El Último Dragón

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El barco más temido de Argos tiene una tripulación compuesta por un amplio grupo de razas: enanos, elfos… personalidades que enseñarán a Galen un mundo real en el que cada uno arrastra una historia que marca su vida. El destino tejerá una indestructible amistad entre ellos mientras comparten peligrosas aventuras. El último dragón introduce nuevos elementos que darán un giro espectacular al destino de los protagonistas, obligándonos a leer a toda velocidad porque esta historia es nuestra historia y al llegar a la última página echamos de menos el olor del mar. Afila tu espada y acompaña a Galen en las aventuras más osadas, si te atreves…

ANTICIPO:

Santiyí
Los bogadores, dos inmensos nativos de piel negra, tiraban con fuerza de los remos del pequeño bote. Sus poderosos músculos, resbaladizos por el sudor, brillaban bajo el sol de media mañana, creando contrastes con los reflejos que se dibujaban en el agua. Mediaba la octava cuenta del año, y ya por entonces, el verano ejercía su inclemente influjo sobre todos aquellos que se adentraban en alta mar. El duque de Meer, apoltronado en un extremo de la barcaza, se abanicaba con un palmito, tratando de salvarse de la ola de fuego que parecía azotar todo el Virgen; a su lado, Tristán Civera, hombre de su confianza y administrador de sus bienes, se achicharraba lentamente conforme transcurría la mañana y el sol despuntaba más alto. En las últimas horas el delgaducho administrador se había convertido en poco más que una momia. Su delicado rostro estaba quemado por el sol, adquiriendo proporciones cadavéricas, y su boca se mantenía abierta a perpetuidad, tratando de acaparar hasta el último resquicio de aire. El duque observaba a su acompañante y rezaba a los dioses porque aquel infortunio concluyese pronto, pues temía acabar convertido en un despojo disecado como él. A proa, los dos negros seguían tirando incansables de la embarcación, pero el aristócrata hacía ya unas cuantas horas que había comenzado a preguntarse hasta cuándo duraría aquella mansedumbre. Ocho brazos empujaban más que cuatro, y los rangos nobiliarios, por muy distinguidos que fuesen, en una situación peliaguda, acababan por olvidarse. El motín llegaría en cualquier momento, y en cuanto eso sucediese, ni Tristán ni él mismo podrían hacer nada por evitarlo. Aquellos dos mulos mansos, por muy andrajosos u obedientes que parecieran, acabarían sublevándose y declararían la ley del más fuerte, haciéndoles remar como al que más. El duque se estremeció ante semejante perspectiva. La única esperanza que conservaba era que para entonces, algún barco se hubiera cruzado en su camino y los hubiera sacado de tan apurado trance.
Las esperanzas del mandamás se hicieron realidad cuando a proa apareció un destello intangible que conforme fue aproximándose a ellos, se convirtió en el velamen de una gran nao. El náufrago se incorporó pletórico sobre el pescante, y dando brincos que desestabilizaron toda la barca, señaló hacia el galeón.
—¿Lo veis? —exclamó perdiendo toda la flojera que hasta entonces había aparentado—. ¡Os dije que estábamos a salvo!
Tan bruscos fueron sus movimientos que el bote escoró hacia un lado, y Tristán, convertido en un pellejo tembloroso, acabó cayendo por la borda, hundiéndose como un plomo en las profundidades del océano.
—Oh —se limitó a balbucear el duque.
Los dos remeros se observaron desconcertados, y aguardaron la reacción de su patrón. El duque se asomó por la borda pero no distinguió más que el manto verdemar del océano. Tristán había desaparecido de la faz de la tierra. Acto seguido irguió la cabeza y se quedó contemplando al inmenso navío que se dirigía directamente hacia ellos, después volvió a mirar hacia el mar, y por última vez prendió la vista en el barco.
—¡Qué diablos! —exclamó de repente—. ¡Seguid remando!
Y el bote apuró la distancia que les separaba de la nao, distinguiéndose su nombre cuando ésta se cernió sobre ellos.
