En los Suburbios del Destino

SuburbiosDestinoMichaelBishop

En los relatos de Michael Bishop (ganador del premio Nebula y Locus) siempre hay algo experimental e intenso que hacen que sus relatos siempre nos lleguen de un modo u otro; Bishop escribe de tal manera que las barreras entre los géneros se difuminan y dejan de tener sentido.
En En los suburbios del destino tenemos quizá la mejor y posiblemente más genial de sus antologías.
Quince relatos que nos llevan a destinos tan dispares como a asistir a un suicidio ritual japonés en el sur profundo de los Estados Unidos en En los Suburbios del Destino. A asistir a la muerte de San Agustín y el reencuentro con su hijo perdido en la fascinante ucronía Así Recuerdo Cartago. Contemplamos el juicio informatizado de Judas en un futuro cercano en Yo, Iscariote, y al fin del mundo por las mariposas en Instantáneas de la Plaga de Mariposas.
Pero también encontraremos en estas páginas manejadores de serpientes, gatos que exponen la teoría del caos o exploraciones a universos microcósmicos.
Una literatura escalofriante, metafórica, y emocional, para las grandes minorías.

ANTICIPO:

INSTANTÁNEAS DE LA PLAGA DE MARIPOSAS

Hace dos crueles abriles, un enjambre de mariposas monarcas —ám­bar transparente y nervaduras negras— empezaron a revolotear so­bre un cochecito de bebé que había aparcado junto al varadero del Lago Mockingbird. Las mariposas se posaron sobre el rostro del pe­queño, y allí permanecieron como una torre tambaleante de bande­ras en miniatura. (Veinte Mil Banderas Sobre Georgia).
Desde mi bicicleta, en un sendero situado por encima del varadero, lo vi todo. Nunca se me ocurrió pensar que esas mariposas estuvieran matando al niño, asfixiándole igual que los asesinos de Eduardo II aplastaron al pobre rey debajo de una mesa. Pero el grito de la madre al volver, junto con una estampida susurrante de infanticidas en re­tirada, hizo que me volviera a pensar.
Como todo el mundo sabe, los incidentes hostiles de lepidópteros au­mentaron tras aquel primer incidente desconcertante. Desde Montreal a San Diego, ataques kamikaze caleidoscópicos sobre estadios de béisbol dejaron a docenas de jugadores, y a innumerables aficiona­dos, dañados prácticamente hasta el grado de la insensibilidad por los despiadados sirocos de seda.
Las culpables no eran sólo las mariposas monarcas, sino también las azules, las de cola de golondrina, las apodemia mormo, los licénidos: escuadrones de belleza llamativa que desaparecían del cielo o surgían de melocotoneros, campos de trigo y pastos para el ganado.
Y cuando los vendavales de seda que formaban las mariposas soplaron sobre nuestras ciudades, manchando parabrisas, ensucian­do rejillas de motor, mezclándose con las puertas giratorias, arremo­linándose por las estaciones de metro como si fueran confeti opales­cente, canonizando de forma aleatoria a alcohólicos, indigentes y pu­tas (aunque les mataban con ternura), el Tío Sam movilizó a la Guar­dia Nacional.
Chicos asustados con uniformes de combate gaseaban todos los cañones urbanos inundados por mariposas, o si no disparaban a ma­tar con armas automáticas de mirada malvada. De hecho, el cuatro de julio, en el aparcamiento del estadio del condado de Atlanta Fulton, un pelotón de guardias con pelo a lo afro ametrallaron una bandada de mariposas de alas angulares, perlas media luna, y almirante rojo. La carnicería —si se puede utilizar esa la palabra— fue espectacular. Y también el ruido.
Jodi-Marie y yo observábamos desde un muro sobre el aparca­miento. A nosotros, el ensordecedor ¡ta-ta-ta! nos parecía un tiroteo contra el tendedero de un shah: brocados desintegrándose, shantungs hechos jirones, el armario entero de una familia real en llamas y ca­yendo en paracaídas sobre trocitos naranjas y morados.
«Es como los pájaros», dijo Jodi-Marie mientras pedaleábamos ilegal- mente por el arcén de la carretera I-40 de Oklahoma entre Yukon e Hydro.
—¿El qué es como los pájaros? —pregunté. (Probablemente, creía ser un participante del Tour de Francia en un día tan caluroso que podía considerarse radioactivo).
—Joder, Dennis, he dicho que es como esa peli antigua, Los Pája­ros». —Jodi-Marie hizo un gesto con la mano para hacerme parar, montada sobre la mountain bike que yo le había comprado, igual que la chica de piernas largas y ropa de licra que aparece en el anuncio de Bicycle Guide—. Sólo que en lugar de pájaros son mariposas.
Jodi-Marie no había nacido cuando se aquella película se había estrenado. Por entonces, yo estaba en Duke, admirando a los Beatles y fumando maría a la vez que seguía mi camino a la versión hippie y pacifista de Shangri-la.
Sin embargo, Jodi-Marie quería algún tipo de mérito por aquella alusión, la cual se remontaba a tanto tiempo que me dije que mere­cía algún reconocimiento; después de todo, es difícil mantenerse al corriente de las cosas cuando estás autopropulsando tus borlas en el Cheetah Lounge de cinco a siete horas cada noche.
Por eso yo le gustaba: mi dinero en metálico heredado y mi conoci­miento acerca del mundo. Yo no era sólo un holgazán malhumorado y viejo; era un vagabundo maduro y adinerado que montaba en bicicleta.
