El tejido de la espada

tejido_espada

Una saga familiar, los Heredia, lucha por conquistar su destino en las mágicas tierras de Brumalia, un mundo cuyos confines se desdibujan entre nieblas, se enfrentan a muerte las matrías, hermandades de brujas bajo cuyo yugo viven y padecen hombres e inmortales por igual. Un imperio lejano los vigila y controla, pero no hace sentir su presencia hasta que la magia no sufre una profunda alteración que pone la vida de todos en peligro.

En esta tierra convulsa, Germán Heredia pugna también por superar su maldición personal, el destino que ha dispuesto su madre, la vieja bruja Liduvina, y que se cierne como una maldición invisible sobre él y sus hermanos. Es en Nictálope, la espada maldita, donde se oculta la clave de todo, pero mientras tanto, pende sobre su cuello como una amenaza maligna o incluso… liberadora.

El tejido de la espada es una novela épica inscrita en lo que se ha convenido en llamar «fantasía mediterránea», una epopeya familiar marcada por el ansia de superación, la magia, la sed de aventura, los odios irreconciliables en un mundo caracterizado por reflejar el rico universo mítico de nuestros ancestros.

ANTICIPO:
El nearca y sus lugartenientes cabalgaron alrededor de la edificación en busca de puntos débiles. Examinaron con gran interés el portón, pero prolongaron la inspección del torreón hasta que la flama de los relámpagos desgarró los cielos y una lluvia torrencial caló a sitiados y sitiadores por igual. Deturpación ignoraba el número exacto de los asediados, y como en el almenaje había más figuras que las de los fugitivos, dedujo que éstos habían recibido refuerzos.

Hubo un momento en que la lluvia remitió y el nearca se llevó la mano a la boca en un gesto elocuente de que se los iban a comer. Sus acompañantes se echaron a reír. Germán se encaramó al pretil y le llamó con toda la potencia de sus pulmones. Luego, cuando hubo atraído la atención del cacique, estiró el brazo, giró la muñeca y le saludó con el dedo corazón levantado.

Los milicianos estallaron en una salva de aplausos, sofocada por el retumbo de los truenos. Los jinetes volvieron a sus posiciones bajo una cortina de agua. Los cuernos resonaron en el fragor de la tormenta.

—Parece haber aceptado vuestra invitación a cenar —gritó Guillén bajo el aguacero—, micer Germán.

—Nos han pillado con la alacena semivacía, pero seguro que se van saciados. —Todos decían que la guerra era una monstruosidad, pero él adoraba esos momentos. Estaba lúcido, no se le escapaba ni un detalle. Era más él que nunca. Quizá murieran todos en la próxima hora, pero ése era el destino de quien vive de la espada y él prefería caer en la plenitud de sus facultades en lugar de ahogado por el lodo—. Se van a chupar los dedos… Entremeses de flechas, rocas de primero y el plato estrella, hojas forjadas por mi padre, Íñigo Heredia, el mejor espadero del mundo —dijo con orgullo. Jugueteó con el cuchillo de brecha y añadió—. Y sobra acero para el postre, ¿a que sí, chicos?

Los milicianos le vitorearon.

¡Qué extraño!, pensó Názora. Me habían dicho que Germán Heredia era corto de entendederas, el más necio del clan.

Luego, se puso a conversar con Dietar Dalle en su idioma con gesto de preocupación. No le faltaban motivos, en la explanada había un centenar de trasgos, pésimos soldados, otros tantos licaones y casi cincuenta ogros. Los primeros se limitaban a exhibir sus colmillos, desportillados y llenos de sarro, mientras que los ogros graznaban insultos y se burlaban obscenamente. La mayoría llevaba el rostro y el cuerpo pintarrajeados de colores chillones. Los sitiados sintieron ese temor ancestral que han provocado siempre los antropófagos.

Media docena de licaones hambrientos, incapaces de contenerse, avanzaron en dirección a la torre. Miguel vio que dos milicianos tensaban los arcos y les ordenó no disparar. Resultó una medida acertada, pues el nearca alzó una mano y sus propios compañeros los acribillaron por la espalda.

—Gracias por ahorrarnos el trabajo —se regodeó Arnal.

