El secreto de Nicea

SecretoNiceaFranciscoGijon

El hombre no tiene una sola y única vida, sino varias de ellas, puestas todas una tras otra.

Así lo afirma el filósofo Lucio Atilio basándose a su pesar en su propia vida:

Primogénito de un príncipe cretense, es arrebatado a su familia a los siete años para ser exquisitamente instruido en Roma junto a los vástagos imperiales, cumpliendo así con la política de reeducación del Emperador Augusto. Muy pronto sus cualidades intelectuales le introducirán en el círculo más íntimo de los Julio-Claudios para convertirlo en uno de los consejeros de élite que acompañarán a Tiberio en su retiro en Capri.

Los funestos acontecimientos que sobrevienen durante su estancia en la isla, le llevarán a comenzar una tercera vida, la del viajero que se embarca para buscarse a sí mismo a través de Egipto y Judea, y acaba siendo testigo de unos hechos que terminan otorgándole una cuarta existencia tan paradójica como inesperada: la vida milenaria que comienza cuando Atilio, tras morir en el destierro, hace llegar a su más querido amigo de infancia, el ahora Emperador Claudio, el testimonio de toda su vida recogido en unas cartas.

Siglo tras siglo Las Cartas de Atilio se convertirán en un documento codiciado por los hombres más poderosos de la tierra, pues el secreto que encierran se irá volviendo más subversivo y peligroso con cada cambio de dueño, de época y de país.

Pero quizá su mayor secreto sea el más obvio, la filosofía clarividente de su autor, y es que el pasado es una extraña y maldita cosa que a veces sólo se puede resolver a largo plazo.

ANTICIPO:
EL PUERTO ESTABA ABARROTADO DE GENTE. Como de costumbre, los días previos al equinoccio, los barcos se apresuraban en llegar antes de que empezasen las tormentas de otoño y aquellos se convertían en los días de más trasiego. El prefecto Sexto Papirio se abría paso como podía entre la multitud de estibadores, tratantes y trabajadores diversos. Tenía el semblante serio. Estaba nervioso y no era para menos. No entendía por qué su señor se había empeñado en personarse de incógnito en aquel lugar tan peligroso. De nada habían servido sus argumentos desaconsejando semejante locura. ¡Ir al puerto de Ostia con tan sólo tres escoltas!, ¡qué locura!. Pero ¿cómo puede uno luchar contra la tozudez de un necio?. Su señor se había empeñado en ir e iría y a Sexto le iba la vida en que todo saliese bien. Si al menos no se hubiese empeñado en ir de paisano; si por lo menos les hubiese permitido aparecer con sus uniformes de pretorianos de la guardia imperial, las gentes se cuidarían muy mucho de entorpecer su paso… pero vestidos de paisano había que avanzar a empujones, como matronas en un día de mercado.

Las instrucciones eran claras: pequeña nave de origen tracio en la dársena del Hexágono a pocos pasos del laberinto mismo de cobertizos y talleres. Papirio iba delante, seguido a pocos pasos de su señor y de los otros dos pretorianos que lo escoltaban de incógnito, pegados a él y cubiertos tan solo con ropas humildes; los cuatro perfectamente confundidos con el gentío y soportando aquel insufrible olor a pescado, heces, sudor y especias. A la vez que avanzaba, Sexto controlaba con el rabillo del ojo a sus acompañantes, aterrorizado por si algo no iba bien. Bajo su túnica sucia tanteaba la empuñadura del pugio, el pequeño puñal que iba a ser, junto con los de los otros dos pretorianos, su única defensa en caso de apuro.

Por un instante se sobresaltó. Al mirar hacia atrás se dio cuenta de que los había perdido. Aterrado buscó sus figuras recorriendo con la mirada perdida todas las direcciones, cerca y lejos y, si bien no tardó ni medio minuto en dar con ellos, en aquel lapso los latidos de su corazón se habrían notado por encima de las placas de bronce de su armadura de haberla llevado puesta. Los localizó frente a los figones, comprando unos bollos dulces en un pequeño puesto que ofrecía pan. Su señor se percató del desconcierto de Sexto y en la distancia le hizo un saludo fugaz con la mano. Era obvio que no estaba en absoluto asustado, incluso que estaba disfrutando de aquella excursión. Sexto suspiró y dirigió una severa mirada a sus camaradas, los cuales lo miraron a su vez encogiéndose de hombros con impotencia.

Al instante reanudaron la marcha. La figura renqueante de su señor, embutido en aquellas ropas viejas y sucias, le daba un aire verdaderamente misérrimo que lo mimetizaba perfectamente con los hombres de la mar. Cojeando en un vaivén similar al de un barco en medio de una tormenta, se aproximó hasta Sexto y le ofreció un bollo dulce mientras le sonreía.

—En…dúlzate un poco, amigo mío, o te va a dar al…. go.

Desconcertado, Sexto tomó el panecillo y, sin decir nada se giró sobre sus talones y siguió en dirección al muelle indicado.

Preguntando a un estibador localizó la nave tracia, que permanecía atada al bolardo del muelle con una gruesa amarra de esparto hispano. De su cubierta bajaban hombres semidesnudos, con los cuerpos sucios, que sobre sus hombros portaban largas varas de las que pendían ánforas de terracota sin duda cargadas de vino o aceite.

