El segundo reino

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Llega a España Rebeca Gablé, una de las autoras más exitosas del género de la novela histórica de Alemania. Especializada en la Edad Media, pocos autores son capaces de describirla de forma tan viva como ella.

Inglaterra, 1064. Un ataque de piratas daneses pone repentino fin a la despreocupada infancia del joven Caedmon de Helmsby, pues una flecha lo hiere de gravedad convirtiéndolo en un “lisiado inútil”. Su padre se deshace de él y lo envía de traductor de una delegación inglesa a la patria normanda de su madre, donde rehará su vida.

El destino le tiene reservado el conocer a personajes vitales en los turbulentos años que se aproximan, y que en su calidad de traductor él mismo acabe ocupando una posición que nunca imaginó ni deseó.

ANTICIPO:
A decir verdad, Caedmon necesitó dos días y dos noches, durante los cuales no dio mucha tregua ni a su persona ni al caballo. Lo impulsaba el miedo a sus perseguidores. Sólo pensar en lo que le aguardaba si lo atrapaban le provocaba un ardiente borboteo en el estómago. Únicamente en dos ocasiones se atrevió a pararse para dormir unas horas, Siempre al abrigo de un bosque, bien apartado del camino. Y cuando dormía, soñaba con la muchacha de negros cabellos, volvía a verla apoyar sus esbeltas manos blancas en los hombros del hermano, bajarse de la silla, inclinar la cabeza y besar al gavilán. Pero entonces el miedo se colaba en sus sueños y Guy de Ponthleu aparecía como un demonio, el rostro pálido y rollizo dibujando una mueca horripilante, desfigurada por la rabia, y chillando: «Disparadle una flecha a la pierna derecha, entumecedla y agarrotadla como la izquierda, y ya veremos si vuelve a escapar…». Se despertaba bañado en un sudor frío, subía a lomos de su exhausto caballo y seguía adelante.

En el transcurso del primer día aprendió a envidiar a su montura, que no tenía más que bajar la cabeza para arrancar la tierna hierba primaveral. El hambre era tan acuciante que terminó por ser más insoportable que el miedo, y Caedmon hizo un alto en una granja apartada y suplicó que le dieran de comer. Una muchacha le dio un mendrugo duro como una piedra y una corteza de queso mohoso que a todas luces estaban destinados a los cerdos. Caedmon cayó sobre ellos con voracidad.

Dos veces en su camino se topó con ríos y se vio obligado a cabalgar largamente por la orilla hasta hallar un vado o un puente. El terreno era llano y estaba poco poblado. Veía las aldeas a lo lejos y no le costaba rodeadas. Enormes bosques cubrían la planicie, y los frondosos árboles y un cielo casi siempre gris a menudo hacían difícil decidir dónde quedaba el sudoeste. Pero Caedmon no se detuvo; cabalgó leguas y más leguas por bosques y campos atravesados por incontables riachuelos, se sintió helado, la lluvia lo empapó y, sobre todo, estaba hambriento, pero no permitió que ello lo desalentara porque sólo podía avanzar, nunca retroceder. Y quizá también, admitió durante las numerosas horas que pasó en la silla a solas con sus pensamientos, porque quería demostrarse a sí mismo, a su padre y al maldito mundo entero que no era «un cobarde con una pierna anquilosada».

La mañana del segundo día por fin se atrevió a salir al camino. Llevaba cabalgando paralelo a él desde la víspera, siempre a cierta distancia a la derecha. Pensó que un camino tan bueno y amplio tenía que conducir forzosamente a una gran ciudad. Y rezó por que la ciudad fuera Ruán. Al seguir sin constatar esa mañana señal alguna de persecución, salió al camino, logrando así avanzar mucho más aprisa.

El terreno se había vuelto más accidentado. Cuando el sol ya lucía sesgado, después de salvar una prolongada pendiente, llegó a la cresta de una elevación. Allí se paró a mirar, incrédulo, la estampa que se extendía ante él: casas apiñadas al lado de un ancho río. Una infinidad de casas, le pareció. Estaban una junto a otra y al mismo tiempo mezcladas en todas las direcciones; desde allí arriba no se distinguían caminos que serpentearan entre ellas. Más o menos en el centro de aquella maraña disparatada se alzaba una gran iglesia. Toda la ciudad estaba rodeada por una elevada estructura defensiva en parte muros de piedra y en parte empalizadas. Cerca del río se erguía una imponente construcción que guardaba una gran similitud con el castillo de Guy de Ponthieu en Beaurain.

