El secreto de Tutankamón

SecretoDeTutankamonRMHernandez

Arella acaba de perder a su padre, un famoso arqueólogo, y tras su muerte se entera de que su destino está marcado, ligado a un secreto que lleva miles de años oculto; un secreto que fue guardado por todos sus antepasados y que su padre ha puesto en peligro.
Arella se embarcará entonces en una apasionante aventura, en la que tendrá que descifrar los acertijos que su padre le ha dejado escondidos en lugares como Luxor, Alejandría o las propias Pirámides de Gizeh, pistas que la ayudarán a proteger a personas inocentes que están muriendo por culpa del legado que el propio Tutankamón puso en sus manos en su lecho de muerte.
Son muchos los que están dispuestos a matar por ese secreto, que es temido por otros grupos que también conocen su existencia. Arella entenderá muy pronto que es la única que puede salvar a la humanidad, cuyo futuro depende de que ese secreto se pierda, al igual que lo hicieron aquellos que lo crearon.

ANTICIPO:

El error de Michel

Michel Harmon estaba ansioso por saber qué había en el interior de la cámara. Llevaba tantos años buscándola que saber que por fin la había encontrado era algo que lo llenaba de alegría, una alegría que le hubiera gustado compartir con su esposa, pero la reciente paternidad de Harmon había hecho que Lily se quedara en Madrid cuidando de su hija. una hija que algún día se sentiría orgullosa de su padre.
—Señor Harmon —dijo uno de los trabajadores—. la puerta está abier­ta. Disfrute de lo que hay en su interior.
Mientras Michel se acercaba a las escaleras que se habían hecho en el mismo desierto, recordó cómo mucho tiempo atrás, cuando sólo contaba con diez años, su padre le reveló un gran secreto en su lecho de muerte. un secreto que había pasado de generación en generación hasta llegar a él. ün secreto que tenía miles de años. Cuando su padre acabó de contárselo, Mi- chel se quedó asombrado.
—Debes seguir con la tradición y guardarlo. Nunca debe ver la luz y por supuesto nunca debe ser leído. ¿Lo entiendes?
—Pero, padre —dijo Michel—. ¿Por qué? ¿Nos podríamos hacer ricos?
El padre de Michel se estaba muriendo de una enfermedad que los médi­cos no conseguían diagnosticar.
—Hijo, debería haberte preparado para lo que te acabo de entregar, pero no tengo tiempo y debes seguir con la tradición. Aparte de oro y grandes ri­quezas, en esa cámara hay algo que nunca debió crearse. un pergamino que causaría la muerte de millones de personas, incluido tú y tus seres queridos. No debes permitir que ese pergamino sea leído y mucho menos que la cámara sea encontrada. Escóndelo, y cuando estés preparado, entrégaselo a tu sucesor y encárgate de que éste haga lo mismo, y así sucesivamente.
—Padre, ¿dónde se encuentra esa cámara?
—No la busques, no quieras lo que no es tuyo y confórmate con ese trozo que te he entregado. Ní todo el oro que hay en esa cámara vale lo que ese tro­zo de pergamino. Lleva miles de años escondido y así debe seguir. No quie­ras estar vivo si cae en las manos equivocadas. Durante miles de años, varias generaciones han conseguido mantener las dos partes separadas. No seas tú quien las junte de nuevo, no seas tú quien destruya a la humanidad.
—Pero, padre…
—Prométemelo. —El padre de Michel apenas tenía fuerzas para obser­var el rostro de su hijo.
Michel no podía prometer nada. Lo que le acababan de revelar era algo tan glorioso que debía ver la luz; no entendía por qué su padre había mante­nido en secreto algo tan espectacular como aquello.
