El tapiz de Malacia

TapizMalacia

Malacia es una enigmática ciudad suspendida en el tiempo, donde todo cambio está prohibido; por sus calles desfila la más excéntrica variedad de personajes: duques, prósperos mercaderes, aristócratas arruinados, sacerdotes, cortesanos, mendigos, soldados y empresarios de teatro venidos a menos. Entre ellos, el alocado, pícaro y galán Perian de Chirolo, un joven actor que, a falta de trabajo, ejerce de vividor. Hata que aparece el misterioso Otto Bengtsohn y le ofrece colaborar en una revolucionaria y arriesgada obra. Perian sólo se decide a participar cuando conoce a la bella Armida Hoytolam, que también intervendrá en el proyecto.

Todo desembocará en una serie de peripecias en las que descubriremos al joven navegando en un globo aerostático, matando feroces ancestros y tropezándose con las intrigas y los secretos más oscuros.

Recreando en clave de fantasía la Venecia barroca y decadente, Aldiss ha tejido una novela insólita y absorvente donde los protagonistas son las palabras, el destino, el erotismo, la grandeza, la vitalidad y los sentidos.

ANTICIPO:
Fuimos andando por el Vukoban, cerca de un viejo y arruinado molino que señalaba los límites de la feria. Una mujer alada se acercó volando, desde el lado de la ciudad. Como muchas de su especie, llevaba largas cintas en el pelo, que flotaban detrás de ella. Era joven e iba desnuda. Verla pasar a la luz del sol era un espectáculo placentero.

Mientras descendía aleteando para posarse detrás del molino, oímos el batir de las alas.

-Son tan libres -comentó Bedalar-. ¿No podríamos volar hacia las montañas?

Dicho y hecho. La gente alada tenía una torre de cestería en el perímetro de la feria, desde donde una o dos personas podían ser transportadas por el aire aunque no mucho tiempo, en sillas de manos. Trepamos todos a la torre, que crujía a cada paso como el corsé de una vieja cortesana. Al salir por la parte alta, Armida y yo nos acomodamos en una de las sillas. De Lambant y Bedalar en otra. Cuatro fornidos hombres alados nos elevaron por los aires, en tanto que otros cuatro se ocupaban de nuestros amigos.

-Oh, Perian, ¡parece tan inseguro! ¿No nos dejarán caer?

-Es más seguro que mi globo hidrogenado.

Los hombres voladores tenían alrededor de los hombros un arnés que iba atado al carruaje, y además una expresión seria y bondadosa en los rostros rubicundos. De todos modos, tuve que admitir que había otras razones, además del afecto, para la fuerza con que me abrazaba Armida. El apretón me impedía temblar.

Nuestra silla de manos pasaba aleteando por encima de las cabezas de la multitud. La tarde se iba consumiendo. La muchedumbre se hizo más densa, el escenario de los puestos se tornó más animado, el olor de la carne asada aumentó. Después del crepúsculo vendría la hora más alegre, cuando llegaban las multitudes, cuando se encendían las bengalas y las máscaras salían a la calle, y los danzarines orientales giraban sobre escenarios perfumados.

La feria quedó muy por detrás de nosotros, aleta zo tras aletazo. Abajo estaban los viñedos, apretados los racimos en el denso follaje. Nos abrimos paso por un bosquecillo de esbeltos abedules. Adelante, otro tramo del río gorgoteaba golpeando contra la roca. Más allá había unos últimos viñedos, y las pri

meras ondulaciones de los Vukoban.

-Mejor que nos dejen aquí -gritó Armida, pero De Lambant respondió con entusiasmo desde el otro vehículo: -No, no, ¡sigamos! Más adelante conozco un nidito, libre de interrupciones.

De modo que entre un gran batir de alas nos elevamos sobre pendientes de manzanilla florecida, hasta llegar a una plataforma amplia, cubierta de musgo y resguardada por un acantilado. Allí nos dejaron los hombres alados. Soltaron las sillas de manos y cayeron sobre la hierba, jadeantes y sudorosos, abanicándose con las rizadas puntas de las alas. Pronto se levantaron, recogieron la paga, y se alejaron volando lentamente hacia la feria.

Nos quedamos mirando cómo se iban. Cuy y yo abrazamos a las muchachas, y los cuatro retozamos agradablemente en nuestra recién ganada soledad.

Sentí el deseo de derramar mi amor sobre Armida, pero la ocasión se prestaba más a la alegría que a las palabras solemnes. La tomé de la mano y corrimos riendo a examinar nuestra fortaleza, oculta a los ojos del mundo.

