Enano Rojo. Hacia Atrás

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Después de Enano Rojo: La Novela y Enano Rojo: Mejor que la vida llega la esperada tercera parte de las aventuras de los tripulantes de la nave espacial Enano Rojo.

Después de más de tres millones de años perdidos en el espacio, Dave Lister, el último humano vivo, ha conseguido volver a la Tierra. El único problema es que a la Tierra a la que ha regresado, el tiempo no corre en la dirección adecuada, y si no consigue salir pronto del planeta, tendrá que volver a pasar por la pubertad, la niñez… y la no-vida.

Pero la tripulación del Enano Rojo –Rimmer: un holograma, Kryten: un robot paranoide y Gato: un gato superevolucionado- ¿por fortuna? acuden en su rescate.

Escrita en solitario por la mitad del dúo Grant-Naylor, Rob Grant, Enano Rojo: Hacia Atrás nos ofrece humor, ciencia ficción, aventura en la más profunda y reflexiva peripecia de los personajes creados en la famosa serie homónima de la BBC.

ANTICIPO:
OCHO

Lister se incorporó sobre la cubierta empujándose con las manos y se puso en cuclillas. El cerebro le estaba nadando dentro del cráneo y su visión era claramente engañosa. Ladeó la cabeza e intentó encontrarle un sentido a lo que estaba viendo.

Lo mirara como lo mirara, Kryten parecía estar atrancado boca abajo en el casco, con una viga de gran tamaño soldada en horizontal contra su pecho, como si fuera una rara parodia robótica de la crucifixión de San Pedro.

La cosa no mejoró cuando Kryten le sonrió y le preguntó que cómo estaba.

Justo cuando pensaba que ya no podía haber nada más raro, oyó una carretilla elevadora rodando por detrás de él y se dio la vuelta para ver a Rimmer vestido con un mono de piloto espacial hecho perfectamente a medida y una peluca de melena suelta mirándole desde arriba.

—¿Qué carajo está pasando aquí? —preguntó sin dirigirse a nadie en concreto.

El Rimmer de la peluca le contestó.

—Has tenido una pequeña caída, mi querido pastel de manzana. Te sentirás un poco amodorrado durante un rato. Toma… —se sacó una pequeña petaca de plata del bolsillo de atrás y se la tiró a Lister—. Un trago de esto te allanará el camino.

—Comandante —dijo un Kryten boca abajo—. Con el debido respeto, aunque cronológicamente el señor Lister está por encima del límite mínimo de edad para el consumo de alcohol, físicamente sólo tiene quince años.

Ace descargó una placa de metal de un metro cuadrado sobre la cubierta con la mano buena.

—No es alcohol, querido amigo, es ginseng con jalea real. El mejor reconstituyente del universo conocido.

Lister desenroscó el tapón y olió el líquido. Se echó un poco en la garganta y tembló con un escalofrío.

—No me cosco de nada, tíos —volvió a poner el tapón y le tiró la petaca de nuevo al «Pelucas»—. ¿Por qué está Kryten soldado a la pared? ¿Y por qué hay dos Rimmers?

Ace miró atrás por encima de su hombro. Rimmer estaba de pie detrás de él, con los brazos cruzados y una curiosa sonrisa de medio lado.

—Todo a su debido tiempo, Davey. Nuestra primera prioridad es aquí tu colega.

—Él es de otra dimensión, ¿no es así, comandante? —dijo Rimmer—. Ha llegado, de forma bastante oportuna, justo después de que algo se chocara contra el casco allí y casi nos partiera en dos.

—No ha habido nada de oportuno en eso, Arn, calabacín —Ace se agachó y rasgó de un tirón la tela de la pernera del Gato—. La colisión ha sido culpa mía.

La sonrisa de Rimmer se hundió.

—¿Entonces lo admites?

—Absolutamente. Mi trasto se materializó demasiado cerca del vuestro. Las malditas ondas de choque casi nos borran del mapa. Cuando pude controlar mis daños, pensé que sería mejor que me pasara por aquí, a ver si podía echar una mano —miró a Lister—. Davey, muchacho, voy a necesitarte para que hagas presión en el muslo de tu amigo.