—La Dama del Este —murmuró el duque satisfecho. Una sonrisa apareció en sus labios agrietados—. ¡Los Once nos son propicios! ¡Seguid remando, haraganes, que nuestras vidas están a punto de salvarse!
La barcaza escoró en presencia del gran galeón, y los tres náufragos pudieron contemplar boquiabiertos su magnífica planta. Era un gigantesco navío de ostentosa arboladura e inigualable velamen. El mascarón de proa recreaba la efigie de una mujer desnuda tallada en madera, sobre ella ondeaba una vela de cebadera en la que la cabeza de un lobo huargo enseñaba los dientes al enemigo. El espolón del barco rompía las aguas del Virgen como un gigantesco tritón dispuesto a abrirse paso hasta los confines del mundo. Incluso en aquella parte del océano, en donde el tránsito mercante era más vivo, barcos de semejante calibre eran difíciles de contemplar.
Los marineros, apostados en la cubierta, arrojaron cabos al mar. El duque se apresuró a ordenar que anudaran los extremos a los puntales de la barcaza, increpando a los bogadores para que los asegurasen a proa y a popa lo más rápido posible; después los mismos marineros de La Dama del Este tiraron de los cabestrantes para izar la pequeña nave y a sus tres ocupantes. El duque se sintió eufórico cuando volvió a pisar una cubierta. Después de pasar casi día y medio en alta mar, en compañía únicamente de dos esclavos y una momia, era agradable contemplar otros rostros; sin embargo lo que les aguardaba en aquel navío era bien diferente a lo que hubiese esperado encontrar. Los tripulantes de La Dama eran hombres de distintas etnias y razas. En cuanto hizo acto de aparición, un gigantesco yetita le apartó de sus dos guardaespaldas, y dos gemelos lépudos enarbolaron sendos sables corsarios con los que apuntalaron su gaznate. El duque retrocedió horrorizado, y fue presa del pánico al ver como aquella chusma lo rodeaba desde todos los flancos, impidiéndole cualquier escapatoria.
Un enano de barba albina y espesa cabellera, emergió del grupo, y haciendo un amago de reverencia, se plantó ante él.
—Bienvenido abordo, su Señoría. —Los tripulantes rieron alborotados del tono burlón del hombrecillo—. Es un honor tener abordo a tan distinguido invitado.
Jakob O’Neil observó aburrido al náufrago desde el otro extremo de la mesa y no pudo evitar que un bostezo estuviera a punto de escapar de sus labios. Llevaba un buen rato escuchando al supuesto duque, y comenzaba a pensar que la única manera de hacerlo callar era abriéndole una segunda boca en el gaznate. Sólo la presencia del doctor Lavandas, que le observaba desde el sofá con una expresión severa en el rostro, le impedía llevar a cabo sus pensamientos.
—… y como bien le he dicho, capitán, puedo asegurarle sin riesgo a equivocarme —parloteaba y parloteaba el duque de Meer sin cesar—, que si tuviera la bondad de aproximarme a los Astilleros de Huma Norte, o al puerto de Ontur, sería gratamente recompensado. Mi familia posee cuantiosas haciendas en Rimbou, y no dudo que el intendente de Ontur depositaría en sus manos una generosa recompensa por mi rescate.
—Yo tampoco lo dudo —siseó O’Neil con un gruñido.
Fílias Cook lanzó una carcajada al escuchar aquel comentario, lo cual repercutió en los ánimos exaltados del duque, que sin pensárselo dos veces dirigió una mirada indignada al impertinente burgomaestre. En un segundo plano, y apostado en un rincón del camarote, Thingal permanecía silencioso; sin embargo sus ojos acechaban como los de una pantera negra. Desde que el segundo hizo acto de presencia en el camarote del capitán, el duque había comenzado a mostrarse más tosco. En Gadgan, los nativos de las Islas Negras eran considerados poco menos que escoria, y su lugar en las grandes mansiones o en los labrantíos de los terratenientes, solía atender únicamente a las necesidades de los esclavistas. Para un hombre tan distinguido como el duque era poco menos que inimaginable que un simio de piel atezada llevara a cabo las funciones de oficial al mando en una nave mercante; no obstante, aunque procuró silenciar su malestar, su mirada recelosa se desviaba una y otra vez hacia el gigantesco nativo. Por las sombras que cubrían el rostro de Thingal, era obvio que la antipatía era mutua. El segundo ya llevaba suficiente tiempo lejos de su patria para saber como se las gastaban los de Gadgan.