-Dios mío -susurró Caedmon-. ¿Vivirá gente en todas esas casas? ¿Dónde están sus campos? ¿Dónde encierran el ganado?

Aquel extraño hervidero de casas, en el valle lo asustó, pero estaba terriblemente cansado. Permaneció un rato inmóvil, los hombros caídos, aguardando a que el valor volviera a su corazón y las fuerzas a sus miembros para acometer el último tramo de su viaje.

Entonces oyó a sus espaldas ruido de cascos. Se dio un susto de muerte, miró alrededor acongojado en busca de algún lugar donde pudieran ocultarse él y el caballo, pero por la loma surgieron a toda velocidad cuatro jinetes con armadura, directos hacia él. Uno de ellos portaba un estandarte con un león amarillo sobre fondo rojo. Caedmon suspiró aliviado. Hasta él había oído hablar de aquel blasón. No eran hombres de Guy.

-¡Apártate, muchacho! -bramó el que iba en cabeza, y Caedmon llevó al caballo al borde del camino.

Cuando pasaron los cuatro animales, el suyo empezó a bufar y cabecear nervioso.

Caedmon tuvo una idea audaz. Arreó a la montura.

-Vamos, corre si aún puedes -ordenó-. Venga.

Su tenaz compañero emprendió la persecución y no tardó en dar alcance al grupo. Caedmon se mantuvo un tanto rezagado para no adelantar a los caballeros del duque, pero avanzaba lo bastante cerca como para dar la impresión de que formaba parte de ellos. De ese modo logró cruzar sin contratiempos la puerta de la ciudad, las callejuelas del demencial hervidero de casas y el puente levadizo del imponente castillo.

Sólo cuando los jinetes se detuvieron en el patio repararon en el intruso.

-¿Qué se te ha perdido aquí? -le preguntó con aspereza el portador del estandarte-. ¿Quién eres?

Caedmon desmontó.

-Mi nombre es Caedmon de Helmsby -jadeó extenuado-. Vengo de Inglaterra, me envía el conde de Wessex y he de ver de inmediato a vuestro duque. Lo cierto es que es… muy importante. Decidme dónde puedo encontrarlo.

El hombre que estaba junto al portaestandarte se quitó el yelmo y dejó al descubierto un rostro anguloso con un asomo de barba azulada en el mentón y las mejillas, una severa nariz aguileña y unos ojos casi negros bajo unas cejas pobladas.

-Se halla justo ante ti, Caedmon de Helmsby.

Caedmon a punto estuvo de quedarse sin respiración. La pierna coja le flaqueó y, tanto por debilidad como por respeto, hincó una rodilla en tierra.

-El conde de Wessex venía a entrevistarse con vos en nombre del rey Eduardo, monseigneur -balbucía-. Yo…, nosotros… -Dios, domínate, le silbó en la cabeza una voz que bien podría ser la de Guthric. Ordenó sus ideas y alzó la testa.- Nos sorprendió una tormenta, nos desviamos del rumbo y naufragamos ante la costa de Ponthieu. El conde Guy hizo prisioneros a los catorce supervivientes, entre ellos el propio conde Haroldo, con el objeto de ofrecéroslos a cambio de un rescate.

Guillermo cruzó los brazos ante su ancho pecho. Era de estatura alta -unos seis pies- y parecía inmensamente fuerte, capaz de arrancar sin esfuerzo un roble centenario con dos de sus cortos dedos.

-¿Y cómo has logrado llegar hasta aquí?

-Me escapé.

-Ah. De modo que tú eres el más valiente del séquito de Haroldo, ¿no es eso?

Caedmon no pudo reprimir del todo una sonrisa irónica.

-Yo soy el más joven y además tengo una pierna anquilosada. Por eso no me prestaban mucha atención.

Guillermo le devolvió la sonrisa y, de improviso, su rostro se volvió pícaro y atractivo.

-¿Tu padre es Elfric de Helmsby?

Caedmon abrió los ojos como platos.

-¿Lo conocéis?

-Oh, claro. De niños robábamos manzanas juntos y competíamos en el Sena por ver quién nadaba más rápido. Y a veces me tomaba el pelo sin piedad diciendo que mi madre no era la esposa de mi padre. Por cierto, puedes levantarte. .

Caedmon enrojeció como un tomate, apoyó las manos y se puso en pie dificultosamente. Por más que lo intentó, no supo qué contestar, y por primera vez le paso por la cabeza preguntarse si su padre era de joven tan malicioso, irreflexivo y a veces también tan cruel, como Dunstan, si por eso a quien más quería de sus hijos era al primogénito puesto que era el más parecido a él.

