Enano Rojo: La Novela

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Esta es una angustiosa llamada de socorro desde la nave espacial Enano Rojo. La tripulación murió a consecuencia de una fuga radioactiva. Los únicos supervivientes fueron David Lister, que estaba en animación suspendida cuando se produjo la catástrofe y su gata preñada, que quedó encerrada y a salvo, en la bodega.

Revivido tres millones de años más tarde, los únicos compañeros de Lister son un ser que evolucionó a partir de la gata y Arnold Rimmer, el holograma de uno de los componentes muertos de la tripulación.

Mi nombre es Holly y soy la computadora de a bordo. Mi coeficiente intelectual es de 6.000, equivalente al de 6.000 monitores de gimnasia.

Fin del mensaje.

ANTICIPO:
Cinco meses después, Lister miraba a través del ojo de buey y no vio nada. Tan sólo unas pocas estrellas distantes y mucha oscuridad. Era una vista muy parecida a la que había contemplado en las últimas veintiuna semanas. Al principio lo encontró inspirador. Después, lentamente, había dado lugar al simple y llano aburrimiento. Después, al gran aburrimiento. Después, al profundo aburrimiento. Y ahora se encontraba en algún lugar entre el profundo aburrimiento y el incluso aún más horrorosamente profundo aburrimiento; una palabra que aún tenía que inventarse. Era, pensó, incluso un aburrimiento aún más horrorosamente profundo y entumecedor de mentes que una velada nocturna en el Scala, viendo una sesión de doce horas de películas de Peter Greenaway.

Si uno fuera a la Biblioteca Británica y cambiara todas las palabras de todos los libros por la palabra «aburrimiento» y después leyera todos los libros en un tono monótamente aburrido, podría describir con cierta exactitud la vida de Lister a bordo del Enano Rojo.

Miró su reloj, las 19:50, hora de nave. Estaba esperando que Petersen apareciera, ya que iban a bajar al Bar de cócteles hawaiano Copacabana para pasar la noche exactamente de la misma manera en que habían pasado ciento treinta y tres de las últimas ciento cuarenta y siete noches: bebiendo elaborados Terremotos de San Francisco en cocos de plástico, con Chen y Selby, y no logrando conocer a ninguna mujer interesante. O, para ser más exactos, a ninguna mujer interesante que estuviera interesada en ellos.

Siendo su vida social tan aburrida y monótona, Lister sabía a ciencia cierta que al menos era cuatrocientas setenta y cuatro veces más interesante que su vida laboral en el Turno Z bajo el mando de Rimmer.

Rimmer estaba sentado frente a su mesa inclinada de arquitecto, bajo el brillo rosa de su lámpara de estudio, con una paleta de acuarelas, llevando a cabo un horario de revisiones para preparar su examen de navegación.

En total, se había presentado al examen doce veces. Diez veces le habían evaluado con una S de suspenso y en las dos ocasiones restantes obtuvo una X de inclasificable.

Pero perseveraba. Cada noche perseveraba, bajo la luz rosa. Todas las noches devoraba su pila de archivos de altura de rascacielos que almacenaba las hojas sueltas de sus apuntes de revisión. Devoraba, intentando digerir pedacitos de conocimiento. Pedacitos que se atrancaban en su esófago, que no bajarían. Era como intentar comer madejas de lana de algodón. Pero perseveraba. Rimmer quería convertirse en oficial. Se moría de ganas. Lo anhelaba. No era lo más importante en su vida. Era su vida.

Dado el momento, habría dejado que le sacaran los ojos con una cuchara si eso hubiese significado que le harían oficial. Se hubiera insertado felizmente dos agujas al rojo vivo simultáneamente en ambas oídos de manera que se juntaran en mitad de su cerebro y hubiera bailado claqué descalzo con la canción de 42nd Street en una cama de lava fundida haciéndole sexo oral a un orangután de dudosa higiene personal, si eso supusiera la concesión de la barra dorada de Oficial de astronavegación, Cuarta clase.

Pero tenía que hacer algo mucho más agotador, mucho más imposible y mucho más desagradable. Tenía que aprobar el examen de astronavegación.

