El Tapiz I. El Guardián de Rowan

GuardianRowanHenryHNeff

Un extraño tapiz colgado en una sala de museo que no existe revela que Max es el elegido: sus extraordinarias cualidades le hacen apto para entrar en la escuela de Rowan, un internado donde nada es lo que parece.

Allí descubrirá que Astaroth, el líder de las fuerzas del Mal, no murió cuando fue derrotado en la Edad Media. Sus secuaces andan sueltos y tienen planes para sacarlo de su letargo.

Y en los terribles planes trazados para despertar a este ser de las tinieblas entra Max. Entra su sangre.

42 “potenciales”, alumnos con talentos especiales, han sido ya secuestrados.

A Max sólo le quedan dos opciones: morir o convertirse en un héroe.

ANTICIPO:
La galería de las armaduras estaba menos iluminada que las demás, sus artefactos brillaban levemente tras los limpios cristales. Aquí había poca gente y a Max le agradó poder dibujar con una relativa tranquilidad y silencio. Caminó en paralelo a una cinta de terciopelo, deteniéndose a observar un arco aquí, un cáliz allá. De los muros colgaban todo tipo de armas: negras mazas de hierro, hachas de hoja ancha y espadas descomunales. Se detuvo ante una vitrina con alabardas ceremoniales antes de fijarse en el objeto que le apetecía dibujar.

La armadura era enorme. Su tamaño empequeñecía a todas las demás, irradiaba un brillo plateado dentro de la gran vitrina de cristal.

Max rodeó la vitrina, inclinando la cabeza para obtener una mejor visión del casco. Unos minutos más tarde ya había esbozado la silueta básica en el cuaderno.

Mientras se esforzaba en dibujar el elaborado peto, un alboroto en el otro extremo del pasillo llamó su atención. Dirigió su mirada a través del cristal de la vitrina y de repente se quedó sin respiración.

El hombre del tren estaba ahí.

Max se agachó y observó cómo el hombre se alzaba por encima del guarda de la entrada de la galería. Hacía rápidos aspavientos conuna mano. Los movimientos se aceleraban al tiempo que subía el volumen de su voz.

—Así de alto —soltó con acento de Europa del Este. Tenía la palma de la mano a una altura similar a la de Max—. Un chico con el pelo oscuro, de unos doce años, con un cuaderno de dibujo.

El guardia retrocedió hacia el marco de la puerta, mirando al hombre de arriba abajo. Cuando estaba a punto de usar la radio, el extraño señor se le aproximó bastante y le susurró al oído algo que Max no pudo escuchar. Inexplicablemente, el guardia asintió y señaló con su grueso pulgar por encima del hombro hacia las armaduras tras las que Max se escondía.

Desesperado, el chico escudriñó en derredor y se fijó en una entrada oscura que había justo a su derecha. Una cinta de terciopelo la atravesaba y de ella colgaba un cartel en el que ponía:

EN OBRAS: PROHIBIDA LA ENTRADA.

Ignorando el letrero, Max pasó por debajo de la cinta y se escondió en un rincón. Se pegó por completo a la pared, temiendo ser descubierto. Pero no pasó nada. Tras unos segundos eternos, se dio cuenta de que se había dejado el cuaderno de dibujo en la otra galería. Le invadió un escalofrío de terror: seguro que el hombre lo veía y adivinaba dónde se había escondido.

Pasó un minuto, y luego otro, y otro. Max escuchaba los pasos y las conversaciones banales de la gente que desfilaba por delante de la entrada. Se asomó para echar un vistazo. El hombre no estaba… pero tampoco estaba su cuaderno de dibujo. Deslizándose hasta quedar sentado en el suelo, Max rememoró su nombre y dirección escritos pulcramente en la cubierta interior del cuaderno. Levantó la cabeza y miró abatido la sala en la que se había escondido.

Era sorprendentemente pequeña para ser una galería. El ambiente olía a humedad y el espacio desprendía una especie de suave resplandor ambarino. El único objeto en su interior era un andrajoso tapiz que colgaba de la pared de enfrente. Max parpadeó. Aunque pareciera extraño, era el tapiz el que irradiaba aquella luz tenue. Se acercó.