—No son buenos arqueros —comentó Pietro Galadí—. Han disparado quince flechas y no han hecho blanco ni la mitad…

Miguel se mordió el labio y Diego apretó la mandíbula, incapaces de ocultar lo mucho que les preocupaba aquella exhibición

de disciplina, cruel pero eficaz. Germán suspiró, desalentado por un segundo, pero se rehízo y silbó para atraer la atención de todos e impartió una orden.

—Matad a los oficiales, sin ellos no son un verdadero ejército.

Dietar Dalle pareció complacido ante aquella perspectiva e hizo una leve inclinación de cabeza.

—Los distinguiréis por el fazoleto que llevan anudado a la garganta —aclaró el benjamín a los milicianos, poco acostumbrados a semejantes enfrentamientos—. Tienen un alto rango si son negros e intermedio si son rojos.

—Ya salió el redicho. —Germán se adelantó y dio dos palmadas—. A ver, hijos, que os veo despistados. Esos energúmenos ahí abajo son caníbales. Acabaremos en sus tripas si perdemos. —Alifonso y Borxa tragaron saliva—. No se lo tengáis en cuenta, también se comerían a sus madres. Probablemente, ya lo habrán hecho.

»Podemos usar su ansia de carne a nuestro favor. Los flechazos y las pedradas matarán a muchos enemigos, y el instinto natural de todos ellos será lanzarse sobre sus compañeros y comérselos crudos. Si no lo hacen es por miedo a sus oficiales, que son lo mejor de cada casa… —Las risas aliviaron el ambiente—. El fazoleto mencionado por micer Miguel es una gran tela anudada al cuello. Es un símbolo de autoridad y una diana para nosotros, ¿vale? A la hora de darles la boleta, son los primeros de la lista.

Elidir se quitó el yelmo. Llevaba muy cerrado el almófar, al igual que Názora, por lo que apenas se veían la nariz y los ojos. Habló con voz profunda:

—Incluyamos a los ogros en esa lista. Son fuertes y Deturpación los ha adiestrado bien. —El rostro se le crispó de dolor y una sombra apagó el fulgor de sus ojos. Miró al suelo antes de decir—: Cinco de los nuestros, todos diestros espadachines, murieron bajo sus golpes la pasada noche.

—Tendremos que esmerarnos —admitió Diego—, pero aquí apenas hay espacio para combatir, y los escudos —comentó mirando a los devas— estorban más que ayudan.

Názora asintió y los apilaron en un rincón.

El diluvio se convirtió en un suave calabobos, dejando tras de sí un barrizal.

—Nos deberían llamar en época de sequía —rió Arnal.

—No le veo la gracia —replicó Diego.

—¿No te has percatado de que llueve siempre que nos metemos en un fregado que nos viene grande?

Germán abandonó el parapeto durante un instante y se encaró con Arnal.

—Somos Heredia, los mejores —le espetó con orgullo—. Nada nos viene grande, ¿me oyes? ¡Nada! La primera batalla se gana con la voluntad.

Debió de decir algo más, pero…

Lejos, en la casona familiar, Liduvina sostuvo en la mano izquierda un cuenco lleno con agua de un manantial subterráneo mientras empapaba la uña del meñique de la otra mano en sangre menstrual. Musitó un ensalmo y remató la invocación a la tormenta con una palabra de poder. Entonces, hundió la uña en el cuenco.

… la horquilla sesgada de un relámpago atravesó los nubarrones con furia inusitada y el trueno ahogó sus palabras. Los asediados cerraron los ojos un instante para no ser cegados por el fogonazo.

El refrán popular decía que los rayos de la Baylía tenían hambre y bastante puntería, pero aquello había que verlo para creerlo. Los defensores se giraron para contemplar los estragos causados por el rayo en las filas licaonecas. Había cadáveres calcinados en el lugar del impacto y muchos habían salido despedidos.

El olor a carne quemada enloqueció a unos pocos, que se lanzaron a devorar los restos, pero por una vez el miedo fue más fuerte que el hambre. El caos estuvo a punto de convertir la pequeña hueste en una turba a la fuga, pero al fin, los sicarios de Deturpación impusieron disciplina a golpe de látigo.

—La legión se va a retrasar, reverenda madre —susurró Jurdía.

—¡Qué impuntualidad! Estos estúpidos humanos son incapaces de hacer bien las tareas más simples.