El duque lo observaba con semblante impasible.

-Veo que te gusta meditar las cosas antes de abrir la boca. Eso es bueno. ¿Has estado mucho tiempo en camino desde Beaurain?

-Salí de allí anteayer a la caída del sol.

-Vaya. Supongo que estarás hambriento. -Se volvió bruscamente hacia uno de sus hombres.- Acomoda al muchacho en alguna parte donde pueda dormir a gusto. Y ocúpate de que le den de comer como es debido.

El hombre hizo una reverencia.

-Inmediatamente, monseigneur. Ven conmigo, muchacho.

-Y me temo que has de partir en el acto, Gerard -le dijo Guillermo al segundo-. Ve hasta Beaurain. Llévate a cinco hombres. Dile a Guy que espero a mis invitados ingleses en Ruán dentro de dos días. Dile que también lo espero a él. Dile que por cada hora que se retrase enviaré a cien hombres que caerán sobre sus tierras, matarán a sus vasallos, deshonrarán a… ¿Tiene hijas?

-Una.

-Bien. Deshonrarán a su hija, masacrarán a sus campesinos, prenderán fuego a sus aldeas, a sus…

Caedmon no pudo oír más, ya que su acompañante cruzó con él el patio y lo condujo al castillo. Subieron una escalera que llevaba a la gran sala, que casi estaba vacía, cruzaron una puerta al otro extremo, subieron por otra escalera de piedra y llegaron a una puerta de madera en un largo corredor iluminado por teas. El hombre abrió la puerta de un empellón y le dijo:

-Entra, Caedmon de Helmsby. Haré que te traigan ahora mismo algo de comer.

Caedmon le dio las gracias y atravesó el umbral. Se vio en una cámara espaciosa con una angosta ventana con vistas al río y el vallc. A lo largo de las paredes había varios jergones de paja; y en medio, una mesa con bancos. No había nadie allí. Fatigado, Caedmon se desplomó en uno de los bancos. No tardó mucho en aparecer una hermosa y joven sirvienta. Le traía pan, queso y un generoso plato de carne fría. Junto al plato colocó un vaso de vino tan oscuro que casi parecía negro. Caedmon le dio las gracias a la muchacha, esperó a estar solo y se abalanzó sobre la comida. El pan era fresco; el queso, curado y sabroso; la carne, tierna y grasa y cubierta de una fina costra de hierbas. Era maravillosa. Comió con gran deleite, vació el vaso del inusitadamente fuerte vino, fue tambaleándose hasta uno de los jergones y se quedó dormido al instante.

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8 Opiniones

Escribe un comentario

  • Saruman
    on

    Que es lo que dan libros como estos. Alguien lo ha leído o tiene referencias más allá de lo que dice la propia editorial?

  • Gol
    on

    ¿qué tiene de malo este tipo de novelas?

  • Danko
    on

    Poca novela histórica has leído, el comentario de la novela me parece costumbrista.

    "Napoleón" de Gallo. Los soldados famélicos en su retirada de la campaña rusa, cuando los caballos agonizaban les rajaban el vientre y metían la cabeza hasta el fondo (en medio de las vísceras sangrantes), para comerse el hígado aún palpitante.

    La narrativa histórica no son novelas de fantasía sino como la realidad misma.

  • Klingsor
    on

    La autora es un auntentico fenomeno de ventas en Alemania segun las referencias de la Amazon germana. Aqui se anuncia una continuacion (El traductor de rey) que esconde una practica muy comun en las editoriales españolas: el dividir la novela original de unas 1000 paginas en 2 tomos con el consiguiente aumento del precio final.Como referencia ver lo que ha hecho Ediciones B con Azogue de Neal Stephenson, convertirlo en una trilogia.Despues se quejan de que se lee poco (quieren decir: se compra poco)

  • WOOZ
    on

    Hola!!!

    ¿Alguien ha leído ya "El Segundo Reino"? En caso afirmativo, ¿qué le ha parecido?

    Saludos

  • dasire
    on

    Del estilo de los pilares de la tierra, algo menos currao eso sí, pero interesante. Deja ganas de dormir un poco menos para leer un poco más.

  • I
    on

    Es un buen elogio para un libro, sin duda.

  • EL OTRO
    on

    Lo leí hará cosa de un año bueno no está mal , creo que la autora abusa un poco

    del folletín , los personajes carecen de profundiidad psicologica, pero en fín si sientes curiosidad sobre quien fué Guillermo El Conquistador…, los reinos de la bretaña normanda y todo eso…….bueno pues mal sabor de boca no te va a dejar.

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