En el país de la nube blanca

EnpaisDeLanubeBlancaSarahLark

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.


Una brillante novela generacional, en la que se entrelazan la historia, el romance y el conflicto cultural a lo largo de casi 800 páginas, ninguna de las cuales es aburrida

ANTICIPO:

Mientras tanto Gerald Warden se aburría en el salón. Los caballeros estaban tomando una copa antes de comer. Lord Silkham, acababa de presentarle a su yerno Jeffrey Riddleworth. Le explicó a Warden que Lord Riddleworth había servido en la colonia de la Corona en la India y que había regresado hacía ape­nas dos años a Inglaterra en posesión de importantes condecoraciones. Diana Silkham era su segunda esposa, la primera había fallecido en la India. Warden no se atrevió a preguntar de qué, pero con bastante seguridad la dama había muerto a causa de la malaria o de la picadura de una serpiente. Siempre que hubiera dispuesto de mucho más arrojo y ganas de acción que su mari­do. En todo caso, Riddleworth parecía, no haber abandonado los alojamientos del regimiento durante toda su estancia en la colonia. Del país sólo podía contar que, salvo en los refugios in­gleses, todo era ruido y suciedad. Consideraba a los nativos sin excepción un hato de desarrapados, en primer lugar a los maha- rajás, y, en cualquier caso, todo estaba infestado de tigres y ser­pientes fuera de las ciudades.
—Una vez hasta tuvimos una culebra en nuestro alojamien­to —explicó Riddleworth asqueado mientras se retorcí a su es­merado bigote—. Naturalmente, de inmediato maté a esa bestia de un disparo, aunque el culi me dijo que no era venenosa. Pero ¿puede uno fiarse de esa gente? ¿Cómo ocurre en su país, Warden? ¿Controla su servicio a esos engendros repugnantes?
Gerald pensó divertido que seguramente los disparos de Riddleworth en el interior de la casa habían causado más des­perfectos que los que podría haber originado jamás un auténtico tigre. No creía que el pequeño y bien alimentado coronel fuera capaz de acertar de un tiro a la cabeza de una serpiente. En cual­quier caso, era evidente que ese hombre había elegido el país equivocado como esfera de acción.
—El servicio necesita a veces…, hummm…, familiarizarse
con las costumbres —respondió Gerald—. Solemos emplear a nativos para quienes el estilo de vida inglés resulta completa­mente ajeno. Pero no tenemos nada que ver con serpientes y tigres. En toda Nueva Zelanda, no hay ninguna serpiente. Y en su origen tampoco había mamíferos. Fueron los misioneros y colonos los que introdujeron en las islas el ganado doméstico.
perros y caballos.
—¿No hay animales salvajes? —preguntó Riddleworth frunciendo el entrecejo—. Vamos Warden, no querra hacernos creer que antes de la colonización aquello todo estaba como en el cuarto día de la creación.
—Hay pájaros —informé Gerald Warden—. Grandes, pequeños, gordos, delgados, que vuean y que corren…, ah, sí, y un par de murciélagos. Salvo esto, insectos, claro esté, pero tampoco son peligrosos. Si quiere que lo maten en Nueva Zelanda, milord, tiene que esforzarse. A no ser que recurra a ladrones de dos patas con armas de fuego.
—Probablemente también a otros con machetes, dagas y sa­bles, ¿no? —preguntó riendo Riddleworth—. Bien ¡cómo pue­de alguien desplazarse por propia voluntad a esos lugares vírge­nes es para mí una incógnita! Yo me sentí contento de poder abandonar las colonias.
—Nuestros maoríes suelen ser pacíficos —replicó Warden con tranquilidad—. Un pueblo extraño…, fatalista y fácil de contentar. Cantan, bailan, tallan madera y no conocen ningún armamento digno de mención. No, milord, estoy seguro de que antes se hubiera usted aburrido en Nueva Zelanda que asustado.
Riddleworth ya estaba dispuesto a aclarar, airado, que du­rante su estancia en la India no había tenido, naturalmente, ni una gota de miedo. Sin embargo, la llegada de Gwyneira inte­rrumpió a los caballeros. La muchacha entró en el salón y des­cubrió desconcertada que su madre y su hermana no estaban entre los presentes.
—¿Llego demasiado pronto? —preguntó Gwyneira en lu­gar de saludar primero a su cuñado, como era conveniente.