El chaparrón se convirtió en una lluvia de agujas mientras trasgos y licaones volvían a sus respectivas filas en el terreno embarrado. Deturpación no quería sorpresas y se tomó su tiempo, esperó a que sus hombres recompusieran la formación antes de dar la orden para el asalto.

El tamborileo del aguacero sobre el metal dominó la llanura hasta que varios rayos chasquearon en los cielos y los truenos se enseñorearon del campo de batalla.

Liduvina llevó el meñique al cuenco de la sangre.

Deturpación espoleó a su montura.

El ensalmo levantó un chisporroteo en el aire, que crepitó…

Lanzó una arenga corta y eficaz que hablaba de carne fresca y buenas armas a repartir entre los supervivientes.

… cuando restalló la invocación a la tormenta.

El mestizo aferró el mangual y lo volteó.

La uña rozó el agua del cuenco por segunda vez.

Otro relámpago rasgó el velo de la noche e impactó en la posición ocupada por los ogros. Unos cuantos cayeron fulminados.

Deturpación no cambió de planes y dio la señal de avanzar. Sus lugartenientes se lanzaron a degüello contra los desertores, e impusieron disciplina en cuestión de minutos.

Los cuernos sonaron de nuevo y las líneas se reordenaron un poco conforme avanzaban entre un redoble de tambores.

Los Heredia y los Galadí se ajustaron con calma las muñequeras, ni demasiado prietas ni demasiado holgadas. Desanudaron la capucha de mallas que llevaban en el cinto y se la ajustaron alrededor de la cabeza. Miguel se caló el yelmo. Era el único que no lo había tirado durante la ascensión al monte Turcacho, ni siquiera cuando los dips les pisaban los talones.

Los caníbales prorrumpieron en aullidos y gruñidos en cuanto callaron los tambores.

Germán preparó la honda y dio las últimas instrucciones con voz potente, pero no estuvo seguro de que todos lo hubieran oído hasta que los vio desenrollar las cuerdas de arco de sus cabezas, allí guardadas para que la lluvia no las estropease y la grasa del pelo las mantuviera flexibles.

El suelo retumbó ante el avance acompasado de tantos pies mientras los sitiados armaban los arcos con rapidez. Los defensores se despidieron con la mirada, por si luego no había ocasión.

Los asaltantes se dividieron en dos grandes cuerpos tras chapotear en el fango unos cien metros. El integrado por un considerable grupo de ogros y algunos licaones se dirigió hacia el patín, situado al este; el segundo, más numeroso, se encaminó desde el sur en línea recta, pero no tardó en dividirse en dos para atacar también por el flanco oeste. Todos agradecieron lo escarpado del lado norte, porque sólo eso había disuadido al nearca de atacar simultáneamente por todos los frentes.

Los hombres se agitaron, murmurando entre sí y descargando el peso alternativamente de un pie en otro. El pánico los atenazaba. Germán observó el relumbrar del blanco de los ojos de los milicianos, dilatados por el miedo, mientras perdían el control de sus manos, que comenzaron a temblar. Comprendió que debía ponerlos en movimiento antes de que el pánico los convirtiera en unos muñecos aturdidos, inútiles para el combate.

—Miguel —voceó—, toma dos hombres, ve abajo y encárgate de los que crucen la entrada. Eh, vosotros —bramó dirigiéndose a los milicianos—, cerrad la boca, leche, que va a venir un cuervo a anidar en ella.

Dietar Dalle y Elidir bajaron al piso de madera detrás de Miguel. Dejaron hachas delante de los apuntalamientos que debían romper para que se hundiera el piso de madera, repartieron equitativamente las doce flechas del carcaj y tomaron posiciones.

Lejos, muy lejos, la tormenta arreciaba en el exterior de la casona de los Heredia. Los rayos caían cada vez más cerca, pero ninguno se atrevió a rozar el edificio. Las cuatro mujeres permanecían sentadas en unos cómodos taburetes.

Liduvina reservó para sí una tela de la vida y repartió las demás. Jurdía acarició la de Arnal. Buba, la de Diego. Gema aceptó sin rechistar la de Germán, a pesar de que era la más sucia; de hecho, estaba impregnada con una sustancia parecida al hollín. La madre esbozó una sonrisa malévola que no le pasó desapercibida a la joven, que enrojeció visiblemente y bajó la vista.

La tela de la vida de Germán era mucho más gruesa que el resto, por lo que Gema se decantó por una aguja alborguera, de las utilizadas para remendar el calzado de esparto.