—Hijo…
Michel vio cómo su padre derramaba una lágrima antes de que su cora­zón dejara de latir. ün corazón que no se había parado tranquilo. Acababa de entregarle a su hijo el mayor secreto ansiado por el hombre. Y sería su pro­pio hijo el que desataría el gran caos. Si Michel se hubiera imaginado lo que provocaría el hecho de encontrar aquella cámara, jamás hubiese descendido aquellas escaleras…

Michel no podía creer lo que había en la cámara. Era tal la gran cantidad de oro que había en su interior, que aunque la luz de la luna se apagara, la cámara nunca perdería su brillo. Pero Michel apenas observaba las máscaras de los faraones, los jarrones, cetros, coronas, tronos de oro, sarcófagos o monedas que allí había; sólo buscaba una cosa. Esa cámara era tan grande como casi toda la cuidad de El Cairo; aun así encontró lo que buscaba, una cosa de la que su padre le había hablado treinta años atrás, la cual estaba al fondo de la cámara, tal y como su padre le había dicho y como el propio Tutankamón le dijo antes de morir al jardinero. Michel empezó a caminar mientras todos sus trabajadores observaban la grandeza de lo que había en la cámara. Llegó hasta el cofre que estaba colocado sobre una mesa de oro. El arcón tenía símbolos egipcios grabados en el exterior, pero no consiguió traducirlos. Abrió el cofre y vio el gran secreto de los faraones. No era más que una hoja de pergami­no con palabras grabadas, palabras escritas en la antigua lengua egipcia, una lengua que solamente los faraones sabían leer, pues ellos la habían inventado para comunicarse entre sí. Michel observó bien aquellas palabras y signos egipcios grabados en oro, que parecían tener vida propia. Apenas podía creer que tuviera en sus manos un secreto tan antiguo como la propia historia. un secreto creado por el primer faraón que el mundo había conocido. narmer había sido el creador de aquello que todos los hombres habían ansiado desde que se había conocido su existencia, una existencia que los faraones se habían encargado de ocultar.
Los mismos que lo habían creado lo habían protegido de la mano huma­na ajena a tal poder, un poder que sólo los más grandes podían entender, un poder incontrolable.
Michel escuchó cómo sus hombres gritaban de gozo por el gran hallazgo, pero él no tenía ojos para nada que no fueran aquellas frases que parecían bri­llar más de la cuenta, tal era la sensación que Michel sintió cuando las manos empezaron a arderle, pero no podía soltar aquel pergamino que brillaba con tanta intensidad. Michel vio que al final faltaba un trozo, y sintió una alegría tan grande que no se dio cuenta de que sus hombres habían dejado de gritar. Sabía dónde se encontraba aquel pedazo de pergamino que faltaba. Él mismo lo había escondido por seguridad.
—Veo que por fin lo has encontrado. —Michel se dio la vuelta para ver a su mano derecha apuntándole con una pistola.
—león —dijo Michel soltando el pergamino de nuevo en el cofre. Juraría haber visto cómo los símbolos perdían su brillo.
—No lo guardes; ese pergamino debe salir de aquí conmigo, y tú…
Michel no podía creer lo que estaba pasando. Sus hombres estaban siendo apuntados por varios rifles empuñados por varios trabajadores de la excavación.
—León, ¿qué haces?
León estaba a punto de cumplir los sesenta años y había ayudado a Mi­chel en su gran hallazgo. Sus ojos marrones brillaban de alegría y su mata de pelo cano estaba recién lavada y bien peinada. León había ayudado a buscar aquel lugar gracias a los escritos antiguos.
—Pensé que estábamos juntos en esto.
—Juntos sí, pero por distintos motivos. Tú querías encontrar ese pergami­no para saber qué era lo que tu padre siempre había protegido, y yo lo quiero para gobernar el mundo. ¿Todavía no sabes qué es eso?
Michel recordó la conversación que su padre había tenido con él el día de su muerte. Recordó cómo le había dicho que el primer faraón había crea­do algo tan poderoso que podría destruir a la humanidad, pero nunca llegó a decirle qué era. Sólo le dijo que se trataba de un pergamino que contenía unas palabras que pronunciadas todas juntas, el día y en el lugar adecuados, y por la persona adecuada, podrían desatar el caos en el mundo entero. Mi- chel nunca entendió cómo un simple pergamino podría causar tanto daño.
—Cuando tu padre te dijo que no unieras las dos partes era por algo — dijo León mientras se acercaba a Michel, que no se había movido ni un solo milímetro.
—Nunca encontrarás la otra parte —respondió Michel, que entendía que había sido utilizado y engañado.