—Esta vez —empecé a decir—, los pájaros están de nuestro lado —Pero apareció un coche patrulla de carreteras a través de la caluro­sa bruma.
Smoky estaba elegante con su sombrero.
—Ey —dijo—, no deberíais estar aquí arriba.
(En el macadán elevado y sagrado «exclusivo para vehículos mo­torizados», se refería). Para ilustrar este punto, contó una historia de unos tipos que estaban haciendo autostop, por Guthrie, que fueron atacados por una nube de mariposas escarlata de cola de golondrina. Les trajeron gritando casi muertos, por no mencionar cómo fallecie­ron, envueltos en metros y metros de gasa rosa beligerante.
—Parecía que estuvieran ardiendo, como si les hubieran quema­do con un lanzallamas o algo así.
—Las mariposas de cola de golondrina son de las Filipinas —dije—. No se encuentran en zonas con clima templado.
Smoky se sacudió. El aire sopló suavemente sobre la carretera, en dirección a la llanura.
—¿Esto te parece «templado», abuelo?
—Es que resulta tan difícil creer que un puñado de mariposas sedosas puedan matar de verdad a la gente —intervino Jodi-Marie.
Smoky (su verdadero nombre era Clayton McKenna) dijo:
—Una tonelada de nailon puede ser más suave que una tonelada de ladrillos, pero una tonelada siempre es una tonelada, señorita.
Nos dijo que los camioneros, los ocupantes de coches, los pasaje­ros de autobús y los veloces motoristas de los Ángeles del Infierno probablemente estaban a salvo, pero que los excursionistas y ciclis­tas estaban «jugando a la ruleta de la mariposa».
Entonces, el Buen Samaritano de McKenna nos llevó en coche cuatro kilómetros, más allá de El Reno, hacia la carretera U.S. 270, la cual tomamos en dirección noroeste hacia Watonga, Woodward, Fort Supply, Forgan, y, finalmente, Liberty, Kansas, la ciudad apo­dada a partir de un oxímoron.
Realmente, los pájaros no eran nuestros aliados. Ya no. En tan sólo de nueve a doce generaciones de mariposas, según decía un complica­do informe escrito por un ejército de entomólogos de la ONU adictos al trabajo, prácticamente todas las especies de lepidópteros en el mundo se habían mutado químicamente para segregar en su sangre una toxina repugnante —cianuro de hidrógeno— que ningún pájaro o murciélago con amor propio desearía volver a probar nunca.
Además, según decían los científicos de bichos, las mariposas de todos los continentes excepto de la Antártida se estaban congregando ahora a escala mundial, como si se unieran por una causa común para escarmentar a la humanidad con su espectacular unicidad. Y, naturalmente, si la belleza absoluta carecía de poder para deshonrar o reformar, las pequeñas bestias de organza no se oponían a hacernos daño fuera como fuera con una miríada de alas de aleluya.
Once kilómetros después de la nauseabunda neblina blanca y negra de la carretera 83, justo al norte de la rural Liberty, nuestras mountain bikes incandescentes avanzaron sin necesidad de hacer esfuerzo en dirección a un solar situado en un complejo polvoriento de edificios de cemento llamado —lo juro por Dios— POLILL-O-RAMA, IGLE­SIA HOLÍSTICA Y ECOLÓGICA DE LAAMAAR DE LONG DE LAS GRANDES LLANURAS Y ALREDEDORES DE LA CARRETERA.
—Algún imbécil dice que es cosa de la naturaleza, que nos devuelve el daño que le hemos hecho —nos dijo Laamaar De Long a Jodi-Marie y a mí al recibirnos fríamente en el salón de polill-o-rama—, pero esa es la absurda idea de un liberal sobre la justicia cósmica. Yo no la apoyo.
Laamaar era un hombre grande, tan grande como su nombre, tan grande como las GRANDES LLANURAS. De unos cincuenta años aproximadamente, me recordó a un bicho con la cara llena de bultos que salía en la tira cómica preferida de mi padre, Pogo, aunque no podía precisar si era un perro, una mofeta, un caimán, o un oso, sólo que el viejo bobo era entrañable a la vez que siniestro.
—No es que la naturaleza nos lo esté devolviendo —prosiguió—. Es Dios o algo como Él mejorando lo normal con un esplendor espectacu­lar.
Más tarde, con nuestra cuota de entrada en la mano, De Long nos guió a Jodi-Marie y a mí por su polill-o-rama de muros desnudos.
—Estos son los guerreros nocturnos de las fuerzas de invasión holísticas y ecológicas de Dios. Siempre me ha gustado la noche, de modo que hice de las polillas, primero, un negocio y, más tarde, una religión.
Paseamos junto dioramas en vitrinas que albergaban mariposas pavo real, lunas, reales, polillas esfinge, nocturnas: un aviario de plu­mas blandas martilleando la penumbra acuosa de las cámaras de exposición.
—Hoy en día, las salas de mariposas están de moda. Las hay a montones —dijo De Long—, pero mi polill-o-rama es única. Estoy to­talmente orgulloso de ella.
Las mariposas macho luna —de color verde claro y brillante, como hongos bioluminiscentes— parecían especialmente inquietas. Me pre­gunté si sus antenas peludas estarían captando la emisión de feromonas de las hembras que estaban siendo transportadas sobre el trigo aquella tarde.
