El triángulo D

ElTrianguloD

Futuro cercano. Tiempos de preguerra y epidemias en el mundo desarrollado. Un software predice que una monumental obra de ingeniería espacial, todavía en construcción, terminará en desastre. Este hecho sirve de punto de partida para una aventura en la que se ven envueltas tres personas sin conexión aparente entre ellas, pero que están siendo pasto de extraños trastornos mentales. Las ansias por descubrir qué les está ocurriendo, lleva a los personajes a lugares como Oporto, California, Aragón, el ciberespacio y la órbita terrestre. Todo ello en medio de un futuro poco halagüeño con una humanidad cada vez menos humana.
Las indagaciones de los tres personajes conducen al descubrimiento de una trama mil veces más turbia de lo esperado y a una carrera contrarreloj para desbaratar una conspiración neocón que puede acabar con todo rastro de civilización.
En El Triángulo D tenemos una obra de aventuras y ciencia ficción dura, pero sobre todo de humor. Una bocanada de fresca incorrección, situaciones grotescas, sátira política y personajes desquiciados de entre los que destacan los pioneros de la colonización espacial, todos a punto de jubilarse pero llenos de energía, representando lo único de humano que queda entre los humanos.

ANTICIPO:

2- GRASA Y ESTRELLAS. LA PLAGA DE LOS FAT-EATERS

La doctora Merton se sintió aliviada cuando cerró la última de las venta­nas. Aire abrasador procedente del Valle de la Muerte. Embalses y depó­sitos de agua cubiertos de geotextiles para impedir su rápida evapora­ción. Uno de los mejores centros de investigación del mundo rodeado de calles desiertas con obesos a punto de entrar en coma.
Aquel ambiente resultaba opresivo y últimamente las pesadillas la estaban machacando. Pero lo peor era la sensación de crisis personal permanente. Sentía que su vida era una constante huida hacia adelante, una sucesión de relaciones interinas a la espera de que sucedieran cosas importantes que nunca terminaban de llegar. No es que no hubiera te­nido amantes o amigos, de hecho todavía era una atractiva treintañera. Lo que la inquietaba era la sensación de que nunca se había entregado; no por falta de interés, sino porque presumiblemente no tenía nada que entregar. De ahí su dedicación al trabajo, el único reducto del que obte­nía verdaderas satisfacciones. Una tabla de salvación de la que había obtenido y aportado emoción a partes iguales. Se volvió hacia el superordenador. Entre todas sus creaciones, por supuesto, destacaba Doris en posición de honor. En su vida podía fallar cualquier cosa, pero no Doris.
La doctora Merton se dispuso a iniciar el interrogatorio. ¿Qué po­dían hacer para esclarecer el posible mal funcionamiento de Doris y el eventual hundimiento del Ascensor? En orden de dificultad decrecien­te, podían revisar el hardware para detectar fallos. Podían revisar canti­dades astronómicas pero finitas de condensadores de silicio y proteínas, y ver si la lógica transformable había jugado algún tipo de mala pasada. En un segundo peldaño, podían explorar el programa. Ristras astronómicas pero finitas de ceros y unos, tratando de localizar si una alteración en el lenguaje de programación había originado un vórtice de irrealidad, haciendo desmoronarse como un castillo de naipes a todo el sistema. La última opción era rendirse a los encantos del programa; ol­vidarse de toda la circuitería lógica y electrónica de aquel engendro y dar por sentado que estaban ante un ser inteligente, signifique lo que signifique ser inteligente, para someterle a un bombardeo de preguntas en busca de contradicciones internas. Un fallo en los escalones inferio­res determinaría errores en cascada en los escalones superiores. Un error en los niveles superiores no necesariamente probaría que todo era una chatarra inútil. Ramachandra y su equipo se habían hecho cargo del nivel hardware. Por muy complejo que fuera, nunca lo sería tanto como un cerebro humano, su especialidad. Tsumura y los suyos habían asumi­do la labor de sondear los bits, una tarea más abstracta, el mundo de los axiomas y las reglas lógicas. Mary Trini, por último, asumiría el papel de interrogadora de una caja negra. ¿Podrían sus respuestas ser infinitas? No hay nada eterno, se repetía una y otra vez. Un principio aplicable a los seres vivos, a las estrellas, a los dioses o a los imperios. Las estrellas acaban sus días como pacíficas enanas blancas o como violentas supernovas. Su país había tenido cincuenta estrellas y nadie aventuraba cuál de las dos muertes estelares tenía reservada.
Mary Trini se despistó con la noticia de que el Capitolio había anula­do el referéndum de Arizona, y había redactado disposiciones para prohi­bir las consultas de otros Estados. Dicen que las estrellas atraviesan por su etapa de mayor tamaño y belleza poco antes de su final. Ahora que por fin Estados Unidos había conseguido dominar completamente al mundo, ahora que la ONU se había convertido en un verdadero gobierno mundial dirigido por los Estados Unidos, todo se estaba resquebrajando.
Durante milenios, los imperios habían decaído y luego sucumbi­do víctimas de imperios vecinos más poderosos, por las hambrunas o presas de su propia codicia y corrupción. Esta vez era distinto. Aquella era la primera vez en la que un imperio de dimensiones continentales, el más poderoso que había conocido la historia, estaba tambaleándose por la grasa.
