El teatro secreto

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Los Umbrales, puertas que conectan el mundo real con Aradise, el país de las hadas, se han abierto. Un horrible monstruo ha cruzado a este lado aprovechando la ocasión, y los guardianes de la realidad se ponen en marcha para detenerlo. Luna, una joven bohemia que vive en Londres y hace espectáculos de performance callejero, se verá atrapada en una aventura que sobrepasa todo lo que ha visto hasta entonces, y que la conducirá a descubrir el mundo que se esconde más allá de los Umbrales…

Novela finalista del Premio Minotauro 2005, del autor de Piscis de Zhintra, Mystes o El tercer nombre del emperador.

ANTICIPO:
Tras la quinta página del libro de cuentos apareció un dibujo que hizo estremecerse a los niños: representaba un lobo vestido con enaguas y delantal. Acostado en una cama, jugueteaba aburrido con agujas de tejer en espera de que la indefensa Caperucita usara su llave maestra para entrar en la casa.

La madre rió al ver la expresión asustada de sus hijos.

—No os preocupéis, que al final del cuento llega el leñador con su hacha —reveló.

Su hija se arrellanó en la cama, cubriéndose la cabeza.

—¡No quiero que toque en la puerta! —exigió—. ¡Dentro está el lobo!

—Eres una miedica —se mofó su hermano.

—¿Queréis que siga contando la historia o preferís dormiros ya?

Los niños se miraron, dubitativos. El mayor se armó de valor y se dispuso a escuchar el espeluznante relato hasta el final. Cualquier cosa antes que dejarse dormir tan pronto.

La madre continuó:

—Así pues, Caperucita introdujo la llave en la cerradura oxidada, con cuidado de no cortarse. Su abuelita era muy mayor y hacía tiempo que no se ocupaba de las cosas de su hogar. —Hizo el ademán de girar un pomo—. La puerta crujió de lo vieja que era, y se abrió lentamente, revelando a la niña el interior de la casa.

Los chiquillos se ocultaron bajo las sábanas, el miedo mezclado con la expectación.

—¿Dejo de leer?

—¡No! —gritaron al unísono.

—Vale; pues resulta que había unas huellas muy recientes en el suelo…

—¡Son del lobo!

—En efecto, pero Caperucita era una niña muy ingenua y no sospechó nada. Ignorante del peligro que corría, fue hasta la cocina e introdujo el pastel en el horno. A continuación se dispuso a saludar a su abuelita.

El mayor de sus hijos surgió enfadado de debajo de las sábanas.

—¡Esa Caperucita es una boba! —exclamó—. ¿Por qué no llama a la policía?

—Porque su abuelita no tenía teléfono.

—¿Y por qué no sale corriendo a buscar al leñador?

—Porque si hay algo que el lobo sabe hacer muy, pero que muy bien, es hacerse pasar por otras personas. Puede entrar en cualquier casa si se le deja pasar, aunque siempre preguntará primero.

—¿Como en los tres cerditos? —preguntó la niña.

La madre asintió.

—Exacto. Y tiene muchos otros poderes, como su gran soplido que puede derribar casas enteras. Pero el lobo es estúpido, y en todas las ocasiones acaba siendo vencido por el astuto leñador. Sólo actúa por instinto, sin pensar.

—¿En este cuento le va a vencer también, mamá?

—Si me dejáis terminar de contarlo, tal vez.

—¡Llámalo, mamá! —pidió de repente el niño—. ¡Haz que venga el lobo!

—¡No! —chilló su hermana—. Nos comerá.

—No si yo estoy aquí. —Su madre les guiñó un ojo—. ¡Lobo, ven! —gritó al techo, donde brillaban adhesivos de estrellas.

—¡No, mamá!

—Tranquila, Shelley, cariño —le acarició la mejilla—. Verás como lo vamos a llamar, y el lobo no aparecerá porque nos tiene miedo; sabe que no puede meterse en la habitación de los niños porque podríamos llamar al leñador, que le abrirá el estómago y se lo llenará de piedras. Al despertarse, sentirá sed y se caerá al río al ir a beber.

—¡Lobo, ven! —chillaron al unísono los niños—. Te vamos a llenar la barriga de piedras.

—¡Te vamos a rellenar hasta que explotes!

Rieron y saltaron encima de la cama un buen rato, hasta que la madre agotó todas sus energías. Luego los arropó y se despidió de ellos con sendos besos.

—Hasta mañana, hijos. Y si en vuestros sueños aparece ese ser maléfico, avisadme enseguida y traeré un cuchillo y unas cuantas piedras del jardín.

—Hasta mañana, mamá.