Jodi-Marie colocó las manos sobre el cristal, susurró en tono con­solador a las polillas, murmuró que merecían ser libres, y a continua­ción dijo que era hora de echar un sueñecito reparador. A la mañana siguiente, según el itinerario que habíamos programado hacía tiem­po, nos dirigiríamos a Wolf Creek Pass, al Gran Cañón, a Las Vegas y, al arrogante grial de Jodi-Marie: Hollywood. (Hurra).
—Acampad aquí, en mis tierras —dijo De Long—. Sois mis pri­meros auténticos clientes en días. Me gustaría gozar de vuestra com­pañía.
Al sentir antipatía hacia el viejo, Jodi-Marie no quería aceptar la invitación. La convencí de que no pasaría nada.
Sobre el trigo, la luna llena flotaba. Brillaba como un balón de playa mientras sacudíamos la lona del suelo en nuestra tienda termoplástica.
A pesar de la plaga de mariposas que se había extendido, estába­mos viajando en bicicleta hasta la costa, para que Jodi-Marie pudiera «convertirse en una estrella». No era una joven poco inteligente, pero no sabía cantar. Tenía la voz igual un berrido metálico. No sabía ac­tuar, ni siquiera lo suficiente para disimular su aversión por Laamaar De Long en presencia de este. Y, dejando a un lado sus armas de seducción de chica de barra, no sabía bailar mucho mejor que una cerda lisiada tropezando por la cadena de un matadero camino de convertirse en carne de cerdo en conserva.
Sin embargo, en el resplandor de la luna de agosto que se refleja­ba en la tienda de plástico, Jodi-Marie dijo:
—Voy a hacerlo. Es mi destino, Dennis. ¿Te acuerdas de aquella stripper que lo hizo con abanicos?
—Perdóneme, señorita Jodi, pero no soy tan viejo.
—¿Cómo se llamaba? Sally algo. Sally… Rand.
—Sí, pero no utilizó abanicos.
—Claro que sí.
—Eran plumas. Grandes. Plumas de avestruz.
—Vale, vale. ¿Qué más da?
Pero el cambio en su voz decía que existía una diferencia enorme entre abanicos y plumas de avestruz. Entonces, como si deseara disi­par un temor que crecía en ella, me contó el sueño que había tenido cada noche durante una semana:
Jodi-Marie está desfilando por la pasarela del palacio de cristal más grande que existía desde que el mundo inventó el negocio de las fe­rias mundiales. Gran exhibicionismo. Ella es la más guapa de la fe­ria, cubierta con lepidópteros exóticos de África, Asia, América del Sur y Central, las islas del Caribe: mariposas murciélago, lánguidas nocturnas con ocelos, alas de pájaro amarillas, mariposas pavo real, tigres, colas de golondrina con nervaduras esmeralda, emperador púrpura gigantes, pequeñas mariposas cebra, antorchas rojo sangre. Esconden lo que ella quiere esconder. Muestran lo que ella quiere mostrar. Revolotean cuando Jodi-Marie se contonea. Chisporrotean, suspiran, y planean justo cuando ella así lo desea.
Jodi-Marie empezó a tener los ojos vidriosos, ensimismados. Las ma­riposas nadaban en sus pupilas. Casi me enamoré de la imagen soña­dora y sobrehilada que tenía de sí misma: su auto encaprichamiento variopinto, estriado y de patrón muaré.
—¡Volved dentro! —gritó De Long desde demasiado cerca en mi­tad de aquella noche de intensa luna. —Romperé todas mis vitrinas de polillas. Puedes dejar que mis amigas peludas te tapen tu bonita cara hasta que se te antoje, chica.
—¡Ostras! —dijo Jodi-Marie, dándome un empujón.
Intente reponerme, recuperar los pantalones.
De Long empezó a decir tonterías:
—Mi mujer se fue con un locutor del tiempo hace seis años. Lo único que quiero es echar un vistazo, chica. ¿No es eso lo que quieres darme? ¿No es eso con lo que has soñado? —se asomó a nuestra tien­da de campaña como coloso vulgar y borracho.
—Estaba soñando con el mundo de espectáculo —dijo Jodi- Marie—. Usted no estaba espiando.
Me enfadé.
—Si lo que quieres es un espectáculo voyeur, cómprate un vídeo.
—Los esquimales comparten a sus mujeres —dijo De Long en tono acusador, luego volvió dando tumbos a su fanfarrona polill­o-rama.
Jodi-Marie imaginaba que De Long era un aspirante a violador; yo sostuve que sólo era un bobalicón solitario y sin mujer.
Así que allí nos quedamos, e intentamos dormir, y la luna fue haciendo más pequeña, igual que la bola de un desodorante gastado.
Más tarde: ¡BUM! ¡BUM! ¡BUM!
Nuestras deducciones posteriores a los hechos nos hicieron pen­sar que De Long había disparado con una escopeta del calibre 12 a los paneles del techo de la polill-o-rama, provocando agujeros en el teja­do, ensanchando estos, y luego disparando de nuevo, hasta que cada panel de hojalata se convertía en una ventana y las mariposas antes conservadas en dioramas (y puestas luego en libertad a golpe de mar­tillo) se fueron volando a través de los agujeros igual un tornado arras­trando figuras de papiroflexia blancas y negras, pedacitos recortados de celuloide, y granitos ingrávidos de palomitas de maíz que se alza ban cada vez más alto con un sonido sibilante: un tornado invertido en la pantalla de motocine que formaba el cielo del condado de Seward.
—Van hacia la luna —dijo Jodi-Marie— como las polillas a…
—La luz —terminé la frase.
