El signo del gato

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El signo del gato es una recopilación de 20 cuentos del gran maestro norteamericano, 18 de ellos inéditos muchos escritos en los años cuarenta y cincuenta, mientras que otros son tan recientes como para estar escritos en 2003. La última antología de Bradbury, reúne una serie de pequeñas joyas cuyo común denominador es la observación del comportamiento humano, a veces lúcido, a veces ruin, a menudo absurdo. Grandes temas como el racismo, el amor, el poder y la infancia conviven con viajes en el tiempo y alienígenas.

Precedidos por un revelador prólogo, estos relatos resumen toda una trayectoria literaria, basada en el descubrimiento de la dimensión fantástica de la realidad y una extraordinaria capacidad creadora que hacen de Bradbury un autor imprescindible e inolvidable.

ANTICIPO:
Todos mis enemigos están muertos

2003

Allí estaba, en la página 7, la necrológica: «Timothy Sullivan. Genio informático. 77 años. Cáncer. Ceremonia íntima. Entierro, Sacramento».

–¡Dios mío! –exclamó Walter Gripp–. Ya está, se acabó todo.

–¿Qué se acabó?–dije.

–La vida no tiene sentido. Lee eso.

Walter blandió la necrológica.

–¿Y qué pasa? –dije.

–Todos mis enemigos están muertos.

–¡Aleluya! –dije con una carcajada–. Has esperado mucho tiempo a que ese hijo de puta…

–…cabrón.

–Si, cabrón. A que ese cabrón estirara la pata. Alégrate.

–Que me voy a alegrar. Ahora no tengo motivos para vivir.

–¿Cómo?

–No lo entiendes. Tim Sullivan era un verdadero hijo de puta, lo odiaba con toda mi sangre, con todas mis vísceras, con todo mi ser.

–¿Y que?.

–Veo que no me escuchas. Al morir él es como si se me hubiera apagado la luz.

El rostro de Walter palideció.

–Maldita sea, ¿qué luz?

–El fuego en mi pecho, en mi corazón, en mis ganglios. Ese fuego que se alimentaba de Tim Sullivan. Él me hacía funcionar. Por la noche me iba a dormir cargado de feliz odio. Por la mañana me alegraba desayunar con la necesidad de matarlo una y otra vez entre le almuerzo y la cena. Pero con esto me ha arruinado todo, ha apagado la llama.

–¿Te hizo eso? ¿Su última acción fue provocarte con su muerte?

–Se podría decir que sí.

–¡Lo acabas de decir!

–Ahora, acostémonos y volvamos a mi necesidad.

–No seas tonto. Incorpórate y tómate la ginebra. ¿Qué haces?

–Como ves, aparto la sábana. Quizá sea ésta la última vez que me quedo en cama hasta tarde.

–Sal de ahí, no digas estupideces.

–La muerte es estúpida, un insulto, una broma tonta a mi costa.

–¿Así que te lo hizo adrede?

–No me extrañaría. Sería algo típico. Llama a la morgue, léeme un menú de lápidas, piedra común, nada de ángeles. ¿Adonde vas?

–Afuera. Necesito aire.

–¡Cuando vuelvas, yo quizás no esté!

–¿Quién?

–¡Yo!

Salí y me quedé al sol.

No puede estar ocurriendo eso, pensé.

¿Ah no?, repliqué. Ve a mirar.

No todavía. ¿Qué haremos?

No me lo preguntes, dijo mi otro yo. Si él muere, morimos nosotros. No habrá más trabajo ni dinero. Hablemos con alguna otra persona ¿Es aquello su libreta de direcciones?

Sí.

A ver, todavía tiene que quedar alguien vivito y coleando.

De acuerdo. Pasé las páginas. ¡Veamos la A, la B, la C! ¡Muertos! ¡Y la De, la E, la F, la G!

¡Muertos!

Cerré la libreta de golpe como si fuera la puerta de una tumba.

Él tenía razón: sus amigos, sus enemigos… Un libro de los muertos.

Eso es original, apúntalo.

¡Dios mío, original! ¡A ver si se te ocurre algo!

Un momento. ¿Cómo me siento con él ahora? ¡Eso! ¡Abran paso que volvemos!

Abrí la puerta y metí la cabeza.

–¿Sigues agonizando?

–¿Qué aspecto tengo?

–De terco insoportable.

Entré, me acerqué y me quedé mirándolo desde arriba.

–¿Se me ve mejor de cerca? –dijo Walter.

–No terco. Malo. Espera mientras junto saliva.

–Espero –dijo Walter–. Date prisa, que voy a durar poco. Ojalá fuera cierto. ¡Ahora escucha!

–No te acerques tanto, que te siento el aliento.

–Esto no es una reanimación boca a boca sino un baño de realidad: ¡presta atención!

Walter parpadeó.

–¿Es mi viejo amiguete, mi viejo compinche?

Una sombra le atravesó la cara.

–No. No soy tu viejo amiguete, tu viejo compinche.

Walter sonrió.