El tapiz debía de ser muy antiguo. El sol y los siglos habían deslucido sus colores hasta dejarlo sumido en un mar ocre y sepia. Sin embargo, según se iba aproximando, Max percibió pequeños detalles y trasfondos de color sumergidos tras la superficie apagada y rugosa.

Empezó a sentir un cosquilleo en el estómago, como si se hubiera tragado un panel de abejas. Los pelillos de los brazos se le erizaban uno a uno, y Max se quedó muy quieto, sin apenas respirar.

¡Toing!

Un hilo estalló en un dorado brillante. Max dio un grito y saltó hacia atrás. Refulgía como el fuego, tan fino y delicado como la seda de araña. Vibraba como un arpa y emitía una única nota musical que reverberó por todo el espacio de la galería antes de desvanecerse en el silencio. Volvió a mirar hacia la entrada. Los visitantes seguían paseando pero parecían lejanos y ajenos a esta pequeña galería, su solitario morador y el extraño tapiz.

Más hilos cobraron vida arrancados de su profundo sueño y fueron conformando un coro creciente de luz y música. Algunos despertaban de forma individual como un chasquido seco de luminosidad y sonido; otros aparecían en conjuntos armónicos de color plateado, verde y áureo. A Max le parecía que había desempolvado un antiguo instrumento que ahora entonaba una extraña y olvidada melodía. La canción se volvió más suntuosa. Cuando el último hilo se convirtió en luz y sonido, Max dio un pequeño respingo de dolor. El dolor era más fuerte que una punzada y lo causaba algo muy en el fondo de su ser.

Ese algo había estado dentro de Max desde donde alcanzaba su memoria. Era una presencia vigilante, grande y salvaje, y él le tenía miedo. A lo largo de toda su vida había luchado con gran esfuerzo para mantenerla encerrada en su interior. La lucha le ocasionaba dolor de cabeza y en ocasiones Max quedaba derrengado durante días. Supo que aquellos episodios habían quedado atrás para siempre al sentir la presencia totalmente liberada. Al fin sin barreras, se deslizó con lentitud a través de su conciencia para acabar removiendo algo en lo más profundo de su ser.

El dolor pasó. Max aspiró con profundidad mientras las lágrimas corrían libres, como pequeños ríos calientes, por su cara. Acarició la superficie del tapiz con los dedos.

La luz y los colores cambiaron para formar unas figuras entrelazadas que contenían tres extrañas palabras resplandecientes cerca de la parte superior.

TÁIN BÓ CUAILNGE

Bajo estas palabras, centrada, aparecía tejida la preciosa imagen de un toro en un prado, rodeado por docenas de guerreros durmientes.

Un ejército de hombres armados se aproximaba desde la derecha; un trío de mirlos revoloteaba en el cielo. Desde una colina cercana, la silueta de un hombre alto observaba toda la escena mientras sujetaba una lanza.

Los ojos de Max repasaron toda la imagen pero siempre regresaban a la figura oscura sobre la colina. Lentamente, las luces del tapiz se hicieron más intensas; las imágenes temblaban y bailaban tras deslumbrantes olas de calor. Con una ascendente cacofonía de sonidos, el tapiz estalló en una radiación tan caliente y brillante que Max tuvo miedo de que lo redujera a cenizas.

—¡Max! ¡Max McDaniels!

La habitación volvió a quedar a oscuras. El tapiz colgaba de la pared, mustio, feo y quieto. Max retrocedió confundido y atemorizado y cruzó la cinta de terciopelo para regresar a la galería medieval.

Vio la descomunal figura de su padre junto a dos guardias de seguridad al final del pasillo de la galería. Max le llamó. Al oírle, el señor McDaniels fue corriendo hacia su hijo.

—¡Ah! ¡Gracias a Dios! ¡Gracias Dios mío! —el señor McDaniels se limpiaba las lágrimas mientras se inclinaba sobre su hijo, lo cubría de besos y le apretaba contra su abrigo—. Max, ¿dónde diablos te habías metido? ¡Te he estado buscando durante dos horas!

—Lo siento, papá —dijo Max, desconcertado—. Estoy bien. Estaba en esa galería pero sólo han sido unos veinte minutos.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué galería? —tembló la voz del señor McDaniels mientras miraba por encima de los hombros de Max.