Y, de hecho, un superorganismo de polillas múltiples ascendía dispuesto a ocultar la luna. Lepidópteros en los campos situados de­trás de la construcción se sumaron a los fugitivos para alcanzar lo más alto.
Jodi-Marie y yo observamos la nube flotante de criaturas, entre­lazada, aleteos cada más altos y amplios, eclipsando a las estrellas, y devorando vorazmente la sosegada luna. A continuación recogimos nuestras cosas y nos largamos. Sin embargo, durante kilómetros no pudimos ignorar las señales en el cielo de un negocio lleno de imagi­nación que había fracaso por completo.
Según había dicho el jefazo de los entomólogos de la ONU, si se des­truían las plantas de las que se alimentaban las larvas se elimina­rían mariposas adultas agresivas mucho más eficazmente que si las ametrallaran en aparcamientos; era incluso mejor que rociarlas con productos químicos en arboledas o en prados de flores silvestres.
Los entomólogos se equivocaban: Todas las especies del mundo habían modificado su hábitos alimenticios hasta tal punto que podía alimentarse de carroña así como de plantas. Vimos bandadas de ma­riposas antíopes posadas como liquen sobre los cadáveres de la carre­tera: perros muertos, gatos aplastados, zarigüeyas rojas salvajes.
Cuando casi era de noche, desde el punto de vista evolutivo, los lepidópteros adultos se convertían en carroñeros oportunistas. Tam­bién participaban en la depredación, matando en astutos grupos siem­pre que querían comer.
Pero había más: Estos nuevos lepidópteros habían abandonado el ciclo vital dividido en cuatro partes que consistía en huevo, oruga, crisálida e imago, a favor de 1) sexo entre adultos competentes 2) preñez de tres o cuatro meses, y 3) la puesta de crías con alas total­mente formadas (tan pocas como una, tantas como miles) que rebus­caban, cazaban, y crecían, sin importar de qué especie se alimenta­ran, como podía ser la mano de un hombre adulto. Después volarían con los escuadrones de reconocimiento al cual todavía pertenecían sus padres.
Un científico en bichos de expresión aburrida dijo:
—Me temo que, hoy, esas puñeteras cosas son como las almas: inmortales.
Pues, aunque resultaba fácil matar mariposas adultas por tu cuenta, parecía que, si las dejabas vivir, estos lepidópteros no se mo­rían. Su biomasa florecía como kuzu de en abril. Mientras tanto, re sultaba llamativo que los gusanos de seda, los diminutos, los de bolsa y los peludos —todos los tipos diferentes de orugas— se estuvieran extinguiendo.
Jodi-Marie y yo nos detuvimos para descansar en un área de recreo en la cima de Wolf Creek Pass. Colocados cerca de un abedul blanco, de una pícea de Engelmann y de unos álamos temblones, sólo escu­chaba a medias la arenga de Jodi-Marie acerca de la necesidad de escoger un nombre artístico que reemplazara su apellido real, Woznicki.
En una zona de álamos que se agitaban al ritmo del viento, sobre la ladera de la montaña que formaba parte de la ciudad Pagosa Springs, un árbol ardía como una antorcha de gas natural; la llama de su follaje de un color blanco azulado.
—Me gustaría algo dulce y que sonara alegre —decía Jodi-Marie, en la lejanía—. Algo festivo. Feliz. Optimista. Divertido.
Sonó un estallido entre los matorrales cercanos al árbol en lla­mas. Una sacudida de hojas. Un murmullo. Chasquidos de ramas casi imperceptibles. Las hojas del álamo albino que había junto a mí echaron a volar por el cielo de la Montaña San Juan formando grupos de nubes cirrocúmulos vivaces y chillonas.
Las mariposas que habían salido disparadas del álamo —enor­mes, de color blanco y mostaza, y otras más pequeñas azules— me habían asustado, pero todavía más al grupo de salvajes de pecho des­cubierto que subía por la montaña en dirección a nuestra área de recreo. Ocho o nueve en total. Eran hombres y mujeres jóvenes (blan­cos o chicanos, es cuanto podía decir) que se habían acercado tanto a las escamas de las mariposas monarca, azufre, tigre azul, punta na­ranja —incluso a las escamas claras de varias especies sin pigmentar— que tenían la cara echando chispas como esos indios de bosques tro­picales que se preparan para un ritual de guerra.
—Dios mío —dijo Jodi-Marie. (La escuché)—. Esas mujeres de ahí abajo, ni siquiera llevan sujetador.
No le contesté que ella tampoco lo llevaba casi nunca. Además, lo salvajes llevaban capas, alas de lino pintadas a mano que se engan­chaban en la maleza y destellaban de forma amenazante.
—Son la Gente Mariposa* —dije—. ¡Vamos!
Pero una flecha, decorada con plumas de colores, se alojó entre los radios del neumático delantero de Jodi-Marie.
—¡Ahora! —grité, sacando la flecha y rompiéndola en dos.
Juntos, descendiendo en picado, bajamos la pendiente de Wolf Creek Pass, avanzando en punto muerto y de cabeza para salvar nues tra vidas, manillar junto a manillar en dirección a Pagosa Springs. De repente, una nube etérea de mariposas —color limón, marfil, zafi­ro, esmeralda, escarlata, naranja— apareció bajo nosotros, justo en mitad de la carretera 160.
—¡Agacha la cabeza! —grité—. ¡Atraviésalas! ¡No te salgas del arcén!