–¡Claro que eres tú!

–Ya que estás casi muerto, ha llegado el momento de hacerte una confesión.

–La confesión tendría que hacerla yo.

–¡Yo primero!

Walter cerró los ojos y esperó.

–Adelante –dijo.

–¿Recuerdas aquel dinero que faltó en el 69 y que, creíste, Sam Willis se llevó a México?

–Si, Sam, claro que sí.

–No. Fui yo.

–¿Cómo?

–Yo –dije–. Lo hice yo. Sam se fugó con una chica. ¡Yo robé la pasta y le eché la culpa! ¡Yo!

–Eso no es tan malo –dijo Walter–. Te perdono.

–Un momento, hay algo más.

–Estoy esperando.

Walter se rió por lo bajo.

–En cuanto a aquel baile de secundaria, en 1958…

–Aquella noche de fracaso. Yo me fui con Dica-Ann Frisbie. Necesitaba a Mary-Jane Caruso.

–Hubiera sido tuya. ¡Le conté lo mujeriego que eras, le enumeré tus éxitos!

–¿Eso hiciste? –Walter abrió mucho los ojos–. Así que, en el baile ella terminó contigo.

–Exacto.

Por un instante, Walter me clavó la mirada; después la apartó.

–Bueno, eso es vieja agua pasada bajo puentes todavía más viejos. ¿Has terminado?

–No del todo.

–¡Dios mío! Esto se está poniendo interesante. Te escucho.

Walter palmeó la almohada y se apoyó en un codo.

–Después vino Henrietta.

–Dios mío, Henrietta. Qué maravilla. Fue un gran verano.

–Yo di fin a ese verano.

–¡¿Tú que?!

–Ella te dejó, ¿no es así? Dijo que su madre se estaba muriendo y que tenía que acompañarla.

–Entonces ¿tu también te fugaste con Henrietta?

–Exacto. Punto siguiente: ¿te acuerdas de cuando te hice vender Ironworks Inc., con pérdidas? A la semana siguiente la compré.

–Eso no está tan mal.

Walter tragó saliva, yo seguí hablando.

–Otro punto. ¡En Barcelona, en el 69, aduciendo jaqueca, me acosté temprano y salí con Cristina López!

–A veces he pensado en ella.

–Estás levantando la voz.

–¿De veras?

–¡Ahora tu mujer! Jugué con ella al Aquí te pillo Aquí te mato.

–¿Aquí te pillo…?

–¡Aquí te pillo una vez, dos veces, cuarenta veces!

–¡Espera!

Walter se incorporó, apretando la manta.

–¡Agudiza el oído! Cuando estabas en Panamá, Abbey y yo hicimos una fiesta salvaje.

–Me hubiera enterado.

–¿Desde cuando oyen los maridos? ¿Recuerdas su gira enológica por Providence?

–Si

–Pues no. ¡Estuvo en Paris bebiendo champán en mis zapatillas de golf!

–¿Zapatillas de golf?

–¡París fue nuestro hoyo diecinueve! ¡Campeonatos mundiales! ¡Después Marruecos!

–¡Ella nunca fue!

–¡Fue y lo hizo! ¡Roma! ¿¡Sabes quien fue su guía turístico!? ¡Tokio! ¡Estocolmo!

–¡Sus padres eran suecos!

–Yo le di el premio Nobel. ¡Bruselas, Moscú, Shangai, Boston, El Cairo, Oslo, Denver, Dayton!

–¡Basta, por Dios, basta! ¡Basta!

Me interrumpí y, como en las viejas películas, fui a la ventana y me fumé un cigarrillo.

Oía el llanto de Walter. Al volverme vi que había sacado las piernas de la cama y que las lágrimas le bajaban por la nariz y caían al suelo.

–¡Hijo de puta! –dijo boqueando.

–Cierto.

–¡Cabrón!

–Desde luego.

–¡Monstruo!

–¿Si?

–¡Mejor amigo! ¡Te voy a matar!

–¡Primero tendrás que agarrarme!

–¡Después me despertaré y te mataré de nuevo!

–¿Qué haces?

–¿Me levando de la cama, maldita sea! ¡Ven aquí!

–No. –Abrí la puerta y miré hacia fuera–. Adiós.

–¡Aunque tarde años te mataré!

–¡Ah! Míralo… ¡Años!

–¡Aunque tarde toda la eternidad!

–La eternidad! ¡Eso es magnífico! ¡Hasta más ver!

–¡Quieto, maldita sea!

Walter se levantó tambaleándose.

–¡Hijo de puta!

–¡Correcto!

–¿Cabrón!

–¡Aleluya! ¡Feliz Año Nuevo!

–¿¡Qué!

–Prosit! Skoal! ¿Qué fui yo una vez?

–¿Amigo?

¡Sí, amigo!

Solté una carcajada, una carcajada de médico-curandero.

-¡Bruja! –chilló Walter.

–Yo, sí, yo!

Salí de un salto, sonriendo.

–¡Yo!

Un portazo.

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