Este también puso la oportuna cara de ofendido, mientras Gerald Warden apenas si podía apartar la vista de la figura de la joven. La muchacha ya le había parecido antes hermosa, pero ahora, vestida de ceremonia, reconoció que se trataba de una auténtica belleza. La seda azul acentuaba su tez clara y su vigoroso cabello rojizo. El peinado sobrio destacaba el corte noble de su rostro. ¡Y además de todo ello esos labios audaces y los luminosos ojos azules con su expresión despierta, casi provocadora! Gerald estaba arrebatado.
Sin embargo, esa mujer no encajaba ahí. Era incapaz de imginársela al lado de un hombre como Jeffrey Riddleworth. Gwyneira pertenecía más al tipo de las que se colgaban una serpiente alrededor del cuello y domesticaban a un tigre.
—No, no, eres puntual, hija mía —respondió Lord Terence, consultando el reloj—. Son tu madre y tu hermana quienes se retrasan. Es probable que hayan vuelto a demorarse demasiado tiempo en el jardín…
—¿No estaba usted en el jardín? —preguntó Gerald Warden a Gwyneira. De hecho, antes se la hubiera imaginado a ella al aire libre que a su madre, quien, en el momento de conocerla, le había parecido algo afectada y aburrida.
Gwyneira se encogió de hombros.
—No tengo afición por las rosas —reconoció, aunque con ello volvió a despertar la indignación de Jeffrey y seguramente también la de su padre—. Si fueran verduras o algo que no pin­chara…
Gerald Warden rio ignorando las expresiones avinagradas de Silkham y Riddleworth. El barón de la lana encontraba encanta­dora a la joven. Evidentemente no era la primera a la que some­tía a un discreto examen durante el viaje a su antiguo hogar, pero hasta ahora ninguna de las jóvenes ladies inglesas se había com­portado de forma tan natural y desenvuelta.
—¡Vaya, vaya, miladyl —bromeó con ella—. ¿Me está usted confrontando realmente con los inconvenientes de las rosas in­glesas? ¿Acaso se esconden espinas bajo la piel blanca como la leche los cabellos cobrizos?
La expresión de «rosa inglesa», extendida en las islas británi­cas para referirse al tipo de muchacha de piel blanca y pelirroja, también era conocida en Nueva Zelanda.
En realidad, Gwyneira debería haberse ruborizado, pero sólo sonrió.
—En cualquier caso, resulta más seguro ponerse guantes —observó, y vio con el rabillo del ojo que su madre tomaba aire.
Lady Silkham y su hija mayor, Lady Riddleworth, acababan de llegar y habían oído el breve intercambio de palabras entr. Warden y Gwyneira. Ninguna de las dos sabía, al parecer, lo que más tenía que impresionarlas: si la insolencia de Warden o la aguda réplica de Gwyneira.
—Señor Warden, mi hija Diana, Lady Riddleworth. — Silkham decidió al final limitarse a obviar el asunto. Aunque su hombre no tenía buenos modales en sociedad, había prometido a su marido el pago de una pequeña fortuna por un rebaño de ovejas y una carnada de perros jóvenes. Esto aseguraría la dote de Gwyneira y daría mano libre a Lady Silkham para casar pronto a la muchacha antes de que se divulgara entre los clientes que tenía una lengua muy suelta.
Diana saludó ceremoniosamente al visitante de ultramar. En la mesa le habían asignado el puesto junto a Gerald Warden, lo que él pronto lamentó. La cena con los Riddleworth fue más que aburrida. Mientras Gerald daba pequeñas entradas y fingía escuchar con atención las explicaciones de Diana sobre el culti­vo de rosas y las exposiciones de jardines, seguía observando a Gwyneira. Salvo por su forma de hablar sin tapujos, su compor­tamiento era impecable. Sabía cómo comportarse en sociedad y conversaba educadamente, aunque era obvio que se aburría con Jeffey, su compañero de mesa. Respondió con sinceridad a las preguntas de su hermana sobre sus progresos en conversación en francés y el estado de la estimada Madame Fabian. Esta últi­ma lamentaba profundamente no asistir a la cena por motivos de salud. En caso contrario hubiera tenido el placer de conversar con su anterior y favorita alumna Diana.