Sexto se acercó al barco, pidió permiso al capitán e incluso saltó sobre la cubierta donde habló con un hombre que, de algún modo, parecía estar esperándolo. En tierra, a una prudencial distancia, su señor y los otros dos escoltas aguardaban distraídamente hablando entre ellos. Al cabo de unos minutos vieron a Sexto regresar de la nave con un hombre joven, de no más de veinticinco años y dos esclavos que venían detrás sujetando por los extremos una pértiga en cuyo centro colgaba un ánfora. El joven llevaba un estuche de cuero abrazado al pecho y un trapo sucio atado a la cabeza. Cuando llegó hasta el lugar donde estaban los otros, éstos pudieron ver que tenía una enorme cicatriz en su rostro: un surco irregular que descendía desde el centro de su ojo izquierdo y partía su mejilla en dos. Sexto presentó al joven:

—Mi señor, este es Belerofontes, el esclavo manumitido de Lucio Atilio Cretense.

Belerofontes miraba tímidamente al suelo. ¿Sabía ante quién se encontraba?. El tullido personaje se emocionó; puso sus manos sobre los hombros de aquel joven y le dedicó el gesto más afectuoso que un anciano podría dedicarle a un hijo o a un nieto. Luchando contra su tartamudez, replicó a Sexto:

—En tal caso será Belerofontes, el li-i-berto, y no me extra-a-añaría que de cognomen “Atilio”, pues sería impro-o-opio de mi buen amigo Lucio Atilio no haberlo adoptado antes de mo-o-orir. ¿Me equivoco, mi jo-o-ven amigo?.

—No, mi señor —admitió Belerofontes.

—Bienvenido se-se-as, Belerofontes Atilio. ¿Sabes quién soy?.

—Si, mi Señor, eres —el liberto tragó saliva y trató de contestar en el más leve susurro—, Tiberio Claudio Augusto, el Príncipe.

Sexto abrió los ojos y buscó bajo su túnica el arma. Su Señor, divertido, se limitó a sonreír y negó con la cabeza para que se calmase.

—Hoy soy tan sólo Claudio —replicó gentilmente—, el a-amigo de tu antiguo amo. Por eso tomaré tu hombro y me apoyaré en ti para ca-a-aminar de regreso hasta el coche en el que regresaremos juntos a Roma. Tú serás mi báculo y yo tan sólo un viejo que ha venido a recibir a un familiar venido de lejos… —le dirigió una mirada a Sexto, el jefe de los pretorianos y terminó la frase bromeando—… con sus tontos hijos. Y ahora que te hemos encontrado, marchémonos de aquí cuanto antes, pues temo por la salud de mis fieles escoltas.

Las gaviotas aleteaban sobre sus cabezas ajenas a todo cuanto no fuesen restos de pescado. Claudio rió en voz baja. Trató de recordar cuántas veces había querido hacer aquello desde que llegase al principado, mezclarse con el gentío, pasar desapercibido entre las gentes, disfrutar del anonimato. Y pensó también en cuántas ocasiones anteriores a aquel instante en que los pretorianos le utilizaron para sustituir a su loco sobrino Calígula había podido hacerlo sin que nadie, absolutamente nadie, se preocupase por su seguridad. Y ahora sin embargo allí estaban tres pretorianos abriendo paso a una comitiva compuesta por un singular viejo barbudo, tullido y tartamudo, que avanzaba trabajosamente apoyado en un joven y seguido por un ánfora de barro. Rió de sus confusos pensamientos y habló relajadamente con el joven Belerofontes.

—Háblame de lo que me traes, mi buen amigo.

—Pues Señor, en el ánfora….

—El conte-e-nido del ánfora —le interrumpió Claudio con el rostro ensombrecido— lo conozco perfectamente. Esta noche la llevaremos a su destino; todo está dispuesto para ello.

Belerofontes sonrió aliviado al escuchar aquellas palabras. A Claudio no le pasó desapercibida esa sonrisa y se alegró. El joven mostró el estuche de cuero que llevaba pegado al pecho.

—Son unas cartas, mi Señor —le explicó.

—¿Cartas? —se sorprendió el Príncipe—. Esperaba otra cosa, un libro quizás.

—No hay libros, mi Señor, sólo cartas.

—¿Cartas, pe-e-ro de quién?. ¿De mi tío?.

—No, mi Señor, cartas de mi amo —ante el evidente desconcierto de Claudio, Belerofontes se vio obligado a explicarse mejor—. Mi señor Atilio le escribió a su señor Tiberio Claudio unas cartas antes de morir y me encomendó que se las hiciese llegar aun a riesgo de mi vida y aun si en ello tenía que renunciar a acompañarle a él a su última morada.

Tiberio Claudio se detuvo con lágrimas en los ojos. Los pretorianos ni se enteraron y siguieron avanzando. El anciano miró hacia atrás tratando de ocultar su emoción y contempló el mar por entre el gentío. Se frotó los ojos y respiró hondo.

—El puerto más importa-a-nte de la ciudad más importante del mundo —manifestó—, ha reci-i-ibido pues hoy la mercancía más importante del Impe-e-rio, el bien más preciado: el amigo que regresa —sentenció el emperador—. ¿Las has leído, joven amigo?.