Llevábamos casco, pero la correa no estaba atada, y cuando cho­camos contra esa paleta de colores voladora y giratoria, desaparecie­ron de nuestra vista cielo, montaña y carretera. El mundo consistía sólo en retales de tela flotantes, cuadraditos bordados a mano que producían cosquillas en la nariz. La boca se me llenó de bocanadas de insectos amargos. El contacto con las escamas rebozadas al viento hizo que se me erizara el bello de los brazos. La carretera era un museo hecho pedazos con obras de Roualt, Chagall, Kell, Pollock, Mondrian.
Jodi-Marie y yo pudimos escapar de aquella nube de terciopelo. Tambaleándonos como locos, todavía podíamos correr peligro, pero una vía de escape sin pavimentar que conducía a residencias adosadas surgió de repente por una pendiente a nuestra derecha.
Grité:
—¡Sube por ahí!
Jodi-Marie subió. Yo subí. Ambos subimos
Este atajo hacia arriba estaba lleno de baches y gravilla, pero sirvió para evitar que chilláramos cuesta abajo a una velocidad aún mayor, y cuando la gravedad del camino finalmente nos alcanzó, y nos caímos, ya no veíamos ni al Poblado Mariposa ni a las mismas mariposas en el desfiladero de Wolf Creek Pass delimitado por píceas.
—Un puñado de chiflados milenaristas —dije—. Se piensan que ha llegado el final y que la única manera de salvar el mundo, y a sí mis­mos, es untarse la cara con escamas de mariposa y sacrificar a «mun­danos» como nosotros para su Gran Manitú.
—En realidad no —repuso Jodi-Marie.
—Es el primer grupo que he visto jamás, pero es evidente lo que querían: exactamente matarnos.
—¿Quieres decir que habrían expuesto nuestros cuerpos como carne para un puñado de mariposas hambrientas?
—Eso es.
Más tarde, montando sobre nuestras bicis, frenando por la brus­ca bajada de la montaña, Jodi-Marie preguntó:
—¿Por qué mariposa?
—Significa mariposa —contesté—. En español.
Más tarde, en un motel de Pagos Springs, Jodi-Marie, vestida sólo con los extremos de una gran toalla color carmesí, hizo piruetas para mí.
—He encontrado mi nombre. «Mariposa». «Jodi-Marie Ma­riposa».
—Tiene una sílaba más que tu nombre verdadero.
—Sí, pero es más bonito. Y hace juego con Marie.
Simplemente la miré. Vi por el televisor un programa entero so­bre los lepidópteros mutantes y sus devastadores impactos —ecológicos, económicos, emocionales— en tierras y personas de Filipinas y Seychelles.
Veíamos mariposas allá donde íbamos: a lo largo del condado de Ute, en las reservas de navajos en Arizona, pegadas alegremente a los árboles del Bosque Nacional Kaibab, lanzándose en picado y en gran­des grupos por las capas del Gran Cañón, comiendo animales muer­tos en todos los ranchos del desierto entre Cortez y Kingman.
Resultaba espeluznante pasar por su lado. No teníamos ni idea de si sólo estaban rebuscando o esperando pacientemente el momen­to adecuado. Me habría sentido mucho menos inquieto si observara un tornado justo en frente de mí.
Las Vegas estaba llena de luces de neón, pero las mariposas dama pintada, mormones, esquiladoras, cuervo azul a rayas, y carmesí vo­lando entre piscinas y casinos hacían que incluso el sinfín de proyec­tores y carteles electrónicos de Las Vegas en continuo movimiento pareciera algo tan prosaico como las luces de una linterna.
Nos alojamos en Ceasar\’s Palace, vimos un espectáculo de trein­ta chicas vestidas con lentejuelas, y nos gastamos más de cien dóla­res en las máquinas tragaperras. Al final, tres limones en línea nos dieron un premio gordo, y una buena excusa para parar.
—Seguramente podría irte bien aquí —le dije. Me refería si fuera corista, pero Jodi-Marie sonrió lánguidamente y negó con la cabeza.
—O Hollywood o nada —respondió.
Evité hacer un chiste fácil, y, aquella mañana temprano, parti­mos pedaleando de Las Vegas por la carretera interestatal 15, con nuestros manillares cargados de bolsas de agua: A ninguno de los dos le entusiasmaba demasiado la idea de morir de sed en Devils Playground o en algún desierto salino de moda. Pero con las maripo­sas devoradoras de hombres del agónico siglo XX, estábamos dispues­tos a correr riesgos.
Tardamos tres días en cruzar los lagos secos del sureste de California. Solamente nos tropezamos con lepidópteros aislados, ya que a las mariposas les interesa tanto el desierto de cactus como a la mayoría de la gente.
En cualquier caso, viajamos mucho de noche. Cuando por fin lle­gamos a «la civilización», a la inmensa red de autopistas de la ciudad de Los Ángeles, nos sentimos como dos granos de arena que se ha bían perdido. Pasamos la primera noche en un motel no muy lejos del Estadio Dodger. Sé podían oír los coches de la autopista de Hollywood, y el rumor de caracolas que producía la gente tomando el sol con ca­misetas hawaianas, y los chasquidos remotos, constantes y firmes de los bates de béisbol o de los sueños.
—Quizás alguien te descubra —le dije a Jodi-Marie.
La lástima era que, estando con ella en el alféizar de un balcón en algún lugar sombrío de las afueras de Shangri-La-La Land, com­prendí, algo tarde, que yo mismo quería descubrirla.