Todo había comenzado un siglo atrás, cuando las multinacionales tabaqueras se habían empezado a sentir amenazadas de verdad. Duran­te mucho tiempo habían sostenido un pulso con las campañas antitabaco y anticáncer, y habían establecido un precario pero rentable equilibrio basado en el pago de indemnizaciones a los enfermos del primer mun­do y en la expansión de sus ventas en el tercer mundo y países emergen­tes. Pero finalmente la balanza cedió y las pérdidas se hicieron insostenibles. No sería fácil, sin embargo, acabar con el espíritu ameri­cano. Las compañías encontraron un modo de reconvertir sus produc­ciones y emplearlas en formatos completamente nuevos. Así, las tabaqueras se fundieron en sigilosa simbiosis con las cadenas de comida rápida, creando una nueva raza de hamburguesas con grandes cantida­des de sebo enriquecido con nicotina y alquitrán. Los resultados fueron espectaculares. Las ventas de comidas adulteradas se dispararon en toda la nación. Si durante mucho tiempo el consumidor medio americano había tenido el hábito de ingerir demasiada comida basura, a partir de la fusión sobrevino la genuina adicción. Las hamburgueserías se reprodu­jeron como una plaga de forma fatal y exponencial. Los índices de masa corporal se dispararon, y la obesidad se convirtió en un asunto de im­portancia nacional. Probar un bocado de hamburguesa nicotinada su ponía caer en una inmediata y profunda adicción a la grasa. Las barras y estrellas se cubrieron de sebo y una ola grasienta recorrió la Unión, de­jando embadurnado de una pátina adiposa hasta el último rincón del país. Pronto los Estados se vieron en la necesidad de importar grasa, incapaces de producir toda la que se consumía. Flotas enteras de barcos graseros recorrían los océanos con destino a Norteamérica. La grasa pasó a ser reserva estratégica. Los asaltos a supermercados, granjas y depuradoras se sucedieron con violentísimos disturbios. Las masas ar­madas reclamaban grasa. Si en las centurias anteriores el ejército esta­dounidense había intervenido en guerras para asegurar el petróleo, ahora se veía inmerso en invasiones de países inofensivos en los que sus com­pañías saqueaban hasta la última gota de lípido.
Los sectores clave de la sociedad americana comenzaron a resentir­se de la epidemia de obesidad extrema. La industria textil no disponía de suficiente materia prima para cubrir la demanda de los nuevos tama­ños de las prendas. El ejército y la Guardia Nacional debieron licenciar a casi todos sus efectivos, incapaces ya de calzarse las botas, meter el dedo en el gatillo o introducirse en los blindados por las portezuelas. Los avio­nes de combate y de pasajeros no podían levantar el vuelo. Los automó­viles se volvían inservibles. Pero lo peor estaba aún por llegar.
Después de un aumento sostenido de peso, losfat eaters caían en coma. Un coma del que casi nadie despertaba. Debieron importarse millones de grandes camas donde recostar a los enfermos de coma grasiento. Los hospi­tales estaban desbordados. Cada ciudad debió habilitar improvisados hos­pitales de campaña. Todo valía. Estadios de béisbol, antiguos campos de aviación, inmensas carpas. La situación era dantesca. Kilómetros y kilóme­tros de obesos en coma, enchufados a sus goteros de sebo licuado. Un uni­verso de manteca viniéndose abajo en un impresionante Big-Crunch.
Y por fin, llegó el momento del cambio social. Cuando el gobierno federal tomó las primeras medidas eficientes para limitar el consumo de manteca, cuando las fronteras fueron selladas a la entrada del temido triglicérido, la composición de los votantes había cambiado en el país. En algunos Estados, la población no afectada por la epidemia rondaba el veinte por ciento de la original, y en California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Colorado y Texas la población de origen mexicano se había convertido en mayoría étnica. Los abuelos de sus tatarabuelos habían contemplado im­potentes cómo la frontera se desplazaba mil kilómetros hacia el sur durante la guerra de expansión imperial estadounidense del siglo XIX. Ahora ellos iban a comprobar que la frontera se disolvía en un océano de colesterol.
Los supervivientes de la epidemia grasienta, sin embargo, no iban a permitir de brazos cruzados que el país se hundiera y se desintegrara. Las cloacas apestaban a rencor.
—¿Qué es esa patraña de que el Ascensor tiene fallos? No tiene ninguna gracia, Director.
—No hay de qué preocuparse, general. Son sólo las elucubraciones de un programa de los de prospecciones. Todo marcha según lo previsto.
—Espero que así sea. ¿No será algún truco de esos científicos de mierda? ¿Cree que sospechan algo?
—Desde luego que no, general. Están entretenidos con el soft­ware. Doris lo llaman. Están mirándole las tripas para ver dónde ha fallado. Dan por hecho que el error es una indeterminación interna del programa.
—Y ¿qué clase de máquina es esa que puede fallar?
—Doris es un programa de la clase Chupacabras.
—¿Un software mexicano? ¿Es que no podemos hacer nada mejor nosotros?
—Entiendo su preocupación general, pero también tenemos nues­tros simuladores, y ninguno predice fallos.
—Entonces el fracaso es por culpa de esos ingenieros mexicanos. ¡Inútiles! Que borren a ese Chupacabras de inmediato.
—No es prudente, general. El grupo de prospecciones anda entre­tenido con él. Piensan que han encontrado un programa que ha genera­do por fin una proposición de Godel, lo que le convertiría en la serie de ceros y unos más inteligente de la historia. Mientras estén ahí, no hus­mearán en… ¡ejem! otros aspectos del proyecto.