—Conozco su contenido, mi Señor, pues las escribí yo personalmente al dictado —el gesto de extrañeza de Claudio se acentuó aún más—. Mi Señor, yo soy escriba y los ojos de Lucio Atilio permanecieron ciegos los últimos tres años de su vida.

Al evidente enrojecimiento de sus ojos, que apenas si lograban contener las lágrimas, se añadió un gesto de profundo dolor: el Príncipe se mordió el labio inferior y retuvo como pudo el sollozo que se abría paso a través de su garganta. Un leve chillido, agudo y casi inaudible escapó de su boca al tiempo que intentaba retenerlo con el puño mientras con la otra mano se agarraba con fuerza al antebrazo de Belerofontes.

No pudieron seguir hablando. Los pretorianos regresaban con cara de pocos amigos. Claudio se agarró fuertemente al recién llegado liberto y ya no articuló palabra. Hasta que se acomodó en su lectica o litera individual, estuvo llorando en silencio todo el rato.

El camino de Ostia a Roma duraría unas horas, tiempo suficiente para, en la intimidad que procuraban las cortinillas de la litera, extraer del estuche de cuero las cartas de su difunto amigo y comenzar a leerlas. Se trataba de un pergamino bien elaborado. Piel de carnero joven sin duda, puede que incluso nonato, y caligrafía perfecta la de Belerofontes, primorosa a decir verdad. Desenrolló al azar. En las frases sueltas el estilo de su amigo resultaba inconfundible incluso sobre la grafía de otro: eran de Atilio, no cabía duda. Y eran relevantes: le contaba cosas, cosas importantes y trascendentes. Claudio habría esperado a estar en la intimidad de sus aposentos, al calor del hogar, degustando una copa de rojo vino de Salerno, para leerlas, pero era un lector compulsivo y no pudo esperar. Abrió pues el estuche y desenrrolló el pergamino desde el inicio.

I. RETIRO EN CYDONIA

LUCIO ATILIO CRETENSE, CYDONIA,

A TIBERIO CLAUDIO, ROMA

Salud y bienestar, oh, Tiberio Claudio, primus inter pares, pater patriae, caesar augustus, pontifex máximus, dominus mundi y, ante todo, amigo. Tras un silencio de años entre ambos motivado por unos u otros acontecimientos, me dirijo a ti para expresarte mi cariño y tranquilidad por saberlo todo, por fin, en tus limpias manos. ¿Cómo describirte el estado de salud de Roma, si tú lo conoces tan bien ahora?: los acusados no siempre son considerados culpables; los culpables no siempre son condenados; los condenados no siempre reciben su castigo; y los castigados no siempre lo son con la pena que se les ha impuesto. De este modo se explica la decadencia de un mundo y se predice su definitivo ocaso si tú no le pones remedio antes, mi muy querido amigo. Tras un reinado próspero y apacible, el Príncipe Octavio Augusto legó a tu familia una monarquía disfrazada de república, una capital reconstruida y convertida en el centro del mundo, una política nueva y aparentemente eficaz y una sociedad mejor y más justa que la que él conoció en su juventud. Tú, un republicano convencido, has sido el último rival en oponerte a la grandeza del Imperio y el último cautivo en ornar su triunfo.

A medida que fue alcanzando la cúspide de su poder y entrando en la decadencia de su vida, el Divino Augusto sentó las bases de una monarquía hereditaria y encubierta que te ha llevado a ti, precisamente a ti, a ocupar el sillón de Cicerón, encumbrado, según dicen las malas lenguas, por la guardia pretoriana como solución última para sobrevivirse a sí misma tras el sorpresivo magnicidio de tu loco sobrino Cayo Calígula. Río con la imagen de tu ascenso. Cada cual recibe la recompensa según han sido sus obras, así cayeron estrepitosamente Sejano primero y tu sobrino después y así les has sucedido tú de un modo desternillante y singular. En ambos casos es Roma la que, como de costumbre, gana.

Sin duda habrá quien cuestione tus aptitudes para tomar el mando político, pues muy pocos te consideran más cuerdo que tu difunto sobrino, pero el talento es un don que puede o no coincidir con otras facultades mentales y a ti el talento te sobra, amigo mío.

Mientras el poder esté en tus manos Roma no volverá a ver el orden físico impuesto por el desorden moral como en los últimos años.

Es bien cierto que el tiempo todo lo cambia y que la desgracia, al igual que la felicidad, llega siempre a su término, pero no lo es menos que el tiempo es tan sólo un velo interpuesto entre la eternidad y nosotros, como nuestros párpados se interponen entre nuestros ojos y la luz. ¡Oh, Claudio! Roma, cada vez más grande, cada vez más bella, va a ver por fin la luz gracias a ti. Volverá el Tíber a mostrar su fondo cristalino de agua de manantial, ya nunca más enturbiado por la sangre de las incontables víctimas que hubo que sacrificar para que unos pocos pudieran sobrevivir. ¡Ay, Claudio, qué extraño misterio encierra el sacrificio humano!; ¿por qué el mayor crimen y la mayor gloria radican siempre en derramar la sangre del hombre inocente?.