La plaga empeoró. Espirales de insectos —hordas de mariposas del capitán, polillas, y colas de golondrina— redujeron la visibilidad at­mosférica hasta un nivel sólo precedido por las peores nieblas en L.A. No se podía salir a la calle sin pisar una alfombra de alas, o sin respi­rar una nube de escamas, o sin oír el gemido provocador de membra­nas color pastel cortando el viento.
Luego también estaba el continuo ruido de cáscaras de insectos chocando unos contra otros. Los sistemas de aire acondicionado esta­ban atascados. Las piscinas empezaban a parecer moquetas orienta­les al aire libre. Los niños indefensos fallecían. La gente que vivía a la intemperie emigró al interior. El cartel de Hollywood quedó cu­bierto por una filigrana de orquídeas en movimiento.
El Presidente declaró la ciudad de L.A. como zona de desastre fede­ral; cosa que no hacía falta, en mi opinión. La Agencia de Protección del Medio Ambiente, junto con el Departamento de Transporte de California, propuso rociar el área con venenos especiales para lepidópteros median­te cañones de agua situados en camiones, barcos y helicópteros. «Dema­siado riesgo», dijo el alcalde, y descartaron el plan discretamente.
Entretanto, Jodi-Marie «Mariposa» no estaba consiguiendo nada, ex­cepto que la atacaran y lastimaran en todas sus entrevistas. Es decir, cuando podía abrirse camino entre los bulevares llenos de mariposas para asistir a sus entrevistas, para lo cual utilizaba una carpeta con fotografías publicitarias a modo de machete.
Lejos del sur de California, la Gente Mariposa sacrificó a todos los miembros de una familia apoderada de Texas que se dedicaba al negocio del petróleo, al cabecilla de un importante clan de leñadores en Seattle, y a un rico fabricante de armas y a su mujer en Ohio. En cada lugar, dejaron mensajes acusando al gobierno por su «inmoral falta de interés por las NECESIDADES REALES de la gente».
Todo esto sucedía en un momento en que mis fondos, los cuales yo creía inagotables, según una carta certificada de mi abogado en Raleigh, disminuían a un ritmo constante. Los fracasos mundiales en el sector de la agricultura y la inflación de tres dígitos tenían mu cho que ver con mi pérdida de confianza, pero lo mismo sucedía con mi estilo de vida.
—Jodi-Marie —le dije—, nunca conseguirás trabajo hasta que cambies de nombre artístico.
Septiembre, octubre, noviembre… pasaron. Nuestras primeras navi­dades en L.A. No quedaba ningún árbol en nuestro inhóspito paseo de Koreatown, pero para compensar la falta de árboles, los aspiran­tes a estrella de Sunset Boulevard estaban cargados de adornos, piercings en la nariz, y pretensiones relacionadas con la ciudad de las estrellas. Cuando la alerta diaria por mariposas fuese favorable, mon­taría en mi bicicleta para verlo.
El nuevo apellido de Jodi-Marie era O\’Connor (en honor a su profesor favorito de Savannah). Pero en cinco semanas, había con­seguido los mismos trabajos —es decir, ninguno— que con Maripo­sa. Entonces, tres días antes de Navidad, volvió a casa de una en­trevista complicada que tuvo lugar no demasiado lejos de las minas de alquitrán de Rancho La Brea, para anunciar que la habían… «¡des­cubierto!».
—Esta noche —me dijo, mostrándome una dirección—. Tengo que ir a hacer una prueba de cámara con un.. señor Marvyn Sabbatai.
—Muy bien —repuse, oliéndome que había gato encerrado—. Voy contigo.
Cogimos un taxi. El señor Oliver Lux, ayudante de Sabbatai, se encargó de pagar el trayecto. Llegamos a una casa de tejas de cedro y piedra rústica situada en Topanga Canyon Road. El grasiento Lux pareció molesto al verme, pero nos hizo pasar a una sala forrada de piel y llena de libros y cintas de vídeo. A continuación salió de la habitación.
—Sabbatai es un hombre de éxito —susurró Jodi-Marie—. Ya verás.
—Dime una película que haya dirigido.
—No es exactamente director, Dennis.
—Genial. ¿Para qué estamos aquí entonces?
—Es productor, empresario de efectos especiales con dinero. Ha trabajado con Spielberg, Kubrick, Ridley Scott.
—Ya, claro —respondí.
La biblioteca de Sabbatai apenas tenía luz. Si eres legal, me pre­gunté, ¿por qué no hay ningún diploma de ninguna escuela de cine en tu pared? Aquel sitio parecía el santuario de un adicto al opio moder­no. Frente a la puerta por la que Lux había salido, se abrió otra silen­ciosamente.
Sabbatai salió por ella. Al principio, lo único que pudimos saber de él fue que era alto y delgado, y que parecía llevar una bata arruga da y unos pantalones de pijama de seda que necesitan un buen plan­chado, y la bata también.
Marvyn Sabbatai, más que un hombre, era un gólem hecho de pa­pel maché, e impulsado por las miles de mariposas negras asiáticas de cola de golondrina que constituían su bata y pantalones. Sus manos y rostro también consistían en mariposas, pero de color bronce, dorado o fucsia, con pequeñas polillas marrones por toda la cabellera.
¿Qué tipo de criatura era este hombre? ¿Un ser humano? ¿Un robot de mariposas? ¿Un efecto especial holográfico?
Tenía el cuerpo entero cubierto de bellos insectos. Se dio la vuel­ta para mirarnos como si mi pregunta interior fuera algo banal, cuya respuesta resultara irrelevante o inexistente. Avanzó. No se senta­ría. Finalmente, pensó, se detuvo.