Nacido en Io, una de las lunas de Júpiter, hacía treinta y un años, era el más joven de cuatro hermanos. Frank era un chico prodigio por haberse convertido en el capitán más joven del Cuerpo Espacial. John era el capitán más joven del Cuerpo Espacial. Howard se había graduado tercero en su clase en la academia y ahora era piloto de pruebas de la nueva generación de Zippers de alta velocidad semiligeros en Houston, la Tierra.

—Hijos míos — diría su madre — mis inteligentes hijos. Johny el Capitán, Frankie el Oficial de primera, Howie el Piloto de pruebas y Arnold… Arnold, el limpiador de máquinas de sopa de pollo. Si se pudiera demandar al esperma, demandaría al esperma que te hizo.

—Lo conseguiré, madre. Un día, llegaré a ser oficial.

—Y ese día — diría su madre — las ranas criarán pelos.

Si Rimmer no hubiera sido un retentivo anal semejante, se habría dado cuenta de la verdad: no estaba hecho para el Espacio.

No estaba hecho para eso.

Debería haberse percatado de que no tenía el más mínimo interés en astronavegación. O en mecánica cuántica. O en ninguna de las cosas en las que necesitaba estar interesado para aprobar los exámenes y convertirse en oficial.

Había suspendido tres veces el examen de entrada a la Academia. Y entonces, una noche después de leer la historia de la vida de Horacio Nelson, se enroló en una nave mercante como Técnico de tercera clase, con el objetivo de ir abriéndose camino y presentarse al examen de astronavegación de forma independiente y gracias a ello ganarse su comisión: la barra dorada de la oficialía.

Eso fue hace seis años. Seis largos años en el Enano Rojo, durante los cuales había pasado de ser un modesto Técnico de tercera a ser un modesto Técnico de primera. Mientras tanto, sus hermanos fueron ascendiendo aún más, hacia el zigurat del mando. Sus éxitos le llenaban de una amargura tal, de un mal genio tal, que incluso una felicitación de Navidad enviada por alguno de ellos (tan sólo un recordatorio de que estaban vivos y tenían éxito) le haría derramar lágrimas de celos.

Y ahora estaba sentado allí, bajo el brillo rosa de su lámpara de mesa de estudiante («¡Reduce el estrés óptico! ¡Favorece la concentración! ¡Ayuda a la retención!» era el lema orgullosos del fabricante de la lámpara), preparándose para presentarse al examen de astronavegación por decimosegunda vez.

Consideraba el proceso de revisar tan agotadoramente desagradable, tan mortificante, tan nocivo, que, como la mayoría de la gente que se enfrenta a tareas que consideran odiosas, inventaba estrategias cada vez más elaboradas de no hacerlo de forma que pareciera que lo hacía.

De esta manera, era posible que Rimmer revisara a conciencia durante tres meses y no aprendiera nada.

La primera semana de estudio, la dedicaría exclusivamente a la confección de un horario de revisiones. En el colegio, Rimmer siempre estaba inmerso en colorear sus mapas geográficos: bajo su mano cuidadosa, los campos helados de Europa se pintaban de un delicado azul, los depósitos subterráneos de silicio de Ganímedes se volvían meticulosamente, centímetro a centímetro, de un poderoso y brillante amarillo, y las regiones de metano helado de Plutón se convertían lentamente en un lujurioso y sugerente verde. Hasta la edad de trece, siempre era el mejor de la clase en geografía. De ahí en adelante, hacía falta conocer y comprender la materia y las notas de Rimmer se hundieron en las tenebrosas profundidades de la S de suspenso.

Trasladó su amor por la cartografía a la creación de horarios de revisión. Pasaría semanas de pacientes esfuerzos planificando, diseñando y creando un horario de revisión que, cuando estuviera terminado, sería una obra de arte menor.

Cada hora de cada día estaba subdividida en diferentes períodos de estudio, cada uno etiquetado con su diminuta y cuidadosa escritura cursiva; después los pintaba con acuarelas, con un color distinto para cada asignatura, con los colores más marcados y sombreados según se aproximaba el día del examen. El efecto era como si una miríada de arcoiris diminutos se hubieran dividido y se hubieran diseminado en la hoja de tamaño póster.