Fue al servir el postre cuando Lord Riddleworth volvió a la pregunta anterior. Era evidente que entretanto la conversación en la mesa también lo estaba enervando a él. Diana y su madre habían procedido durante ese tiempo a intercambiarse informa­ción sobre conocidos comunes que encontraban «atractivos» y cuyos «bien educados» hijos tomaban en consideración, a ojos vístas, para una unión con Gwyneira.
Todavía no nos ha contado cómo fue a parar a ultramar, señor Warden. ¿Fue por encargo de la Corona? ¿Tal vez en el séquito del fabuloso capitán Hobson?
Gerald Warden negó con la cabeza mientras reía y permitió que el sirviente volviera a llenarle la copa de vino. Hasta el momento había sido contenido con ese excelente vino. Se ofrecería después suficiente cantidad del espléndido scotch de Lord Silkham y, por poco que asomara la oportunidad de ejecutar sus planes, necesitaba tener la cabeza despejada. Una copa vacía atraería, por otra parte, la atención. Así que dio su conformidad al sirviente, pero luego tomó su vaso de agua.
—Viajé allí veinte años antes que Hobson —dio como res­puesta—. En una época en que todavía la isla era más salvaje que ahora. Especialmente en las estaciones de pesca de la ballena y de caza de focas…
—¡Pero usted es criador de ovejas! —intervino Gwyneira con entusiasmo. ¡Por fin un tema interesante!—. ¿De verdad ha pescado ballenas?
Gerald rio furibundo.
—Que si participé en la captura de ballenas…, milady. Du­rante tres años embarqué en el Molly Malone…
No quería explicar nada más al respecto, pero ahora Lord Silkham frunció el entrecejo.
—Ah, no me venga con éstas, Warden. ¡Sabe demasiado de ovejas para que yo dé crédito a esas historias de bandidos! ¡Eso no lo habrá aprendido en un buque ballenero!
—Claro que no —respondió Gerald impasible. El halago lo dejó indiferente—. De hecho procedo de los Yorkshire Dales, y mi padre era pastor…
—¡Pero fue en pos de la aventura! —Era Gwyneira. Le bri­llaban los ojos de emoción—. Dejó la noche y la niebla y aban­donó su país y…
Una vez más, Gerald Warden se sintió a un mismo tiempo divertido y cautivado. Sin duda alguna ésta era la muchacha ade­cuada, incluso si era consentida y sus imaginaciones eran total­mente falsas.
—Antes de nada fui el décimo de once hijos —la corrigió— Y no quería pasar mi vida cuidando de las ovejas de otras perso­nas. Con trece años, mi padre quería que me pusiera a trabajar sin sueldo. Sin embargo, en lugar de eso, me enrolé como grumete. He visto la mitad del mundo. Las costas de África, América,, el Cabo…, navegamos hasta el mar del Norte. Y finalmente Nueva Zelanda.. Y es lo que más me gustó. Ni tigres ni serpientes -Guiñó el ojo a Lord Riddleworth—. Un país en gran parte todavía sin explorar y un clima como el de mi hogar. A fin de cuentas uno busca sus raíces.
—¿Y luego pescó ballenas y cazó focas? —preguntó la jo­ven una vez más, incrédula—. ¿No empezó enseguida con las ovejas?
—Las ovejas no se obtienen de la nada, señorita —respondió riendo Gerald Warden—. Como he experimentado de nuevo hoy mismo. ¡Para adquirir las ovejas de su padre uno tiene que haber matado a más de una ballena! Y pese a que la tierra era ba­rata, los jefes de tribu maoríes tampoco la regalaban…
—¿Los maoríes son los nativos? —preguntó curiosa Gwy­neira.
Gerald Warden hizo un gesto afirmativo.
—El nombre significa «cazador de moa». Los moas eran unas aves enormes, pero los cazadores eran por lo visto demasiado di­ligentes. En cualquier caso, esos animales se han extinguido. Los inmigrantes nos llamamos, dicho sea de paso, «kiwis». El kiwi también es un ave. Un animal curioso, cargante y muy vivaz. El kiwi no puede pasar inadvertido. En Nueva Zelanda está por to­das partes. Pero no me pregunte ahora a quién se le ocurrió la idea de denominarnos precisamente kiwis.