Cerró la puerta tras de sí, apagando la luz. No prestó excesiva atención al sonido que provino de debajo de la cama, un tenue levantar de astillas que evocaba un gato grande arrastrando sus uñas por el suelo.

Entró en la cocina y se sirvió un vaso de whisky. Leer cuentos le resecaba la garganta, sobre todo cuando alzaba la voz en el capítulo final para conferirle más emoción a la escena.

En un papel apresado entre un imán y la nevera estaba anotada la lista de la compra. En la última línea, su marido había apuntado tras los postres y productos de limpieza la palabra “caña”.

Frunció el ceño. Apenas tenían dinero para llegar a fin de mes y él sólo pensaba en comprarse una maldita caña de pescar. Y no una de las baratas, no; el señorito había seleccionado un modelo con carrete automático y sedal de calidad. Tal vez no pudieran comprar una lavadora nueva, pero todo lo que fuera aparentar ante los amigos que su vida era un continuo derroche siempre era prioritario.

Y el mes que viene toca la vuelta al colegio de los chicos, pensó, resignada.

—BUENO… AL MENOS TÚ SÍ QUE ME COMPRENDES, ¿VERDAD? —PREGUNTÓ A LA BOTELLA.

UN RUIDO SORDO LLEGÓ DESDE EL CUARTO DE LOS NIÑOS, COMO SI ALGÚN TRASTO SE HUBIESE CAÍDO DEL MUEBLE DE LOS JUGUETES. PERO LO QUE COMENZÓ A PREOCUPARLA SERIAMENTE FUE UN OLOR INCLASIFICABLE, MEZCLA DE ALMIZCLE Y DEPOSICIONES DE PÁJAROS, QUE EMANABA DE LA HABITACIÓN. BEBIÓ UN SORBO DE LA COPA (PARA MOJAR LOS LABIOS EN UN AVANCE DE LO QUE VENDRÍA DESPUÉS) Y REGRESÓ JUNTO A SUS HIJOS.

AL ABRIR LA PUERTA, CUYOS GOZNES RECHINARON COMO CHARNELAS OXIDADAS, SU CORAZÓN DIO UN VUELCO.

SENTADO EN LA CAMA, ROYENDO LO QUE QUEDABA DE LOS BRAZOS DE SUS HIJOS, UN MONSTRUO RECUBIERTO DE PELO ANIMAL LA MIRABA CON OJILLOS CIRCULARES, PEQUEÑOS Y BLANCOS. SU BOCA, UN AMASIJO DE CARNE Y RESTOS DE HUESECILLOS MACHACADOS, SE ABRIÓ ANSIOSA, MOSTRANDO DOS HILERAS PARALELAS DE COLMILLOS Y UNA LENGUA CORREOSA COMO UN CINTURÓN DE CUERO. LA COSA MEDÍA CASI TRES METROS DE ALTURA, Y ESTABA ACUCLILLADA EN UNA POSICIÓN TAN INVEROSÍMIL QUE HACÍA DIFÍCIL ENTREVER DÓNDE ESTABAN SITUADAS LAS ARTICULACIONES DE SUS MIEMBROS Y HACIA QUÉ DIRECCIÓN SE DOBLABAN DE MANERA NATURAL.

EL LOBO MIRÓ A LA MADRE, Y DIJO CON EL TONO DE VOZ EXACTO QUE ELLA HABÍA USADO PARA DESCRIBIRLE MINUTOS ANTES:

—ESTOY A PUNTO DE ACABARME A TUS HIJOS, ZORRA. YA PUEDES TRAER LAS PIEDRAS.

ANTES DEL SIGUIENTE LATIDO, LA MUJER HABÍA MUERTO DE MIEDO.

(…)

LA SERENA CONFUSIÓN QUE LOS DISTINTOS ESTEREOTIPOS DE PERSONAS CAUSABAN EN PRADYR HAMMESH LE HACÍA PREGUNTARSE CÓMO SUS CONCIUDADANOS SE DISTINGUÍAN UNOS DE OTROS. QUÉ MISTERIOSAS HABILIDADES USABAN PARA DIFERENCIAR A UNA MUJER DE MALA REPUTACIÓN, COMO AQUELLA QUE OFRECÍA UN ESCORZO DISTRAÍDO EN LA BARRA DEL BAR, DE LAS DAMAS DE ALTA ALCURNIA EN BUSCA DE AMANTES SITUADOS EN ESFERAS SUPERIORES DE SU CASTA. O LOS POETAS TRISTEMENTE TRÁGICOS QUE SUSPIRABAN POR EL AMOR, COMO EL QUE PELABA UNAS PIPAS DOS MESAS MÁS ALLÁ, DE LOS SIMPLES BORRACHOS QUE BEBÍAN, PRECISAMENTE, PORQUE NO PODÍAN SER POETAS.

