene razón. Se me está revolviendo el estómago. No veía nada parecido desde que estuve en la guerra.
Un murmullo ahogado les hizo girarse al unísono.
—¿Qué ha sido eso? —dijo Jean, expresando en voz alta la pregunta que ambos se habían hecho.
—No lo sé. Pero diría que hay alguien más en la casa.
Los dos hombres se quedaron quietos durante un instante. Miraban a un lado y a otro con nerviosismo, sin atreverse ni a moverse.
—¿Cree que puede ser el que ha hecho… esto? —volvió a inquirirle Jean, esta vez en voz más queda.
Antes de que Marcel alcanzase a responderle, volvió a escucharse el mismo sonido. Parecía una voz humana, aunque muy amortiguada.
—Si es el causante de esta carnicería, espero por su bien que sepa correr —respondió el soldado, dirigiendo sus pasos hacia el pasillo. Llevaba cuidado en no pisar la sangre y los cuerpos de aquellos infortunados. Se volvió un momento hacia su compañero. Por unos segundos pareció meditar lo que iba a comentarle, mirándole a él y a la estancia alternativamente. Luego, se giró hacia la estufa y cogió el atizador, sujetándolo con fuerza—. Debería buscar algo con lo que defenderse. No sabemos quién es, o si está armado sólo con un cuchillo…
La advertencia de Marcel sonó bastante sensata, y Jean se sintió como un completo estúpido al no haber pensado antes en ello. Por desgracia, el atizador parecía ser lo más cercano a un arma que se podía encontrar en aquella habitación. Volvió a examinar el mobiliario, y se fijó en un viejo candelabro sobre la mesa, del tamaño de su antebrazo. Lo agarró, haciendo caer la vela, y al sopesarlo se alegró al comprobar que era de bronce. Sintiéndose más seguro, se unió a Marcel en el pasillo. No había luz allí, así que toda la iluminación de que disponían era el exiguo resplandor que les llegaba desde el salón.
La pareja avanzó en silencio, atentos a cualquier movimiento extraño. Marcel aferraba el atizador, y sujetaba su arma dispuesto a defenderse de un ataque por sorpresa. Notó cómo una primera gota de sudor le caía desde la frente, bajando por su mejilla hasta resbalar por el cuello.
Cuando la voz volvió a escucharse, pudo situarla con exactitud.
—La habitación del fondo —murmuró, procurando que sólo pudiera escucharle Fontanabella. Imaginar que otra persona pudiera estar aguardándoles, armado, del otro lado de la puerta, le hizo ser consciente de su nerviosismo. Sentía su corazón acelerando el pulso. Entonces comprendió que no era una sensación nueva. Aunque hubiese olvidado sus experiencias de combate durante la guerra, supo que estaba reviviendo un momento similar de su borroso pasado.
Al llegar junto a la puerta, el sonido se hizo reconocible. Del lado opuesto le llegó con claridad un jadeo ronco, corto, similar a alguien tomando aire después de haberse sumergido largo tiempo bajo el agua. Dado que el pasillo no era muy ancho, los hombres bloqueaban la escasa luz que alcanzaba a llegar hasta allí. Se miraron, y blandieron sus improvisadas armas.
—¿Listo? —inquirió Jean con un hilo de voz, sujetando el tirador con tanta precaución que se habría dicho que el metal estaba incandescente.
Marcel asintió lentamente, a la vez que tomaba aire.
Alzando un grito a la par, Fontanabella tiró de la puerta hacia sí y su compañero se precipitó hacia delante con el atizador enarbolado a modo de lanza sobre su cabeza.
Movido por el instinto y el nerviosismo de la situación, Marcel lanzó un golpe. Erró el blanco por escasos centímetros, antes de ser consciente de lo que pasaba. La persona que yacía a su paso apenas fue capaz de articular un chillido ahogado. A sus pies, recostado sobre la pared, un hombre suplicaba a duras penas con el rostro y el pecho ensangrentado.
—¡Por favor, no me maten! ¡Por favor, no me maten! —chillaba desesperado sin parar, cubriéndose el rostro con las manos y temblando sin cesar. Marcel dejó el atizador en el suelo y se arrodilló junto a él. Una lámpara de gas iluminaba sutilmente aquel tramo, de forma que pudo ver al extraño y estimar mejor el alcance de sus heridas.
—Calma, señor, no vamos a hacerle daño —le dijo, y al posar su mano sobre el hombro del herido éste se volvió aterrado, dejando a la vista el espantoso aspecto que ofrecía su cara.
La sangre le manaba a borbotones de un inmenso corte que le surcaba de lado a lado el rostro, pasando por las cuencas de los ojos. Los globos oculares le pendían como una pasta parduzca sobre las mejillas. Aunque estaba cubierto de sangre, Marcel pudo calcular que era de su misma edad.