Las brujas entraron con las telas dentro de un pentagrama dibujado con sangre y pronunciaron hechizos casi olvidados cuando el mundo era joven. Las palabras crepitaban como fruta madura al explotar y las frases levantaron chispas en el aire. La salmodia creció hasta que temblaron los cimientos del edificio.

No era la primera vez que realizaban el hechizo de sanación. Zurcirían las telas sin descanso para impedir que la vida encontrara fisuras por las que escapar de los cuerpos. Enhebraron las agujas con solemnidad, se colocaron los dedales y mantuvieron alzada la mano a la espera del primer desgarrón. Cuando eso ocurriera, una de ellas gritaría: «¡Besana!», término empleado para referirse al primer surco que se hace al arar un campo, mas en este caso su significado era otro: la primera sangre.


Los asaltantes dispararon primero, pero sus flechas rebotaron contra la piedra de la torre. Los sitiados respondieron con letal puntería, pero era como arrojar piedras al mar: a cada enemigo abatido lo sustituían diez. El olor a sangre sacaba de quicio a la horda, pero los oficiales los fustigaban sin piedad para que no se detuvieran. La segunda oleada de proyectiles pasó por encima de las cabezas de los sitiadores. La empinada cuesta ralentizaba el embate, pero el enemigo soportó estoicamente el castigo y siguió chapoteando en el barrizal. Dos minutos después llegaron al pie de la torre. Entonces, espoleados por la urgencia, devas y hombres comenzaron a disparar sin cesar, temiendo que luego ya no hubiera ocasión.

Sólo Diego mantuvo la sangre fría y guardó sus últimas flechas para eliminar a dos oficiales. Germán observó con curiosidad cómo morían atravesados. Tras esto, la confusión reinó en las filas asediadoras durante un instante, pero enseguida se incorporaron tres oficiales, que repartieron instrucciones y motivación, matando sin vacilar a los que hicieron ademán de retroceder.

La marea de sitiadores se estrelló contra el muro de la fortificación. Los licaones dejaron caer los escudos, satisfechos de haber llegado a donde querían, ya que, les bastaban las grietas y las junturas de las piedras para trepar.

Los ogros se precipitaron hacia la rampa, un acceso difícil para aquellas criaturas tan grandes, que resbalaban una y otra vez bajo la lluvia de bloques de piedra que les arrojaban los milicianos. Los proyectiles abrieron la cabeza a más de uno y hubo muchos contusionados.

Al final, los ogros retrocedieron para permitir el paso de un grupo de licaones, que subieron el patín con mayor facilidad. Eran más ágiles y pequeños que los ogros, por lo que los milicianos reservaron los proyectiles para cuando llegaron a lo alto, donde tuvieron que detenerse delante de la entrada obstruida. Allí les cayó una granizada de piedras.

Se produjo un receso en el combate durante los siguientes minutos, igual que la marea cuando toma impulso para abatirse contra la orilla con renovado ímpetu. Los licaones se arremolinaban al pie del muro, ansiosos por seguir a los camaradas que ya ascendían, y los defensores, ya sin flechas, arrojaban las últimas piedras y se preparaban para el cuerpo a cuerpo.

Germán situó a los siete hombres de Inozén Galíndez en el centro, formando un círculo; les entregó las ballestas y todos los virotes que les quedaban y se marchó tras darles una última orden:

—¡Reservadlos para los ogros! Estos virotes atravesarían la mejor armadura, así que no vaciléis. Disparad y cargad.

compra en casa del libro Compra en Amazon El tejido de la espada
Interplanetaria

16 Opiniones

Escribe un comentario

  • Vengador
    on

    Son 700 páginas y pese a no disponer de mucho tiempo lo he leído en una semana, creo que eso es ya buen elogio de por si. 

    No le hace justicia el texto de contraportada, pero claro, ¿cómo decir que los primeros capítulos son un ejemplo soberbio de presentación de unos personajes de carácter -de esos que se dicen mucho con simples miradas-, de inmersión en un mundo sorprendente y tremendo, y todo ello a través de una acción imposible de abandonar una vez empezada la lectura?

