En mares extraños

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Mares no es un escritor que se distinga por ser especialmente prolífico, raramente publica más de un relato, o dos, al año (y esos los años que lo hace); y aunque algunos de sus más famosos relatos han sido reeditados convenientemente, otros permanecen en un cierto olvido. Lo cierto es que ya resultaba difícil localizar algunos de ellos. La presente antología subsana esta laguna, ya que recoge todos los relatos aparecidos en diferentes publicaciones a lo largo de más de 10 años. Los cuentos incluidos en este libro son:

Día de Gloria

De cómo una sola persona puede alterar el comportamiento de toda la Humanidad

Gómez Mesguer y el ogro Santaolaya

Un ogro. Un cazador de ogros. Una venganza realizada al fin.

Un candado para la caja de Pandora

No todas las historias de amor son lo que parecen.

Cuestión de dignidad (Inédito)

Para salvar su vida necesita 5 minutos. Tan solo hay un pequeño problema…

El último viaje del Holandés Errante, del que ofrecemos un fragmento.

Un misterio en torno a una nave muy particular.

Baile de máscaras

¿Te vienes a nuestro baile? Estaremos todos, incluida la Muerte.

Tal vez soñar…

Una sesión de terapia puede ser la solución a todos sus problemas… o no.

Pubiscidad

Cualquier producto vende si se publicita bien.

Campos de Otoño

No es tan maravilloso vivir más de 150 años.

Enseñar a un marciano

¿Qué harías si fueras el último humano frente a una invasión extraterrestre?

Alicia en el agujero (Inédito)

Se puede pasar de lo más alto a la peor de las pesadillas un segundo.

Mutis

Un función de teatro es lo ideal para cerrar el libro… si es que algún día termina.

ANTICIPO:
“Voy a morir”.

Ese era un hecho tan innegable como que la apertura de la cápsula criogénica debía estar acompañada de luz y de la voz monocorde del automédico recitando el estado de sus constantes vitales. No de oscuridad y silencio, sobre todo nunca de oscuridad. El primer oficial, Víctor Aguirre, encomendó su alma al creador, tenía mucho peso sobre la conciencia que debía descargar. No era creyente, pero sí previsor y prefería ponerse a bien con los poderes que rigen este universo que ahora le daba la espalda, no fueran a existir y le sorprendieran sin defensa preparada.

No por presencia de ánimo, sino porque los segundos pasaban y su corazón seguía latiendo obstinadamente, terminó estudiando su suerte a la fría luz de la razón. La cápsula criogénica estaba abierta, pero su despertar había sido lento, de otro modo hubiera muerto. No había luces, ninguna luz, ni siquiera las del panel de control de la cámara que debieran brillar sobre su cabeza. Signos todos inequívocos de un error, uno grave. El Proveedor R2470 parecía totalmente muerto. Debía haber perdido la mayoría de sus sistemas, la ausencia de rumores eléctricos y de cualquier signo de actividad presagiaban lo peor. Aún era capaz de respirar, el soporte de vida de los nichos críoG seguía funcionando en parte. Tenía que obligarse a hacer algo, a moverse. Era un superviviente, había hecho muchas cosas para asegurarse un futuro feliz, no debía rendirse sin luchar.

Lentamente rasgó el plástico que lo mantenía aislado junto con el gel inercial de la cámara, al tiempo se quitaba el respirador y trataba de llamar al resto de la tripulación. No pudo, el largo sueño frío había aletargado su laringe. Cuando se soltó de sus ligaduras escapó flotando de la cámara, cubierto por los jirones de la gelatina que había protegido su cuerpo de violentas aceleraciones. A oscuras. Solo.

Asiéndose a cuantos agarraderos pudo encontrar al tacto, aspiró decidido. Había oxígeno, pero el frío atroz que erizaba cada pelo de su cuerpo lo mataría en pocas horas. Tropezó con la cápsula contigua, cerrada, seguramente guardando en su interior el cadáver de Martos. Al primer indicio de problemas se debía poner en marcha la rutina de “resurrección”, como sin duda había ocurrido en su caso. Si un nicho permanecía sellado en el estado inerme en que se encontraba ahora R2470, era casi inevitable que fuera el sarcófago de un muerto. Clara, Martos, Menéndez y Nieto estaban muertos. Se rió. Ese fue el primer sonido que perturbó la paz del arca desde hacía mucho tiempo. No era crueldad, era lo irónico de la situación lo que la hacía tan divertida. Recordó la ira en el rostro de Martos cuando vio, ya en tránsito, que era él quien ocupaba el lugar de Nieto. Del otro Nieto.