—¡Dios mío, es el señor Biedermann, el ayudante de Rechenbaum! —exclamó el joven, reconociendo la voz y las desfiguradas facciones—. ¿Quién le ha hecho esto?
Las palabras de Jean parecieron obrar como un sedante en el herido, pues se volvió hacia él y estiró sus manos para aferrarle por la chaqueta, impregnándola de sangre.
—Por favor —les suplicó, y tras un acceso de tos empezó a sangrar por la boca—. Yo no sabía que esto iba a ocurrir, señor, lo juro… —Marcel reparó entonces en que, del pecho, le sobresalía un objeto cilíndrico similar a una tubería de alambique, que había rasgado la camisa a la altura del esternón— … tienen a mi hija, señor, tienen a mi Susanna… —continuó diciendo, entre gimoteos, mientras se esforzaba en escupir la sangre que le ahogaba y manoteaba a ciegas.
—Está usted gravemente herido —aseveró Jean, en lo que no era más que una corroboración de lo evidente para todos—. Y nosotros necesitamos saber qué ha ocurrido aquí. No podemos prestarle ninguna ayuda ya, pero usted nos puede colocar en el camino correcto para vengar sus muertes, señor Biedermann.
Marcel se impresionó por la frialdad que demostraba Fontanabella en semejante situación. Pero comprendió que, habiendo estado en un hospital de campaña, su mente debía de haberse endurecido a base de contemplar escenas aún peores. Por su parte, Biedermann gorgoteó unos segundos intentando tomar aire y se estremeció antes de articular sus siguientes palabras.
—Susanna. Salven a mi Susanna. Yo no sabía que iban a hacerle eso al señor Rechenbaum. No lo sabía— se interrumpió, y sólo se escuchó el silbar de su respiración—. Se la llevaron para curarla, para terminar con sus alucinaciones… Búsquenla… Él se la llevó… años…
—¿Él? ¿Quién? —le interrogó de nuevo Jean, sin poder contener la tensión del momento—. ¡Díganos algo más, por favor!
Otro acceso de tos, más intenso, hizo retorcerse con violencia al señor Biedermann. Bajo su cuerpo, un extenso charco de sangre crecía a ojos vista.
—Me juró que la curaría si le contaba lo que hacíamos aquí… —extendió una mano temblorosa hacia el otro lado del pasillo—. … Pero se la llevó y ahora nadie podrá salvarla… —su mano aflojó la presión sobre la chaqueta de Fontanabella y se desprendió fláccidamente. Tomó aire una última vez, y de entre los labios anegados en sangre aún logró escapar un último ruego—. Sálvenla.
Marcel resopló al incorporarse, sorprendido al ver que las piernas no le flaqueaban. El rostro de Biedermann, aún congelado en su postrera expresión de súplica, no había logrado afectarle los nervios, lo que agradeció con un suspiro de alivio.
—He estado a punto de matarle yo mismo —murmuró, recapacitando. Aún notaba su pulso acelerado, y procuró no pensar en el irracional comportamiento con el que había respondido ante la presencia del desventurado ayudante—. Si no hubiese fallado el golpe, no nos habría llegado a contar nada.
—No estoy seguro de qué es de lo que ha intentado advertirnos, la verdad. Pero es evidente que Biedermann ha estado traicionando al profesor Rechenbaum —se encogió de hombros mientras hablaba—. Quizás si tuviéramos más información… A lo mejor, en su casa.
Marcel convino en silencio al escuchar las elucubraciones de su compañero.
—A ver si… —Jean metió la mano en los pantalones del difunto, sacando un manojo de llaves que tintinearon antes de que las guardara en su propia chaqueta. Buscó entonces en los demás bolsillos, hasta que se volvió y le mostró a Marcel un pequeño cartón—. Supongo que necesitaremos la cédula de identidad si queremos localizar su casa…
E, incorporándose junto al más tranquilo DeFer, se guardó el documento.
—¿Qué hacemos ahora?
—Se supone que yo he venido sólo para guardarle las espaldas, amigo Fontana — le respondió, eludiendo claramente ninguna responsabilidad—. Usted es el que dicta las órdenes.
—En cuanto se sepa lo ocurrido, los inspectores de la policía pondrán la casa patas arriba y no podremos volver a entrar. Si aún queda algo aquí que nos pueda ser de alguna utilidad, mejor será que lo encontremos ahora que tenemos las manos libres para registrar todo el lugar.
Marcel sonrió con franqueza.
