El Tempranillo I. El jefe de la cuadrilla

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José María Hijonosa Corbacho, alias el tempranillo, fue un personaje real que, por una serie de razones, acabó por encarnar, en la imaginería popular, al prototipo de bandolero español. A ese encumbramiento contribuyó la atención que le presentaron figuras de la literatura universal como Próspero Merrimeé. Y el rey del folletín no iba a dejar escapar a este mito sin darles su peculiar visión literaria. Así, le dedicó una serie de folletines memorables, llenos de avatares, asaltos, duelos a navaja, odios y amores tempestuosos. Y decíamos mito porque, siguiendo los parámetros del folletín, Fernández y González acudió a la leyenda y, a partir de ahí a su imaginación, para armar una narración en la que las aventuras se suceden sin pausa.

ANTICIPO:
La molinera cumplió el encargo del tío Cerezo.

Se pasó tres días acompañando a Fuensanta y quedándose a dormir con ella. Cuando ella misma no la acompañaba o se quedaba por la noche, se quedaba una de sus hijas y a veces las dos.

Los mozos no habían podido apercibirse de nada.

No habían olido al Chuchito.

Como si absolutamente el Chuchito no hubiese estado en el cortijo.

En la noche del tercer día, ya muy tarde, cuando todos en el cortijo dormían profundamente, llegó a él el tío Cerezo.

Llevaba una magnífica jaca de la mano, además de la en que montaba.

Los aparejos de aquella jaca, que era torda, se adaptaban perfectamente a la moda de la gente crua.

Aparejo jerezano, cabezón, pretal y atajarre con caireles de seda.

Manta jerezana sobre el aparejo.

Cincha muy vistosa y estribos vaqueros.

Colgando además del aparejo una escopeta a la derecha y a la izquierda un retaco.

Además, sobre la grupa de la jaca, una pequeña maleta con ropa blanca, y bajo ella unas cumplidas alforjas.

No se había olvidado nada.

Todo esto se veía a la luz de la luna, que por ser llena y estar la atmósfera muy despejada, era muy clara.

El tío Cerezo desmontó.

Ató las dos jacas a un árbol.

Dio la vuelta al cortijo.

Se acercó a una ventana baja y llamó a ella con los nudillos.

No le respondieron.

Tomó una piedra y llamó más fuerte.

A poco se oyó detrás de la ventana una voz fresca y sonora.

La voz de la Niña de Oro.

—¿Es usted, padre? —dijo.

—Sí, soy yo —contestó el tío Cerezo.

—Aquí está conmigo la señá Mónica.

—Dios se lo pague.

—Pues, güeno, espere usted a que nos vistamos.

—No os deis prisa, que la noche está muy hermosa.

El tío Cerezo se volvió hacia la parte anterior del cortijo.

Se sentó en un poyo que había bajo el emparrado y se puso a echar un cigarro de tabaco negro, que era el que entonces fumaba la gente común.

Pocos minutos después se abrió silenciosamente el portalón del cortijo.

El interior estaba a oscuras.

El tío Cerezo entró de tapadillo en su casa como hubiera podido entrar un amante o un ladrón.

Fuensanta lo llevó a su cuarto.

Allí había luz.

Una lámpara ardía delante de una imagen mal pintada al óleo de Nuestra Señora de la Fuensanta.

La señá Mónica estaba allí a medio vestir.

En faldas y arrebujada en un pañolón.

Pero en fin, honesta.

No tenía descubiertos más que la cabeza, los brazos hasta el codo y desde la mitad las robustas piernas y los gruesos pies descalzos y desnudos.

—Pus a mí —dijo el tío Cerezo— no me jase falte más que una lus pa abrir el escondite y sacar al amigo.

Fuensanta salió a la cocina y volvió con un farol.

Lo encendió en la luz de la lámpara y se lo dio a su padre.

—¡Ea! —dijo el tío Cerezo—. A acostarse, güenas jembras, que todavía queda mucha noche pa dormir, y yo no golveré jasta mañana cuando amanesca pa entrar en público.

