El tribunal de la Sangre

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La hija del comendador don Pedro Quiñones, doña Luz, ha tenido un hijo secreto con Raúl de Lancaste, que está de incógnito a Madrid para ayudar al barón de Montigny y otros patriotas flamencos retenidos en la Corte. La policía secreta de Felipe II busca a Raúl y Don Pedro de Quiñones informado del desliz de su hija, pretende, sin que nada transcienda, lavar su honor. Y llegan noticias de Flandes de que el Barón de Egmont ha sido detenido por el Tribunal de la sangre y su vida corre peligro. Así comienza El tribunal de la sangre, un folletín rabiosamente romántico llena de lances y sentimientos desaforados. La orientación política de Ortega y Frías hizo que plantease en esta novela un Felipe II memorable en su papel de villano, alejado tanto del nacionalismo romántico de su época que reivindicaba el Imperio como de la Leyenda Negra que pintaba a los españoles como personajes tenebrosos sin brizna de luz. Ramón Ortega y Frías (1825-1883) fue, de entre los imitadores de Fernández y González, el que más éxito obtuvo. Para algunos historiadores de la literatura española, Ortega y Frías sirve de ejemplo de los defectos atribuidos al folletín: los excesos de sangre, truculencia y pasión al servicio de las clases populares lectoras. Sin embargo, su estilo no es tan distinto del de otros autores de su época y supera la media de la literatura por entregas. Quizá lo que nunca le perdonaron es que, por más que despreciaron sus libros, alcanzase en su buena época una popularidad tremenda.

ANTICIPO:

Apenas el alcalde dejó encerrada y bien guardada a la protectora de Raúl, encaminóse al palacio.
Felipe II lo recibió inmediatamente y, sin darle tiempo para hablar, le dijo:
—Supongo que me traeréis buenas noticias.
—No tanto como yo deseo, señor —respondió don Roque.
—¿Qué habéis adelantado?
—Ya tenemos la seguridad de que el flamenco se albergaba en la casita de la calle de Bordadores, según sospeché.
—¿Se albergaba?
—Ahora, no.
—Explicaos.
—Hoy ha salido de Madrid, y debe presumirse que se dirija a Bruselas, así como supongo que habrá partido al amanecer.
El monarca hizo un gesto de disgusto.
—Continuad —dijo.
—La mujer que habita la casa es algo más de lo que parece.
—¿Por qué?
—No tendrá tal vez cincuenta años, quizá no pase de los cuarenta y cinco si bien representa sesenta.
—Eso nada significa.
—Vive de la caridad y, sin embargo, sabe escribir correctamente.
—¿Cómo se llama?
—Nicasia Pulido.
El rey no pudo contener un ligero estremecimiento y su rostro se cubrió, por algunos instantes, de nerviosa palidez.
¿Qué podía recordarle semejante nombre?
¿Qué relación podía existir entre la oscura mendiga y el gran monarca?
Para que éste palideciese al oír el nombre, era menester que la persona nombrada le recordase algún secreto verdaderamente espantoso.
—María Nicasia —murmuró sin darse cuenta de lo que decía.
Y quedó pensativo.
Don Roque lo miró con extrañeza, y, sorprendido, dijo para sí:
—¿Qué significa esto? El rey debe conocerla… Repite su nombre, anteponiendo el de María… ¡Oh!… Un misterio… No me conviene entender este asunto, y era acertada mi repugnancia a tomar parte en él.
—Bien —dijo el rey después de meditar algunos segundos—, tenemos una mujer que debe haber recibido una distinguida educación y que ahora es una mendiga.
—Así es.
—Que ha dado albergue y protección a Raúl de Lancaste.
—Exactamente.
—¿Y una mujer de esas condiciones ha tenido la debilidad de revelar todo eso?
—Ha negado con una firmeza admirable y creo que negará aunque se la ponga en el tormento, cumpliendo así el propósito que manifiesta de morir antes que dar explicaciones.
—Entonces, ¿cómo sabéis que protege al flamenco?
—Porque no me contenté con interrogarla, sino que dispuse que se la registrase, encontrándola una carta que ella intentó comerse, pero de la cual conseguí apoderarme.
Y don Roque sacó el escrito de Raúl, presentándolo al rey, mientras añadía:
—Como no es para mí un secreto la desgracia de doña Luz, he leído…
—Está bien —replicó Felipe II.
Y desdoblando la carta comenzó a enterarse de su contenido.
Cuando hubo terminado, levantóse y, con los brazos cruzados y la cabeza inclinada sobre el pecho, dio algunos paseos por la cámara.
Don Roque esperó, no sin alguna intranquilidad, porque temía que le pusiese en grave compromiso la resolución del monarca.
Según iba viendo el buen alcalde, y como había sospechado, el asunto de que se ocupaban no era lo que parecía; no se trataba simplemente de perseguir con más o menos razón a un presunto criminal.
Había de por medio la honra de una dama, la suerte de la criatura que había nacido la noche anterior y, últimamente, otra cosa que no podía don Roque adivinar, pero que debía ser de mucha importancia cuando había hecho que palideciese el inalterable rostro de Felipe II.
Pasaron algunos minutos en silencio.
—¿Qué habéis hecho? —preguntó al fin el rey.
—Encerrar a la mujer, disponiendo que nadie absolutamente la vea.
—¿Y qué pensáis que debe hacerse con ella?
—Opino, señor, que éste es asunto del Santo Oficio.
—¿En qué os fundáis?
—Se acusa de hereje a Raúl de Lancaste; la anciana le ha dado albergue y protección, y, por consiguiente, ella es también reo de delito contra nuestra santa religión, delito cuyo conocimiento no compete a la jurisdicción ordinaria.
—Creo que os equivocáis —replicó Felipe sin interrumpir su paseo ni levantar la cabeza—. Otro es el carácter de este negocio.
—Entonces —repuso el alcalde, a quien desagradaba mucho tener que seguir entendiendo en aquel espinoso asunto—, entonces no podemos considerar al flamenco como reformista, sino simplemente como un seductor que ha deshonrado a una mujer, y que ha resistido con las armas a la justicia, hiriendo gravemente a dos auxiliares de ella.
—¿Y en cuanto a la anciana?
—Nada, señor, porque mientras ella ignorase que él había cometido semejante delito, bien podía darle albergue, aunque puede acusársela de haber ayudado a la seducción.
—Tampoco opino como vos.
—Entonces…
—De la seducción no tenéis noticia alguna, puesto que nadie os ha dado parte de ella —dijo el monarca, deteniéndose al fin y volviendo a sentarse.
—Si volvemos a la herejía…
—No.
—Perdone vuestra majestad; pero en mi torpeza no comprendo…
—Os lo explicaré.
—Gracias, señor.
—Raúl de Lancaste, aunque sea hereje, no puede ahora ser acusado sino de conspirador, porque ha venido a Madrid para ayudar a los enemigos de mi autoridad soberana, que son también enemigos de la religión y de la patria, y, por consiguiente, es un reo del Estado.
Don Roque miró sorprendido al rey.
—En tal concepto, y no en otro —añadió Felipe—, habéis intentado prender a Raúl aprovechando el aviso que se os dio, diciéndoos dónde se encontraba anoche.
—Comprendo.
—En cuanto a esa mujer, es también un reo del Estado, porque está en relaciones con los conspiradores, lo cual es ni más ni menos que conspirar.
—Entonces.
—El conocimiento del sumario corresponde a la autoridad civil.
—Ciertamente.
—Pero como con los reos de Estado hay que tomar precauciones excepcionales…
—Sigo entendiendo.
—La cómplice de Raúl de Lancaste será encerrada en el alcázar de Segovia.
—¿De modo?
—Allá iréis vos cuando sea menester.
Don Roque inclinó la cabeza.
—En cuanto al flamenco, daré las órdenes convenientes para ver si se logra alcanzarlo, y si no para que se le prenda en Flandes.
—Entonces no me ocuparé de él sino para hacer cargos a la acusada.
—Sobre ese punto no forméis gran empeño.
—Espero las órdenes de vuestra majestad.
—Lo más interesante es averiguar dónde se encuentra el hijo de Raúl.
—Haré lo posible.
—Ese niño no debe conocer a su padre, ya porque sería educado en la herejía, ya porque con el tiempo sería un enemigo de mi trono.
El plan era horrible.
Ya no dudó el alcalde, que hubiera hecho cualquier sacrificio por no tomar parte alguna en el asunto.
—Señor —dijo—, la mujer en cuestión, aunque débil de cuerpo, es fuerte de espíritu.
—Lo sé.
—Puesto que vuestra majestad la conoce…
—No, no la conozco —se apresuró a decir el rey—; pero lo presumo por lo que de ella me habéis referido.
—Temo que no declare…
—¡Oh!
—Apelaremos al tormento.
—No lo hagáis sin consultarme.
—Como vuestra majestad disponga —dijo don Roque inclinándose.
—Por ahora concretaos a interrogarla sin que nadie esté presente.
—No saldrá de su reserva.
—Decidle que ella tampoco saldrá de su encierro mientras no se explique.
—Vuestra majestad dispone que nadie esté presente en los interrogatorios…
—Nadie.
—¿Y el escribano?
—Tampoco.
—¿Quién dará fe?
—No ha de escribirse nada.
El alcalde palideció.
Su conciencia se rebelaba contra aquel espantoso abuso.
Había comprendido el plan; pero no había sospechado este detalle horrible.
Nicasia debía ser encerrada y morir olvidada en su calabozo si no entregaba a los enemigos de Raúl la inocente criatura.

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