—¡Eso es pensar con lógica, vaya que sí! Me parece que quienes le alistaron para el MB vieron claramente sus virtudes ¿o acaso ha recibido algún tipo de instrucción en métodos de espionaje?
—Sólo me han dado algunos consejos… Como le he dicho, mi cometido en el Mixed Bureau no es más que el de simple correo —respondió Jean—. Si he sido capaz de hurgar entre las pertenencias de un difunto, se debe a mi experiencia en los hospitales de campaña. En demasiadas ocasiones, he vaciado los bolsillos de un soldado para que el oficial responsable pudiera cumplir con el protocolo de informar de su muerte.
Marcel hizo una mueca y apoyó la mano en el hombro del médico, palmeándole con calidez. Luego, observó un reguero de sangre en el suelo. Recorría toda la longitud del pasillo hasta unas escaleras que bajaban al fondo, y se lo señaló a su compañero.
—Ya me había fijado en ello. Por lo que sé, Rechenbaum estaba llevando a cabo sus estudios a escondidas. No me parece descabellado suponer que esas escaleras nos conduzcan a su laboratorio.
—Eso parece muy prometedor —apuntó Marcel—. Pero también hay que tener en cuenta que él— y señaló el cadáver del ayudante— venía de allí con toda seguridad. Puede que aún esté abajo el que los ha matado a todos. Deberíamos volver a coger nuestras armas.
Bajaron un primer tramo compuesto por más de una docena de peldaños de madera, sobre los que brillaban gruesas gotas de sangre. En la barandilla, las manchas formaban largos rastros dibujando el contorno de una mano. Al bajar el último escalón se encontraron con un pasillo de piedra irregular, formado por muros de adobe de aspecto viejo y gastado.
—Supongo que Rechenbaum aprovechó este sótano para sus propósitos.
—Desde luego, aparenta ser más antiguo que el resto de la casa —señaló Jean, esforzándose por atisbar en la intensa penumbra, pues sólo un par de lámparas de gas alumbraban tenuemente a la pareja de hombres.
Marcel había vuelto a sujetar la barra de metal en un ademán defensivo. Al final del corredor, una puerta de hierro entreabierta era el único obstáculo que se interponía entre ellos y lo que hubiera más allá.
—Huele a quemado. ¿No lo nota? —comentó Jean, asiendo el pomo—. Y hace más calor.
—Es cierto. Pero creo que el olor me recuerda más bien… a pólvora.
—Comprobémoslo pues.
Jean empujó la puerta, que cedió sin ofrecer resistencia. Tan sólo emitió un gemido al girar sobre sus goznes, dando un corto tañido cuando golpeó contra el muro. Tal y como temía Fontanabella, el aspecto de lo que, sin duda, había sido el laboratorio del profesor Rechenbaum, era desolador. Una mesa, y todo el instrumental que había soportado, yacía volcada en el suelo. Carpetas y archivadores se veían desparramados cuán hojarasca otoñal, esparcidos aquí y allá. Un armario de herramientas estaba ahora vacío. Al lado, sólo dos delantales oscuros y sendas máscaras protectoras parecían haber conseguido permanecer en su sitio. El olor al que se había referido el doctor era más intenso allí dentro y, tal y como había observado su compañero, eran perceptibles trazos de pólvora.
—Me temo que tenía razón, amigo Fontana. Se nos han adelantado completamente.
Bajaron los toscos escalones de madera que daban paso a la estancia, y se pusieron a buscar entre aquella batahola de restos. Marcel se acercó hasta la mesa derribada y la inspeccionó de cerca.
—Algo explotó encima —comentó en voz alta—. Tiene una quemadura muy grande, y la madera está partida. También veo unos orificios de bala… Yo diría que dispararon contra la mesa e hicieron explotar algún aparato que estaba encima.
Jean se acercó al otro lado del laboratorio y desde allí le hizo señas a su compañero para que se acercase, lanzando juramentos e imprecaciones a la vez.
—¡Demasiado tarde, maldita sea! Han robado los documentos que guardaba en la caja fuerte.
En efecto, la puerta había sido brutalmente forzada y no quedaba nada en su interior. Muy cerca, un charco de sangre cubría el revoltijo de hojas de papel e instrumental que permanecía esparcido por esa zona.
—Aquí debieron de herir a Biedermann.
Fontanabella seguía buscando entre los restos, echando la vista de un lado para otro con cada paso que daba.
—¿Ha oído eso? Es un murmullo mecánico…
La pregunta de Marcel le hizo detenerse y concentrar su atención. En un principio, sólo alcanzó a escuchar el ruido de los generadores eléctricos que reposaban en uno de los muros. Algunos de los gruesos cables que partían de su armazón colgaban ahora del techo, chisporroteando a intervalos regulares.