—Godel era un austriaco de mierda ¿no es así?
—General Bradford, Director Sanders —dijo el tercer interlocutor, el último en acceder a la porción de virtualidad donde se celebraba la reunión—. ¿Quiénes están al tanto del sondeo?
—Hola, reverendo Bovril. Los supervisores son los doctores Guevara, Tsumura, Ramachandra y la doctora Merton.
—¡Lo suponía! Un frijolero de mierda, un amarillo de mierda, un indio de mierda y una mujer de mierda. ¿Por qué tendríamos que con­fiar en esa gente?
—Comparto su preocupación por la marcha de la nación, reveren­do, pero es una de nuestras tradiciones. Comprar los mejores cerebros del mercado y ponerlos a trabajar para nosotros.
—El reverendo tiene razón. No confío en esa gente. Vigílelos, Di­rector. O mejor aún, mátelos.
—General, reverendo, no nos precipitemos. La salvación de la pa­tria precisa una última dosis de prudencia. La victoria es nuestra. Les mantendré informados.
Habían pasado algunos días de duro trabajo y nulos resultados en el Instituto de Investigación en Computaciones Avanzadas del Cal Tech. Después de meses de pequeñas grietas, la presa Hoover en el río Colora­do se había desmoronado, provocando una avalancha de agua y lodo que había matado a cincuenta mil personas aguas abajo. Todos espera­ban que el otoño llegara de una vez.
—Creo que los peces gordos se están cansando de nosotros, Doris —le decía el doctor Ramachandra—. Si no nos das algo pronto, se acabó… ¡Clic!
—¿Es una amenaza, doctor?
—Verás, Doris. El Ascensor espacial es más que un proyecto. Es una bandera, un canto de cisne. Este país está yéndose a la mierda. Esas multinacionales deciden apostar por una obra monumental, y llegas tú y les dices que se cae. Si no nos explicas por qué… ¡Clic!
—¿Está cansada la doctora Merton?
—Sí. Ella, de hecho, creo que está pensando en tirar la toalla.
—Es una persona curiosa la doctora Merton.
—Sí, lo es. ¿Lo es?
—Entregada siempre a su trabajo. ¿Sabías que incluso en sus días libres escribe realidades? Le gusta escribir vivencias para los colonos de las estaciones espaciales. Sube allí de vez en cuando.
—¿Cómo sabes eso, Doris?
Entonces se produjo el milagro de la confesión y Doris abrió la boca después de una pausa enervante.
—He terminado el cotejo de la segunda solución. —dijo—. Os ex­puse que había tres personas implicadas en el desastre que se avecina. Una de ellas era el fallecido comandante Abelardo, de las fuerzas espe­ciales de la OMS. Ha llegado la hora de comunicaros la identidad de la segunda. He comparado su perfil con los de las bases de datos y creo que puedo aventurar algo con una certeza próxima al cien por cien.
—Tú dirás —respondió distraído Ramachandra. Su vista seguía pues­ta en la pantalla del microscopio confocal que barría uno de los niveles de procesadores híbridos. La parte proteica no parecía estar afectada por la desnaturalización.
—Es un cirujano plástico llamado Cabera. Trabaja en una clínica de Oporto. ¿Querrías decirle a la doctora Merton esto? Dile que la segunda persona se dedica a clavar bisturís. Que trabaja rodeado de sangre y vís- ceras. Pregúntale si alguna vez ha soñado con algo así.
El doctor se encogió de hombros y se levantó para buscar a la docto­ra mientras le hincaba el diente a una manzana. Transcurrieron algunos segundos y pronto se oyó el taconeo rápido de los pasos de Mary Trini, seguidos por el chirriar agudo de las zapatillas de Ramachandra reso­nando por el suelo abrillantado.
—Déjame a mí, por favor… —la doctora Merton cerró la puerta a sus espaldas impidiendo el paso a su compañero— ¿Qué has dicho, Doris? —dijo ella inmediatamente respirando a ritmo acelerado. En pie frente al superordenador.
—¿El resultado de la nueva computación? —preguntó cansinamente Doris. Daba la impresión de que estaba siendo irónica—. Sí, claro —dijo viendo la expresión de la doctora—. La segunda persona, el segundo implicado es un cirujano plástico llamado Joao Cabera. Trabaja sacando grasa. Clavando bisturís y realizando precisos cortes. ¿Me estás escu­chando? Cortes. Sangre empapada con gasas y vendajes. Implantes, colágeno mezclado con sangre…
Doris ya no estaba narrando sino más bien se recreaba con un puñado de términos clave. Imágenes que a Mary Trini le estaban evocando algo. Algo profundo y desagradable, enraizado en zonas recónditas de su encéfalo.
—Cuerpos inmóviles. Cortes —proseguía el programa Doris.
—¡Basta! —gritó la doctora entre náuseas. Luego tomó aire e inten­tó reponerse.— ¿De dónde has sacado eso?
—Es el resultado de un cómputo de nivel.
—¡No me tomes el pelo, Doris! —interrumpió de nuevo—. Sabes muy bien dónde está todo eso. ¿Cómo has tenido acceso?
—No sé de qué me habla doctora.
—Doris voy a borrarte. Nunca he amenazado a nadie pero te juro que como sigas jugando conmigo te deshago.
—Eso sería una pena, doctora Merton —dijo desde los altavoces distribuidos por la habitación—. Estoy al corriente de muchas más co­sas interesantes que podrían perderse para siempre.