El único problema era éste: ya que a menudo tardaba unas seis o siete semanas, y a veces incluso más, en completar los horarios, para cuando Rimmer había terminado, el examen estaba encima. Entonces tenía que empollarse tres meses de revisiones de astronavegación de una sola semana. Atacado por un pánico casi trastornante, había decidido sacrificar los dos primeros días de la semana final para hacer otro horario, lo que suponía que reducía tres meses de revisión a cinco días.

Ya que cinco días tenían que alojar el trabajo de tres meses, la primera cosa que tenía que hacer era dormir. Para prepararse para un horario inexorable de veinticuatro horas al día sin dormir, Rimmer pasaría el primer día al completo en la cama, para estar ultrafresco, de manera que pudiera reducir sus tres meses de revisión en cuatro días.

A la hora de despertarse al día siguiente, ya se sentiría inexplicablemente cansado y comenzaría pronto su dosis de pastillas de cafeína Doble-Plus. A mediodía, ya sufriría de sobredosis y tendría que hacerle una visita a la unidad médica de la nave para que le suministraran un sedante que le relajara. El sedante normalmente le mandaba a la cama por lo que al día siguiente se levantaría con sólo tres días para revisar y una ansiedad tan paralizante que apenas se podía mover. Había que empollarse un mes de revisión por día.

En ese momento, comenzaría a fumar. Siendo no fumador de toda la vida, se convertiría en un consumidor de cuarenta cigarrillos diarios. Pasaría el día entero paseándose por la habitación, fumándose tres o cuatro cigarrillos a la vez, parándose de vez en cuando para mirar los títulos de su estantería, no sabiendo por cuál empezar, y doblando la dosis recomendada de pastillas para lombrices de perro, creyendo erróneamente que contenían anfetamina.

Al percatarse de que así no iba a ningún sitio, intentaría deshacerse de la tensión pasando la noche en uno de los bares del Enano Rojo. Allí se sentaría, en el pub «Astro Feliz», una caña de cerveza, intentando eliminar las taquicardias y estar completamente relajado. Dos cervezas y tres horas de relajación de nudos estomacales después, se iría a su habitación y pasaría la mitad de la noche despierto, rezando a un Dios en el que no creía para que le concediera un milagro que no ocurriría.

A dos días del final, devastado por la combinación de ansiedad, nicotina, pastillas de cafeína, alcohol al que no estaba acostumbrado, pastillas para las lombrices de perro y cansancio general, se dormiría hasta la mitad de la tarde.

Tras un largo grito, pensaría racionalmente en dar ese día por perdido y pasaría el resto de la tarde comprando los tres mejores despertadores que se pudiera permitir. Esto le llevaría cinco o seis horas y volvería al área de dormitorios exhausto, pero sabiendo que estaba preparado para el día de revisión final antes del examen.

Después de despertarse a las cuatro y media de la mañana, después de hacer ejercicio, ducharse y desayunar, se sentaría a preparar un horario final de revisión final, que condensaría tres meses de revisión en doce horas. Una vez hecho esto, abandonaría y se iría a la cama. Quizá no sabía nada de navegación, pero estaría despejado para el examen del día siguiente.

Por eso Rimmer suspendía los exámenes.

Por eso había recibido diez S de suspenso y dos X de inclasificable. La primera X se la dieron cuando pudo hacerse con anfetaminas de verdad, le dio un espasmo y sufrió un colapso de dos minutos durante el examen; y la segunda fue cuando la ansiedad le afectó tanto que su subconsciente le obligó a negar su propia existencia y escribió «Soy un pez» quinientas veces en cada hoja del examen. Incluso se levantó para pedir más folios. Lo que era más impactante del asunto es que pensaba que le había salido bien.

Bueno, esta vez va a ser distinto, pensó, sentado frente a la mesa, coloreando los períodos de revisión de mecánica cuántica en líneas diagonales de azul Prusia sobre fondo amarillo ocre, mientras Lister miraba por el ojo de buey.