Unos segundos después, pudo oírlo. Le recordó la melodía de una caja de música, aunque su tono era algo más grave, menos cantarín.
—¡Qué extraño! ¿De dónde proviene?
DeFer señaló unos grandes arcones metálicos en el extremo contrario del laboratorio. Parecidos a calderas, los rodeaban esferas con indicadores numéricos y otros aparatos de medición. El joven notó un enorme calor desprendiéndose de aquellos artefactos y pudo corroborar que era allí donde se originaba el peculiar sonido.
—Suena más rápido… —comentó Marcel.
Ciertamente, la desconocida melodía no había variado su tono. Pero tomaba más y más velocidad, de modo que las notas se agrupaban progresivamente, sonando muy deprisa. A un metro de la caldera, el calor dolía.
—No había visto nunca nada parecido. No hay ninguna portezuela para cebar el combustible. ¿Qué cree que es?
Fontanabella se puso al lado de la máquina. El rostro se le había enrojecido, y le caían gruesas gotas de sudor. Acercó la mano derecha con la intención de tocar el armazón, pero tuvo que retirarla sin tan siquiera rozarlo. Aún así, sonrió.
—Este debe ser uno de los prototipos de Rechenbaum. Quien quiera que le haya matado, seguramente no tenía medios para llevárselo y lo tuvo que abandonar.
—Ha vuelto a acelerarse —subrayó con temor Marcel. El estómago le daba vueltas y notaba la lengua áspera. Se apartó unos pasos, pensando que no era más que fruto del calor, pero sin éxito—. Creo que deberíamos pararlo.
Como si pudiera entenderle, una válvula de seguridad silbó furiosa detrás de él, liberando vapor y sobresaltándole. La aguja del reloj pugnaba por ascender por encima de la zona roja, en una muda carrera que parecía llevar a todos los indicadores inexorablemente por el mismo camino. Por desgracia, DeFer no veía ningún interruptor o cuadro de mandos cerca. El creciente calor le obligó a retirarse y, además, temía que se abriera otra válvula de seguridad y el vapor le abrasara.
—¡Los generadores! Si los apagamos, quizás se detengan —gritó Jean.
Corrió y tiró del primer interruptor. Se apagaron algunas bombillas y unos pocos cables del techo dejaron de chisporrotear, pero no ocurrió nada más. Tiró entonces del segundo, murmurando inconscientemente una oración.
El sonido del motor se ahogó unos segundos, de modo que las notas se escucharon más lentas. Las esferas detuvieron también el frenético baile de las agujas. Jean sonrió aliviado. A su lado, Marcel aún permanecía lívido.
Y de pronto, una de las válvulas de seguridad explotó. Al mismo tiempo, la melodía se disparó. Apenas era posible distinguir las notas. La sala empezó a llenarse de vapor ardiente y nuevas válvulas reventaron entre la niebla, convirtiendo el laboratorio en una sauna. Las paredes de la caldera comenzaron a tornarse rojizas, y después anaranjadas, con un brillo que se hizo visible incluso a través de la bruma de vapor.
—¡Vámonos, Jean! Si no lo hacemos ahora, moriremos.
Asió al joven del hombro, y tiró de él con tal brusquedad que a punto estuvo de derribarle. Para cuando quiso protestar, le había empujado al pasillo y corrían hacia las escaleras. Detrás de ellos, nuevas explosiones se iban encadenando una tras otra.
Pasaron por encima del cadáver de Biedermann cuando las paredes del motor se fundían, brillando al rojo vivo. Papeles húmedos por el vapor se inflamaron instantáneamente, y las notas se unieron en una sola, un chillido que se repetía cada segundo.
Cuando el interior incandescente se hizo visible, Jean intentaba poner en marcha el motor del automóvil tan aprisa como podía, seguro de estar escuchando su aguda advertencia.

Para los escasos habitantes de Noisiel que no dormían a esas horas de la noche, lo sucedido en la casa Rechenbaum se convirtió en un enigma que perviviría sin explicación durante años. El único testigo directo fue el sacerdote de la iglesia local, un astrónomo aficionado, y le faltaron las palabras para describir lo que vio. Tan sólo pudo referir el estruendo, similar a un proyectil cayendo a tierra, que le había llamado la atención, y cómo después había visto una enorme columna de fuego alzarse desde la casa hasta una altura imposible de estimar. El resplandor de aquel estallido le cegó durante varios minutos. Cuando se unió al resto de curiosos alrededor del cráter surgido allí donde antes se levantaba una casa, pudo calcular la magnitud de lo ocurrido. Ni siquiera los cimientos se mantenían en pie. Las casas adyacentes mostraban sus fachadas ennegrecidas, en los casos más afortunados, o se habían derrumbado, como había pasado con las inmediatamente más próximas. La tierra estaba desnuda. Hasta la brizna más insignificante estaba carbonizada. Los árboles jóvenes habían sido arrancados, y sólo los más gruesos de entre los viejos no se veían derribados o quemados por entero.