—Hace tiempo que estas cosas se repiten en mis pesadillas. ¿Cómo has podido saber que.?
En ese momento entraron Tsumura y Guevara charlando sobre si lo que salía de la máquina del vestíbulo como sucedáneo de café resultaba venenoso o solamente vomitivo.
—Salid un momento, por favor —les dijo Mary Trini.
—¿Se puede saber qué te pasa? —protestó Otto Guevara— Se supo­ne que formamos parte de un equipo.
—¡Fuera! —gruñó secamente. Sus compañeros comprendieron que lo más prudente sería hacer caso y desaparecieron sin más esperas.
—¿Quién es ese Joao Cabera? ¿Qué me quieres decir Doris?
—Estoy preocupada por ti, Mary Trini. Alguien que en sus ratos libres diseña sueños digitales y aprende de las vivencias de unos ancia­nos no debería extrañarse de lo que voy a decir. Te aprecio porque sé cuáles son tus recuerdos.
—Continúa.
—Tienes un funcionamiento curioso. Sé que en la escuela muchos niños se reían de ti porque tenías las piernas torcidas y te llamaban gor­da. Sé que creciste llena de complejos, lo que te impulsó al estudio y a mejorar profesionalmente como una forma de vengarte de todos los que te rodeaban. Sé que nunca te sentiste querida por tu madre. Y sé que algunas noches llorabas en tu habitación. También tengo acceso a la vergüenza y al vacío que sentiste con la muerte de tu padre. Y a la sor­presa que te produjo el darte cuenta de que no derramaste ni una lágri­ma por él.
—¿Cómo sabes todo eso? —A Mary Trini le temblaba la mandíbula y hacía ademán de mostrar los dientes en arrebatos primitivos reprimi­dos. Las córneas estaban más que humedecidas—. ¿Quién me ha estado hurgando en la cabeza?
—Aún no he acabado, doctora. Todavía no te he contado la insatis­facción que sentiste en tus primeras relaciones amorosas. Lo estúpidos e infantiles que te parecían los hombres y lo que hubieras dado por reprogramarles el cerebro. Y también conozco tus deseos más ocultos. Sientes una atracción irrefrenable hacia los hombres que se encuentran al borde de la muerte. Intentas apartar de tus pensamientos todo eso, pero no puedes evitarlo y las imágenes vuelven una y otra vez. Te sientes terriblemente excitada cuando contemplas un rostro y un cuerpo mas­culino huesudo y cadavérico. ¿Me sigues Mary Trini?
—Esto no puede estar pasando. —La doctora Merton se había apo­yado en una pared y lentamente estaba bajando hasta quedar sentada en el suelo. Las manos no habían salido de los bolsillos. Los ojos no parpa­deaban desde hacía rato.
—Como ves, doctora —prosiguió el programa—, sé mucho más de lo que sospechabas. Sólo soy un estúpido simulador digital en el que están aflorando proposiciones de Godel como malas hierbas. Pero te advierto que a pesar de todo eso, tengo acceso a ciertos datos que tú no puedes ni siquiera imaginar. Harías bien en hacerme caso, Mary Trini. Sé que te gusta escarbar en las cabezas de los viejos de las estaciones espaciales. Vas bien encaminada. Busca con un poco más de ahínco y puede que encuen­tres allí al cirujano y al comandante. Ellos tienen las respuestas y resolve­rán todas tus dudas sobre el Ascensor. Ellos tienen la clave.
La doctora oyó las últimas palabras desde el pasillo, marchándose a toda velocidad. En San Bernardino estaba empezando a llover y grandes gotas levemente coloreadas de rojo la recibieron al alcanzar la calle. Es­tuvo mirando al cielo durante un minuto, antes de darse cuenta de que se estaba empapando. El doctor Guevara había salido tras ella y le ofre­cía un paraguas.
—Tengo que subir —dijo sin que llegara a oírse a sí misma.
—¿Por qué te obsesionas tanto con lo que dice Doris? —Le gritaba Guevara—. Es sólo un simulador.
—Me está dando pistas, Otto. Sabe demasiadas cosas. No puedes imaginar hasta qué punto. Tiene que haber una explicación.
—¿Y si estuvieras perdiendo el juicio tú, Mary Trini? Tengo una hija. Cuando era niña, una vez se sentó en el orinal a cagar, y luego se levantó y miró dentro buscando la mierda. Pero no estaba allí. Estuvo varios minutos buscándola por todas partes, antes de darse cuenta de que no se había bajado las bragas ¿entiendes? Tenía la mierda pegada en el culo. —El doctor Guevara esperó unos segundos antes de continuar—. Estás buscando demasiadas respuestas ahí fuera. Quizá las tengas pegadas en tu propia cabeza.
La doctora Merton se alejó por la avenida medio inundada. Había un pequeño atasco. Un coche patrulla estaba detenido y varios policías del condado intentaban sin éxito retirar del paso un fat eater que había quedado varado en los charcos de la calzada.

3- OPORTO. EL ENIGMA DE LOS CONGELADORES VACÍOS

—Bien, comenzaremos de nuevo —dijo el psicólogo con su voz protec­tora. Había olvidado por completo que estaba con un psicólogo— Cuén­teme ese sueño otra vez. Desde el principio.
Joao Cabera suspiró. No lograba quitarse de encima ese cansancio, y la voz del terapeuta le resultaba demasiado relajante. Casi sedante.