Mientras los prohombres escogían erigir la honorabilidad de sus más ilustres edificios en medio de los más angostos y apestosos callejones, el romano medio seguía siendo pobre y orgulloso, levantisco y sucio, sumiso aunque comprensivo, loco pero piadoso, bueno e impío a la vez, y sobre todo supersticioso. Sí, amigo mío, el romano busca la felicidad a toda costa pero ésta se suele perder para él entre las olas del devenir.

Renuente a distinguir entre lo esencial y lo importante, no se percata de que la felicidad se halla escondida en su propia antesala. Mi galeno suele decir que la felicidad no es más que una mala memoria y una buena salud. Bueno, yo lo tengo justo al revés, mi salud es mediocre y conforme empeora mi memoria se clarifica, lo cual es signo inequívoco de la proximidad de la muerte. Tras la desgracia de nacer, te lo aseguro, no conozco otra mayor que la de verse morir uno mismo.

Hasta hace bien pocas semanas los chiquillos venían a mi puerta a que les contase historias de los dioses antiguos, anteriores a la civilización, cuando el mundo era nuevo y el cielo reciente y cada cual vivía en una casa en el centro de un huerto sin vallar. Estando hoy en Creta, retirado, olvidado y solo, peleando cada jornada con mi vejez y mi enfermedad, comprenderás que en el fondo me dé lo mismo quién sea ahora el Príncipe y lo que disponga hacer con su Imperium. Yo tengo otras preocupaciones y otras preguntas: ¿sobreviviré a mi tumba?, ¿qué me espera al otro lado de ella?. Sólo el hecho de que seas tú el que ha llegado a semejante cargo ha captado con creces mi atención.

Si, amigo mío, estoy muy enfermo. La enfermedad va lentamente ganándole el combate a mi organismo y los galenos poco o nada pueden hacer ya para aliviar los dolores que me atenazan y encubren el inexorable avance de mi extraño mal. Mi cuerpo es una copia del que fue hace tiempo. Muy pronto mi esclavo, el buen Belerofontes, quemará mis restos y deshará mis cenizas en el odre que tú sabes, aquel que conservo desde hace años, lleno de agua del Nilo, y viajará después a Roma, donde vaciará su contenido en el Tíber. Mis restos se juntarán entonces con los dos ríos que tanto amé y juntos alcanzaremos una unión más perfecta que la que ningún hombre ni ninguna mujer hayan conocido antes: la de dos aguas dulces que no tardan en arrojarse juntas al mar.

Las fiebres que padezco me traen a menudo recuerdos de mi infancia en el Ática y de los viajes que hice de adulto y que me llevaron a las playas de Sidón, las mismas en las que Europa fue raptada por el gran toro blanco, o a las costas de Alejandría, donde pude comprobar maravillado lo variada y familiar que puede llegar a ser al mismo tiempo la naturaleza humana.

Antes sufría mucho rememorando mis recuerdos, pero luego comprendí que no son tan malos los males que me hacen recordar la fosforescencia de los pinos de Alepo, la oscura limpieza de los cipreses de Creta o las franjas esmaltadas de los limoneros de Palestina. Hoy mismo soñé con aquellas cañas primordiales sobre un fondo de colinas de perfiles suaves, modeladas por el pulgar posidónico de los terremotos, que conformaban el paisaje turbio, seco y agreste de mi isla natal. Ay, mi isla, aquéllas playas batidas por unas olas ensordecedoras y aquellos lugares abstractos a los que solo acudían las algas sucias y los vientos susurradores y de las que la proa romana me raptó para siempre hace ya tanto, tanto tiempo… porque, amigo mío, si bien estoy de nuevo en Creta mi actual ceguera me impide asegurarlo y sólo las imágenes que el tiempo grabó en mis pupilas infantiles me sirven ya para disfrutar de mi isla natal como yo la conocí, mucho más hermosa por cierto que como después la encontré. Nuestra infancia deja en los lugares algo de sí que los embellece, igual que una flor comunica su perfume a los objetos que ha rozado. Por eso mismo, aunque ciegos, mis ojos están clavados en las aguas que acarician la costa y me abandono poco a poco en esa somnolencia conocida solamente por los hombres viajeros que recorrieron una vez los caminos del mundo.

No te escribo yo, sino Belerofontes a mi dictado. Mis ojos ya no funcionan: están ciegos desde el invierno; inexpresivos como la mirada de aquellos koûroi que tu abuelo, en su infinito expolio, trajo de Tesalia y que de niños contemplábamos juntos en Palacio con infantil fascinación mientras nos preguntábamos qué estarían viendo a través de sus ojos. Ahora pienso que observaban un pasado irrecuperable que su rigidez de estatua intentase reconquistar desesperadamente. Aquellas estatuas en cuyos ojos se le perdía la vista a la propia mirada nos impresionaron, creo yo, porque eran un resumen y una constatación de la fatalidad. Sí, mi buen Claudio, así estoy yo, mirando al frente igual de ciego que ellas, contemplando la nada.

Pero, amigo mío, no te apenes por mi suerte, si acaso siente algo de piedad por mi convalecencia que está siendo extremadamente dura. Las llagas me cubren, manchas de colores ascienden por mi rostro y la sangre mana huyendo de mi cuerpo por cada salida que encuentra a su paso. Soy un monstruo, Tiberio, un monstruo a punto de morir. Aún así no me compadezcas porque, tal y como me dijo tu abuelo Octavio hace incontables años, inmediatamente antes que los monstruos mueren los héroes, porque todo héroe lo es gracias a un monstruo. Qué razón tenía y sin embargo qué curiosa frase viniendo de él.