Una parte de los comensales se echó a reír, sobre todo Lord Silkham y Gwyneira. Lady Silkham y los Riddleworth estaban más bien indignados de compartir mesa con un antiguo pastor y ballenero por mucho que se hubiera convertido, con el tiempo, en un barón de la lana.
Lady Silkham no tardó en levantarse de la mesa y se retiró sus hijas al salón, con lo que Gwyneira se separó de mala gana del círculo de caballeros. Por fin la conversación había virado hacía un tema más interesante que la monótona sociedad y la increíblemente aburridas rosas de Diana. Anhelaba ahora retirarse a sus estancias, donde le esperaba la mitad todavía sin leer En las manos del piel roja. Los indios acababan de secuestrar a la un oficial de la caballería. Ante Gwyneira todavía quedá­rtenos dos tazas de té en compañía de sus parientes femeninas. Suspirando, se abandonó a su destino.
En la sala de caballeros, Lord Terence había ofrecido puros. Gerald Warden también dio en esa ocasión probadas muestras de su conocimiento al escoger la mejor clase de habanos. Lord Riddlerworth tomó uno de la caja al azar. A continuación pasa­ron una tediosa media hora discutiendo acerca de las decisiones que había tomado la reina en relación a la agricultura británica. Tanto Silkham como Riddleworth lamentaban que la reina se decantara por la industrialización y el comercio exterior en lu­gar de fortalecer la economía tradicional. Gerald Warden se ma­nifestó sólo con vaguedad al respecto. En primer lugar no tenía muchos conocimientos y en segundo, le resultaba bastante indi­ferente. El neozelandés volvió a animarse cuando Riddleworth lanzó una mirada triste al ajedrez, que esperaba preparado en una mesa auxiliar.
—Lástima que hoy no podamos volver a nuestra partida, pero es obvio que no queremos aburrir a nuestro invitado —ob­servó el lord.
Gerald Warden entendió los matices. Si él fuera un auténti­co caballero, intentaba comunicarle Riddleworth, se retiraría a sus aposentos en ese momento alegando algún pretexto. Pero Gerald no era un gentleman. Ya había representado suficiente tiempo ese papel; así que pausadamente debían ir al asunto.
—¿Por qué no nos aventuramos en lugar de eso a un peque­ño juego de cartas? —sugirió con una sonrisa ingenua—. Seguro que también se juega al blackjack en los salones de las colonias ¿no es así, Riddleworth? ¿O prefiere usted otro juego? ¿Pó­quer?
Riddleworth lo miró horrorizado.
—¡Se lo ruego! Blackjack…, póquer…, eso se juega en los tabernuchos de las ciudades portuarias, pero no entre caballeros.
—Bien, a mí no me importaría jugar una partida —respon­dió Silkham. No parecía ponerse del lado de Warden por cortesía; sino que, de hecho, miraba con apetencia hacia la mesa de cartas—. Solía jugar con frecuencia durante mi período militar pero aquí no se encuentra ningún círculo social en el que no se hable de forma profesional sobre ovejas y caballos. ¡En pié Jeffrey! Puedes ser el primero en repartir. Y no seas tacaño. Sé que tienes un salario generoso. ¡A ver si recupero algo de la dote de Diana!
El lord habló sin rodeos. Durante la cena había hecho ho­nores al vino y a continuación no había tardado en beberse el primer scotch. En esos momentos indicó ansioso a los otros hombres que tomaran asiento. Gerald se sentó satisfecho, Rid­dleworth todavía enojado. De mala gana tomó las cartas y las barajó con torpeza.
Gerald puso su copa a un lado. Debía mantenerse completa­mente despierto. Advirtió complacido que el achispado Lord Terence enseguida abría con una apuesta realmente alta. Gerald permitió de buen grado que ganara. Media hora más tarde des­cansaba una pequeña fortuna en monedas y billetes delante de Lord Terence y Jeffrey Riddleworth. El último había perdido algo la reticencia, aunque todavía no mostraba entusiasmo por el juego. Silkham se servía alegremente whisky.
—¡No gaste usted el dinero de mis ovejas! —advirtió a Ge­rald—. Acaba de perder otra carnada de perros. Gerald Warden rio.
—Quien no arriesga, no gana —contestó, subiendo de nue­vo la apuesta—. ¿Qué pasa, Riddleworth, continúa?