Entre la población se asentó la opinión de que algún extravagante invento del profesor Rechenbaum, conocido por sus trabajos para mejorar máquinas y motores, le había explotado en las narices llevándose con él a su amable esposa hasta la otra vida. Estudiantes venidos de París y otros lugares de Francia llegaban para estudiar el cráter. Lo fotografiaban y buscaban en las palabras de los habitantes testimonios que lo equiparaban con algo ocurrido en un bosque de Siberia. Pero nadie sabía decirles nada que les satisficiera.
El sacerdote nunca compartió ninguna de esas ideas, y moriría sospechando que la verdad oculta bajo ese ennegrecido agujero superaba con mucho las elucubraciones de aquellos charlatanes.

REVESES
Jean se giró apenas un segundo, vigilando nervioso la carretera que habían estado recorriendo a toda velocidad. Llegar a los suburbios de París no le hizo sentirse seguro. Por eso no se había decidido a detenerse, a pesar de haber recorrido buena parte de sus avenidas varias veces. Aunque quisiera negarlo, seguía afectado por la conmoción de todo lo que le había ocurrido.
—Y bien, ahora ¿qué hacemos? —le instó Marcel, rompiendo el silencio—. Han matado a su colaborador. Y dudo que nunca encontrásemos entre los escombros de la explosión nada sobre esa investigación secreta que le iba a revelar. ¿Termina aquí su misión?
El joven crispó la mandíbula, y sus nudillos palidecieron al sujetar con todas las fuerzas el volante. Detuvo con un frenazo en seco el coche, de tal manera que a punto estuvieron de perder el control y colisionar contra la acera. Después, apagó el motor y se volvió hacia su acompañante.
—Sé que para usted la muerte de Rechenbaum y Biedermann no resulta tan cercana como para mí, pero me deja atónito la frialdad con que se está tomando lo ocurrido, teniente.
El reproche no pareció afectarle demasiado.
—Amigo Fontana, no me ha entendido bien. Estoy aquí porque usted me lo pidió, pero también porque quiero ver que los boches desaparecen de este país —sacó la petaca del bolsillo y se despachó un buen trago—. Han estado a punto de hacerme explotar junto con esa casa, y me temo que los responsables no han sido precisamente franceses. Lo que quiero saber es si todo su plan se ha ido al traste y piensa seguir conduciendo por Paris sin más, o si acaso tenemos alguna posibilidad de devolverles el golpe.
El tono de furia con el que le respondió Marcel logró arrancar una sonrisa a Jean, que se rehízo momentáneamente.
—Si en la casa había algún dato sobre el progreso de las investigaciones de Rechenbaum, tal y como ha dicho ahora no serán más que cenizas.
—¿Y en casa de su ayudante? Al fin y al cabo, ha confesado que estaba entregando los datos a otras personas…
Fontanabella asintió, y un hálito de esperanza asomó en sus ojos.
—Es cierto… Puede que disponga allí de copias de los informes. Algo que nos pueda guiar en el camino correcto.
—¿Y cree que los que le mataron habrán pensado en eso también?
Jean se encogió de hombros y volvió a poner en marcha el auto.
—No sé, pero quizás tengamos suerte y no se les haya ocurrido todavía. Además… —sacó la documentación y el manojo de llaves que se había llevado del cadáver— … tenemos todo lo que necesitamos para descubrirlo. Pero habrá que darse prisa.
Marcel se acomodó en el asiento, con una expresiva sonrisa y los ojos brillantes, iluminados por una viveza que su compañero sólo pudo achacar a la esperanza en una futura revancha.
—Y tampoco podemos olvidarnos de lo que dijo sobre su hija. Si la encontramos, no sabemos cuántas cosas más nos permitiría averiguar —añadió Jean, reviviendo por un instante la estremecedora imagen de aquel padre suplicando por la salvación de su hija. De inmediato, el resto de visiones dantescas a las que se había enfrentado a lo largo de aquella noche le asaltaron. Con el dorso de la mano se limpió disimuladamente la lágrima que comenzaba a resbalar por su mejilla. Se prometió a sí mismo que procuraría por todos los medios que nadie más muriera—. Esperaremos a que amanezca para no despertar muchas sospechas, y luego entraremos en su casa.
Aunque ya no estuviera allí, si miraba por el espejo retrovisor temía volver a ver el resplandor, vivamente rojizo, que les había acompañado durante gran parte de su huída de Noisiel, señalando el punto que una vez ocupara la casa del profesor Rechenbaum.