LLEVABA MÁS DE UNA HORA HACIENDO TIEMPO EN LAS PROFUNDIDADES DEL BAR, CONSUMIENDO CAFÉ A RITMO DE BLUES. DOS DISCOS CONSECUTIVOS Y LA TROMPETA DE NEIL THOMPSON EJECUTANDO PROEZAS INCREÍBLES, MIENTRAS LO MEJOR DE LA JUVENTUD INGLESA SE OBSTINABA EN CULTIVAR LOS MISMOS VICIOS DE SUS PADRES.

NO SE LE HABÍA OCURRIDO HASTA ESE MOMENTO, PERO QUIZÁ ÉL TAMBIÉN FUERA MOTIVO DE CONFUSIÓN PARA EL RESTO DE LAS PERSONAS QUE DESPERDICIABAN SUS NOCHES EN AQUEL ANTRO. ¿QUÉ ASPECTO TENDRÍA ANTE SUS OJOS? GIBOSO, BAJITO Y DE ROSTRO VULGAR… TAL VEZ LES RECORDARA A AQUEL COMPAÑERO DE OFICINA QUE SIEMPRE LAS CORTEJÓ PERO NUNCA TUVO VALOR PARA DECLARARSE. O A SU PERRO FOX TERRIER.

LA CAMPANILLA DE LA PUERTA, UN GNOMO ENCERRADO EN UNA SETA, TINTINEÓ POR ENÉSIMA VEZ. ENTRARON DOS PERSONAS QUE SE DESHICIERON DE SUS IMPERMEABLES LLENANDO DE GOTITAS DE LLUVIA EL FELPUDO.

PRADYR CLAVÓ SU VISTA EN ELLOS. CORBATA ESMERALDA CON CONEJOS ESTAMPADOS Y BUFANDA ROJA. SE ALEGRÓ AL RECONOCER A SUS CLIENTES: CINCUENTA Y DOS MINUTOS TARDE.

LES HIZO UNA SEÑAL PARA QUE SE APROXIMARAN. EL HOMBRE QUE HABÍA HABLADO CON ÉL POR TELÉFONO ERA EXACTAMENTE COMO SE LO HABÍA IMAGINADO: DE UNOS CUARENTA Y CINCO AÑOS, PREOCUPANTES ENTRADAS A AMBOS LADOS DE LA FRENTE, Y CEJAS CORTADAS A PICO QUE AFILABAN SUS OJOS DE UNA MANERA EXTRAÑAMENTE DEMONÍACA. SU COMPAÑERO (PROBABLEMENTE SU SOBRINO GEORGE, EL QUE PENSABA DESAFIAR A UNA DAMA PARA MANTENER INTACTO SU PROPIO HONOR), APENAS LEVANTABA VEINTE AÑOS DEL SUELO Y NI SIQUIERA SE AFEITABA.

—BUENAS TARDES, SOY BERNARD. USTED DEBE SER PRADUSH, ¿NO? —PREGUNTÓ AQUEL, TENDIÉNDOLE LA MANO.

—PRADYR HAMMESH. HAN LLEGADO CON RETRASO.

—LO LAMENTO… AUNQUE SUENE A DISCULPA BARATA, HA SIDO CULPA DEL TRÁFICO. NO SABE CÓMO SE PONEN LAS CALLES DEL CENTRO POR NAVIDAD.

—SÍ QUE LO SÉ. —MIRÓ AL JOVEN, QUE PIDIÓ UN GIN TONIC AL CAMARERO MÁS UN REFRESCO SIN SABORIZANTES PARA SU TÍO—. ¿ES USTED EL CABALLERO INTERESADO EN EL DESAFÍO?

—ME LLAMO GEORGE.

—CUÉNTEME MÁS SOBRE SU CASO.

EL JOVEN ARRANCÓ A DAR DETALLES DESORDENADOS SOBRE POR QUÉ SE SENTÍA TAN HERIDO EN SU ORGULLO A PROPÓSITO DE UNA NEGATIVA DE CASAMIENTO, PERO SU TÍO LE REFRENÓ TAPÁNDOLE LA BOCA CON EL VASO.

—ANDA, BEBE Y CALLA. YO SE LO EXPLICARÉ. —SE ENCARÓ CON PRADYR—. PERO ANTES ME GUSTARÍA CONOCER ALGO MÁS SOBRE USTED. SU EMPRESA DE SERVICIOS NO APARECE EN NINGUNA GUÍA.