Petersen entró ruidosamente en la habitación y escenificó su tradicional parodia del saludo Doble-Rimmer, que acababa dándose unas cuantas bofetadas y tirándose al suelo. La primera vez que Lister lo vio, le pareció divertido. Ésta era la vez número doscientos cincuenta y dos, y estaba comenzando a perder su atractivo.

Lister y Petersen bajaron al Bar de cócteles hawaiano Copacabana por enésima vez. Sólo que esta vez Lister hizo algo increíblemente estúpido.

Se enamoró.

Desesperadamente y desvalidamente enamorado.

***************

La Oficial de tercera Kristine Kochanski tenía una cara. Eso fue la primera cosa que Lister supo de ella. No era una cara bonita. Pero era una cara agradable. No era una cara que hubiera hecho zarpar miles de barcos. Quizás dos barcos y un yate pequeño. Eso era, hasta que sonreía. Cuando sonreía, sus ojos brillaban como una máquina de pinball cuando se gana una partida extra. Y sonreía mucho.

Lister quizá pudiera haber sobrevivido a la sonrisa. Pero cuando se dio cuenta de que esa sonrisa estaba ligada a un buen sentido del humor ya estaba irremediablemente perdido.

Ambos estaban en la barra, haciendo cola para conseguir una copa, y Lister la estaba mirando de una forma no-te-estoy-mirando: en el espejo de la barra, en el reflejo de su vaso de cerveza, por encima del hombro, haciendo como si mirara a Petersen, en el techo justo encima de sus cabezas y, de vez en cuando, directamente a ella. Su corazón se partió en pedazos cuando un bronceado oficial, uniformado de blanco, que obviamente la conocía, se acercó y le tocó en el hombro. La tocó en el hombro, como si ella fuera una persona común. Eso volvió loco a Lister.

El oficial bronceado y uniformado de blanco se percató de que ella llevaba un libro en el bolsillo de su chaqueta negra. Lister también se había dado cuenta. Se llamaba Aprenda japonés de P.Brewis.

— ¿Aprenda japonés? — resopló el oficial —¡Suena pretencioso!

Lo que dijo ella entonces llamó la atención de Lister.

— ¿Pretenciosa? — se señaló con la palma de la mano en el pecho — ¿Watashi?

Lister no sabía ni una palabra de japonés pero adivinó, correctamente, que se trataba de una adaptación de la broma ¿Pretenciosa? ¿Moi?.

El oficial la miró perplejo.

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Interplanetaria

2 Opiniones

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  • aeito
    on

    La mejor serie de tv de cachondeo y ciencia ficción, el libro me lo compro ya!!!!

  • Melmek
    on

    ENANO ROJO: LA NOVELA, de Grant Naylor.

    Esta semana saldrá a la venta “Enano Rojo: La Novela”, el número 7 de la colección Albemuth Internacional.

    David Lister, sometido a un campo de estasis durante tres millones de años, revive a bordo de la nave minera Enano Rojo. Descubrirá que toda la tripulación murió a causa de una fuga radiactiva, y que después de tres millones de años, es el Último Humano Vivo.

    Junto a sus compañeros Arnold J. Rimmer, el holograma de su superior muerto; Holly el ordenador de a bordo; un ser que evolucionó a partir de una gata preñada; y del mecanóide Kryten, emprenderán un periplo de retorno a la Tierra para descubrir el destino final de la Humanidad.

    Después de haber vendido más de 3 millones de ejemplares en todo el mundo, por fin en España la novela basada en la famosa serie de la BBC “Red Dwarf”.

    De los creadores de la serie Rob Grant y Doug Naylor, bajo el pseudónimo de Grant Naylor nos llega esta aventura que combina el humor, la aventura y la ciencia ficción de la mano de Grupo Ajec.

    Además, contiene un prólogo exclusivo de Rafael Marín, autor de “Lágrimas de luz” o “Elemental, querido Chaplin”.

    Se puede leer dos extractos de la novela en la web:

    http://www.interplanetaria.com/ficha.php?id=enano_rojo

    http://www.bemonline.com/modules/wfsection/article.php?articleid=338

    Se puede adquirir en librerías y grandes superficies. También puedes solicitar tu ejemplar contrareembolso sin gastos de envío a grupo_ajec@msn.com

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