Tampoco te preguntes por qué no doy fin a mi sufrimiento cortándome las venas o bebiendo cicuta como los grandes filósofos del pasado. Cada hombre siente su vida a su manera y opino que, no habiéndome dado yo la vida, tampoco me la quitaré, mientras ésta quiera durar en mí.

En fin; no le añadamos más misticismo a mi estado: soy simplemente un viejo, atacado por un extraño mal que nadie entiende, que se debate cada día entre cruzar la laguna Estigia o permanecer un día más muriendo lentamente en su hogar. Pronto Belerofontes pondrá las dos monedas sobre mis ojos y podré pagarle al barquero que me llevará a la otra orilla de la existencia. Mis huesos quedarán en tierra y serán reducidos a cenizas, e irán, gracias a ti, ligeros hacia el mar, flotando en una solución de dos aguas dulces y sagradas. Y la conciencia de hombre que hay en mí alcanzará mientras la otra orilla de la existencia, pues los hechos trascendentes son también cambios de paisaje, y descansará mi yo en los Campos Elíseos, que imagino verdes y extensos, emanados de una eterna primavera. Pero no adelantemos acontecimientos, pues eso no va a ocurrir hoy.

Como tenemos más o menos los mismos años, a estas alturas, querido Tiberio Claudio, ya te habrás dado cuenta de que ser viejo trae consigo muchas ventajas, a cambio de otras renuncias propias de la edad. Ver cómo el tiempo se sintetiza y contrae y poder superponer imágenes e impresiones remotas a otras mucho más recientes es una experiencia impresionante. Por ejemplo cuando regresé al puerto de Cydonia cuarenta años después de que el cónsul me tomara como rehén junto con los otros niños. Ya no había en las dársenas comerciantes helenos, ni mercaderes tracios, ni pescadores egipcios con sus naves de proas puntiagudas intercambiando sus mercancías con mis paisanos cretenses. Ahora sólo había romanos; romanos sin ciudadanía, romanos como yo mismo, de orígenes diversos pero vestidos todos igual y tratando, no sin cierta dificultad, de comunicarse entre sí destrozando el mismo latín.

En apenas cuatro décadas el mundo de mi niñez se había esfumado como los vapores de la niebla al contacto con el viento de la aurora. Tu abuelo Augusto quería “armonizar” el Imperio absorbiendo, entre otros, a los helenos pero, como su propio amigo Horacio acabaría admitiendo,

Grecia vencida cautivó a su orgulloso vencedor e introdujo sus artes en el agreste Lacio.

Al final los conquistados fuisteis vosotros, amigo mío, y es que armonía no hay más que una.

Es una lástima que de niño no supiese apreciar en toda su solemne profundidad la maravillosa variedad de aquel pequeño puerto de mi niñez. Pero claro, lo que el niño ve no lo juzga hasta que es adulto. Supongo que tu tendrás sentimientos similares, habida cuenta de que tampoco naciste en Roma, sino en la lluviosa Galia, y seguro que algo recordarás de tu temprana niñez, algo que habrás comparado con el presente a tu regreso en el camino desde… ¡Britania!.

Si, querido amigo, me han llegado las noticias de tus tres divisiones expedicionarias y de la victoria definitiva sobre los Britanos. Tu abuelo estaría orgulloso a la par que asombrado. Al fin el pobre y tullido hijo de Druso ha sido capaz de hacer lo que ni Tiberio Claudio Nerón ni Cayo Julio César Octaviano habían logrado por si mismos; los grandes generales, los insignes padres de la Patria superados por el vástago menos prometedor de la familia imperial: ¡Claudio el bufón!. Pero, ay amigo, al bufón como al soldado el valor se le supone. Y ¡mira!.

Contigo se amplían de nuevo las fronteras y las posibilidades del Imperio. Tal vez algún día tengamos un príncipe marcial nacido cerca del Danubio, educado en Asia e investido con la púrpura de las legiones de Britania, ahora que ésta es ya una provincia más gracias a ti. ¿Qué opinas?. Yo creo que ya todo es posible si tú o algún sucesor tuyo tiene la valentía de equiparar en derechos a todos los habitantes a este lado de las fronteras.

Sí, mi querido amigo, muchas noticias me llegan de Roma a pesar de que no seas tú el que me las envíe. Sé también que has aceptado el título de Divino, como hicieron tus antecesores. Lo que de republicano había en ti se debió ir con las lamias que te visitaron todas y cada una de las noches que duró el reinado de tu loco sobrino Cayo. Tranquilo, no te justifiques, te conozco lo suficiente y sé que has aceptado el título en contra de tu propia voluntad y por el bien del Estado (eso decís todos los políticos, pero en tu caso es cierto, aunque no lo has hecho por Roma, sino por salvar la vida, ¿me equivoco?. Pues has hecho muy bien y mejor aún si al probar el gusto del mando te has animado a poner tus muchos talentos intelectuales al servicio de la patria). Puedo imaginar el desagrado con que debes llevar el oneroso título de Divus que te ha impuesto el Senado. Ay amigo, no desapruebes tu Destino, porque igualmente te saldrá al encuentro: sea el dios que ahora en ti reside protector y guía de los ciudadanos y habite en ti la serenidad de los hombres desprovistos de ataduras. Elige el bien y persevera en él, pues lo mejor es siempre lo conveniente.