Vista desde el exterior, la factoría Humboldt-Fach se asemejaba a un transatlántico preparándose para partir. Se habían colgado docenas y docenas de hileras de coloridas banderolas de papel a lo largo de las verjas de sus muros, y entre varios mástiles situados junto la entrada. Formaban una llamativa tela de araña multicolor en la fachada. En el enorme patio que se abría frente a los diferentes edificios de la factoría, los trabajadores de la factoría permanecían de pie formando dos largas hileras, con sus prendas de trabajo inmaculadamente limpias. Por primera vez en muchos meses, incluso las enormes chimeneas habían recibido un descanso. Su acostumbrado aliento negro era aquella mañana un tenue hálito grisáceo.
A las puertas del edificio principal de la fábrica, los responsables en pleno aguardaban a su visitante. Quitándose las últimas motas de polvo del chaqué, atusándose bigotes y barbas y, en general, procurando que los nervios no les dominasen. Unos metros más allá y situados en un lateral, los instrumentos de la orquesta resplandecían, dejando escuchar alguna nota perdida cuando un músico hacía un último afinado de su instrumento. Toses y carraspeos nerviosos afloraban aquí y allá entre los presentes. Algunos procuraban disimular cuando comprobaban sus relojes de bolsillo.
—¡Oigo coches! ¡Creo que ya llegan! —anunció un joven directivo de la empresa, incapaz de contener la emoción. Se puso firme y, hablando en voz baja, repasó los gestos de protocolo que les habían explicado días antes.
En efecto, el sonido de motores acercándose se hizo audible unos segundos después, provocando nuevas reacciones de inquietud entre todos los presentes. Los empleados, como si en realidad se tratase de soldados, adoptaron una rígida posición de firmes al tiempo que vigilaban la entrada por el rabillo del ojo. El director de la orquesta llamó al orden a sus músicos, y él mismo se quedó quieto. Los brazos erguidos y la cabeza girada hacia el gerente de la fábrica, esperando que le diera la señal acordada. Dos docenas de chaqués fueron ajustados una vez más, y el doble de guantes y zapatos revisados por última vez.
En el momento en que el primero de los coches traspasó el umbral de las puertas, la negra carrocería brillando al sol, el gerente de la factoría hizo una rápida inclinación de cabeza. La orquesta cobró vida al instante, conducida prestamente por su director y los primeros acordes del himno imperial se dejaron oír ahogando el ruido de los motores. Los dos primeros autos, ostentosas berlinas negras decoradas con el escudo del águila bicéfala, pasaron de largo frente al elegante comité de bienvenida. El siguiente vehículo, más voluminoso y con sendas banderas imperiales rematando los guardabarros delanteros, se detuvo al pie de la escalera. Al momento, dos soldados salieron del vehículo y se situaron junto a la puerta de atrás. No tardaron en unírseles otra media docena de hombres de los coches precedentes. Una vez formados, el más próximo acercó la mano al tirador y abrió la puerta. Tal y como le habían indicado, fue éste el momento apropiado para que el gerente se adelantase hacia su invitado.
De la limusina salió un hombre vestido de uniforme militar, adornado el pecho por numerosas condecoraciones. Delgado, pero de aspecto saludable, no parecía haber alcanzado aún los cuarenta años, si bien en algunos puntos brillaban albas las primeras canas entre los cabellos rubios. Aunque el gerente conocía su rostro por las fotos de los periódicos, le impresionó la enorme determinación que dejaban traslucir aquellos ojos azules. Tras hacerle una reverencia, estrechó su mano con una sonrisa.
—Bienvenido a nuestras instalaciones, alteza. Soy Peter Strassberg, director de la fábrica. Nos llena profundamente de orgullo su visita.
—El placer será mío, señor Strassberg, si lo que he venido a ver cumple con las expectativas que me han creado —le contestó el emperador, expresando con elegante franqueza sus sentimientos.
A continuación, le fueron presentados los demás responsables de la factoría, atendiendo a un estricto criterio de antigüedad en la empresa. Tras estrechar la mano al último de los directivos, aquel que había escuchado en la lejanía los coches, el emperador se volvió hacia el gerente. Los últimos compases del himno resonaban al otro lado.
—Bien, creo que ya es hora de que me enseñen esa maravilla que me prometió el señor Fach. Me esperan para un importante banquete al mediodía.
—Por supuesto, alteza —le respondió el señor Strassberg—. Si hace la bondad de acompañarme, le haremos una demostración al tiempo que le enseñamos esta modernísima factoría.