–¿Cómo lo hizo Aguirre? ¿Lo asesinó? –rugía el capitán Martos, mirando por encima de sus anacrónicas gafas redondas.

–No capitán –contestó él vigilado por Menéndez y Nieto–. Fue una disposición de última hora. Ya informé que el oficial Jose María Nieto cayó enfermo.

–¡Eso es mentira cabrón! –gritó Javier Nieto, el ingeniero jefe, mientras amenazaba con una herramienta muy afilada–. Jose no ha estado enfermo en su vida. Si le hubieran rebajado del servicio me lo habría dicho, o a Clara. Ayer por la mañana me llamó y estaba perfecto, y hoy embarcas tú. ¿Dónde está mi hermano?

–Déjelo Nieto –intervino Martos, sujetando a duras penas al airado astronauta entre él y Menéndez–. Ya no podemos hacer nada. Cuando lleguemos a la Tierra se investigará lo sucedido.

Siete más hubieran hecho falta para parar a ese gigante, y no había tanta tripulación en el arca. De dos manotazo se deshizo de capitán y astrogador, y cargó contra Aguirre, arma en mano. Erró la puñalada, no es fácil combatir en caída libre. El impulso lo llevó hasta chocar con fuerza contra el marco de la exclusa, que Aguirre se apresuró a cerrar, haciendo palanca contra la pared contraria. Sonó un feo crujido. El brazo derecho de Nieto había quedado en mala posición y el doloroso resultado era una fractura múltiple y un destornillador asomando por el hombro.

Martos detuvo la trifulca con dos gritos, cuando ya no quedaba trifulca que detener. Nieto flotaba gritando y dolorido, incapaz ya de atacar a nadie. Menéndez, que hacía las veces de médico de abordo, se llevó rápido al herido.

–Indignante –dijo Martos–. No permitiré estas situaciones en mi nave, bajo ningún concepto. En cuanto entremos en curso quiero a todos durmiendo en las crioG, ya solucionará esto la autoridad que competa en cuanto lleguemos a casa.

–Se ha vuelto loco –dijo Aguirre–. Sabéis que yo estaba en la tripulación de reserva, en cuanto ha habido una baja…

–Déjelo Aguirre, no tienes que convencerme a mí. No sé qué pudo moverle a hacerlo, pero espero que tuviera una buena razón para dejar a una mujer sin su esposo –miró a Clara, que mantenía una perfecta expresión horrorizada, muy distinta de las cientos de caras que el repertorio facial de aquella mujer le había mostrado. Porque él había contemplado el temblor en sus labios cuando estaba dentro de ella, y el brillo de pasión en sus ojos azules cuando le decía:

–No aguanto más, tengo que dejar un universo entre él y yo –y la suave sonrisa cuando le susurraba:

–Tú eres todo lo que quiero. Jose es medio impotente y yo necesito un hombre de verdad, como tú.

No podía olvidar con qué excitación le contaba sus planes para abandonar a su marido:

–Nos han seleccionado a los dos para tripular una de las arcas.

–A mí también…

–No, estás en el reemplazo. Voy a tener que soportar a ese cabrón egoísta también en la Tierra, mientras tú, mi amor, te quedas aquí. No volveremos a vernos. Cuando llegue a la Tierra, llevarás muerto trescientos años, no puedo soportar pensar en eso.

Y el final, dentro del coche aparcados frente a la casa de los Nieto.

–Tienes que matarlo, Vic –murmuraba ella mientras le desabrochaba la bragueta.

–No puedo.

–¿Me quieres? ¿Quieres vivir conmigo en la Tierra? ¿Eres capaz de conformarte con esta separación?, porque yo no –hundió la cabeza entre sus piernas y su boca succionó toda la voluntad que le quedaba.

–Lo mataré.

El amor le empujó a hacerlo, nunca se creyó capaz, pero lo hizo. El crimen perfecto: todo quedaría atrás, en el espacio y en el tiempo. ¿Hay delito que no prescriba en un siglo?

Nieto abandonó de inmediato la enfermería con su brazo, ahora inútil, atado al torso. Abandonaron la órbita de Jardín sin dificultades, con la pericia de meses de adiestramiento. La mirada de Martos no se apartó un minuto de su nuca. ¿Qué otra cosa podía hacer? Estaban ya a muchos kilómetros de cualquier tribunal donde buscar justicia.

–Ahora es momento de dormir.