Soy muy feliz por tu triunfo en Britania. La República pecó siempre de un exceso de sueños y el Imperio de un defecto de realidad que la vuelta al orden puede subsanar. Sólo con Julio César, cuya cabeza estaba llena de ambición, se alcanzó un cierto ritmo de expansión. Para Roma, al igual que para el gran Alejandro, el sentido de la vida residía en cruzar fronteras. ¡Enhorabuena!. Cuando Tiberio tomó las riendas del destino del mundo fue, tal vez por su avanzada edad, demasiado cauteloso y no quiso ampliar las fronteras. Lo que parece cautela a menudo, querido amigo, es desconfianza: tu tío no se veía con fuerzas para acometer con éxito un plan de conquistas. Hay que reconocer que tampoco tenía dinero con el que hacer planes o animar su voluntad pues heredó un endeudamiento tal que el erario de Saturno bien podía haberse quedado sin custodia nocturna, que nada habrían podido los ladrones robar del interior de sus muros sino telarañas y oscuridad.

No deja de ser irónico que un descendiente de Marco Antonio haya acabado por culminar la obra del dictador al que éste traicionó. Recuerdo la opinión de tu abuelo Octaviano acerca de la poca conveniencia de ocupar la isla británica. Razón no le faltaba, habida cuenta de que sus habitantes difícilmente podían molestar a Roma, además de que cuantas riquezas pudieran extraerse de aquel lejano y sucio lugar ya estaban afluyendo a las arcas del Imperio a través de los impuestos sobre la importación y exportación percibidos en los puertos galos. ¿A qué destinar entonces una legión y algo de caballería, si los gastos de la ocupación no se verían suficientemente compensados con los tributos que allí se recaudasen?. Esta fue mi recomendación a tu tío Tiberio mientras fui su consejero: que persistiese en la actitud de Augusto y centrase sus esfuerzos en asegurar la frontera renana y acometer la danubiana. Tú mismo has comprobado que han sido necesarios muchos más efectivos para conquistar aquella perdida isla del Mar del Norte. Me pregunto entonces cómo después de medio siglo de política conservadora, limitada a la consolidación de las fronteras, has sido precisamente tú quien ha tenido la osadía de embarcar al ejército en semejante aventura.

Ha sido Narciso, ¿a que sí?. Te dije hace muchísimos años que, aunque fuese un liberto, jamás te arrepentirías de tenerle a tu lado. Por otra parte sobra decir que no podías haber elegido mejor general que Aulio Plautio. Las legiones del Rin le adoran y a los soldados del Danubio siempre les viene bien un cambio de aires, a pesar de la incertidumbre del desconocido enemigo. Una vez más ha quedado demostrado que los escuadrones cerrados de la caballería romana son invencibles, especialmente ante los infantes indígenas que luchan sin yelmo ni armadura, protegidos por una corta jabalina y un mínimo escudo. ¿Qué puede hacer un ejército desarmado ante cuarenta mil legionarios perfectamente armados y organizados sino rendirse incondicionalmente?. Perdona mi ironía nada malintencionada. Repito que ha sido un acierto e insisto en que Narciso te ha aconsejado bien.

Amigo: sé que hay una sabia intencionalidad en tener al ejército ocupado… ¡y lejos de Roma!. Los nefastos acontecimientos de los últimos años requerían un periodo de tranquilidad que únicamente podía venir de tener al cuerpo militar ocupado y lejos mientras tú te dedicabas a recomponer el Senado que heredaste de tu sobrino. Me alegro mucho, Claudio querido, enhorabuena por tu merecido Triunfo.

Como puedes comprobar, sigo fiel a mi manía de analizarlo todo. El por qué y el cómo son preguntas tan útiles que jamás se formulan con bastante frecuencia.. ¿Sabes qué?. Me hubiese encantado haber ido contigo en la expedición final. Cuando me enteré de la conquista vinieron a mi mente las palabras con que Augusto nos explicaba por qué había renunciado a conquistar Britania:

El Imperio de Roma ya comprende la parte más hermosa de la Tierra y la porción más civilizada de la Humanidad. ¿A qué más puede aspirar?

Era cierto: los últimos siete siglos de nuestra historia rebosaban de triunfos. Tantos habían sido los territorios sometidos en los últimos años, que Augusto tuvo que renunciar al ambicioso proyecto de dominar toda la Tierra conocida para introducir antes un espíritu de moderación en los organismos públicos con el fin de acondicionar el sistema a los nuevos desafíos que el futuro deparaba. En definitiva, los amos de los climas más hermosos y florecientes se vieron obligados a darle la espalda por el momento a las colinas sombrías asaltadas por tempestades invernales, a los lagos cubiertos por nieblas azules y a los brezales fríos y solitarios por los que las tropas de bárbaros desnudos cazan los ciervos de los bosques. ¿Te suenan estas palabras?. Narciso me las transcribió de tu diario de campaña en su última carta. Como ves cumple con su deber de mantenerme al tanto de tu vida.