Trepamos por enormes fragmentos de roca, donde haoía rostros y miembros de toda clase tallados en la piedra, hasta que vimos la campiña sobre la que habíamos volado. .

La existencia de Malacia dependía del comercio y la agricultura. De esto último, la prueba estaba ante nosotros, en los viñedos, con sus hileras geométricas que giraban hacia el río. Todo lo que alcanzábamos a ver estaba bañado por la sensata luz de la tarde.

De manera instintiva, Armida y yo nos abrazamos, sintiéndonos parte de fructíferos procesos. Desde nuestra ventajosa posición se veían también, a la distancia, las casillas de la feria, el Toi, flanqueado por sus puentes, y la ciudad. Las fortificaciones de Malacia, las torres y los magníficos edificios se perdían en la bruma como si fueran más un sueño que una realidad. Desde el Bucintoro venía un resplandor dorado.

Más allá de la ciudad, hacia la derecha, donde el terreno volvía a elevarse, alcanzábamos a ver las colinas que ocultaban el campamento de Tvrtko. Una vez por día, el cañón otomano bombardeaba la ciudad, pero era un bombardeo sin el menor entusiasmo; estaban escasos de munición. A esta hora, el enemigo no daba señales de vida.

Por encima de nosotros y hacia un lado se veían las pizarras grises de un poblado montañoso. Apenas lo distinguíamos a causa de los olivos y de una muralla baja de piedra que corría subiendo y bajando hondonadas. Era Heyst, una aldea de gente morena y extraña. Desde donde estábamos podíamos ver a uno o dos individuos que trabajaban descalzos entre las viñas, con hombres lagarto al lado. En Heyst hablaban su propia lengua y eran hostiles.

Armida y yo nos reunimos con nuestros compañeros. Mientras nos acomodábamos, ella dijo: -Me han comentado que algunos de estos montañeses, que vinieron antaño del norte desértico, descienden ae los mandriles. Son un pueblo más joven que nosotros. Por consiguiente… bueno, eso es lo que me contó la anciana nodriza de mi madre, de manera que quizá no sea más que un cuento… pero parece que ya había tantos dioses en el mundo que los de los montañeses no pudieron nacer, y todavía están encerrados en la piedra, aquí en los montes Vukoban.

-Un típico cuento de nodriza, Armida -dijo bondadosamente De Lambant-. Si los dioses del norte no han podido nacer, entonces estarán encerrados en las rocas del norte.

-Es una alegoría -dije-. Si hay dioses que aún están por nacer, estarán encerrados dentro de nosotros, no en simples rocas.

Armida mostró su talante al atacarnos a ambos.

-Oh, ¡qué arrogantes sois los hombres! Siempre creéis que lo sabéis todo. Si un dios está encerrado en la roca, lo lógico es que la mueva desde debajo de la tierra, mil kilometros si es necesario. Y en cuanto a las “simples rocas”, profesor De Chirolo, ¿qué le hace pensar que la gente vale más que las rocas? De las simples rocas salen cosas más extrañas que las cosas de los hombres, puesto que los propios hombres salieron de las rocas cuando el mundo empezó.

-¿Qué? ¿Qué es eso? -le pregunté, riendo-. Nosotros descendemos de animales ancestrales, la familia de los bípedos.

Armida no me hizo caso y prosiguió: -Todavía el año pasado, y esto es algo que oí de un amigo de mi padre, erudito y digno de confianza, en las costas de Lystra una especie de cangrejo nació de las rocas.

Ahora existen centenares, todos pueden verlos. Trepan a los árboles y hacen señales a sus amigos con una pinza especialmente adaptada a ese propósito.

De Lambant se reía.

-Eso no es algo nuevo en cuanto a los cangrejos. Son bichos que han estado haciendo señales a sus amigos y enemigos desde que el mundo es mundo. Sin duda ya han transmitido mucha información poco convincente.

“No, mi querida Armida, necesitamos una especie de cangrejo auténticamente nueva, una especie que cante como un gallo, que dé leche todos los lunes del mes y levante el caparazón cuando se le pida que muestre las perlas y joyas que guarda debajo. O mejor un cangrejo terrestre, manso y grande, del tamaño de aquella piedra, pero con más velocidad, para que se le pueda enseñar a galopar como un caballo. ¡Pienso lo que podría hacer una formación de animales así Contra los otomanos! Llevarían los caparazones pintados de colores bélicos.

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