—Al igual que toda tu estirpe ha estado protegiendo este pergamino, la mía lo lleva buscando desde que Tutankamón decidió romper la cadena de su­cesores. Ese secreto nunca debería haber caído en manos ajenas a los faraones.
—¿Qué tienes tú que ver con todo esto?
—¿Es que no lo entiendes?
Michel miró fijamente al hombre al que había considerado como un hermano.
—Eres heredero de ese maldito jardinero que consiguió escapar de mi antepasado.
—¿Antepasado?
—Por mis venas corre sangre de faraones, de un gran faraón que hizo mu­cho por este país, primero como general y luego como faraón. nadie ajeno a mi sangre tiene derecho a ese poder.
—Eres descendiente de Horemheb.
León empezó a reírse a carcajadas, momento que Michel aprovechó para golpearlo con el fin de robarle la pistola, pero lo único que consiguió fue reci bir un disparo en el brazo. Cuando León tuvo de nuevo el control, se acercó más a Michel, que sentía el cofre pegado a su espalda.
—¿Dónde está el trozo de pergamino que falta?
—Jamás te lo diré.
—¿ Seguro ? —león empezó a alejarse de Michel, que no comprendía lo que pasaba—. Tengo entendido que tienes una hija muy bonita. —Michel sintió odio cuando la imagen de su hija le vino a la mente. Entonces lo enten­dió todo—. Creo que se llama laia, ¿no? Bonito nombre.
Michel intentó atacar a león, pero un rifle se pegó a su pecho. león se acercó a uno de los trabajadores y sin vacilar ni un segundo le arrebató la vida.
—Está bien, pero necesito pedirte una cosa. —león miró fijamente a Michel a los ojos—. Necesito que me digas qué es. Necesito saber qué es lo que mi familia ha estado guardando durante miles de años.
león se acercó a Michel y le reveló al oído el mayor secreto jamás guar­dado. Michel abrió los ojos de par en par al escucharlo.
—deberías haberle hecho caso a tu padre —dijo león mientras se aleja­ba de Michel, que no salía de su asombro. Había condenado a la humanidad a su destrucción.
—Y ahora —dijo león—. dime dónde está la otra parte.
Michel pensó en su hija. Sabía que no iba a salir con vida de esa cámara, pero necesitaba saber si su esposa y su hija se salvarían.
—¿Cómo sé que no les harás daño?
—No lo sabes, pero sabes que si no me lo dices, las mataré. Sólo tienes una oportunidad.
León cogió el cofre y se lo dio a uno de sus hombres, que salió de la cá­mara con él. Michel echó un último vistazo a su alrededor, observando una cámara que había imaginado mucho más grande. Calculó sus medidas aproxi­madas, y algo no iba bien; aquella estancia no podía ser la cámara creada por el primer faraón. Mientras seguía mirando los objetos que allí había, león mató a otro trabajador a la vez que instaba a Michel a decirle dónde estaba el trozo de pergamino que faltaba, pero éste se había dado cuenta de una cosa. En la cámara no había tesoros de todos los faraones de Egipto, sólo estaban los conseguidos por Tutankamón. Entonces lo entendió. Ésa no era la gran cámara creada para ocultar los tesoros. Esa cámara la había creado Tutankamón y había decidido esconder allí el pergamino. la gente buscaría la gran cámara de oro, la más grande de todas, pensando que en su interior estaría el pergamino, pero no era así. El pergamino había sido guardado allí, y él en su ignorancia lo había encontrado. Probablemente Tutankamón lo escondió allí para despistar a los saqueadores, pero él lo había encontrado, y con ello había condenado a la humanidad. Miró a León mientras salía de sus pensamientos, y abrió la boca para revelarle el lugar en el que había ocultado el trozo de per­gamino que faltaba, pero de su boca no salieron palabras.
una gran explosión se escuchó en la entrada, lo que hizo que todos se agacharan. A continuación sólo se escucharon disparos procedentes de todas direcciones. Michel vio cómo León disparaba sin ver contra quién lo hacía, y consiguió tirarlo al suelo, pero su rival lo golpeó con la culata de la pistola. Estaba a punto de perder el conocimiento cuando vio a León caer sin vida a su lado. La vista se le nublaba, pero pudo apreciar cómo un joven lo ayudaba a levantarse y lo sacaba de la cámara.