En su nicho, Aguirre encontró una sorpresa. Una nota de Nieto, escrita de su puño y letra, con su inconfundible y elegante escritura:

“Cuando despiertes te espera un regalito. Mi cara va a ser lo primero que veas, y lo último”

Pues al despertar no fue él quien tuvo el regalo. Ahora Nieto estaba frío y él respiraba. Recordó de nuevo a Clara, ahora ella también estaría muerta. No estaba seguro de que fuera amor lo que le unía a aquella mujer, pero si ella moría, muchas cosas perdían sentido. Temiendo lo que iba a descubrir, tocó los controles de la cámara de sus compañeros y estos se iluminaron. Estaban vivos, la cámaras los mantenía congelados e intactos. Eso cambiaba las cosas y no a mejor. Todo apuntaba a que su cámara se había estropeado y el ordenador había decidido despertarlo para evitar su muerte.

Se puso a temblar y no por el frío. ¿Y si faltaban cien o doscientos años antes de llegar a la Tierra? Era igual estar muerto. No, no pasaría ese calvario él solo. Si era un castigo por sus pecados, la Eva que le había conducido hasta el delito le acompañaría en su penitencia. Despertaría a Clara, y a los demás si era caso. No iba a morir sin testigos, eso era como no morir, como desaparecer sin más, sin nadie que lo sepa nunca, encerrado en el vientre frío del arca. Sí, eso haría. La despertaría y mataría al enorme cuñado de Clara, y también a Martos y al pajillero de Menéndez, para evitarse problemas. Moriría con ella, un último polvo hasta… pero, ¿por qué estaban las luces apagadas? Debían encenderse en cuanto una cápsula se habría. El fallo era más grave.

Se encaminó torpe a través de la opacidad absoluta en dirección al puente. La certeza del próximo fin de sus días le fue inundando de tranquilidad a medida que negociaba los pasillos hacia el centro de control de la nave muerta. Incluso le permitió percibir lo paradójico y triste de la situación. Miles de cosas podían haber hecho fracasar la desesperada misión. Régulo podía no alumbrar a un mundo como Jardín, la explotación podía haber sido un fracaso. Era difícil que los alimentos de ese remoto planeta fueran aceptables para la fisiología humana y sin embargo se consiguió llenar las arcas de vuelta con miles de toneladas de comida para la humanidad hambrienta. Era incluso posible que ya no hubiera a quién alimentar al regreso de un viaje de trescientos cincuenta años. Todo se había previsto, sopesado, estudiado y la balanza se inclinaba muy ligeramente hacia el éxito de la misión. Seguro que nadie había esperado que el Proveedor R2470 sufriera un fallo masivo, no cuando se habían sorteado tantas dificultades hasta el lanzamientos. Cruel fortuna, siempre dispuesta a pasar un buen rato a costa de los hombres. Aguirre se echaría a reír si no fuera él la víctima de la broma. Él, cuatro tripulantes más y ochenta millones de toneladas de alimentos perdidos por culpa del capricho de esos demonios que se esconden entre los circuitos y las conexiones lógicas de las máquinas. La tenue iluminación del puente de mando le llegó como un buen presagio. “Muy bien, cariño”, pensó, “aún estás en marcha”. El angosto corredor de sección hexagonal, el centro neurálgico del arca, palpitaba de vida con sus monitores colocados aquí y allá, lanzando chorros de información a los asientos vacíos que enfrentaban.

Informes de daños, interminables informes de daños. Evitó estudiarlos, y se limitó a buscar la fecha actual, tenía que saber cuanto le quedaba para llegar a casa. En mala hora lo hizo. Ochocientos setenta y tres años desde la partida, para un viaje que debía durar ciento y pico. Las lágrimas escaparon de sus ojos.

–¿Dónde estoy? –un acceso de tos le impidió decir más. El aire estaba muy enrarecido, el frío ya era intolerable. Había despertado para morir. Envidió a sus compañeros que se mantenían al misericordioso amparo del sueño frío.