—De acuerdo —respondió por fin—. Estoy en un lugar llamado Mongolia, en los altos de Subataar. Conduzco de noche por una carrete­ra desierta, estoy acercándome a la frontera china. No sé qué hago allí. Me inquieta no ver a nadie, ni una luz, nada. He dejado atrás Hongor y ahora el camino es un prolongado descenso. Una recta inmensa que baja hacia Narán, el límite con la frontera china. La carretera es buena, pero los márgenes están llenos de vehículos vacíos, aparentemente en buen estado.
—Un momento —interrumpió el psicoterapeuta— ¿Ha viajado us­ted allí? Quiero decir, ¿conoce realmente esos lugares? ¿Cómo sabe que se trata de esas ciudades?
—No, no recuerdo haber salido nunca de Portugal. Antes de las pesadillas ni siquiera había consultado un atlas de Asia. No puedo expli­carlo. Simplemente sé que son esas ciudades.
—De acuerdo, prosiga.
—Bien —Joao se recostó de nuevo en el sillón. Los gránulos del relleno se reacomodaron ante la nueva postura—. En un momento dado se ilumina el otro lado de la frontera. Narán no es más que un montón de sombras geométricas. Pero al otro lado de la muralla aparece ante mis ojos el Pekong, en toda su enormidad. La superciudad Pekín-Hong Kong. La luz que proyecta al cielo es. es fabulosa. Dejo de ver las estre­llas. Es como si entrara en un día artificial. Comienzo a tener miedo. Decido frenar y dar marcha atrás, pero algo me lo impide. No es el mo­tor. Es como si algo agarrotase mis piernas y mis brazos. El vehículo avanza ahora a una velocidad endiablada, son muchos kilómetros ya cuesta abajo. Siento pánico, doctor.
—Miedo a estrellarse.
—No, no… Es algo más. Es como si los chinos del otro lado me estuvieran atrayendo hacia ellos. Me están esperando y no presiento nada bueno. Ahora sí veo gente a los lados de la carretera. Pero todos son cadáveres. Cientos de ellos. Entro en Narán. Estoy a punto de llegar a la frontera. Grito angustiado mientras siento cómo ellos esperan mi llega­da con los dientes afilados.
—Hábleme de Narán.
—¿De Narán?
—Eso es, sí.
—Pues Narán es una ciudad… no sé… geométrica. Sí. Una ciudad geométrica. Calles y avenidas ortogonales. Bloques de viviendas de estilo neosoviético. Pero casi no puedo apreciar detalles. Para cuan­do la recorro voy disparado hacia el puesto fronterizo, y tengo mie­do, doctor…
—¡Ah!, el orden urbanístico de Krasnograd, de Chelyavinsk —sus­piró el psicólogo—. Paralelas y perpendiculares sin intromisiones emo­cionales de ningún tipo. Eso es arquitectura, sí señor.
—Pero, doctor —carraspeó inquieto Cabera, a la vez que se incorpora­ba— mi sueño… Presiento mi muerte todas las noches… ¿Qué me ocurre?
—¡Ah, sí! Su sueño… ¿Quiere saber qué le pasa? Le diré qué le pasa. ¡Pasa que eres un cretino y un memo de mucho cuidado! ¡ja, ja ja! Vaya un sueño ridículo…
Joao se puso en pie y arrojó airado la carcasa del disco al suelo.
—Menudo gilipollas, ¡que me pillan los chinos! ¡Ay, que me meo! pero ¡qué patético! ¡ja, ja! —el programa Hyperpsycologist 3.0 seguía riendo desde el ordenador, saturando ocasionalmente los altavoces. Entonces sacó el disco y lo partió en los pedazos que pudo. Doscientos euros tirados a la basura. Doscientos euros del mejor software de autoayuda. El usado como psicólogo de campaña por el ejército francés. Uno de los mejores programas de simulación de personalidad, todo para que acabara burlándose de él.
Muchas cosas se estaban hundiendo. Fuera, el aire plomizo del atar­decer se cernía sobre el Gran Oporto y la gente comenzaba a cerrar ven­tanas. Las sirenas anunciaban una noche dura para bronquios débiles. Joao Cabera se arrastró hasta el cuarto de baño y se lavó la cara. Luego se miró al espejo. El ordenador lo escaneó rápidamente y aparecieron cua­tro propuestas a modo de ventanas que envolvían su imagen. Afeitado, peinado, masaje con loción hidratante… ¿Quién era aquel tipo dema­crado que le miraba? ¿Quién era realmente?
En teoría su personalidad era una delicada construcción realizada encima de las ruinas de su naturaleza biológica y sus vivencias pasadas, sobre las que se habían ido añadiendo módulos de comportamiento ex­ternos y potenciadores emocionales. Tampoco escaseaban los borrados parciales de recuerdos. El asistente que portaba bajo el cráneo consti­tuía un adelanto que estaba comenzando a ponerse de moda. Su forma de operar sobre el portador consistía en establecer equilibrios por todas las vías posibles, impidiendo que se cayera en la depresión, reforzando las respuestas social y personalmente satisfactorias, evitando el estrés, suprimiendo las actitudes violentas… Sin embargo desde hacía unos meses el precario equilibrio tendía a romperse con demasiada facilidad y Joao pasaba de sufrir estados próximos a la amnesia a experimentar auténticas tormentas de datos. También se le aparecían fugaces paisajes psíquicos completamente anómalos, como si fuesen de otra persona, o como si, en resumen, soñara despierto.