—Lo harás —cuchicheó a Jodi-Marie—. Mi fiel Oliver no mentía.
—¿Hacer qué? —pregunté.
Me llevó un momento darme cuenta que su susurro en realidad era un roce de las alas que tenía situadas en la anatomía de sus «la­bios». Había «susurrado», porque ¿qué más podían hacer las maripo­sas para emitir sonidos? Así, su «voz» era algo escalofriante parecido al habla, similar a la forma de hablar de un hombre que padece cán­cer de laringe.
—Hacer la película que voy a producir.
—¿Y cuál es? —pregunté.
—Mi docudrama multimillonario: Mariposas Hostiles. Nuestra querida señorita O\’Connor hará el papel de… la humanidad.
Sabbatai, haciendo gestos, daba zancadas hacia detrás y hacia delante. Algunas polillas y mariposas se despegaron de su cuerpo, revoloteando en el aire un instante, luego volaron de vuelta para po­sarse de nuevo entre sus compañeras.
—¿Te dan miedo los insectos, Jodi-Marie? ¿Los retos? ¿El estrellato? ¿Yo?
—No, señor. No creo.
—Entonces no te importará que las mariposas se posen en ti. O yo, en realidad, tocándote… aquí.
Se acercó a ella para tocarla, y yo… bueno, para pararle, intenté agarrarle de la solapa de la bata. Se desplomó. Me eché sobre él. Jodi- Marie gritó. Coloqué las manos sobre las brillantes escamas. Sabbatai —si existía— presa del pánico, se desfragmentó; un leve motín de alas revoloteando por toda la habitación.
Se abrió una puerta. Salió Oliver Lux.
Me puse de pie. Tenía trozos despedazados de Sabbatai debajo de las uñas. Había partes molidas igual que mica o poliéster tintado sobre la alfombra granate. Otros pedacitos brillaban intensamente en las paredes y estanterías.
—¡Vámonos! —le dije a Jodi-Marie.
La cogí de la mano. Nuestro taxi todavía esperaba fuera. Lux le había pagado por adelantado. Salimos pitando de Topanga.
—Lo harás —susurraba la noche—. Todos vosotros lo haréis.
Enero, febrero, marzo. Y, sin piedad alguna, de nuevo abril. Las co­sas se desmoronaron. No habíamos alcanzado nuestro objetivo. El dinero se me había acabado. Tuve que empeñar las bicicletas. Ahora, paseábamos entre Koreatown y Sunset Boulevard, o dependiendo del estado de alarma por mariposas, atravesábamos las calles a cuclillas como los soldados.
Sabbatai, que según decían había vuelto a recomponerse, lo esta­ba organizando todo; o tal vez eran las mariposas —la hipótesis más probable— las que le manejaban a él: El rodaje de Mariposas Hostiles era el único proyecto importante en los estudios de Hollywood. Clara­mente, el inhumano señor Sabbatai había convocado un casting de feromonas; la zona del sur de Los Ángeles se había convertido, como le dije a la perpleja Jodi-Marie, en «un paseo por la mente de Peter Max».
Unas cuantas tormentas imprevisibles nos regalaron varios días de descanso, expulsando a las mariposas del cielo, utilizándolas como papel de forrar sobre autopistas, aceras, toldos y coches. Pero cuando el sol volvió a salir, Sabbatai —quien, según Variety, había contrata­do a una prostituta de quince años con SIDA para el papel que había ofrecido a Jodi-Marie— volvió a invocar a su potente poder prestidi­gitador, y la ciudad se cubrió nuevamente de seda psicodélica.
De hecho, una coalición de entomólogos y meteorólogos de la ONU informaron que el 72% de los lepidópteros del planeta habían migrado, o que según los satélites estaban en «proceso de migración», al solea­do sur de California.
Jodi-Marie cayó enferma. La decepción, el hastío existencial, y el puro hambre la llevaron a pasarse el día en el sofá cama de nuestro piso. A través de las persianas venecianas, la imagen borrosa incesante y el zumbido de alas sólo le sirvieron para empeorar su delirio de chiqui­lla. Le pregunté si quería que me la llevase de L.A. en un microbús de un amigo que había sido hippie.
—No, Dennis. Yo pertenezco a este sitio.
Por qué, no tenía ni la más remota idea. Yo estaba sobreviviendo a base de crema de cacahuete y pan rancio; Jodi-Marie a base de té de limón tibio y besos sabor a Skippy.
Un día de mayo, furioso con Dios, la dejé sola en aquel aparta­mento impregnado de olor a enfermedad.
Bajo la ventisca de insectos susurrando igual que frondas de ár­boles por el Olympic Boulevard, llegué hasta los estudios. A lo largo del camino, vi docenas de operarios de cámara afanados por grabar la más reciente, seguramente la última, obra maestra de Marvyn Sabbatai.
Estaban por todas partes. Mirando por la cámara, enfocando, rodando. Producían suficiente metraje a todo color como para preser­var el final de este mundo en un complicado montaje de celuloide para. no para la posteridad, supongo, sino para quien quiera o lo que fuera que nos sucediera.
El mismo Sabbatai, reconstituido magníficamente, se contonea­ba sobre un andamio de dieciocho metros, visible desde media man­zana de Olympic Boulevard. Agarrando un megáfono enorme de ma­riposas, «susurró» a través de él tan fuerte como el sonido de las olas en Malibú: «¡Luces! ¡Cámaras! ¡Acción!».