—Hay cosas que nunca deben salir a la luz —le dijo la voz de otro hom­bre que lo agarró para ayudar al joven—. Creo que alguien ya te lo dijo una vez. ojalá le hubieras hecho caso.
Michel se dejó llevar. Cuando estuvo en la entrada de la cámara vio cómo una docena de hombres los sacaban a todos, a vivos y muertos. Contempló el cuerpo de león sin vida y no sintió nada por él. Cada vez le costaba más mantenerse consciente, pero pudo observar cómo lo montaban en un coche mientras hacían estallar la entrada de la cámara. El vehículo empezó a avan­zar con el hombre que lo había ayudado a salir de la cámara en su interior.
—Nunca deberías haberla encontrado; esperemos que nadie la vuelva a buscar.
Michel perdió el conocimiento mientras el coche se alejaba del Valle de los Reyes, un valle que había guardado un secreto durante miles de años. Un secreto que había sido sacado a la luz y que podía poner en peligro al mundo entero.

Michel no sabía dónde se encontraba cuando abrió los ojos, pero vio al hom­bre que lo había sacado de la cámara a su lado. Entonces se llevó la mano al brazo, justo al lugar donde había recibido el disparo, y notó un vendaje bien hecho. Empezó a inspeccionar el lugar y lo reconoció. Estaba en un avión.
—¿Quién es usted?
—Alguien que debió advertirte antes, pero eres demasiado escurridizo.
—No sé de qué me habla.
—¿Que no sabes de qué te hablo? —El hombre estaba cabreado—. Has sacado a la luz un secreto guardado durante mas de dos mil años, un secreto que te fue revelado para que lo mantuvieras oculto, pero decidiste ignorar la petición de tu padre y buscar la maldita cámara. Pues bien, ya la has encon­trado. ¿Qué se siente? ¿Te ha gustado todo lo que has visto? ¿Qué te llevas de ese descubrimiento?
—Ésa no era la cámara… no puede ser…
—Vaya, te diste cuenta; la pena es que haya sido tarde.
Michel no dijo nada. Recordó cómo su padre le había dicho que ni todo el oro de esa cámara valía más que el trozo de pergamino que le había entre­gado, y empezaba a entender por qué.
—Miles de personas han perdido la vida por ayudarte a mantener en se­creto ese pergamino. Personas a las que no has visto pero que han dado la vida por ti. Mientras ellas eran enterradas, tú sólo pensabas en descubrir la cámara, una cámara que no fue hecha ni para ti ni para nadie.
—No lo sabía.
—Claro que no lo sabías. Sólo sabías una cosa y la ignoraste. Sabías que tu padre te encargó un cometido antes de morir y no le hiciste caso.
—Sí que le hice caso. Escondí el trozo de pergamino que me dio.
—¿De verdad? ¿Estás seguro de que está bien escondido?
Michel ya no estaba seguro de nada.
—No sé qué está pasando, no sé cómo un trozo de pergamino puede ser tan importante y ni siquiera sé si es verdad lo que León me contó en la cámara.
—¿Qué fue lo que te contó?
Michel le narró lo que león le había dicho.
—Está claro que entre tus proezas no está la de escuchar a la gente. —El hombre se sacó de la chaqueta un pequeño sobre que Michel reconoció al ins­tante. En el interior de ese sobre estaba el trozo de pergamino que él mismo había escondido, el trozo de pergamino que león había ido a buscar y por el que había muerto—. Lo que león te ha dicho es cierto, lo creas o no. nadie lo ha visto nunca, pero yo no he visto a Jesucristo en persona y creo en él. Creo que de verdad existió y que hizo todas esas cosas que la Biblia cuenta de él. No hay que ver una cosa para creer que existe o que puede existir.
—Pero es imposible que… es totalmente imposible.
—¿Imposible? Ya has visto que para muchos no es imposible. Ese pequeño grupo de personas que viste no tiene nada que ver con las miles que hay por ahí esperando que las partes se unan. Michel, durante la historia se ha habla­do mucho de la vida y de la muerte, de la resurrección del alma, del cielo y del infierno, de Dios, de Satán, del mesías, de Jehová, de Alá, de Buda… Hay un frase que dice que cuando el río suena…
—Agua lleva —terminó Michel—. Pero de ahí a que este trozo de per­gamino junto con el resto pueda hacer eso que decís…
—¿Y si fuera cierto?