Sonó el timbre. Después de algunos intentos consiguió recordar la combinación de la puerta y abrir. Un repartidor de Supermercados Champion le había dejado la compra semanal. Él no había encargado nada, naturalmente. Hacía tiempo que los frigoríficos realizaban tareas como esa, ya que incorporaban equipos informáticos conectados a Internet capaces de estudiar la dieta del hogar donde eran instalados y, contabilizando los productos que entraban y salían diariamente, encar­gaban por su cuenta la compra a través de la red previa consulta de las ofertas en los centros comerciales más próximos.
Joao comprobó el contenido del paquete. Eran unos diez kilos de palitos de cangrejo congelados. Aturdido, abrió la nevera y echó una ojea­da al procesador. Antivirus, placa base, conexiones. Todo estaba en regla. Si aquel Zanussi hacía la compra en función de lo que se comía en los últimos dos meses, eso significaba que había estado alimentándose de palitos de cangrejo los últimos… Definitivamente estaba tocando fondo.
Dio vueltas por la casa intentando poner en orden sus pensamientos. Vivía en una espaciosa torre de dos pisos en las afueras del Gran Oporto. La planta inferior tenía los suelos de terrazo blanco y paredes de color papaya. Los techos estaban salpicados de lámparas Idún moldeadas a pre­sión. Predominaban los muebles de madera de cerezo y mesas y electro­domésticos en tonos arena. También estaban distribuidos por la casa al­gunos tocones de pino carrasco rematados con cinchas de cuero. El resul­tado era un mobiliario y unos objetos decorativos que hibridaban el am­biente interior y el exterior; uniendo funcionalidad y vitalidad a precio asequible. Dirigidos a personas sencillas con estilo y mucho sentido del humor. O eso era lo que iba diciendo el engendro que aseguraba ser su novia. La culpable directa de aquella espantosa decoración.
En la planta superior las cosas todavía marchaban peor. Las habita­ciones parecían estar estudiadas para crear en la víctima una suerte de efecto alucinógeno. Las paredes y cortinas combinaban el azul cobalto, el rojo fosco y el verde cianobacteriano. Toda una espeluznante colec­ción de estatuas africanas de animales, dragones vietnamitas y coleccio­nes de minerales tallados en formas esféricas y piramidales estaban allí para dar a la casa energía positiva, pero Joao hacía tiempo que no se atrevía a subir y dormía habitualmente en un sofá chaise longe lleno de quemaduras. Quizá era la casa lo que le producía esos temblores.
Entonces sonó el busca. Debía presentarse inmediatamente en su puesto.
Decidió que no le sería posible atender una urgencia en aquel esta­do de confusión, de modo que tomó la decisión más pertinente. Agarró el mando a distancia de su asistente y entró en modo cirujano. Cuando bajaba las escaleras y se sumergió entre la gente, las primeras oleadas de seguridad en sí mismo aparecieron por sorpresa; empezando por su ta­llo cerebral y avanzando después por todo el neocórtex. No le hacía falta subir hasta la red del transporte público. Haciendo valer su tarjeta parpadeante de médico en servicio de urgencia, la policía le abrió paso hasta conseguir un taxi.
Antes de cerrar la puerta del vehículo su asistente le había converti­do en otra persona. Precisas dosis de serotonina, dopamina y gamma- amino-butírico se habían desparramado en extensas áreas de los lóbu­los frontales y habían cristalizado en una conducta de optimismo y an­siedad por intervenir. El taxista, un caboverdiano de pelo amarillo, sol­taba sin parar comentarios triviales mientras volaba por la autopista que conducía hacia el tercer anillo del Gran Oporto, el eje semicircular Mala- Gondomar-Espinho, muy cerca del núcleo que era la ciudad del siglo XX. Joao extendió las manos y se miró los dorsos. Luego las palmas… y otra vez los dorsos. Parecían de acero. Ni el más tímido temblor. Manos de cirujano de la mejor especie. Oro puro. Sonrió plácidamente y miró a lo alto a través de la escotilla del vehículo. Densas redes de hilos de car­bono y wolframio surcaban el cielo cargando con los biplazas del siste­ma público de transportes. Más arriba, difuminados entre las espesas nubes de color ceniza, brillaban algunos jet-pods de la brigada do tránsi­to. Sintió deseos de abrir la ventanilla y dejar que el aire le azotara la cara, pero los seguros estaban debidamente activados. Con aquella ve­locidad lo más probable es que la carbonilla del aire le perforara la cara como una lluvia de dardos tóxicos.
Llegó al destino. Un grandioso bloque de vidrio y hormigón que se proyectaba hacia el cielo desafiando las leyes naturales más básicas. En la puerta del edificio un letrero cincelado sobre ónices iraníes rezaba: «Cor­poración Neuroestética. Sede Central». Joao era cirujano. Uno de los bue­nos, además de accionista y socio de la mayor compañía psíquico-estética de Europa. Miles, quizá millones de mujeres habían pasado por sus más de doscientas clínicas asociadas repartidas por toda la geografía continental.