    Hay momentos en los que no pasa un capítulo sin que se descubra una nueva maravilla, un nuevo recoveco del mundo, o alguna criatura terrorífica. Cuando esto no sucede, uno descansa junto a los personajes, entre olores y viandas, en unas escenas tan poderosas que se le hace a uno difícil no estirar el brazo para tomar un poco de esa cecina y ese queso con el que se esparcen los héroes o, cómo no, de ese orujo con el que recobran fuerza las brujas de la novela.

    Y si personajes, ambiente y escenas son potentes, no le va a la zaga la trama. Pero eso, invito a descubrirla a cada uno por sí mismo.

     

  • Xuart
    on

    Admito tener el prejuicio de que la fantasía actual es clónica y un tanto rancia, salvo excepciones como ésta, sin enanos, elfos ni anillos perdidos.

    El libro está muy apañado y la lectura es de lo más entretenida.  Recomendable para el veranito.

  • Lobo
    on

    Le tenía echado el ojo y ha caído hoy, pero todavía no he empezado a leerlo. En principio, a juzgar por esta crítica de Negrete, promete, y en la misma página he encontrado una entrevista .

  • Marie
    on

    Me gustó mucho. Brumalia, los 4 hermanos, los romanos, pero especialmente los personajes femeninos. Es dificil no sentir simpatía por todas ellas, incluso por Liduvina.

    ¡Liduvina power!

  • Lobo
    on

    ¿Liduvina power? Pero si esa mujer es como Saurón, pero hija de puta y mala de verdad, no de juguete.

    Me asustas, Marie Sorprendido

  • Lobo
    on

    Por cierto, la novela es muy original y se lee fácil: me he devorado casi cuatrocientas páginas de una sentada, larga, claro, pero es del tirón.

    La novela es muy buena, hasta ahora, dejando claro que me faltan 300 paginillas y que los finales son determinantes para decidir la valoración final del libro.

  • Vero
    on

    He encontrado otro comentario sobre la novela en el blog del programa de radio La noche menos pensada.

    Empiezo las vacaciones dentro de unas horas. Nos vemos a la vuelta Sonriente

  • Saulo
    on

    Por entrevistas que no sea, ahí va otra Riendo

  • JavJimBar
    on

    Estoy de acuerdo con Marie: Liduvina es uno de los personajes más jugosos. Y no se por qué, pero le cogí cariño a Julio "El Hurón". Ya sé que no es más que un buen secundario, pero los buenos narradores suelen regalarnos de vez en cuando con secundarios así, vivos, y con una cierta entidad.

    Supongo que cada uno tiene su definición propia para cuando un libro le engancha. Para mí, un libro me ha enganchado cuando siento la necesidad de leerlo fuera de mis momentos diarios de lectura. Es decir, cuando le robo tiempo a la vida para poder leer un poco más, o subo las escaleras del metro abstraído en la lectura. Eso es, exactamente, lo que me ha pasado con "El tejido de la espada". Yo, personalmente, se la recomiendo a todo el mundo.

    Aunque odio los chauvinismos, creo que cada vez es más evidente que la fantasía más interesante se está haciendo en Europa.

    Hala

    Javier

  • Campeador
    on

    Para mí, un libro me ha enganchado cuando siento la necesidad de leerlo fuera de mis momentos diarios de lectura. Es decir, cuando le robo tiempo a la vida para poder leer un poco más, o subo las escaleras del metro abstraído en la lectura.

    La has clavado con la definición. Me sucede igual y me pasa con muy pocos libros. Incluso añadiría algo más: Cuando, en ocasiones, te animas a releer algún párrafo o capítulo que te ha gustado especialmente.

  • Vengador
    on

    Aquí una entrevista:

  • Saulo
    on

    Aquí va otro comentario . Tiene pinta de ser alguien de la zona donde sucede la novela o haberla visitado, o eso parece a juzgar por los comentarios geográficos.

  • saulo
    on

    Otro más, quizás el último. Feliz año 2009 a todos.

  • indiana_bch
    on

    Seguí vuestra recomendación. El libro es estupendo. Además de que la trama es entretenida y de que tiene algunos personajes muy curiosos, me ha gustado la utilización del vocabulario. Casi se pueden "saborear" algunos párrafos.

    Por ponerle un pero, en mi opinión podría haber suprimido el tema de las dos espadas. Me esperaba algo tipo Elric, pero al final nada de nada.

  • saulo
    on

    Una opinión positiva en una línea similar a la tuya puedes leerla aquí , comentario donde el reseñista abre la puerta a otra entrega.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