En tierra cruenta

tierra_cruenta

La Princesa vive aislada en lo alto de una torre y su único contacto con el mundo exterior es una ouija. Wallia está encerrado en un psiquiátrico desde hace veinte años, aparentemente víctima de una maldición familiar.

La pequeña Beatriz sólo piensa en construir un ser andrógino con recortes de fotografías y en vengarse de su padre. E Isabella lleva una existencia anodina hasta que despierta de un agitado sueño erótico que cambiará su vida.

En esta novela coral, opera prima de una jovencísima autora mexicana, los personajes convergen en una original trama de vampiros, en la que conviven lo onírico y lo contemporáneo para crear una obra cargada de intriga y sensualidad, en la línea de la mejor Anne Rice.

ANTICIPO:
Piernas, brazos, torsos anónimos, restos de una carnicería artística esparcidos por doquier en montones de desecho. El suelo estaba tapizado de recortes de revistas viejas. La cinta adhesiva, las tijeras y el pegamento contemplaban pasivamente el resultado de su arduo trabajo. La obra magna de la joven creadora, consistente en un tributo a la figura humana -realzada por la ausencia de la dicotomía hombre-hombre- adquiría forma día tras día. En la composición plástica de tabúes fotográficos plasmados en un pastiche de cartulina, los hermafroditas tardíos, desproporcionados, mal combinados, posaban sonrientes, ignorantes de la motación de sus cuerpos infligida a tijeretezos de exactitud portentosa. La pequeña Beatriz se arrancaba la segunda piel que le habían dejado los restos de pegamento líquido atrapados en sus rollizas manos. De vez en cuando pasaba los dedos, aún rasposos, por las siluetas recién alteradas, con una expresión fija de asombro, sintetizada en las pupilas ensanchadas en medio del chocolate fundido de sus bellos ojos. Hombres con cabezas de mujer, mujeres con brazos de hombre, hombres con senos, mangas de esmoquin sobre vestido de cóctel y botas de trabajo, barba hirsuta, violetas en el pelo y ojos de chica adolescente saturados de rímel. Mujer-hombre, hombre-mujer, ni hombre ni mujer… Segura que la niña soñaba con un taller de pedazos de maniquí que siempre encajaran, a pesar la dificultad de la combinación, igual que las piezas de LEGO. Beatriz, cual Frankenstein del género, había pasado meses trabajando en la creación del ser humano perfecto; cual nazi del collage, pasaba mucho tiempo pensando en la constitución que tendría una raza superior, concepto en el que prácticamente ninguna persona sobre la faz de la tierra encajaba. A diferencia de las torpes construcciones que había montado a través de trozos de reproducciones más o menos fieles de la realidad, Beatriz era la autora de magníficos dibujos que guardaba en su cuaderno rojo. Los cuidadoso trazos de dibujante experimentada, la simetría y la impecable proporción resumían claramente la expresión más pura de su concepción de la belleza aabsoluta: la perfección no era otra cosa que la androginia. Beatriz, alquimista ahogada en los placeres carnales imposibles e indiferente a elevación espiritual que el oficio suponía, buscaba el oro y la inmortalidad en la gracia de los contornos inclasificables en las primitivas palabras «masculino» y «femenino». Casi nada podía compararse con la felicidad que significaba para ella edificar al ser humano ideal de sexualidad imprecisa, excepto insultar a la mayoría de las figuras religiosas que conocía y lamentar el bautismo injusto que su madre le había procurado con tanta devoción. En su obsesión febril por la blasfemia, la niña, de unos ocho años de edad, guardaba solamente una frase benévola para el Todopoderoso: «Dicen que Dios no comete errores; si esto es cierto debe ser porque no es ni hombre ni mujer.» La pequeña consagraba al tema abundantes páginas en su diario: «Me gustaría tomar elementos de los dos para no ser ninguno y convertirme en un dios también.» La razón por la que Beatriz odiaba a la fuerza creadora del universo no estaba muy clara, pero en parte consistíe en el pensamiento de que Dios era el modelo de lo definitivamente inalcanzable. Por más que se esforzara, ella no llegaría a ser más que una persona brillante tal vez, pero nunca divina. Beatriz, Luzbel envidiosa atrapada en la cárcel de la frágil constitución ósea infantil y, en un futuro no muy lejano, en la cárcel de la frágil constitución ósea adulta, fruncía el ceño para rumiar algunas palabras, descargando toda su frustración silenciosamente sobre renglones azules libres para sus reflexiones.

27 de mayo

He pasado toda la noche llorando porque ayer mi padre mató a Eva, no pude salvarla de las llamas. Sólo estábamos jugando, ¿es que nunca ha sido niño? El miserable me arrojó al horno a mí también por haberlo molestado. Deberías haber visto su cara de horror cuando vio que no me pasaba nada. Él no sabe que yo tengo un pacto especial… mi propia Santísima Trinidad invertida. Lo odio, lo odio, lo odio. Todos los niños ilusos sueñan con ser algo grande cuando crezcan. Yo sólo tengo una ambición muy bien definida: cuando sea mayor voy a vengarme de él, lo torturaré hasta que pida misericordia… y yo no puedo otorgar eso. Detesto oír sus pasos cuando entra en la sala. No soporto escuchar su voz. Mi padre nos ha destruido, pero nos las pagará, no falta mucho para que se hunda. Todos los días llamo a Lucifer par que me ayuda a matarlo. Mi padre tiene que morir tarde o temprano por causa mía.

Envolturas doradas vagaban por la cama, hombrecitos de chocolate decapitados formaban ejércitos sobre el buró. Las fieles muñecas, desfiguradas, descansaban en la piscina rota de la casa de juguete que Beatriz instalaba en cualquier parte de su hogar a tamaño real. Subió el volumen con el mando a distancia cuando «Ranma 1/2» estaba a punto de empezar. Su risita melodiosa casi le devolvía el aire de inocencia que la excesiva precocidad le había robado a tan temprana edad. Frente al televisor que la teñía de verde, morado, azul, multicolor al fin, Beatriz se entregaba a sus fantasías y alimentaba su fijación. «Me gustaría ser como Ranma, él puede saltar de un sexo a otro con tan sólo echarse agua fría o caliente. ¡Qué privilegio poder experimentar las sensaciones del hombre y de la mujer en una sola vida! Si fuera como él/ella, daría rienda suelta a las relaciones en todas las combinaciones posibles.» Con este feliz pensamiento, Beatriz bebía de un vaso blanco de plástico, adornado con imágenes deslavazadas de caricaturas, mientras desviaba la mirada hacia una de las muñecas de su residencia portátil que en ese instante dormía con los ojos abiertos sobre una camita rosa.

compra en casa del libro Compra en Amazon En tierra cruenta
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