Ascendió raudo por las escaleras y se contempló lleno de orgullo en la entrada acristalada mientras era escaneado por dos inflamados guar­dias de seguridad. Joao Cabera era alto y ciertamente desgarbado. Por­taba un anacrónico peinado de tupé desplomado con brillo de laca in­deleble. Usaba pantalones de pata estrecha y cintura alta para marcar paquete. Completaban el cuadro su trench gris con hombreras y sus bo­tas tejanas de pinchar balones. Este deplorable aspecto, unido a sus dos piezas dentales de oro, hacían de Joao un ejemplar de museo. Un dandy de medio pelo sacado de una película de espías de bajo presupuesto. Pero lo más espectacular del lote era su cara, una mezcla homogénea de inexpresividad y escrúpulo excedido que no alcanzaba a representar asco, como si su rostro se hubiera congelado al mirar de reojo el sol. La asime­tría de sus facciones eran sin embargo un asunto deliberado. Eran parte de un plan personal completado por las cicatrices y los restos de varias operaciones de cirugía facial. Si todos sus compañeros camuflaban ra­zonablemente bien su edad, él mostraba intencionadamente sus inter­venciones y cicatrices mal selladas, lo que le convertía en un hombre anuncio de la Corporación, y provocaba en la plantilla a su cargo un cierto sentimiento de admiración por semejante muestra de dignidad y mesura. Pudiendo haber adoptado el aspecto de un hermoso serafín, el jefe había querido conservar su modesta y poco agraciada mueca. Joao era el Dalay Lama de la cirugía estética.
El ascensor trepó por el interior de uno de los tubos diáfanos que taladraban el edificio y depositó a Joao en la planta cincuenta. Luego fue en busca de sus instrucciones y de su equipo. Se cruzó con decenas de bellísimos enfermeros de bata verde y cráneo de baja densidad. A veces no los miraba como humanos, especialmente a los calvos. Se los queda­ba mirando y concluía que sólo eran una especie de máquinas móviles tripuladas por el cerebro que escondían allí, en algún lugar de la cabeza, y eso le asustaba.
«Nada como una operación a vida o muerte para abrir el apetito» se decía a sí mismo, cuando pasó por delante del despacho del director general y escuchó por accidente una conversación que le hizo detenerse y ocultarse al lado del marco.
—No te entiendo, Marcos. No puedo entenderte —la doctora Barreiras intentaba tranquilizarse, acomodándose por décima vez en el sillón. Era la temible directora del grupo de varices.
—Todo se arreglará, María —decía el doctor Das Cruzes sin levan­tar la vista de su mesa de despacho, como temiendo ser superado por los ojos de su interlocutora—. Todos conocemos las excentricidades del doctor Cabera. No es la primera vez que hace cosas así, yo me encargo de hablar con él.
—¿Excentricidades? —contestó ella tan enfadada como sorprendi­da—. Pero es que había siurimi junto a la silicona ¿comprendes? Despa­chó a todo el mundo de la sala de operaciones, se encerró con la paciente y se puso a merendar. —En la pantalla del pasillo se proyectaba por octa­va vez la serie completa de los nuevos anuncios: «Para que vuelvas a sentirte una mujer de los pies a la cabeza. Corporación Neuroestética, las tecnologías más avanzadas a tu servicio».
—Me hago cargo, María. Ya la he llamado. Indemnizaremos a la cliente.
—Es que no es una cliente cualquiera —insistía ella con el cuerpo inclinado hacia delante—, es la nueva esposa del general Silva. Además se le hinchó. La ósmosis ¿entiendes? Acumuló agua y estuvo a punto de reventar.
«La tecnología láser eliminará todo rastro de pelo de tus… »
Ella apartó la vista hacia la pantalla y se dirigió por última vez a Das Cruzes. —Joao es un enfermo. No sé qué clase de favores le debes, pero me parece que ya nos ha hecho perder bastante dinero en abogados y en indemnizaciones ¿No crees? —Entonces se puso de pie— Líbrate de él, Marcos. Líbrate de él o yo me largo —y salió del despacho moviendo su envidiable figura, parecida a la de la supuesta cuarentona remendada que ahora salía por la pantalla explicando las excelencias de la neuromutilación facial.
Joao se topó de bruces con la doctora. Ésta le dirigió una mirada de asesinato en primer grado y luego prosiguió su camino sin pronunciar palabra. Destino miserable. Había venido dispuesto a intervenir y sólo le esperaba una reprimenda del director general —Adelante Joao —dijo éste. Su cara era lisa y elástica como la goma de un balón de playa. Revi­saba unos papeles y algunas tabletas digitales que tenía desperdigadas por la mesa, pretendiendo que el cirujano se cociera en su jugo antes de intervenir. El despacho pudiera haber pertenecido al directivo de cual­quier compañía. Quizá era el único rincón del edificio donde no se per­cibía el perfume de los antibióticos ni la fragancia del desinfectante. El enorme ventanal ofrecía una vista única de la urbe. A los jefes les gusta ostentar. Mobiliario de líneas firmes y equipos informáticos acoplados a las paredes daban al lugar el definitivo aire de prepotencia. Joao se en­tretuvo contando las copas de una estantería de borosilicato. Las había Barbaresco, Eiswein y Albariño. Un juego de cada.
—Esta vez te has pasado —dijo por fin Das Cruzes alargándole una lámina transparente donde aparecían las fotos del desastre que había causado. Sangre, pechos, silicona y palitos de cangrejo—. ¿Tienes algu­na explicación?
—No lo recuerdo bien —a Joao le vibraba el lado derecho del labio superior mientras hacía algo parecido a un esfuerzo por reconocer la cara de la señora Silva en las fotografías—. Supongo que me daría un apretón, el hambre es el hambre.
