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¿Quién mató a Jessica Walker? ¿Por qué abandonaron su cuerpo en una carretera secundaria de Alma, Georgia? Esas son las preguntas que no dejan descansar a Sierra DeMent, la investigadora privada que, sin quererlo, termina enredada en este confuso caso de asesinato que, como un torbellino, va desgarrando a su paso antiguas historias personales, amores presentes, conciencias.

Sobre la majestuosidad del paisaje americano, como oponiéndose al tranquilizador sentido de permanencia que emana de los desiertos y las montañas, se perfilan las intrincadas redes de las creaciones de los hombres: las freeways jalonadas de establecimientos de comida rápida; las carreteras de circunvalación de las grandes ciudades, permanentemente atascadas; las vías rápidas de Internet donde resulta tan fácil perder pie… Pero, no obstante, la naturaleza, terca, sigue brindándonos la posibilidad reconfortante de las analogías: los saguaros, esos cactus gigantes que alzan sus brazos al cielo al cruzar la frontera entre California y Arizona, se nos muestran "erguidos y expectantes, solitarios y tristes, con ese aire de dignidad y desamparo que tanto los asemeja a los seres humanos".

Al dotar a sus personajes de una psicología que muestra su evolución al contacto con esos peligros y desvela sus contradicciones, recurrencias y obsesiones, Jesús Torrecilla inscribe En la red entre las grandes obras literarias de indagación existencial, y lo hace situando al lector dentro de un nuevo y sorprendente género literario que, sobre las bases de la novela negra, explora los peligros de la experiencia virtual.

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La información más valiosa de que disponía, al menos a pri¬mera vista, se limitaba a dos números sin conexión aparente, uno incompleto y el otro imposible de descifrar. No era mucho. El payaso y la carretera tendrían que significar algo, contener algún tipo de referencia o de clave secreta, pero de momento, hasta que no avanzara con la investigación, no sabía muy bien qué hacer con ellos. También estaban los cientos de e-mails entre Jessica y Robert, aunque a decir verdad tenía sus dudas de que le fueran a servir de algo. El ridículo pudor de Robert convertía todo ese material en sospechoso. En cuanto al expe¬diente de la policía, tarde o temprano debería acceder a él; pero antes que nada, para completar detalles y confrontar la historia desde distintos puntos de vista, decidió consultar los periódicos de la época en que sucedieron los hechos.

El Waycross Journal Herald deIS de septiembre, dos días des¬pués de la desaparición de Jessica, informaba brevemente del suceso en la sección de noticias locales. En un solo párrafo, de manera muy escueta, se limitaba a copiar la nota facilitada por la policía. Eso era todo. En ningún otro periódico comarcal encontró la más mínima referencia al incidente. La aparición del cadáver, sin embargo, sí había causado una gran conmo¬ción en la zona, y los periódicos de Waycross y Brunswick, e incluso los de Columbus, Savannah, Jacksonville y Atlanta, dedicaban a la noticia titulares de primera página. El Bruns¬wick News, por ejemplo, junto a los grandes rótulos referentes al escándalo nacional e internacional de esas semanas (la divulgación de las cintas de las declaraciones del presidente Clinton ante un gran jurado en el caso Lewinsky), reproducía una foto de Jessica con el encabezamiento: «Estudiante asesi¬nada». El Waycross Journal Herald lo expresaba de forma más sensacionalista y hablaba en su primera página de un «Salva¬je crimen». El artículo continuaba en el interior y daba una información detallada sobre la identidad de la víctima y las circunstancias en que había sido encontrado el cadáver. Según la redactora, una tal Melanie Barefoot, Jessica Walker perte¬necía a una familia asentada desde hacía más de veinte años en Sterling. Su padre, un empleado de la construcción, natural de Lake City, Florida, trabajaba para la Upright Development Corporation de Brunswick. En 1995, cuando Jessica tenía quince años, había sido internada por sus padres en el Alt¬mann Juvenile Center de Waycross, un centro para jóvenes con problemas de donde se había fugado repetidas veces antes de su última desaparición.

«Lo paradójico del caso -continuaba informando la redac¬tora- es que Jessica había cumplido la mayoría de edad durante el secuestro, y antes de su desaparición tenía todo preparado para abandonar definitivamente el internado. ¿Trá¬gica coincidencia? No se sabe. La policía se halla tras la pista de los asesinos para hacerles pagar por un crimen que ha con¬mocionado las vidas de unos ciudadanos desacostumbrados a este tipo de violencia, de unos ciudadanos inmersos en una convivencia pacífica y laboriosa. Es el primer asesinato que acontece en Alma en veintitrés años y las circunstancias en que se produce nos han llenado a todos de ira y de consterna¬ción. Nuestra comunidad no se merece ciertamente lo sucedi¬do. Necesitamos saber qué clase de monstruo ha sido capaz de tratar el cuerpo de una adolescente con esa falta de respeto, con esa indiferencia hacia los más elementales derechos del ser humano, quién ha podido abusar de ella y dejarla tirada al borde de la carretera como si se tratara de una bolsa de basu¬ra. Sólo cuando se identifique al culpable y se le lleve ante el juez para que responda de su crimen podremos dejar atrás este horrible asunto».

De todos los periodistas que se encargaban del caso, sólo Melanie Barefoot lo calificaba abiertamente de secuestro, aun¬que obviamente sin ofrecer ninguna prueba que respaldara su suposición. La misma policía, a través del inspector jefe de la comisaría de Waycross, reconocía no estar segura de los térmi¬nos en que se habían desarrollado los acontecimientos.