El coronel tampoco estaba sobrio, pero era desconfiado por naturaleza. Gerald Warden sabía que tarde o temprano tenía que desembarazarse de él, a ser posible sin perder demasiado di­nero. Cuando Riddleworth apostó una vez más su ganancia solo a una carta, Gerald cerró.
¡Blackjack, amigo mío! —casi se lamentó, mientras dejaba el segundo as sobre la mesa—. ¡A ver si se me acaba la mala racha! ¡Otra más! ¡Venga Riddleworth, recoja su dinero duplicado! Riddleworth se levantó disgustado.
— No, yo lo dejo. Ya tendría que haberlo hecho antes. Ya se save: lo que el agua trae, el agua lo lleva. No pienso darle más cancha. Y tu también deberías dejarlo, padre. Así conservarás al menos un pequeño beneficio.
—Hablas como mi mujer —observó Silkham, y su voz ya sonaba vacilante—. ¿Y qué significa eso de pequeño beneficio? Antes no he continuado. ¡Todavía tengo todo mi dinero! ¡Y me acompaña la fortuna! Hoy es, desde luego, mi día de suerte, ¿no es así, Warden? ¡Hoy estoy realmente de suerte!
—Entonces te deseo que sigas disfrutando —respondió Rid­dleworth con tono agrio.
Gerald Warden respiró aliviado cuando salió de la habita­ción. Ahora tenía vía libre.
—¡Entonces duplique sus ganancias, Silkham! —animó al lord—. ¿A cuánto ascienden ahora? ¿Quince mil en total? Mal­dita sea, ¡hasta ahora me ha birlado más de diez mil libras! Si du­plica, obtendrá sin dificultad otra vez el precio de sus ovejas!
—Pero…, si pierdo, me quedaré sin nada —dijo pensativo el lord.
Gerald Warden se encogió de hombros.
—Es el riesgo. Pero podemos seguir con cantidades peque­ñas. Mire, le doy una carta y yo cojo otra. Mira cuál es y yo des­tapo la mía…, y usted decide. Si no desea apostar, no pasa nada. ¡Pero yo también puedo negarme una vez haya visto mi carta! —Warden sonrió.
Silkham recibió la carta dubitativo. ¿Acaso no contravenía las reglas esta posibilidad? Un gentleman no debía buscar esca­patorias ni temer el riesgo. Casi con disimulo, lanzó, sin embar­go, una mirada a la carta.
¡Un diez! Exceptuando el as, no podía ser mejor.
Gerald, que era banca, destapó su carta. Una dama. Valía tres puntos. Un comienzo realmente menos prometedor. El neoze­landés frunció el entrecejo y pareció dudar.
—Al parecer mi buena suerte brilla por su ausencia —suspi­ró—. ¿Cómo lo tiene usted? ¿Seguimos o lo dejamos?
De repente, Silkham estaba extremadamente ansioso por seguir jugando.
—¡Pido otra carta! —declaró.
Gerald Warden miró su dama con resignación. Pareció luchar consigo mismo, pero repartió otra carta.
El ocho de picas. En total eran dieciocho puntos. ¿Seria suficiente? Silkham empezó a sudar. Pero si ahora cogía otra carta, corría el riesgo de pasarse. Farol. El lord intentaba mantener un rostro inexpresivo.
—Me planto —dijo conciso.
Gerald descubrió otra carta. Un ocho. Hasta el momento eran once puntos. El neozelandés volvió a coger las cartas.
Silkham esperaba con toda su alma que cogiera el as. Gerald se habría pasado entonces. Pero sus posibilidades tampoco eran malas. Sólo un ocho o un diez podían salvar al barón de la lana.
Gerald cogió carta: otra reina.
Expulsó aire con fuerza.
—Si ahora pudiera ser vidente… —suspiró—. Da igual, no puede usted tener menos de quince, no puedo imaginármelo. ¡Voy a arriesgarme!
Silkham tembló cuando Gerald cogió la última carta. El ries­go de pasarse era enorme. Pero cayó el cuatro de corazones.
—Diecinueve —contó Gerald—. Y me planto. ¡Las cartas sobre la mesa, milord!
Sikham descubrió resignado su mano. Un punto por debajo. ¡Había estado tan cerca!
Gerald Warden pareció opinar lo mismo.
—¡Por un pelo, milord, por un pelo! Esto clama por una revancha. Sé que estoy loco, pero no podemos dejar esto así. ¡Otra partida más!