Como una nube de abejas siguiendo a su reina, el grupo de directivos y soldados, acompañado por fotógrafos y periodistas, pasaron al interior del edificio. Una vez hubieron traspasado todos la puerta, los empleados se relajaron. A una señal de los capataces, encaminaron sus pasos a su correspondiente puesto de trabajo. Y, mientras un grupo de soldados se apostaba para vigilar la comitiva de vehículos, el último de los músicos acabó con su partitura y dejó el instrumento a un lado.

En cuanto la puerta se abrió, Fontanabella se apresuró a cruzar el umbral y cerrar tras de sí. Sentía cómo le temblaba la mano en la que sostenía la llave, y respiró hondo para calmar los nervios. Puso el oído contra la puerta, intentando escuchar algún sonido que le indicara si le habían visto entrar en el piso, pero la sangre aún tardó en parar de retumbarle en los oídos. En aquel momento lamentó haber rechazado la oferta del teniente DeFer para acompañarle, pero estuvieron de acuerdo en que dos desconocidos levantarían más sospechas que uno solo. Le recogería por la tarde, antes de acudir a la conferencia con el profesor Ryssell.
Cuando, tras unos minutos, logró hacer a un lado los nervios, miró a su alrededor para ver lo que le rodeaba. Lo primero que dedujo fue que Biedermann vivía solo, dado el estado de abandono y el desbarajuste apreciable a simple vista. En el amplio recibidor había libros y cartas apilados sobre una pequeña mesa de servicio. Las ventanas tenían los postigos cerrados y un olor a húmedo flotaba en el ambiente. Algunas pequeñas reproducciones de obras de arte renacentista colgaban de las paredes, y un espejo con marco dorado le devolvió su reflejo.
No se atrevió a encender ninguna luz por miedo a ser descubierto, y prefirió aprovechar la exigua iluminación que le ofrecían los rayos del sol al atravesar los postigos. Procurando hacer el menor ruido posible, recorrió la vivienda en penumbras. No le fue difícil, pues el recibidor central daba al resto de habitaciones de la casa.
Empezando por la izquierda se asomó a la primera puerta. La luz de la mañana se desparramaba sobre unos fogones ahumados, alrededor de los cuales se agolpaba un confuso montón de platos de loza, vasos y cubiertos.
Al abrir la siguiente puerta se encontró con el baño. En las sombras, formas lechosas tomaron corporeidad a medida que Fontanabella reconocía el lavabo, el sanitario y la bañera. No se entretuvo más. En el siguiente cuarto se agolpaban como podían varias estanterías de madera atestadas de libros, un modesto escritorio de madera de pino y un sillón tapizado, cuyo tamaño obligó a Jean a preguntarse cómo lo habían metido allí.
—Mejor le echo un vistazo a todo antes —se dijo a sí mismo, al planteársele la duda de mirar en las demás habitaciones o registrar la que, nada más verla, le pareció más prometedora.
La siguiente puerta daba paso a la habitación de Biedermann. Más luminosa que el resto de la casa, los rayos del sol cortaban el aire como líneas doradas que brotaban de la contraventana. La cama, con el cabecero y los pies abalaustrados de madera, estaba desecha. Algunas chaquetas y camisas se retorcían de cualquier modo sobre las sábanas. Una foto de Biedermann mirando al frente, junto a una mujer con gafas de aspecto severo, colgaba del otro lado de la habitación. Aunque sólo se veían sus bustos, y cada uno de los dos podría haber sido un perfecto desconocido al que el fotógrafo hubiese incluido fortuitamente en la instantánea, Jean dedujo que debía de ser un retrato del matrimonio. No recordaba los detalles, pero sabía que la esposa había muerto varios años atrás, de alguna enfermedad prolongada y dolorosa. Tan sólo otro mueble ocupaba el cuarto, un armario de madera con graciosas molduras florales, en el que podían distinguirse varias capas diferentes de pintura color malva aplicada sin demasiada maña.
La última habitación era, con diferencia, la más pequeña. Tan sólo había sitio para una cama, apoyada contra la pared, y unos estantes empotrados en el muro que hacían las veces de ropero. A los pies de la cama asomaba el asa de un orinal. A Jean le llamó la atención el sencillo orden que reinaba allí, en comparación con el resto de la vivienda. La cama estaba hecha, las pocas prendas a la vista pulcramente ordenadas en los estantes, y lo que parecían libros de cuentos y un viejo peluche bien apilados en un rincón. Supuso que Biedermann no había tocado nada en el cuarto desde que se llevaron a su hija.
—Volvamos al despacho —murmuró, tras hacer un recuento mental de lo que había visto.