Incapaz de contener los sollozos que agitaban su pecho, se hizo un ovillo, y así quedó suspendido en medio del puente, tropezando contra los sillones de las paredes opuestas. Pasó tiempo, mucho, no importa cuanto, inacabable preludio a la muerte, suficiente para pensar, para lamentarse porque su cápsula no lo hubiera matado mientras dormía. Sin quererlo recordó la ilusión al partir de la Tierra, el increíble sueño de llegar a las estrellas para traer de vuelta la comida y los recursos que, según las previsiones aseguraban, se extinguirían en cinco o seis siglos. Era el tipo ideal, uno de los cientos de tipos ideales que mandaron al espacio. Sin familia, sus padres murieron pocos años atrás, sin mujer que le impidiera marchar, nunca le gustaron las ataduras. Tenía un flamante título en física, otro de piloto, y una pasión adolescente por los viajes espaciales. Se marchó. Seguramente nadie le echó de menos, nunca supo hacer amigos, ni los necesitó. Luego, diez años en Jardín. Se vio construyendo un sueño con sus manos, un paraíso a veintitrés pársecs y medio de la Tierra, desarrollando cultivos autóctonos en tiempo récord, creando una comunidad casi idílica. Encontró una mujer, una mujer que con una mirada le haría bajar al infierno y burlar al diablo. Había luchado por Clara y ahora la iba a perder. Le gustaría poder creer que alguien lloraría su falta.

Un eco, ignorado hasta el momento, le llegó rasgando el velo que el frío había tendido sobre su cabeza. Era una señal intermitente, un zumbido o una luz. Incómodo, deseando que le dejaran morir en paz, hizo un esfuerzo por poner en marcha su cerebro y averiguar que era aquel estorbo. La radio, la señal parpadeante de la radio. Estaba recibiendo una transmisión por la frecuencia de tráfico. Aturdido, se sentó ante una consola y consultó los monitores. No pudo evitar que sus ojos se pasearan por el torrente de información del control de daños. El casco estaba muy deteriorado, el combustible agotado, los sistemas de navegación no daban señales de vida, el ordenador no era operativo en un setenta por ciento; en cuatro o cinco días no habría energía suficiente para mantener en funcionamiento las cámaras. Sueño frío para la eternidad. Y a pesar de todo la radio funcionaba, y recibía una llamada por el canal de tráfico de la Tierra.

Abrió el canal, y la voz de un hombre hablando un idioma desconocido, algo como un inglés estrafalario, llenó el vacío del arca y del alma desesperanzada de Aguirre a un tiempo. No pudo entender nada. Había mucho ruido, el acento del hombre era muy raro y no decía nada inteligible más que cifras y códigos desconocidos.

–¿Pueden oírme? –con un hilo de voz consiguió hablar, tras ponerse los auriculares que colgaban del asiento–. Aquí R2470, ¿quién está a la escucha?

Un oleaje de estática fue la única respuesta que recibió durante diez segundos, largos como años. Luego, casi ahogado por el ruido blanco de infinitas interferencias, escuchó:

–… control de Central A. Llevamos mucho tiempo tratando de hablar contigo R2470 –el acento del operador de Central A seguía molestando, pero se hacía entender–. Por favor transmítenos tu número NME cuanto antes.

¿Número NME? ¿Qué era eso? ¿Qué era Central A? ¿Era posible que su buena fortuna le hubiera llevado, tras un viaje de mil años, hasta una estrella lejana colonizada por hombres, como en Régulo? Desorientado por tanta incertidumbre, se sumergió entre las pantallas y menús que el enfermo ordenador desplegaba parpadeantes ante sus ojos. Antes de que la información desapareciera, buscó un mapa, un registro del curso seguido por el Proveedor R2470 a lo largo de tanto tiempo. Encontró más que eso. Sobre un complicado diagrama apareció la posición de la nave parpadeando en letras azules. Estaba a setecientos setenta y ocho millones de kilómetros del Sol. En casa.

–…recibes R2470? Necesitamos tu NME.

No podía permitirse sucumbir ante la sorpresa, ni dejar que las preguntas que se iban acumulando consumieran el poco tiempo que le quedaba. Lo primero era averiguar si iba a vivir, si de verdad iba a regresar a casa.

–¿Me escucha Central A? Esto es una llamada de auxilio. Los sistemas de soporte vital están dañados. No creo que pueda aguantar este frío mucho más tiempo. No dispongo de combustible para hacer maniobras. ¿Pueden venir a por mí? ¿Dónde están?

Silencio. Su desesperada llamada de socorro recorrió lentamente la distancia hasta Central A. “Deben estar lejos”, pensó.

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2 Opiniones

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  • Saulo
    on

    Magnífico libro de relatos. Da la sensación de que el autor ha buscado dar la vuelta a una serie de tópicos y elementos (algunos relacionados con la infancia, igual en 6, lo primero suyo que he leído) para ofrecernos su reverso real, oscuro y, por desgracia, más duro. Es un poco truculento, pero está realmente bien.

  • Xavi
    on

    Os recomiendo el libro. Tiene tres o cuatro relatos excelentes y muy originales, y el resto mantiene un nivel muy alto. A veces es poco escabrosillo, eso sí, pero es una antología estupenda.

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