—¡Señor O’Neil, escúcheme bien! —exclamó el duque tratando de ignorar los improperios del burgomaestre y la mirada inquisitiva del negro—. ¡Soy inmensamente rico! Poseo tierras, haciendas, e incluso una pequeña flota mercante que navega bajo la enseña del Canciller Krenshel. Podría poner en sus manos más dinero del que jamás hubiese imaginado.
—No lo veo muy probable —farfulló O’Neil cada vez más aburrido—. Soy capaz de imaginarme muchas riquezas.
La risilla de chacal de Cook volvió a exaltar los ánimos del duque, aunque, lo que le hizo perder definitivamente la paciencia fue la actitud irreverente de su anfitrión. ¡Nadie jamás había osado mostrarse tan insolente en su presencia!
—¡Soy un súbdito respetable amparado por la Casa del Canciller Krenshel! ¡No admitiré tomaduras de pelo ni impertinencias de ningún tipo! —Dicho esto, el duque propinó tal puñetazo a la mesa que a punto estuvo de derribar todos los utensilios que se amontonaban sobre ella. El doctor Lavandas dio un respingo en el sofá ante tan inesperada reacción, y durante unos segundos trató de decir algo para calmar los ánimos, pero los gritos exaltados del duque acallaron su intervención—. ¡Capitán, está en la obligación de aproximarme hasta donde yo ordene, pues se encuentra en aguas jurisdiccionales de lord Meriador Krenshel, y todo súbdito del canciller merece ser tratado con respeto! En los últimos días he sido vilipendiado por tunantes de mala sombra. No admitiré que vuelva a suceder, ¿lo entiende? ¡Tiene la obligación de atender a mis demandas de inmediato!
Hubo un intenso silencio en el camarote. Lavandas, pálido como un muerto, contempló el rostro del capitán. Su expresión había cambiado diametralmente, pasando del hastío insoportable a un rostro marmóreo en el que ningún sentimiento llegaba a reflejarse. El doctor conocía demasiado bien aquella expresión. Agachando la cabeza, y completamente seguro de que ninguna palabra podría llegar a aplacar lo que estaba a punto de suceder, aguardó pacientemente la estampida del huracán; la cual, como era de preveer, no se hizo de esperar.
En menos que canta un gallo, Jakob O’Neil sacó a patadas al estirado duque de su camarote, después, jalándolo por los pelos, lo paseó por toda la cubierta, exhibiéndolo ante la tripulación como a un pollo remojado. Los hombres, aburridos por el lento deambular hacia el norte, estallaron en carcajadas ante la irrupción del capitán y de su inofensiva víctima. Incluso los dos nativos que habían servido al duque, no ocultaron sus sonrisas.
—¡Poned la plancha! —ordenó O’Neil ignorando los lloriqueos del noble, que de repente parecía haber perdido todo el ímpetu que había exhibido en el camarote.
Griido acudió en el acto con una gran tabla que clavó en la baranda de estribor, y antes de que pudiera llegar a comprender lo que había pasado, el grandilocuente duque se mecía precariamente sobre el abismo.
—¡N-no podéis hacer esto! —graznaba histéricamente.
La tripulación de La Dama del Este aulló con más fuerza al escuchar los lloriqueos del noble.
—¡Estoy protegido por la Casa de Krenshel! ¡No tenéis derecho a hacerlo!
—En ese caso transmitidle mis más cordiales saludos a vuestro lord —inquirió O´Neil todavía exhibiendo sus afilados colmillos—. Eso si lo volvéis a ver, claro está.

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