—La que está en obras —contestó él, dándose la vuelta para mostrarle el cartel. Se quedó mudo, comenzó a decir algo y volvió a callar. Ya no había ninguna entrada, ni cartel, ni cinta de terciopelo.

El señor McDaniels se giró hacia los guardias y les estrechó amablemente las manos. Cuando los guardias se alejaron fuera del radio de su voz, se arrodilló para quedar a la misma altura que el chico. Tenía los ojos hinchados e implorantes.

—Max, dime la verdad. ¿Dónde has estado estas dos horas?

Max aspiró una gran bocanada de aire.

—Estaba en una habitación pegada a esta galería. Papá, te prometo que creía que no había pasado tanto tiempo.

—¿Dónde estaba esa habitación? —preguntó el señor McDaniels abriendo el plano del museo.

Max sintió una especie de mareo.

La habitación con el tapiz simplemente no aparecía en el plano.

—Max… te voy a preguntar esto una y sólo una vez: ¿estás mintiéndome?

Clavó la vista en sus zapatos. Elevó los ojos hasta encontrarse con los de su padre y escuchó su propia voz, baja y temblorosa.

—No, papá. No te estoy mintiendo.

Antes de que hubiera terminado la frase, su padre ya se lo llevaba con cierto brío hacia la salida. Varias chicas de su misma edad soltaron unas risitas nerviosas y cuchichearon algo al ver que su padre tiraba de él, que iba arrastrando los pies y con la cabeza gacha, hacia la salida del museo y escaleras abajo.

El único sonido que se oyó durante el viaje en taxi hasta la estación de tren fue el que hizo el señor McDaniels al hojear rápidamente sus folletos publicitarios. Max se dio cuenta de que muchos de ellos estaban al revés o boca abajo. La lluvia y el viento volvían a cobrar fuerza cuando el taxi se detuvo en la estación ferroviaria.

—Asegúrate de que no se te olvida nada —suspiró el señor McDaniels, al tiempo que salía por la otra puerta. Parecía cansado y triste. Max se sintió mal y se lo pensó mejor antes de decirle que también había perdido el cuaderno de dibujo.

Una vez en el tren, los dos entraron silenciosos en un departamento acolchado. El señor McDaniels entregó su billete de vuelta al revisor, se reclinó y cerró los ojos. El revisor se dirigió a Max:

—Billete, por favor.

—Ah, lo tengo por aquí —masculló sin prestar atención. Metió la mano en el bolsillo y sacó un sobre pequeño en vez del billete. La visión de su nombre claramente escrito en el sobre le dejó boquiabierto.

Confundido, Max sacó el billete del otro bolsillo y se lo dio al revisor. Comprobó que su padre todavía descansaba y volvió a fijarse en el sobre. La luz cálida y amarillenta resaltaba su textura encerada; era de papel grueso y estaba muy bien plegado. Dio la vuelta al sobre y examinó la cuidada caligrafía azul.

Sr. Max McDaniels

Su padre respiraba profundamente. Max pasó un dedo por la solapa del sobre. En el interior había una carta doblada.

Estimado Sr. McDaniels:

Nuestro registro indica que usted ha quedado inscrito como potencial esta tarde a las 3:37 p.m. Felicidades. Debe de ser un joven extraordinariamente excepcional, Sr. McDaniels, y estamos deseando conocerle. Uno de nuestros representantes de la zona contactará en breve con usted. Hasta ese momento le agradeceríamos que mantuviese absoluto silencio y la mayor discreción sobre este asunto.

Atentamente,

Gabrielle Richter

Directora ejecutiva


Max leyó la nota varias veces antes de guardarla de nuevo. Se sentía agotado. No se explicaba cómo había llegado la carta a su bolsillo, mucho menos lo que significaba «potencial» y qué tenía que ver todo aquello con él. Podía entrever alguna posible relación con el tapiz oculto y la misteriosa presencia que en estos momentos se hallaba libre en su interior. Max miró por la ventana. Los rayos brillantes del sol perseguían los tenues restos de las nubes tormentosas por todo el cielo. Exhausto, se reclinó sobre su padre y se quedó dormido, apretando con fuerza entre los dedos el misterioso sobre.

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