EL ORGANIZADOR SE SINTIÓ INCÓMODO. LA PEOR PARTE DE TRATAR CON SUS CLIENTES LLEGABA CUANDO SE VEÍA OBLIGADO A HABLAR DE SÍ MISMO PARA TRANQUILIZARLES. ODIABA LOS CURRÍCULUMS.

—SOY UN INDEPENDIENTE. ¿QUÉ MÁS QUIERE SABER?

—ESPERO QUE NO LE MOLESTE MI CURIOSIDAD. COMO PUEDE IMAGINARSE, EL SUYO ES UN OFICIO POCO HABITUAL. NADA MENOS QUE UN ORGANIZADOR DE DUELOS PARA LA ARISTOCRACIA.

—SÓLO ES INUSUAL EN ÉSTA ÉPOCA —PUNTUALIZӗ. PERO FUE HASTA CIERTO PUNTO CORRIENTE HACE UNOS CUANTOS SIGLOS. ES UNA DE ESAS PROFESIONES QUE SE PIERDEN PORQUE LOS CABALLEROS Y DAMAS DE NOBLE CUNA CADA VEZ ENTIENDEN MENOS DE PROTOCOLO Y MÁS DE PRENSA DEL CORAZÓN.

—EH… LAMENTO CONFESARLE QUE NO SOMOS DE SANGRE AZUL, AUNQUE LA TÍA SEGUNDA DE GEORGE ESTÁ EN LA LISTA DE SUCESORAS AL TRONO, ALLÁ POR EL PUESTO DOSCIENTOS.

—NO IMPORTA. SI TIENEN LO QUE LES HE PEDIDO Y SE SIENTEN CON ÁNIMO PARA CONTINUAR, ORQUESTARÉ UN ENCUENTRO PARA USTEDES… SIEMPRE QUE LA SEÑORITA DESAFIADA ESTÉ DE ACUERDO. DOS NO LUCHAN SI UNO NO QUIERE.

OBSERVÓ LA RIÑONERA QUE BERNARD LLEVABA ASIDA A LA CINTURA. ÉSTE LA ABRIÓ, EXTRAYENDO DE SU INTERIOR UNA BOLSITA DE CUERO. PRADYR LA RECOGIÓ CON EXTREMO CUIDADO, ANALIZANDO LA CLASE DE OBJETO QUE ESCONDÍA EN SU INTERIOR POR EL PESO Y LA DUCTILIDAD.

—NOS HA COSTADO MUCHO ENCONTRARLO, SEÑOR HAMMESH. HABRÍA SIDO INFINITAMENTE MÁS FÁCIL PAGARLE EN DINERO, AUNQUE FUESE UNA SUMA CONSIDERABLE.

—EN REALIDAD, ESO ES EXACTAMENTE LO QUE HA HECHO, BERNARD —MURMURÓ PRADYR, MIENTRAS ABRÍA LA BOLSITA—. ESTO FUE CONSIDERADO DINERO, MATERIAL DE FIANZA PARA TRUEQUES, EN UNA ÉPOCA REMOTA. Y EN DETERMINADOS CÍRCULOS AÚN SIGUE CONSERVANDO SU VALOR.

EXTRAJO DEL INTERIOR EL CADÁVER DE UN GUSANO NECROTIZADO DE UNOS CUARENTA CENTÍMETROS, ENROLLADO EN TORNO A UN CILINDRO VACÍO DE CINTA DE EMBALAR. POSEÍA DOS EXTREMIDADES IDÉNTICAS, DOS CABEZAS, UNA A CADA EXTREMO DE SU PEQUEÑO CUERPO VISCOSO.

BERNARD APENAS SE MOLESTÓ EN DISIMULAR SU REPULSIÓN.

—EL HOMBRE QUE NOS LO VENDIÓ NO QUISO DECIRNOS QUÉ ERA, PERO CONFIRMÓ SU AUTENTICIDAD CON UN DOCUMENTO ESCRITO EN DIALECTO CELTA. TUVE QUE PEDIRLE UN FAVOR A UN CUÑADO QUE TENGO EN EL MUSEO BRITÁNICO PARA QUE NOS LO TRADUJERA.