Rimmer se quedó mirando con la boca abierta, incrédulo, mientras Lister pasó por encima del Gato y puso la mano sobre el muslo herido. Vaya una forma rastrera de escurrir el bulto. Haces algo mal, lo admites y ¡te quedas tan ancho!

—¿Y ya está? ¿Con eso tenemos que quedarnos?

Ace rodeó el talón del Gato con las manos.

—No te sigo, rabanito.

—¿Arremetes contra nuestra dimensión, casi nos matas a todos y ni siquiera crees que haya que disculparse?

—¿Preparado? —Ace miró a Lister, quien asintió con la cabeza, y luego tiró con fuerza del talón del Gato—. Con eso debería ser suficiente —le arrojó a Lister un par de tablas lisas de madera—. ¿Crees que podrás improvisar un entablillado rápido de combate? Solo tiene que aguantar hasta que le subamos al quirófano.

—Sin pega.

Mientras Lister se concentraba en su tarea, Ace se puso de pie y encaró a Rimmer.

—Mira, Arnie, no estoy seguro del todo de adónde quieres ir a parar. Todavía seguimos en un buen fregado, aquí. Tenemos a uno del equipo sin conocimiento y va a necesitar cirugía en seguida si ha de salir de esta, tenemos a otro soldado a la pared boca abajo con el culo colgando en el espacio profundo y un casco con muchas probabilidades de desplomarse como alguien le respire encima demasiado fuerte. Vamos a intentar todos apretarnos los machos y hacer lo que hay que hacer —se echó para atrás el perfecto flequillo y sonrió—. Luego puedes ponerme contra la mesa y darme una buena zurra en el trasero, ¿vale? —se dio la vuelta y se agachó junto a Kryten—. Este es el plan, chavalote. Voy a fijar estas placas al casco. Va a ser más fácil hacerlo desde el interior. Eso significa que te vamos a emparedar, en realidad. Luego, yo iré por el exterior, te liberaré cortando el casco y todos podremos estar en casa antes de Navidad. ¿Suena chachi?

Kryten le sonrió y asintió con la cabeza.

—Chachi piruli, comandante.

—Esa es la actitud —Ace se enderezó—. Vamos a construir una estructura alrededor de la abolladura para crear un falso casco con estas placas de metal. Obviamente, tiene que ser estanca y eso significa que habrá que remachar y soldar todas y cada una de las juntas y cubrirlas bien con un sellador. ¿Qué tal se te da soldar, David?

Lister levantó la vista del entablillado.

—Me las apaño.

Ace se echó a reír.

—No me cabe ninguna duda. En mi dimensión, eras el mejor de todos.

Lister arrugó la frente.

—¿Yo?

—A ninguno de los pilotos de Europa se les pasaría por la cabeza volar ni siquiera una condenada cometa si Spanners Lister no le había hecho antes una buena revisión.

—¿Spanners Lister? —una gran sonrisa involuntaria se extendió en el rostro de Lister—. ¿Trabaja en la base de pruebas de Europa?

—Ya te hablaré de él más tarde. Lo primero es lo primero, vamos a subir a nuestro amigo al quirófano y después lo mejor es que nos volquemos de lleno con la reparación del casco. Yo calculo que por lo menos hay que echarle unas cincuenta horas de trabajo.

Kryten sonrió con los labios pero sus ojos reflejaban pánico. El destrozo del casco debía haber reducido de manera salvaje sus reservas de oxígeno disponible.

Había muchas probabilidades de que cincuenta horas fuera más de lo que les quedaba.

NUEVE

M’Eidin inspeccionó la obra con su ojo recién implantado y sintió lo más próximo a satisfacción que podía sentir sin tener unas entrañas calientes y sangrientas tiradas a sus pies.

Se había tardado muchos meses en su construcción y había requerido la mayor cooperación de la raza agonoide que jamás habían sido capaces de conseguir. Era un logro magnífico, sin lugar a dudas. El primer y único ejemplo del diseño de interiores agonoide.

Lo llamaban la Rueda de la Muerte.

Fundamentalmente, consistía de una serie de corredores que partían de cada uno de los muelles de atraque del Enano Rojo y conducían a un punto central. Pero eso solo era la punta del iceberg.