Los periódicos de los días siguientes ofrecían más detalles sobre las circunstancias en que se encontró el cadáver y el curso que tomaba la investigación. También añadían entrevis¬tas e informes monográficos sobre ciertos temas relacionados con el caso. El Harbor Sound de Brunswick reproducía una con¬versación con Alfred Cooper, el granjero que había encontrado el cadáver en la mañana del miércoles, y el Brunswick News dedicaba una sección de página y media a estudiar los proble¬mas de delincuencia juvenil en la zona. Analizaba las posibles causas y suministraba estadísticas de adolescentes que habían abandonado su hogar en los últimos quince años. La mayoría habían sido encontrados en menos de veinticuatro horas, en un área de cincuenta millas a la redonda, pero algunos conti¬nuaban oficialmente desaparecidos. El columnista pensaba que la raíz del problema residía en la debilitación de los lazos familiares y pedía a sus lectores que hicieran un esfuerzo colec¬tivo para rescatar los valores religiosos tradicionales. Hablaba de la Biblia y de Jesucristo y de la parábola del hijo pródigo. En el Waycross Journal Herald, la misma Melanie Barefoot del día anterior firmaba un artículo sobre violencia doméstica y crímenes sexuales. Ofrecía también datos estadísticos, aun¬que especificando que esas cifras no reflejaban la realidad, ya que la mayoría de las mujeres que sufren algún tipo de agresión o de violencia, dentro o fuera del matrimonio, no se atreven a denunciarlo. En su estilo vehemente y un poco barroco conde¬naba la persistencia de antiguas formas de comportamiento que seguían tratando el cuerpo femenino como un bien dispo¬nible.

Con relación específicamente al asesinato de Jessica Wal¬ker, el Brunswick News del sábado informaba sobre algunas de las pistas que había seguido la policía. Como suele suceder en estos casos, cientos de personas de toda la zona bloquearon las líneas de teléfono de la comisaría de Waycross proporcionando datos que consideraban importantes, aunque, por supuesto, lo único que consiguieron fue obligar a los agentes a multiplicar inútilmente sus pesquisas. Un camionero reportó haber obser¬vado sobre las tres de la madrugada un Ford Escort detenido al borde de la calzada en la zona en que había sido encontra¬do el cadáver, pero, una vez realizadas las averiguaciones, se comprobó que entre los dos hechos no existía ninguna cone¬xión. Ni siquiera se trataba de la misma carretera. También el día anterior, según el articulista, se había recibido en la dele¬gación de la policía una llamada anónima que aseguraba haber visto en el estacionamiento de un supermercado cercano a Waycross una media blanca similar a la que llevaba el cadá¬ver, pero la pista tampoco sirvió de mucho, ya que el tamaño y el modelo no coincidían. Los resultados del laboratorio, como leería Sierra más adelante, fueron asimismo desalentadores. Tanto la cinta adhesiva como la cuerda que se habían usado para inmovilizar a la víctima correspondían a modelos genéri¬cos que podían haberse adquirido en cualquier establecimien¬to de los alrededores. El líquido seminal fue analizado y archi¬vado para futuras referencias, pero los datos del ADN no servían de nada hasta que no se pudieran comparar con los de algún sospechoso.

En el Harbor Sound del 26 de septiembre aparecía una ima¬gen de la casa de los padres de Jessica en Baxley y otra de la mesa de su cuarto en el Altmann Juvenile Center. Al pie de esta última se especificaba que la foto lo reproducía tal y como Jes¬sic a lo dejó antes de desaparecer. A Robert Head se le mencio¬naba acá y allá en varias ocasiones y se hablaba a grandes ras¬gos de su relación con Jessica y de los planes que tenían de vivir juntos, pero el especialista en tejados se había negado a hacer declaraciones a la prensa. En cambio, una entrevista con una tal Teresa Harvey que publicaba el Waycross Journal del día 27 llamó la atención de Sierra. En primer lugar porque, de hacer caso a la periodista, su interlocutora había sido una de las mejo¬res amigas de Jessica. Compartían la misma habitación en el internado e incluso se habían fugado juntas en una ocasión, consiguiendo llegar en auto-stop hasta la ciudad de Florence, en South Carolina. Su objetivo había sido Nueva York, donde pensaban dedicarse al teatro, pero se quedaron a mitad de camino. Sierra anotó el dato en su agenda por si pudiera ser¬virle de algo. Teresa calificaba a Jessica de «incontrolable» y «salvaje», asegurando que «no tenía miedo a nada», si bien un poco más adelante admitía que después de conocer a Robert había cambiado de comportamiento Y se había moderado.

Según ella, nada más salir del internado tenía pensado irse a vivir a Charleston. A lo largo del diálogo Teresa mencionaba algunas confidencias que le había hecho su amiga y que en gran parte se limitaban a confirmar lo que Sierra ya sabía, pero que le ayudaron a calibrar mejor el origen de la crisis que había sufrido en su primera adolescencia. Cuando Jessica aca¬baba de cumplir los catorce años, su padre, sin que se supiera muy bien el motivo, decidió hacer pública la existencia de un hijo suyo varón, en Macon, aproximadamente de la misma edad que ella. Dos o tres meses más joven. El hecho era espe¬cialmente grave porque implicaba que había tenido relaciones sexuales con otra mujer en el momento en que su esposa esta¬ba embarazada. Lo que sucedió después era previsible: tensio¬nes, peleas, una separación temporal, amenazas de divorcio…

La situación finalmente se arregló, o al menos perdió parte de su virulencia, pero Jessica nunca consiguió superar personal¬mente la crisis. Ahí empezaron los problemas que la llevarían al internado.

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