Sinceramente la conquista de Britania yo se la auguraba en un principio a tu tío Tiberio, pero cuando al fin Augusto murió y le llegó el ansiado turno sucesorio, él ya era demasiado viejo y, si bien poseía los diversos talentos del soldado, el hombre de Estado y el erudito, había alcanzado esa edad en la que se suelen satisfacer sobradamente las inquietudes con el simple cumplimiento del cotidiano deber. Todos le recomendábamos que mantuviese la dignidad del Imperio sin ampliar sus límites, pues no lo veíamos capaz. Creo que hicimos bien. Alcanzada cierta edad, cuanto más grande se es, menos voluntad suele tenerse.

Sinceramente siempre he considerado muchísimo más interesante convencer a todos los pueblos de la Tierra de que el poder romano, más allá del apetito de conquistas, se mueve sólo por amor al orden, a la justicia y a la armonía; y una prueba de ello es que no nos hemos lanzado a la desenfrenada carrera por dominar el mundo sino que hemos preferido mejorarlo por parcelas y conformar una orilla inmensa de prosperidad que le da la vuelta al Mare Nostrum en un abrazo inmenso que llega hasta los mismos confines del horizonte. Pero ¡cuidado!: tal abrazo de prosperidad es deseado por quienes no lo disfrutan.

Los frescos vientos etesios, especialmente el meltemi, son los que traen a Creta el frescor durante el verano. Casi podríamos decir que estamos vivos gracias a que ellos reaparecen cada año cuando la estrella Sirio, que es el ojo del Can Mayor, reaparece en el cielo nocturno. De ahí que se les diga “días de canícula” a los dominados por esta estrella.

Te escribo en los últimos días de la canícula desde mi ostracismo voluntario en la tierra que me vio nacer. Han sido tantos los desterrados que ha producido Roma, tantos los nobles enviados a las islas del Egeo, que mis convecinos de Cydonia no se extrañan de mi presencia aquí. Para ellos no soy más que un simpático anciano cuyas costumbres están al nivel de su elocuencia. No les traigo problemas y eso aquí es un alivio. Además me respetan y me quieren porque soy ciego y viejo, como Homero, y porque hablo perfectamente su lengua y conozco sus costumbres. ¿No habría de conocerlas si nací aquí antes que ellos?.

Pero nada saben de mi origen y les sorprende mi avanzada edad, tan poco común entre la plebe; me tienen por una especie de político retirado, tal vez un afable senador enfermo de vejez. Los cretenses son — somos —, muy agradecidos y la hospitalidad es la única virtud que nos ha quedado en medio de los vicios de la civilización.

Como te decía antes, hasta hace bien pocas semanas los chiquillos venían a mi puerta a que les contase historias antiguas de dioses extintos en un mundo todavía intacto, anterior a los bienes de la cultura y a los riesgos de la civilización, cuando todo era nuevo y el cielo reciente y cada cual vivía en una casa en el centro de un huerto sin vallar: mucho antes de ti y de mí e incluso de aquel que gobernó mares, tierras y pueblos, al que nadie condenaba su crueldad y que al final murió envenenado por su propia esposa, ya sabes a quién me refiero. Sí, mi querido amigo, me quieren mis compatriotas de Cydonia, me tienen por un pobre hombre al que cuidan piadosamente sus dos fieles esclavos. Yo no les saco de su error: gracias a las monstruosidades de tu sobrino Cayo he aprendido a saborear demoradamente la dulce ambrosía del anonimato, pues éste y no otro es el truco para llegar a viejo en nuestros tiempos. Ya no se puede ser a la vez romano, honrado y pobre. Felices los abuelos de tus abuelos, querido Tiberio, que vieron cómo Roma se bastaba con una sola cárcel, la Mamertina, para todos los criminales que era capaz de producir.

Yo, que me adentré en bosques que nunca habían sido talados, que busqué entre las tumbas de aquellos que murieron creyendo obedecer las sagradas leyes de su patria, que he subido hasta la Acrópolis, junto a las columnas del Partenón, con la aurora y he visto al sol iluminar el Citerión, el monte Himeneo, las tumbas de los hombres, los edificios que el tiempo convertirá en ruinas… tengo ahora que ver cómo día a día se me va gastando la vida y me queda cada vez una parte menor de ella en la que poner a salvo mis recuerdos.

Verás Claudio, cuando a uno le queda tan poco tiempo como a mí se pregunta acerca del sentido de su existencia. Yo serví fielmente al César, ¡y a Roma!, y amé y fui amado y presencié hechos que muy poca gente ha presenciado ni presenciará jamás. Heracles en cambio jamás supo para qué eran sus doce trabajos, todos debidos al despecho de un rey, y aún así nunca se le quitó del rostro el gesto del aventurero, aquél del que actúa obedeciendo al desafío, al capricho, a la curiosidad y al placer, que no en otra cosa consiste ser aventurero; en cambio yo ya… Malo es llegar a mi situación y que de la vida te haya quedado tan sólo un largo cansancio. Hay a quien le pasa. A mí a veces me ocurre, cuando el desánimo me deja la mente turbia. La desesperación, el dolor, el abatimiento, el derrotismo ante lo inevitable imprimen a la mente un movimiento circular, obsesivo, que nos saca de la inercia vital y nos engancha como a una rueda divina que gira incesantemente como las esferas. Pero yo me niego. Incluso en estos días, que son los últimos para mí, me niego a que mi existencia haya sido simplemente un transcurso, una anécdota, un mero vivir. Considero prudente lo que el destino ordena y sabio acudir allí donde la marcha irresistible de los acontecimientos nos conduce. Y eso he hecho yo a lo largo de mi vida, pues no creo en la libertad, la considero demasiado restrictiva.