Una vez que el humano con sonrisa de bobo y sus compañeros de tripulación aterrizaran a bordo, los sistemas automáticos empezarían a dejarles sin oxígeno. Se verían forzados a abandonar el muelle de atraque y a correr por los pasillos que formaban los radios de la Rueda de la Muerte. Las puertas se sellarían a su paso y entonces la temperatura comenzaría a ascender a niveles insoportables, obligándoles a dirigirse hacia el siguiente pasillo, el cual de nuevo sellaría su retirada. Allí, poco a poco se irían dando cuenta de que el techo se movía inexorablemente hacia abajo, amenazando con aplastarles como si fueran desperdicios dentro de un compresor de basura.

Con cada nuevo pasillo, los peligros se volverían más intolerables y cada vez dispondrían de menos tiempo para recorrerlos.

Al final, sin aliento y acobardados por el miedo y el pánico, entrarían tambaleándose en el Centro del Dolor.

El Centro del Dolor era el plato fuerte: una enorme sala abovedada, con un palco para espectadores que circunvalaba el techo. Las paredes estaban cubiertas con todos los tipos de armas cortantes y contundentes imaginables y todos los instrumentos de tortura jamás inventados por la extremadamente inventiva mente humana: mazas, picas, espadas y sables; navajas, dagas y herramientas de corte por láser; motosierras, sierras circulares, serruchos de costilla y sierras de metal, tornos de dentista, escalpelos y una gama completa de relucientes aparatos metálicos diseñados para la cirugía ginecológica; mazos cortos, mazos largos, martillos galponeros y martillos neumáticos; potros de tortura, doncellas de hierro, equipos de electrocución de gónadas; grilletes para testículos, suspensorios forrados con hojas de afeitar, bolsas de enema llenas de ácido y música ligera… todo lo que se te ocurriera, si causaba dolor, si los humanos le tenían miedo, allí estaba.

A M’Eidin se le caía la baba con la belleza de todo aquello.

Al humano quejumbroso y a sus amigos amantes de los humanos se les concedería algo de tiempo para hacerse a la idea del horror total que les aguardaba y luego se daría la señal.

La carrera daría comienzo.

La población agonoide entera se encerraría al acecho en cámaras individuales. Una vez se diera la señal, las puertas de esas cámaras se abrirían de golpe simultáneamente y los agonoides se abalanzarían cada uno por un pasillo. Estos estaban dispuestos en una serie de uves, de forma que dos pasillos contiguos se encontraban en el vértice de la uve con una sola salida. La puerta se sellaría después de permitir el paso a uno de los agonoides.

Un agonoide podía usar cualquier medio, legal o ilegal, para derrotar a su rival del pasillo adyacente, tras lo cual el proceso se repetiría una y otra vez, reduciendo en cada fase el número de combatientes por la mitad, hasta que solo quedaran dos contrincantes para luchar por el derecho a cruzar la puerta de entrada al Centro del Dolor.

Por el derecho a ser El Elegido.

Por descontado, sin duda se produciría una gran cantidad de muertes de agonoides a lo largo del recorrido, pero eso solo conseguía aumentar la naturaleza divertida del evento.

Luego los agonoides supervivientes subirían renqueando y echando maldiciones al palco de espectadores y daría comienzo la fiesta gore.

Con un planeamiento cuidadoso y una gran dosis de paciencia, el despreciable humano y su pandilla podían durar muchos meses sin morirse, posiblemente incluso años si el agonoide afortunado estaba lo suficientemente versado en anatomía humana.

La puerta del Centro del Dolor se abrió a sus espaldas y M’Eidin se dio media vuelta para ver a Sack O’Push que entraba cojeando.

Sack había sido el cerebro del diseño de la Rueda de la Muerte y la fuerza motriz que había llevado a su finalización. Ahora, sólo estaba añadiendo los toques finales, los pequeños aportes de sutileza que aumentarían de forma inconmensurable el placer de la ocasión. Colocó una funda pequeña de goma en la pared, justo al lado de los cascanueces de tornillo. Vio la interrogación en la mirada de M’Eidin.

—Es un condón embadurnado por dentro con vicks vaporub —dijo a modo de explicación—. Al parecer quema como un demonio.