Una rápida inspección de los volúmenes en las estanterías le indicó que eran mayoritariamente textos divulgativos o de carácter científico. Por lo tanto, se centró en los papeles que había sobre el escritorio. Para su desesperación, no parecían ser más que notas desperdigadas e incomprensibles. Cartas a otros colegas, y lo que supuso era el borrador de un artículo para una publicación científica. Pero nada útil. Volvió entonces al recibidor, y se llevó la pila de cartas para escudriñarlas a la luz. El resultado volvió a ser infructuoso. Sentado frente al escritorio, abrió cajones y rebuscó por si Biedermann hubiese guardado los informes fuera de la vista de ojos extraños. También esta búsqueda fue en vano. No encontró ningún rastro que le relacionase con Rechenbaum. Y, de no haber visto el cuarto, nada le haría pensar que allí había vivido un niño.
El ruido de pisadas en el piso superior le sustrajo de sus elucubraciones. Empezaba a escucharse el ajetreo típico de las casas al recobrar la animación. El momento en que sus habitantes andan ya despiertos y prestos a marcharse para iniciar las labores del día. Jean comenzó a temer que pudieran descubrirle. Con sumo cuidado, entreabrió la puerta y, no viendo a nadie en el descansillo, se apresuró a bajar por las escaleras. Desgraciadamente para él, al aproximarse al rellano comprobó que el portero estaba limpiando la entrada con un escobón. Maldiciendo por lo bajo, intentó pensar en cómo hacer para salir sin ser visto. No se le ocurrió nada.
Entonces, el llanto de un niño brotó de la portería, y una voz de mujer comenzó a reclamar hoscamente la atención del hombre. Murmurando para sí, pasó al interior. Fontanabella aprovechó para salir de su escondite y dirigirse a la entrada del edificio.
Unos metros antes, se fijó en los buzones. De uno de ellos asomaban, igual que un ramillete de flores aplastadas, varios sobres. El nombre del propietario estaba escrito al lado.
Jacob Biedermann
En el interior de la portería, las voces del hombre y la mujer seguían enmarañándose en torno al llanto intermitente del niño.
Jean estiró una mano hacia el buzón. ¿Y si estaba allí lo que andaba buscando?
La discusión se interrumpió de pronto, con un fuerte golpe.
Jean ya tenía el primero de los sobres entre sus dedos.
Risas y carreras brotaron de la escalera. Niños bajando a la carrera los escalones. Sonaban muy cerca.
Una mano asomó en la portería, apoyada en la hoja inferior de la puerta.
Sin pensárselo, Fontanabella tiró del fajo de sobres y se los metió bajo la chaqueta, saliendo tan aprisa como pudo del portal. Esperó a doblar la primera esquina para atreverse a volver la mirada, y se sintió aliviado al comprobar que nadie había salido tras él. Con más calma, retornó hasta su automóvil y, una vez dentro, sacó las cartas.
—No va a leerlas, de todas maneras —se dijo, para aliviar la sensación de culpabilidad que le producía aquella intromisión en la intimidad de otra persona.
Contó diez cartas. Tres de ellas eran de familiares en el extranjero. Había también un par de correos enviados por el banco en relación con facturas por pagar, y cuatro más eran correspondencia con revistas o científicos. Con dos de sus colegas había estado jugando una partida de ajedrez a distancia, aunque se estaba retrasando en responder a los últimos movimientos.
—Ya no ganará nunca esta partida —murmuró Jean, entristecido.
El último sobre contenía un folio mecanografiado y una pequeña foto en blanco y negro. La imagen mostraba a una adolescente de cabello negro y enormes ojos oscuros, que miraba con tristeza al espectador delante de lo que parecía un parterre florido. Intrigado, leyó la escueta nota escrita en el papel.
Señor Biedermann, nos es grato comunicarle que la rehabilitación de su hija Susanna continúa por buen camino. Ha respondido adecuadamente a la medicación, y permanecerá con nosotros mientras sea necesario.
Cordialmente suyo. Doctor Hortenzbusch
Fontanabella leyó el remite de la carta.
Balneario Hortenzbusch. Teplice. Bohemia.
Aquello sembró de interrogantes su mente. ¿Acaso habían malinterpretado los últimos ruegos de Biedermann? No era lógico que les pidiera rescatarla, si estaba en un balneario. Volvió a mirar la foto. La habitación en la casa era la de una niña, ¿cómo encajaba con eso el rostro adolescente de la imagen? ¿Cuánto tiempo llevaba allí?

La visita por las oficinas no duró demasiado, pues muy pronto quedó claro que el monarca no estaba interesado en conocer la estructura de la factoría. Strassberg vio enseguida cómo miraba a otro lado, con gesto indiferente, cuando le hablaban de los proyectos que había llevado a cabo su empresa en el pasado. Ni tan siquiera se

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