El señor de la muerte y otros casos de Steve Harrison

SenorDeLaMuerteHoward

¿Qué habría pasado si el malvado doctor Fu Manchú hubiera tenido la mala suerte de enfrentarse a Conan el bárbaro, transplantado a su época? Robert E. Howard responde a esa pregunta en este volumen, que reúne por primera vez todas las aventuras en el barrio chino del detective Steve Harrison, una suerte de «Conan con gabardina» que durante cinco novelettes y un relato, se enfrenta al reto de hacer cumplir la ley del hombre blanco en un laberinto de calles intrincadas, húmedos subterráneos y toda clase de lóbregos escenarios, en una de las series más apasionantes de Robert E. Howard, que permanecía inédita en castellano hasta la fecha.

ANTICIPO:
La carnicería resultó tan inesperada como una cobra invisible. En un segundo, Steve Harrison caminaba con desenfado por el callejón a oscuras… y, al siguiente, luchaba desesperado por su vida contra una furia rugiente y babeante, que había caído sobre él con garras y colmillos. Aquella cosa era, obviamente, un hombre, aunque, durante los primeros y vertiginosos segundos de la contienda, Harrison incluso llegó a dudar de ello. El estilo de lucha del atacante resultaba apabullantemente cruel y bestial, hasta para Harrison, que estaba acostumbrado a los trucos sucios que se empleaban en los bajos fondos.

El detective sintió cómo las fauces de su asaltante se hundían en su carne y lanzó un alarido de dolor. Pero, además, empuñaba un cuchillo, que desgarró su abrigo y su camisa, haciendo brotar la sangre, y sólo la ciega casualidad, que le hizo cerrar los dedos alrededor de una muñeca nervuda, mantuvo la afilada punta alejada de sus órganos vitales. Estaba tan oscuro como la puerta trasera del Erebus. Harrison percibía a su asaltante tan solo como una mancha negra en la oscuridad que le envolvía. Los músculos que aferraban sus dedos eran tirantes y acerados como cuerdas de piano, y había una terrorífica robustez en el cuerpo que se enfrentaba al suyo, que llenó de pánico a Harrison. Rara vez el gran detective había encontrado a un hombre que se le pudiera igualar en fuerza; pero este ciudadano de la oscuridad no solo era tan fuerte como él, sino que era mucho más ágil… más veloz y más salvaje de lo que jamás podría ser un hombre civilizado.

Rodaron sobre los desperdicios del callejón, mordiéndose, golpeándose, debatiéndose, y, aunque el invisible enemigo gruñía cada vez que los pétreos puños de Harrison se estampaban contra él, no mostraba el menor signo de debilidad. Su muñeca era como un amasijo de cables de acero, que amenazaba con romper de un momento a otro la presa de Harrison. Su carne se estremeció de pavor ante el frío acero, y el detective agarró aquella muñeca con las dos manos, e intentó romperla. Un aullido sediento de sangre indicó lo fútil de su intento, y una voz que, hasta entonces había boqueado en un idioma desconocido, susurró al oído de Harrison:

—¡Perro! ¡Morirás en la basura, como yo morí en la arena! ¡Tú dejaste mi cadáver a los buitres! ¡Yo dejaré el tuyo a merced de las ratas del callejón! ¡Wellah!—

Un dedo mugriento tanteaba el rostro de Harrison, en busca de su ojo, y, rendido a la desesperación, el detective echó su cuerpo hacia atrás, y proyectó hacia delante la rodilla, con una fuerza capaz de destrozar los huesos. El desconocido asaltante resolló y rodó lejos de él, con la agilidad de un gato. Harrison se puso en pie tambaleándose, perdió el equilibrio y se apoyó contra la pared. Su enemigo, tras lanzar un grito, volvió a cargar contra él. Harrison escuchó silbar la hoja del cuchillo, que se clavó en el muro detrás de él, y se lanzó a ciegas, con el empuje de sus poderosos hombros. Chocó contra algo sólido, notó cómo su víctima tropezaba, cayendo hacia atrás, y escuchó cómo se estampaba contra los desperdicios que cubrían el suelo. Entonces, por primera vez en su vida, Steve Harrison le dio la espalda a un solo enemigo y corrió tambaleándose, pero a buen paso, hasta la salida del callejón.

Respiraba con dificultad, y sus pies tropezaban con charcos y montones de basura. Esperaba recibir un cuchillo en la espalda de un momento a otro.

—¡Hogan! —baló desesperado. Por detrás de él sonaban las veloces pisadas de su letal oponente. Se catapultó fuera de la entrada del negro callejón, topándose de bruces con el patrullero Hogan, que había escuchado su urgente bramido, y acudía a la carrera. El patrullero se quedó sin aliento, lanzando un jadeo agónico, y los dos hombres se desplomaron sobre la acera. Harrison no gastó tiempo en levantarse. Agarrando el Colt especial del 38 del cinturón de Hogan, disparó contra la sombra que, por un instante, se proyectó hacia el exterior de la boca del callejón. Tras ponerse en pie, se acercó a la oscura entrada, sosteniendo aún el arma humeante. No se escuchaba sonido alguno desde esa abertura estigia.

—Dame tu linterna — pidió, y Hogan se puso en pie, con una mano en su amplia barriga, y le tendió el artículo solicitado. El haz de luz blanca no mostró cuerpo alguno en el fango del callejón—. Se ha largado —musitó Harrison.

—¿Quién? —quiso saber Hogan, aún espantado—. Además, ¿de qué va todo esto? Te oí gritar "¡Hogan!" como si el demonio te tuviera sentado en sus rodillas, y al momento siguiente, te lanzas contra mí, embistiéndome como un toro. Qué…

—Cierra el pico, y exploremos este callejón —espetó Harrison—. No pretendía abalanzarme sobre ti. Alguien saltó sobre mí…

—¿Alguien o algo? —el patrullero examinó a su compañero bajo la incierta luz de la distante farola de la esquina. El abrigo de Harrison colgaba hecho trizas; su camisa colgaba en jirones, revelando su pecho, amplio y velludo, que se agitaba con su respiración. El sudor descendía por su cuello de toro, mezclándose con la sangre que teñía los arañazos de sus brazos, hombros y pecho. Llevaba el pelo manchado de mugre, y sus ropas olían a basura—. Debes de haberte topado con toda una banda decidió Hogan.

Sólo era un hombre —dijo Harrison—. Un hombre o un gorila; pero hablaba. ¿Vienes?

Creo que no. Fuera lo que fuera, ya se ha ido. Vuelve a enfocar hacia el callejón. ¿Lo ves? Nada a la vista. No tiene sentido que hagamos una ronda para ver si le encontramos. Será mejor que vayas a que te curen esos cortes. Ya te he avisado antes sobre lo peligroso que es adentrarse en estos callejones a oscuras. Hay muchos hombres que tienen cuentas pendientes contigo.

—Iré a casa de Richard Brent —dijo Harrison—. Él me hará un arreglo. ¿Vienes conmigo?

—Claro, pero será mejor que me dejes…

—¡Sea lo que sea, no! —dijo Harrison, furioso por los cortes y su vanidad herida—. Y escucha, Hogan… no menciones esto por ahí, ¿vale? Quiero arreglar este asunto yo solo. No parece un caso ordinario.

—No parece que lo sea… cuando un bicho ha logrado vapulear así a "Hombre de Hierro" Harrison —fue el mordaz comentario de Hogan, tras el cual, Harrison maldijo entre dientes.

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