M’Eidin sonrió y asintió con la cabeza. A pesar de que Sack era el más brillante y creativo de los agonoides de manera incuestionable, M’Eidin sentía lástima por él. Con el paso de los años, muchas de sus partes habían dejado de funcionar y se había vuelto peligrosamente débil, carente de la fuerza física necesaria para ganarse las piezas de repuesto en combate. La única razón por la que no había sido atacado y desmantelado era su capacidad para la invención y el diseño. Sus habilidades habían mantenido operativa a la flota agonoide todos estos años. Pero era solo cuestión de tiempo antes de que se le rompieran demasiadas partes para seguir funcionando de forma efectiva y ya no fuera más que un depósito de piezas de repuesto y un montón de fragmentos de metal.

En resumidas cuentas, era imposible que Sack llegara a ser El Elegido. Su mente había ideado la Rueda de la Muerte y aun así no sería más que un simple espectador cuando esta entrara en funcionamiento. Ni siquiera lograría cruzar la primera puerta.

Sack colocó una serie de cajas pequeñas en una estantería.

—Lentes de contacto hechas de estropajo… hilo dental de alambre de espino… cortapastas de tamaño pezón… —enumeró— tijeras para prepucios… sombrilla de cóctel metálica…

—¿Para qué es eso?

—Para lo que se quiera, en realidad, pero pensé que vendría bien tenerla a mano para destrozar el interior del tronco del pene.

M’Eidin asintió con aprobación.

Sack continuó adelante.

—Bandas de cera depilatoria… quitagrapas (pensé que sería útil para arrancar las costras y mantener las heridas siempre frescas y sangrantes)… termómetro rectal, revestido con papel de lija… sí, creo que eso es todo —dio un paso atrás y examinó con ojo crítico la parafernalia de tortura recién colocada—. ¡Ah sí! Casi se me olvida… —metió la mano en su riñonera y sacó una tarjeta—. Esto multiplicará seguro la diversión de la carnicería. —colocó la tarjeta en primera línea sobre la estantería de tortura.

—¿Qué es eso?

—Es una tarjeta cifrada. Un nuevo diseño. Impide perder los estribos, para que el Elegido pueda mantener la calma si el humano le incordia y no se deje llevar poniendo fin al espectáculo demasiado pronto. También elimina la fatiga, mejora el tiempo de reacción y amplifica los nodos de placer. Bueno —se frotó las manos—, no puedo quedarme aquí todo el día. Tengo que montar el cableado de un arrancauñas con batería —sonrió a M’Eidin y se dio la vuelta para irse.

—¿Estarás listo a tiempo? —preguntó M’Eidin.

La gran inauguración del Centro del Dolor estaba prevista que tuviera lugar dentro de menos de doce horas. La población agonoide en su totalidad se congregaría para inspeccionar los placeres de la cámara y familiarizarse con sus complejidades. Habría mucha alegría, un montón de tarjeteo cifrado y, por supuesto, una cantidad nada desdeñable de innecesaria violencia gratuita. Tales reuniones agonoides solo tenían lugar cada pocos siglos más o menos, mayormente porque la tasa de mortandad era muy alta. Era de esperar que la fiesta de esta tarde resultara en una reducción de la población de un veinticinco por ciento.

Sack O’Push asintió con la cabeza.

—Todo estará preparado, te lo aseguro —dijo, y se fue renqueando por la puerta.

M’Eidin cruzó hasta la estantería de tortura, cogió la tarjeta cifrada y le dio la vuelta sobre la mano.

—Mejora el tiempo de reacción… —dijo entre dientes para sí mismo.

Si de verdad esta tarjeta hacía eso, podría darle una buena ventaja para ganar «La carrera del humano». En última instancia, era una carrera, después de todo, y la velocidad era de suma importancia. No importaba la brutalidad con que te deshicieras de tu rival, si no llegabas a la puerta antes que el vencedor de la lucha del pasillo de al lado, él no tendría ningún obstáculo y tú te quedarías encerrado sin haber peleado.

Se introdujo la tarjeta en la ranura de la cabeza y esperó a que le hiciera efecto.

Pero no le hacía nada.

No sentía nada. Ninguna amplificación de los nodos de placer. Nada.