—¿Y quién va a cerrar la puerta? —dijo Fuensanta.

—Es verdad, no había caído en ello.

—Y aluego —dijo la señá Mónica— que estando Fuensanta para casar con el Chuchito no está desente ni es formaliá que el Chuchito se vaya sin poer despedirse de eya.

Eso sería lo de menos —dijo el tio Cerezo—, que en habiendo buen querer, too loemás sobra, y ya tienen tiempo de verse y jablarse antes de que se casen, pero si ha de estar presenta a la despedía, póngase osté más decente, señá Monica, échese osté las sayas y cálsese osté.

—Pa que osté no reparase en too —dijo la señá Mónica.

Cuando se muera su señor de osté, que muchos años viva, hablaremos, prenda —dijo el tío Cerezo.

Y salió.

Las dos mujeres se pusieron a acabar de vestirse.

Apenas estaban dispuestas, cuando se oyeron pasos en la cocina.

A seguida entraron en el cuarto el tío Cerezo y el Chuchito, no sin preguntar antes el tío Cerezo si se podía entrar.

El Chuchito estaba completamente restablecido.

Aparecía fuerte y gallardo.

Era buen mozo.

No tenía de repulsivo más que el color cetrino, el ojo remellado, la cicatriz acosturada de la cuchillada que le cruzaba la parte izquierda del semblante, y su ferocidad de lobo.

Pero la parte no estropeada de la nariz, y el ojo derecho, eran hermosísimos.

Tenía además una hermosa cabellera negra y luciente que le salía en rizos por debajo del pañuelo.

La señá Mónica miraba al bandido con avidez y asombro, como se mira por la mayor parte de las gentes a un hombre de una celebridad inmensa cuando se le ve por primera vez.

La celebridad causa fascinación.

A la señá Mónica se le encandilaron los ojos, y le pareció el Chuchito el hombre más hermoso del mundo.

Una cosa muy grande.

Suspiró de envidia.

Ella hubiera dado cualquier cosa porque una de sus hijas hubiera estado tratada a casar con él.

Y se asombraba la señá Mónica de que Fuensanta, cuando se iba a ir, a separarse de ella un novio semejante, estuviese tan natural, como si tal cosa.

Y era que Fuensanta tenía por el Chuchito períodos de encanto y de desencanto, y estaba en aquellos momentos en el período de calma.

De desencanto.

Como si dijéramos, bajo cero.

Por el contrario, el Chuchito estaba a una temperatura tórrida, a ciento sobre cero.

El ojo que tenía sano le relampagueaba.

Echaba fuego.

Y el otro, por la abertura que le dejaba lo remellado, echaba chispas.

Se comía con la mirada a Fuensanta.

Y en verdad que la muchacha estaba fresca, fresquísima, lanzando de sí un embriagador y delicioso perfume de juventud, de salud, de hermosura, de vida, y sus abundantísimos cabellos recogidos de cualquier manera, producían un efecto que ningún otro peinado hubiera podido producir.

—Yo no me voy, que yo me queo —le dijo asiéndola una mano—, porque si se va mi cuerpo se quea aquí mi alma; y yo creo que osté, señora, no tratará mal un alma que tan bien la quiere.

—Yo no tengo más que una palabra —dijo Fuensanta— y aunque no se dejara osté aquí nada, siempre me encontraría osté a mí, hoy como ayer, y mañana como hoy.

—¡Lo dise osté de una manera!…

—Con la lengua que tengo —dijo Fuensanta—; pues qué, ¿quería osté que se lo dijese cantando o llorando? Ni lo uno ni lo otro; si no nos morimos osté vendrá cuando quiera.

—Pus no hay naa que disir —dijo el Chuchito—: muchas grasias por too, jasta por el tiro. Vamos, señó Cerezo, que los muchachos que me están esperando tendrán ya perdía la pasiensia, con que, jasta la vista, que sea pronto, y repito las grasias, y mandar.

Y haciendo un violento esfuerzo, como si para salir de allí hubiera tenido necesidad de arrancarse el alma, salió.

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