Silkham sacudió la cabeza.
—No tengo más dinero. No eran sólo las ganancias, sino toda la apuesta. Si sigo perdiendo, me meteré en un serio problema. No se hable más, lo dejo.
—¡Pero se lo ruego, milordl —Gerald barajó las cartas—. ¡Cuanto mayor es el riesgo, más divertido es el juego!, y la apuesta…, espere ¡juguemos con las ovejas! ¡Sí, las ovejas que me quiere vender! Incluso si va mal, no pierde nada. Pues si yo ahora no me hubiera recuperado para comprar las ovejas tampoco habría tenido usted el dinero. —Gerald Warden mostró una sonrrisa triunfal Y dejó que las cartas se deslizaran con agilidad por sus manos.
Lord Silkham vació su vaso y se dispuso a levantarse. Se tambaleó un poco, pero las palabras todavía surgieron nítidas de sus labios:
—¡Podría sucederle, Warden! ¿Veinte de las mejores ovejas de cría de esta isla por unos pocos trucos de cartas? No, lo dejo. Ya he perdido demasiado. Entre ustedes, en tierras salvajes, es­tos juegos tal vez sean muy corrientes, pero aquí mantenemos la cabeza fría.
Gerald Warden alzó la botella de whisky y se sirvió de nuevo. —Lo tenía por más valiente —se lamentó—. O mejor dicho, por más emprendedor. Pero tal vez eso sea típico de nosotros los kiwis: en Nueva Zelanda sólo vale el hombre que se atreve a algo. Lord Silkham frunció el entrecejo.
—A los Silkham no les puede reprochar cobardía. Siempre hemos luchado valientemente, hemos servido a la Corona y… —Era evidente que al lord le costaba mantenerse en pie al mis­mo tiempo que encontrar las palabras adecuadas. Se dejó caer de nuevo en su butaca. Sin embargo, todavía no estaba borracho. Por el momento aún podía plantarle cara a ese buscavidas.
Gerald Warden rio.
—También nosotros servimos a la Corona en Nueva Zelan­da. La colonia se está convirtiendo en un factor económico de importancia. A la larga, devolveremos a Inglaterra todo lo que la Corona ha invertido en nosotros. En eso, la reina es más valien­te que usted, milord. Juega su juego y gana. ¡Vamos, Silkham! ¡No irá a dejarlo ahora! ¡Un par de cartas buenas y duplica el precio de las ovejas!
Con estas palabras, arrojó a la mesa dos cartas boca abajo delante de Silkham. Ni el mismo lord supo por qué las cogió. El riesgo era demasiado grande, pero el beneficio tentador. Si realmente ganaba, la dote de Gwyneira no sólo estaría garanti­zada, sino que sería lo suficientemente elevada para satisfacer a las mejores familias de la región. Mientras tomaba las cartas con lentitud, vio a su hija en el papel de baronesa…, quién sabe, tal vez incluso de dama de la corte de la reina.
Un diez. Buena carta. Si la otra sólo…, el corazón de Silkham latía con fuerza cuando después del diez de diamantes, destapó el diez de picas… Veinte puntos. Imbatible. Miró a Gerald con aire triunfal.
Gerald Warden levantó la primera carta del montón. As de picas. Silkham gimió. Pero eso no significaba nada. La próxima carta podía ser un dos o un tres y entonces había grandes posibi­lidades de que Warden se pasara.
—Todavía puede abandonar —dijo Gerald. Silkham rio.
—Oh, no, amigo mío, no es así como hemos apostado. ¡Haga ahora su juego! ¡Un Silkham cumple con su palabra! Gerald tomó con parsimonia otra carta.
De repente Silkham deseó haber barajado él mismo. Por otra parte…, había estado observando a Gerald mientras lo hacía y no había ocurrido nada erróneo. Pasara lo que pasase en ese mo­mento no podía reprochar a Warden que lo hubiera engañado. Gerald Warden destapó la carta. —Lo siento, milord.
Silkham contempló como hipnotizado el diez de corazones
que yacía frente a él sobre la mesa. El as contaba por once, el diez completaba el veintiuno.
—Entonces sólo me queda darle la enhorabuena —dijo el lord ceremoniosamente. En su vaso todavía había whisky y lo terminó de un trago. Cuando Gerald iba a servirle de nuevo, puso la mano sobre el vaso.