Indignado, se extrajo la tarjeta y la arrojó otra vez a la estantería.

Ganaría la carrera por sus propios méritos, se dijo para sí.

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Interplanetaria

1 Opinión

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  • melmek
    on

    Estimados amigos: Os informamos que ya está a la venta la novela “ENANO ROJO: HACIA ATRÁS”, tercera parte de la saga del “Enano Rojo”, escrita en esta ocasión por Rob Grant, en la colección Albemuth Internacional. Tras «Enano Rojo: La Novela» y «Enano Rojo: Mejor que la Vida» llega la esperada tercera parte de las aventuras de los tripulantes de la nave espacial «Enano Rojo».  Después de más de tres millones de años perdidos en el espacio, Dave Lister, el último humano vivo, ha conseguido volver a la Tierra. El único problema es que a la Tierra a la que ha regresado, el tiempo no corre en la dirección adecuada, y si no consigue salir pronto del planeta, tendrá que volver a pasar por la pubertad, la niñez… y la no-vida. Pero la tripulación del Enano Rojo –Rimmer: un holograma, Kryten: un robot paranoide y Gato: un gato superevolucionado- ¿por fortuna? acuden en su rescate.Escrita en solitario por la mitad del dúo Grant Naylor: Rob Grant, «Enano Rojo: Hacia Atrás» nos ofrece humor, ciencia ficción, aventura en la más profunda y reflexiva peripecia de los personajes creados en la famosa serie homónima de la BBC. La novela se puede comprar en librerías y grandes superficies. Para más información se puede escribir a grupo_ajec@msn.com, y en la página web http://www.grupoajec.comTambién se puede leer un anticipo en la página de la editorial y en la web de Interplanetaria:  http://www.interplanetaria.com/contenido.php?id=enano_rojo3 Durante 8 temporadas (desde 1988 hasta 1999), la serie de la BBC Red Dwarf (emitida en España con el título de Enano Rojo) se convirtió en un auténtico fenómeno de masas.Rodada al principio con escasez de medios y unos efectos especiales casi ausentes (para tratarse de una serie de ciencia ficción), el peso de la serie recaía en los agudos diálogos y la originalidad de situaciones y planteamientos, así como en el enfrentamiento de los dos principales protagonistas. Poco a poco la serie fue captando audiencia y seguidores hasta convertirse en una de las series clásicas de la BBC. Actualmente está en marcha el proyecto de la novena temporada, y una película en pre-producción.La serie fue creada por los autores de «Enano Rojo: La Novela», y en 1994 ganó el premio a la mejor comedia británica y un Emmy por el episodio «Gunmen of the Apocalypse» «Enano Rojo: Hacia Atrás» es la tercera, de la serie de 4 novelas, que conforman el universo del Enano Rojo. Escrita en solitario por Rob Grant, la mitad del dúo creador original, la cuarta novela la escribió en solitario la otra mitad: Doug NaylorEn esta parte, sin dejar atrás el sentido del humor incisivo y agudo que son propios a «Enano Rojo», la novela gira hacia argumentos más trascendentales, haciendo especial hincapie en el significado de la amistad y la soledad humana. Todo ello sin perder de vista las aventuras que se inician en una Tierra de un universo paralelo dónde el tiempo corre literalmente hacia atrás, y que posteriormente incluye la aparición de uno de los personajes míticos de la serie, Ace Rimmer, el alter ego de uno de los protagonistas. Todo ello en el contexto de la ciencia ficción más clásica: viajes en el tiempo; universos paralelos, robots asesinos… que no dan tregua al lector ni en aventuras ni en diversión. Las novelas han vendido en todo el mundo más de tres millones de ejemplares, y en ella se pueden dar citas los miles de seguidores de la serie (como atestiguan las buenas ventas de las dos novelas anteriores), los amantes de la ciencia ficicón y los del humor británico más irreverente.    FICHA TÉCNICA: Título: Enano Rojo: Hacia AtrásAutor: Rob GrantTítulo Original: Red Dwarf: Backwards (1992)Traductora: Teresa Ponce Diseño de Portada: Juan A. Gonzálvez- Estudio Ajec. Precio: 15,95 eurosPáginas: 270ISBN: 978-84-96013-41-4

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