Michel guardó silencio.
—Cabe la posibilidad y tú lo sabes. Hay una referencia en la Biblia de algo muy parecido. No fue Jesús el único que resucitó, ¿verdad?
Michel miró a aquel hombre, del que ni siquiera sabía su nombre.
—Lázaro regresó del más allá. Para muchos eso no puede ser, pero para otros sí. Sea como sea, hay cosas en la historia que no se pueden explicar. Cosas que, si se supiera la verdad, cambiarían tanto el mundo que lo destruirían. Yo soy cris­tiano, creo en Jesús, y si alguien me demostrara que todo lo que la Iglesia cuenta es mentira, yo mismo me quitaría de en medio. necesitamos creer en algo para seguir viviendo, y también creo que ese pergamino puede hacer eso que tú no crees.
—¿Cómo lo encontraste? —Michel miraba el sobre.
—Siempre he sabido dónde estaba. Tu padre le reveló ese secreto al mío. Sabía que eras muy joven cuando te lo contó y tenía miedo. un miedo bien justificado. Mi padre y él eran como hermanos. Yo he reunido a varios amigos y hemos estado guardándote las espaldas todos estos años, pero la cuestión es… ¿cómo no lo han encontrado ellos? la verdad es que esconder esto en la tumba de tu padre no ha sido una gran idea.
Michel sonrió.
—Creo que nunca debió dármelo. No era digno de ello.
—En eso estoy de acuerdo. No eres digno, pero te tienes que aguantar. Fue el propio Tutankamón el que decidió hacerte participe de todo esto. Tu padre sólo siguió la cadena.
—Has dicho que me he dado cuenta de que ésa no era la cámara. ¿Por qué está el pergamino ahí?
—Creemos que Tutankamón hizo una réplica exacta del original, lo sacó y lo escondió en esa cámara, que es otra réplica de la original que él mismo mandó construir. Todo el mundo ha escuchado hablar de esa misteriosa cá­mara, por lo que todos los arqueólogos sueñan con encontrarla, pero de ésa nadie sabía nada, por lo que no estaba siendo buscada. No sé si fue buena idea o no, pero de todas maneras hay que esconder mejor ese trozo de pergamino. Al igual que has encontrado esa cámara de la que no había referencia algu­na, ¿no podrías intentar buscar la verdadera cámara y esconderlo ahí, junto al resto ? Según tengo entendido, el pergamino sólo puede ser destruido si es leído una vez que sus pedazos estén juntos, pero ya te explicaré todo lo que sabemos y el daño que puede causar esa réplica.
—Sería todo un sueño encontrar esa cámara, pero creo que es imposible.
—Pues ya puedes empezar a buscar un lugar para esconderlo.
—¿Quién más quiere este trozo?
—¿Quién más? Sólo hay un grupo de personas que quieren este trozo. Tú querías el otro, no confundas las cosas. Por muy mal que lo hayas hecho, no eres como ellos. Creo que tu padre tuvo mucha culpa en todo esto. Debió contarte toda la verdad, ¿pero cómo se le cuenta eso a un niño de sólo diez años ? No se puede, y menos en su lecho de muerte. —Michel se acordó de su padre—. Se llaman los Hákem.
—Eso es un nombre común.
—¿Sabes lo que significa?
—No.
—Gobernante. Ellos piensan que tienen derecho a gobernar el mundo, un poder que creen que le fue arrebatado a su antepasado Horemheb.
—Hay algo que no entiendo. Horemheb no fue el último faraón de Egipto. Fue Cleopatra. deberían ser sus descendientes los que buscaran el pergamino.
—Pero Horemheb fue el último que supo de la existencia de la cámara. Horemheb no se lo dijo al sucesor de Tutankamón. Creía que encontraría al jardinero y que podría entrar en la cámara. Por eso son los descendientes de Horemheb los que buscan el pergamino.
—Pero si nosotros sabemos de su existencia, ¿por qué no lo iban a saber los que sucedieron a Tutankamón?