Hablando desde su torre, se dirigía al cielo del condado de Los Ángeles y la Bahía de Santa Mónica. Sus exhortaciones poseían la fuerza inquebrantable de una orden yahwística. Monarcas, malaquitas, cobrizas —cientos y cientos de especies— convergían so­bre la ciudad, dirigiéndose al andamio donde estaba situado Sabbatai, formando un remolino irisado de tallo tan ancho como la misma ciu­dad de West Hollywood.
Caí de rodillas. Los semáforos parpadeaban. El tráfico se detuvo. Me envolvió un viento cálido y huracanado, quitándome el aliento, secándome los pulmones. Aún así, pude ver que los lepidópteros que ondeaban en el aire no sólo se estaban elevando, transfigurando la luz del sol, sino que también se estaban extendiendo por encima de su columna giratoria como el sombrero de una seta alucinógena ter­monuclear.
Mi aire desapareció. El suelo desapareció. El sol desapareció. Esto era el Armagedón. Sabbatai era su artífice. Sobre su andamio, Sabbatai se transformó —brevemente, al menos— en Laamaar De Long, convirtiendo su cuerpo en una efigie cubierta por claveles y crisantemos flotantes sobre un desfile de rosas trepadoras.
Sabbatai —De Long— Shiva el Destructor. Por consiguiente, el director de la Iglesia Holística y Ecológica de Liberty, Kansas, ahora también era ujier de la eterna libertad mística.
Las mariposas me mordisqueaban los párpados. Alguien las ahu­yentó con indignación y me ayudó a levantarme.
Bajo el molesto sombrero de seta situado sobre nuestra ciudad, hice autostop y una furgoneta sucia me llevó como pudo escupiendo humo en dirección este por Olympis Boulevard.
Jodi-Marie no estaba en la cama. Las persianas venecianas estaban hechas un revoltijo sobre el suelo, como espadas caídas. La ventana con vistas a Koreatown estaba abierta. Las mariposas revoloteaban frenéticamente como en una obra de Mack Sennet. Jodi-Marie estaba sentada junto al radiador debajo de la ventana, agarrando lánguidamente los insectos, introduciéndoselos en la boca.
—Están buenas —dijo, cogiendo unas cuantas mariposas—. Prue­ba alguna, Dennis.
La cogí la mano, quitándole los insectos aplastados que en ella había.
—Son asquerosas —le dije—. ¡Asquerosas! No puedes hacer eso.
—Dennis, tengo hambre. Y tú también. Come.
La llevé de vuelta al sofá cama. Le coloqué un trapo húmedo so­bre los ojos. Me arrodillé a su lado. Esperé.
Luego, mudo de asombro, vi cómo arqueaba la espalda y moría.
—¡NO! —grité.
(Fuera, las mariposas hacían erupción en dirección al cielo).
—Jodi-Marie Woznicki —le dije—, te quiero.
¿Lo dije sinceramente? ¿O sólo para compensar mi propia con­ciencia? Entonces recordé el sueño que Jodi-Marie me contó bajo la luna de agosto en las tierras de Laamaar De Long, y supe:

ESTOY ESTOY
Desfilando desfilando
por la pasarela \\ / por la pasarela
del palacio de cristal \\ /del palacio de cristal
más grande que existe \\/ más grande que existe
desde que el mundo inventó {} desde que el mundo inventó
el negocio de las ferias {{}} el negocio de las ferias
mundiales, soy la más guapa {{}} mundiales, soy la más guapa
de la feria en mitad de un gran {{}} de la feria en mitad de un gran
exhibicionismo mediante el cual {{{}}} exhibicionismo, mediante el cual
muestro al mundo mis atuendos, {{}} muestro a! mundo mis atuendos
pavoneándome orgullosa (} pavoneando me orgullosa
y sí, olí sí, el más positivo y y sí, oh si, el más positivo y
autoaíirmante AMOR autoafirmante AMOR

¿Fue esta una visión poco profunda? ¿Una rebeldía vacía en bus­ca de celebridad?
Bueno, yo no amaba a la «visión»; sino a Jodi-Marie. Por muy infantil y estúpida que fuera su meta, era mayor que la mía.
Pues la mía era flotar, satisfacer mi deseo, y morir.
Ahora puedo curarme, no sin prisas, de la podredumbre espiri­tual que una vez me impidió reaccionar ante todo lo que Jodi-Marie guardaba en su interior.
Belleza —la forma visible— siempre me ha matado. Ahora lo ha vuelto a hacer: una megamuerte agradable y aterciopelada.
Gracias a Dios y a Marvyn Sabbatai, nos mata a todos: a los rápi­dos y a los torpes, a los que van desnudos y a los que van demasiado arreglados, etc., etc., pues así es como el mundo termina, así es como el mundo termina; no con una explosión, sino con un aleteo.
Pero, ¡al diablo con todas esas chorradas de T. S. Eliot! He aquí mi epitafio para Jodi-Marie: SU TALENTO ERA SU BONDAD./ CONTINUÓ AUTÉNTICA HASTA SU BELLO FINAL.
Mientras tanto, ¡tantas malditas mariposas! Alas de murciélago, alas de pájaro, pavo real, un todo irisado y asfixiante.
Morir bajo ellas tiene un encanto exasperante, y haría cualquier cosa si, como bendición final, plasmaran en el cielo para mí el rostro tranquilo e indulgente de Jodi-Marie Woznicki.

[1] En español en el original (N. de la T.) 40

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