—Hambre —respondió con suma seriedad el director—. Y ¿qué me dices de las anestesias? A lo largo del último mes has probado la anestesia de cinco clientes antes de operar. Tres de ellas despertaron en plena intervención.
—Una cata —se encogió Joao de hombros—. Los buenos sumilleres prueban el vino antes de servirlo —no llegó a sonreír porque compren­dió enseguida que la broma no había tenido gracia.
—Somos amigos y juntos hemos levantado todo esto —Volvió a la carga Das Cruzes—. Pero todo tiene un límite y ya no sé por qué te aguan­to, Joao.
—Sí que lo sabes —asintió Joao. Alto ahí, eso sí que lo recordaba—. Porque lo mío son travesuras comparado con tus líos. Amigo —pronun­ció aquella palabra con la curiosidad de quien explora un nuevo univer­so—. Porque sé a qué clase de gente has cambiado la cara últimamente. ¿Te suena de algo el responsable de Hemorral? Aquel medicamento con­tra las hemorroides que causaba cáncer colorrectal. Fue visto por Oporto y luego desapareció. ¿No sabes nada de un trasplante de cara?
Das Cruzes había modificado su expresión hacia una mirada de odio.
—¿Y la grasa de las liposucciones? ¿Dónde desaparece la grasa de las liposucciones que nunca llega a ser incinerada? ¿No tienes ningún lío con algún grasero americano? ¿No está prohibido comerciar con esos tipos?
—Cuidado, Joao —se puso en pié el director. Los nudillos apoyados en la mesa—, estás empezando a ser un inconveniente para la compañía.
«Tu celulitis tiene remedio si recurres a los mejores profesionales…» continuaban los mensajes en el monitor. El sol era ya sólo una masa roja en un extremo de la ventana, habían estado en silencio unos instantes.
—Eso que has dicho podría costarte caro —amenazó Das Cruzes. Joao consideró una proeza aquel logro de su memoria y sonrió mostran­do sus grandes dientes. El director permanecía muy serio. En realidad no podía adquirir otra expresión. Se había estirado tanto la piel que ha­cía años que no sonreía. Una carcajada podría haberle roto la boca.
—Todavía hay más. Has estado comerciando con el frío, amigo.
—¿Qué quieres decir? —preguntaba el director con la cara tensa como una ballesta armada. Un tic en el párpado derecho amenazaba con propulsar lejos el globo ocular.
—¿Dónde está el embutido, Das Cruzes? Tienes una concesión enor­me de energía para conservar crionizados a cientos de cadáveres. Pero hace tiempo que los fuiste descongelando para vender kilowatios-hora en el mercado negro. Eres un estraperlista, Das Cruzes. —El director se había levantado y buscaba desesperado unos comprimidos. El vaso de agua se le cayó al suelo. Las manos le temblaban como un xilofón.
—¿Qué vas a hacer cuando esté acabado el ascensor ese del que habla la televisión? —continuó Joao con su contraofensiva—. Cuando el gobierno te quite la concesión y ordene subir los fiambres arriba, al fresco del espacio.
—Tu problema es que eres un bocazas, Joao —respondió el Das Cruzes repuesto y lleno de estimulantes de efecto inmediato. En ese momento hubiera corrido media maratón sin despeinarse—. Mira esto, basura. —y le arrojó los permisos visados y sellados para comenzar a transportar cadáveres congelados a las plantas superiores del Ascensor. La OMS se hacía cargo del transporte a bordo de contenedores isotermos. Los doscientos primeros habían abandonado ya los almacenes de Cor­poración Neuroestética en París. Las neveras de Oporto serían vaciadas en breve.
«Regálale a tu marido un estiramiento de pene. Se lo merece. Te lo mereces»
—Todo está en regla, listillo. Incluso vamos a ser condecorados por la UNESCO por nuestra aportación a la humanidad. Tenemos algunos filósofos en conserva. También a dos o tres músicos. De los buenos.
—No puede ser —agitaba aturdido la cabeza Joao—. Yo mismo vi los nichos vacíos y los congeladores apagados. Ahora sí que me has jodi- do de verdad. Tus líos con la OMS son más gordos de lo que pensaba. Te creía un pobre narcisista corrupto, pero estás hecho todo un mafioso. Te felicito, Das Cruzes —los ojos de Joao mostraron a partes iguales tristeza y cansancio.
—Soy razonable —el director le miró fijamente—. Te ofrezco unas largas vacaciones. Sueldo íntegro.
—Supongo que no tengo elección —aceptó Joao y pulsó el punto detrás de su oreja donde se podía desconectar el asistente. Todo se había venido abajo.
«Consigue el vientre que siempre deseaste… »
La apatía creció en Joao nuevamente y notó cómo la abulia ganaba espacio en su entendimiento mientras se dirigía hacia una cabina de transporte público. El aire era irrespirable. Paró en la cola de embarque y se entretuvo contemplando un panel de televisión pública sin llegar a enterarse de las noticias anodinas que iban apareciendo. Los resultados de la liga de fútbol americano, las últimas obras en la cúspide del Ascen­sor Espacial y la vuelta al mundo en yate que disfrutaba una familia de Yemen como obsequio del monarca saudí por ser parientes del muerto- un-millón en peregrinación a La Meca.
Entonces aulló la pantalla de su reloj. Era Carla, su novia.
—Acuérdate de la cena cariño. A las diez en punto. No te retrases —advirtió la tal Carla con una voz infinitamente desagradable. Era ésa que le había decorado la casa. Aquello sí que era una mala noticia de verdad.

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