—Cada faraón le revelaba el lugar en el que estaba la cámara y la existencia del pergamino a su sucesor, pero como Tutankamón no se lo reveló al suyo, Horemheb dijo que se había llevado el secreto a la tumba, y todos lo creye­ron. Todos pensaron que Tutankamón no le había revelado a nadie la verdad, pero tú y yo sabemos que se lo contó a un simple jardinero, y por supuesto Horemheb también lo sabía. Tutankamón se lo dijo en su lecho de muerte, supongo que para mortificarlo, y lo consiguió. Horemheb consagró toda su vida a buscar al jardinero y nunca lo consiguió. Después, al igual que el jardi­nero le contó a su sucesor el lugar exacto donde estaba la cámara y lo que ésta guardaba, Horemheb se lo contó a un descendiente digno de saberlo, y éste a su vez a un sucesor suyo, y así sucesivamente hasta el día de hoy. Mientras tu familia ha consagrado su vida a guardar el gran secreto de los faraones, la fa­milia de Horemheb ha consagrado la suya a conseguir ese maldito pergamino.
—Y por mi culpa lo han conseguido.
—Pero está incompleto. Ahora debes arreglar el gran destrozo que has causado. debes guardar este trozo de pergamino y debes guardarlo mejor que nadie. La misión está en la cuerda floja.
—¿debo revelárselo a mi hija?
—Si por mí fuera, no. ojalá este poder se perdiera para siempre, pero no sabemos qué podría pasar si alguna vez alguien lo encuentra y no sabe lo que significa. Siempre es bueno que alguien lo sepa. debes revelárselo, pero te aconsejo que lo hagas de una manera un poco especial. Ellos ya saben de la existencia de tu hija y aunque en este momento tanto ella como su madre están en un lugar seguro, donde te reunirás con ellas, creo que la buscarán y harán todo lo posible para conseguir el trozo que tienes. debes guardarlo y hacerle saber a ella el lugar donde está, pero no se lo digas directamente. Es mejor que sea consciente de su existencia pero sin conocerlo. ¿Me entiendes?
Michel asintió. Si su padre nunca le hubiera contado lo que la cámara guardaba, él no hubiera ido a buscarla. Ahora la misión que Tutankamón le encomendó al jardinero estaba a punto de acabar, y él no podía permitirlo, pero no podía permitir que su hija supiera la verdad. Era una verdad difícil de asimilar y él quería que su hija fuera feliz, que no viviera con la duda y el miedo. Mientras volaban sobre Madrid se le ocurrió la mejor manera de con­tarle a su hija la verdad sin llegar siquiera a pronunciar la palabra pergamino.
—Lo que no entiendo es cómo has encontrado esa cámara y no la que tu padre te dijo.
—Mi padre no me dijo dónde estaba, supongo que no confiaba en mí, así que me puse a buscar todo lo relacionado con Tutankamón y saqué algunas conclusiones, y mira, encontré la cámara que no debía.
El avión dio una sacudida.
—¿Sabría mi padre todo lo que hizo Tutankamón?
—Nunca lo sabremos.
Michel miró por la ventana. Lo había estropeado todo.
—Gracias.
—No tienes que agradecernos nada. Ahora sólo toca protegeros a ti y a tu hija.
—¿No quieres saber dónde voy a esconder el trozo de pergamino ?
—Lo sabré. Tranquilo que lo sabré.
Michel miró el trozo de pergamino y se acordó de algo. nunca había en­tendido lo que había grabado en él, nunca había visto esa lengua, por lo que no la comprendía. Se lo preguntó al desconocido que de momento se había convertido en la persona en la que más confiaba.
Cuando Michel escuchó lo que significaba, sonrió. Era la palabra más bonita jamás escuchada.
—Por cierto, mi nombre es Abdel Háfez, que significa…
—Sirviente del protector —dijo Michel riendo.
—Veo que conoces el significado de mi nombre.
—Esta noche he aprendido más de lo que creí aprender en toda mi vida, pero si algo me ha llamado siempre la atención de los egipcios son los nom­bres y su significado.
—Entonces debes saber que a tu hija le vamos a cambiar el nombre. A partir de ahora se llamará Arella; es hebreo y significa mensajera.

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