A Zeus, el padre de los dioses, le gusta todo lo que existe sin justificación. Pero yo conocí a alguien que me demostró que todo, absolutamente todo ser humano, obedece a una ley superior que lo justifica y da sentido. Créeme lo que te digo, Tiberio Claudio, llegará el día en el que nadie se acuerde de Zeus, en el que los doce dioses del Olimpo hayan sido devorados por el tiempo y sustituidos por una verdad mayor que nosotros apenas somos capaces de entender todavía y que sin embargo ya está ahí.

Es difícil orientarse entre las máscaras de los muertos, allí donde los dioses no son ya identificables porque se ha superado el umbral del otro mundo. Todos le tememos a eso, en el Imperio no hay un solo hombre que se resista al hecho de que contemplar la luz es para los mortales la cosa más dulce. Da igual que deifiquemos al César: lo que está bajo la tierra ya no es nada. Yo en mi estado ya solo aspiro al recuerdo, siquiera de unos pocos: Belerofontes, Lucano o tú mismo. Junto con estas cartas que te escribo penosamente cada día recibirás la máscara de cera que Belerofontes y Furio harán de mi rostro sin vida. He ordenado que inscriban debajo la frase “PRO PATRIA MORI”, así, tal cual, en imperativo, porque, aunque te parezca extraño, estoy completamente seguro de que, al poner a disposición del César el fruto de mis experiencias, de algún modo estoy entregando mi vida por la ciudad que me acogió, por la nación que me educó y por la familia que me dio un lugar en su sociedad, ¿qué más puede pedir un ciudadano que entregar su vida por Roma?. Amo profundamente el destino que me ha sido asignado en esta vida; cumplí con mi deber y hace tiempo que me son indiferentes las cosas indiferentes. Pero quiero contarlo todo, es preciso que deje mi testimonio, porque así culminaré mi cometido. Tampoco es vanidad, ni falsa modestia. Pienso que la vanidad que se exalta bajo la capa de la falsa modestia es la más insoportable de todas. Eso se lo dejo a otros.

Tengo mucho que contarte, querido Claudio, antes de que el único sonido en mis oídos sea el croar de las ranas negras de la charca Estigia. No puedo consentir que, llegado el momento del tránsito, las entrañas me ardan por una culpa secreta: la de no haberte contado lo que sé. No lo hago sólo por patriotismo sino también por mi profunda amistad hacia ti. Mi ciudad y mi patria es Roma, en tanto que Cayo Lucio, pero en tanto que hombre, es el mundo. No obstante sé que lo que he de contarte te será útil a ti y a los que te sucedan si lo sabéis comprender y administrar bien. Te será útil pero ante todo le será útil a Roma, pues lo que no beneficia al enjambre tampoco beneficia a la abeja. Y he esperado a este momento, el final, para contártelo, pues no podía ser de otro modo, dado que las últimas novedades, como quien dice, me llegaron ayer mismo. Necesitaba la reconfortante paz del último momento para poner en orden mis recuerdos y mis pasiones. Sólo así aflora la sinceridad absoluta, dado que en ninguna parte un hombre se retira con mayor tranquilidad y más calma que en su propia alma, cuando le es llegado el momento que me ha llegado a mí; doy gracias por ser consciente de ello.

Cayo Lucio Atilio Cretense

POSTDATA

El hombre está situado en un escenario cuya teatralidad no cambia, pero cuyos personajes son siempre cambiantes. Todo es efímero, querido Claudio, el recuerdo y el objeto recordado. El tiempo es un río, una corriente impetuosa de acontecimientos. Apenas se deja ver cada cosa y ya es arrastrada por la corriente de la vida. ¿Cuántos, en compañía de los cuales entramos tú y yo en el mundo, se fueron ya?. No hay que temerle al cambio, ¿qué puede producirse de nuevo si no hay cambio?. Próximo está tu olvido de todo como próximo está el olvido de todo respecto de ti y así es como giran las esferas, ufanas en su doble redondez.

Pongo fin a mi vida justo donde la empecé. ¿Volveré a encontrar en este retiro las ensoñaciones de mi juventud?. Llamaré en mi ayuda a muchos sueños para enfrentarme a esa horda de verdades que se engendran en la madurez y que vendrán a mí conforme te escriba en el pergamino. De mi disposición a contar dependerá anudar los dos cabos de mi existencia, confundir épocas lejanas y mezclar ilusiones de tiempos distintos. Me veré obligado a abstraer la mente de cuanto pase a mi alrededor, incluido mi deterioro físico, para entregarme a la composición de esta obra que quizás nunca llegará a tus manos y de la que nadie leerá ni una sola línea.

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