—SE TRATA DE UN ESCÓLEX BICÉFALO, UNA SOLITARIA SIAMESA CON DUPLICIDAD DE SISTEMA NERVIOSO Y APARATO DIGESTIVO —EXPLICÓ PRADYR, GUARDÁNDOSELA EN UN SOBRE—. ES UN PARÁSITO QUE PROSPERA EN EL INTESTINO DE PERSONAS CON PROBLEMAS DE ACUMULACIÓN DE HECES. EN LA ANTIGÜEDAD SE OPERABA AL PACIENTE, SE LE EXTRAÍA EL GUSANO Y, SI SOBREVIVÍA, TENÍA DERECHO A RECLAMARLO COMO PROPIEDAD. ERA UN TESORO SUSCEPTIBLE DE SER CANJEADO POR DETERMINADOS BIENES EN LOS TEMPLOS LOCALES. ALGUNAS RELIGIONES LAS CONSIDERABAN SAGRADAS, COMO HIJOS DE UN DIOS GUSANO QUE A VECES PLANTABA SUS SEMILLAS EN PERSONAS ESCOGIDAS SIGUIENDO CRITERIOS INCOMPRENSIBLES.

—¿Y para qué quiere algo tan asqueroso? —preguntó George, a punto de devolver el gin tonic al vaso.

—Eso es asunto mío —zanjó Pradyr—. Ahora vamos a lo que importa: Ustedes han cumplido con su parte y yo haré lo propio, en cuanto me entreviste con la señorita desafiada. —Estudió a George con malicia—. Normalmente se combate para defender el honor de una dama, amigo mío. Hace falta ser muy poco caballeroso para convertir a una en objeto de nuestra venganza.

El joven se ruborizó. Iba a defenderse cuando Pradyr creyó reconocer a alguien, un hombre que ahogaba sus penas en alcohol sentado en la barra. Hacía tiempo que no le veía por allí, pero su frente arrugada y llena de pecas era inconfundible.

—Si me disculpan un momento —solicitó—, tengo que hablar con alguien. Prepárense a resumir con detalle las circunstancias que rodearon a la ofensa.

Dejó al tío y a su sobrino discutiendo por la versión que iban a dar del suceso, y se aproximó a la barra. Efectivamente, aquel hombre de escanciado veloz era un viejo conocido. Tendría unos sesenta años, con hebras grises veteando un cabello que había envejecido perceptiblemente desde la última vez que le vio. Llevaba tres anillos de compromiso en la mano, como si se hubiera casado sendas veces sin romper previamente ninguno de los lazos.

—¿Albert? —preguntó.

El hombre separó sus labios de la copa.

—¿Usted… usted me reconoce?

—Por supuesto, Albert. Soy yo, Pradyr. Tiene que acordarse de mí.

—No tengo el gusto. Yo soy Albert.

—Encantado. Creo que esta es la octava vez que nos presentamos. La última fue en París, en una cafetería de la Sorbona.

El viejo sonrió.

—¡Allez la France! Lo recuerdo. Era fascinante, con todas aquellas camareras tan escotadas…

—¿Cómo le van las cosas? ¿Ha tenido noticias de… ya sabe, del otro lado?

Albert se aproximó para revelarle algo confidencial. Su aliento apestaba, pero Pradyr hizo de tripas corazón y le dejó hacer.

—Algo grave ha ocurrido recientemente —masculló—. Una tragedia. Algunos Umbrales se han entreabierto por accidente.

Pradyr se envaró.

—¿Cómo es posible?

—Les ha cogido a todos por sorpresa. Al parecer, un ángel cayó a este lado de la realidad. Las puertas han vuelto a cerrarse, pero he oído que un camino sigue abierto: cicatrices que no han sanado.

—¿Qué camino?

—Nadie lo sabe. —Sus tosidos sacudieron sus pulmones como sacos llenos de agua—. Pero se hace evidente en los signos; hay una fuerte actividad de los Auspicios cerca de Jack’s Bridge. Las pocas sectas de suicidarios que quedaban ya han empezado a practicar sepuku en masa. Intuyen que algo maligno ha cruzado a este mundo junto con la cápsula del Querubín… ¡tjó, tjó!

Pradyr le dio unas palmadas en la espalda.

—Tiene que cuidarse, Albert, o pronto dejará de acudir a los bares. En los cementerios no se sirven canapés.

El viejo rió.

—¡Mejor! Así ya no beberé más. Oiga… ¿puedo hacerle una pregunta, amigo?

—Claro.

—¿Me ha visto por ahí últimamente?

Pradyr sonrió. Albert era un hombre excepcional, obsesionado desde siempre con algunas coincidencias que para otras personas no habrían representado más que simples casualidades.

—No, Albert, no le he visto desde hace tiempo.

El viejo parecía preocupado.

—Si algún día me ve —suplicó—, se lo ruego, asegúrese de que soy yo y venga a decírmelo inmediatamente. ¿Me hará ese favor?

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