Ya he tomado demasiado, gracias. Es hora de que deje… de beber y de jugar antes de que mi hija pierda toda la dote y tambien mi hijo se quede sin nada. —La voz de Silkham sonó vela­da. Intentó levantarse de nuevo.
—Me lo imaginaba… —observó Gerald en un tono distendido y se llenó al menos su vaso—. La muchacha es la más joven, ¿no es cierto?
Silkham, asintió con amargura.
—Sí. Y antes ya he casado a otras dos hijas mayores. ¿Tiene idea de lo que cuesta eso? Esta última boda me arruinará. Sobre todo ahora que he perdido la mitad de mi capital.
El lord quería marcharse, pero Gerald sacudió la cabeza y le­vantó la botella de whisky. La tentación dorada cayó pausada­mente en el vaso de Silkham.
—No, milord —dijo Gerald—, no podemos dejar esto así. No era mi intención arruinarlo o dejar sin dote a la pequeña Gwyneira. Arriesguémonos con una última partida. Pongo en juego otra vez las ovejas. Si usted gana esta vez, todo quedará como estaba.
Silkham rio sarcástico.
—¿Y qué me apuesto yo? ¿El resto de mis ovejas? ¡Olví­dese!
—Y… ¿Qué tal la mano de su hija?
Gerald Warden habló serena y tranquilamente, pero Silk­ham se sobresaltó como si Warden lo hubiera abofeteado.
—¡Se ha vuelto usted loco! ¿No puede pedir en serio la mano de Gwyneira? Esa muchacha podría ser su hija.
—Justo eso es lo que desearía de todo corazón. —Gerald in­tentó poner tanta franqueza y calidez en su voz y en su mirada como le era posible—. Mi petición no es, claro está, para mí, sino para mi hijo Lucas. Tiene veintidós años, es mi único here­dero, bien educado, de buena apariencia y diestro. Puedo imagi­narme a Gwyneira perfectamente a su lado.
—¡Pero yo no! —replicó Silkham con rudeza, tropezó y buscó apoyo en su butaca—. Gwyneira pertenece a la alta no­bleza. ¡Podría casarse con un barón!
Gerald Warden rio.
—¿Casi sin dote? Y no se engañe usted, he visto a la mucha­cha. No es exactamente aquello por lo que la madre de un baro­net perdería la cabeza.
Lord Silkham montó en cólera.
—¡Gwyneira es una belleza!
—Cierto —lo tranquilizó Gerald—. Y no me cabe duda de que es el honor de toda cacería del zorro. ¿Pero se desenvolvería tan bien en un palacio? Es una joven indómita, milord. Le costará el doble de dinero casar a esta muchacha.
—¡Se lo exijo! —protestó Silkham.
—Se lo exijo yo a usted. —Gerald Warden levantó las car­tas—. Vamos, esta vez baraja usted.
Silkham cogió su vaso. Los pensamientos bullían en su men­te. Todo esto iba en contra de las buenas costumbres. No podía apostarse a su hija jugando a cartas. Ese Warden había perdido el juicio. Por otra parte…, tal trato no podía ser válido. Las deu­das del juego eran deudas de honor, pero la joven no era una apuesta admisible. Si Gwyneira decía que no, nadie podía for­zarla a subirse en un barco rumbo a ultramar. Y no había que llegar tan lejos. Esta vez ganaría. Su suerte tenía que cambiar de una vez.
Silkham barajó las cartas, no concienzudamente como an­tes, sino con rapidez, como con prisa, como si quisiera dejar a sus espaldas ese juego degradante.
Lanzó una carta a Gerald casi con rabia. Agarró el resto de la baraja entre sus temblorosas manos.
El neozelandés destapó su mano sin mostrar emoción. As de corazones.
—Esto es… —Silkham no dijo más. En lugar de eso se sirvió. Diez de picas. No estaba mal. El lord intentó repartir con tran­quilidad, pero la mano le temblaba tanto que la carta cayó a la mesa delante de Gerald antes de que el neozelandés pudiera co­gerla.
De momento, Gerald Warden ni siquiera intentó tapar carta. Impasible colocó la sota de corazones junto al as.
Blackjack—anunció serenamente—. ¿Cumplirá usted su palabra, milord?

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