Encrucijada

EncrucijadaTobiasGrumm

Existe un momento en el que todo héroe debe hacer frente a su destino. El viaje del príncipe perdido ha concluido y ahora debe retornar a Galador, afrontar viejos fantasmas y reclamar aquello que le pertenece. Pero el trono de Abisinia tiene un precio muy alto y el rey Elvor no está dispuesto a cederlo fácilmente. Continúan las aventuras en la Tierra del Dragón. Los tres hermanos Lekesville se enfrentan a una encrucijada que les puede abocar a una siniestra conjura. Y mientras el trono de Galador está en juego, un barco pirata fondea las aguas del Lorenord con las respuestas que todo el mundo ansía desde la partida del heredero caído en desgracia. Enfréntate a una senda que se adentra en el corazón más oscuro de Argos. Dragones, piratas y caballeros combaten por el poder absoluto de una ciudad que determinará el sino de toda la tierra del dragón. Tobías Grumm, nacido en 1978 en una provincia exterior del Imperio, colindante con el mar, fue desde muy niño un fantasioso que elaboraba relatos, al principio verbales, y luego transcritos en cualquier elemento físico. Su proximidad al mar y a los bosques de su provincia le hacía alternar las sirenas con los enanos, elfos y resto de figuras terrestres. Según fue creciendo, su dualidad física se fue trasladando a su realidad sicológica, multiplicándose las personalidades. Los que más le conocen no saben muy bien si hablan con el elfo David Mateos, el tosco orco Tobías Grumm, el dragón negro David Mathius o el Señor de los humanos Lucas M. Clavius.

ANTICIPO:

Cargado hasta arriba de bolsas y paquetes, Digho correteaba tras su señor Barbarano tan rápido como se lo permitían sus cortas piernas. A su alrededor se desplegaban decenas y decenas de tenderetes que llegaban desde la Plaza del Mercado y llenaban toda la Avenida del Consulado, colindando con los distritos marítimos. El olor a pescado recién sacado del mar impregnaba el ambiente, invitando a los transeúntes a que gastasen sus monedas en las mercancías que se ofrecían en los puestos. Aquella era la parte marinera del mercado, no en vano la Lonja de Galador se alzaba en el epicentro de la avenida, dividida su fachada en tres cuerpos: la sala más amplia ocupada por el salón de contratación, el torreón central —en cuya cúpula se encarcelaba a los mercaderes declarados en quiebra—, y el Columnario donde se guardaba el medallón con el retrato del Rey Aaron de Lekesville, fundador de la Lonja y artífice de la tradición mercantil que durante siglos distinguió a la ciudad de Galador.
A diferencia del resto de la semana, se respiraba un bullicio exacerbado en las calles. El Día del Mercado la gente abandonaba sus casas y aprovechaba para comprar los productos que durante el resto de la semana no podían encontrarse en las tiendas de la ciudad. No había mucho dinero para gastar; la guerra había traído consigo demasiada pobreza, así que los mercaderes acababan conformándose con que al final de la jornada se reuniera el capital suficiente para pagar los aranceles al comisario y cubrir los gastos de manutención y transporte.
Pero, pese a la actividad frenética que se vivía en las calles, aquella fecha señalada no podía compararse a los alegres días de antaño, cuando los puestos de vituallas y frutos exóticos rebasaban la Plaza del Mercado, bajaban por la Avenida Real y llegaban hasta el portón oriental, ocupando buena parte de la cara interior de la muralla; cuando los tenderetes en donde se vendía carne, empanadillas y embutido subían por los barrios acaudalados y llegaban hasta el Ensanche de los Matarifes; cuando los puestos que delimitaban la Calle Alta y la Calle Baja no estaban regidos únicamente por abisinios, sino que mayoristas procedentes de ciudades tan remotas como Ailand, Gussvan, Sintia, Lom o Yakestone ofrecían los productos típicos de sus tierras; cuando entre los paseantes que rondaban los puestos podían encontrarse visitantes de otras ciudades abisinias e incluso extranjeros llegados de otros países.
Aquellos días idílicos se perdían en el recuerdo, como si jamás hubiesen existido. En la actualidad, la milicia del Rey mantenía un férreo control sobre todas las calles, procurando dispersar los corrillos donde la gente se amontonaba, empleando la violencia al más mínimo atisbo de sublevación y llenando de oro las alforjas de Jum Botas, el comisario de Galador. Los poderes que antaño estaban supeditados a la cofradía lujarana se habían derogado y hoy, los hombres del Ministro Mobius se limitaban a rondar las calles sin saber muy bien cuáles eran sus funciones, siendo repudiados por los soldados engalanados con el escudo heráldico de los Lekesville. Durante un tiempo incluso llegaron a escucharse rumores de que el ministro estaba dispuesto a retirar sus tropas del país; sólo la intervención del Mariscal DeTreville hizo cambiar de parecer a sir Mobius y las delegaciones que Luján mantenía en territorio abisinio permanecieron inamovibles, a la espera de tiempos menos turbulentos.
Por desgracia, las adversidades que se cernían sobre Abisinia parecían recrudecerse con cada día que pasaba. Las noticias que llegaban desde el Sur eran confusas. Algunas aseguraban que dos de los tres Guardianes habían caído bajo el yugo de un poderoso ejército yentaita, otras elucubraban sobre la posibilidad de que en breves semanas Sandor Reeken partiría junto a una compañía con más de tres mil soldados rumbo al Bastión de Munar; otras, las menos, aventuraban que el comandante Reistock había logrado rechazar a las hordas de Etartax y Funtia y que se preparaba un gran contragolpe contra la frontera vecina. Lo cierto era que las pocas noticias del frente que llegaban a la ciudad resultaban adversas y la mayoría de las veces no podían ser más confusas.
Llegaron a la gran escalinata que ascendía hasta los pórticos de la Lonja y pasaron junto a los dos guardias que permanecían erguidos frente al edificio. Digho, cargado de bártulos hasta las orejas, trataba de no quedar demasiado rezagado, tropezando con todos los transeúntes que rondaban las escaleras y guiándose por el ruido de las sandalias del posadero al rozar la piedra. A su lado trotaba el joven Marluff, cargado únicamente con una talega llena de patatas. De vez en cuando, el muchacho se volvía hacia él y le dedicaba una sonrisa que le mostraba todos los dientes. De buena gana Digho hubiera dejado sus bártulos y le hubiera borrado aquella estúpida mueca a pescozones.
—… recordadme que cuando regresemos a casa, le diga a Niiya que limpie bien el caldero. Ayer por la noche se quejaron muchos clientes de que el fondo de pescado se había quemado. —La voz estridente de maese Barbarano se escuchaba por encima del trasiego, repitiéndose una y otra vez como los versos de una canción desafinada—. Recordadme también que mande a Osmen a casa de Missi y de Adalaya y les cambie el turno. No sé como Niiya les pudo dar permiso para que se tomaran libre la noche de hoy. ¡Hoy! ¡Precisamente hoy! ¡El Día del Mercado! Cuando La Manzana Verde rebosará de clientela. Desde luego hay veces que me pregunto por qué diablos mantengo a Niiya como jefa de cocina. En los tiempos que corren…
Y así seguía y seguía, hablando sin parar, inclinando la cabeza cada vez que se cruzaba con algún rostro conocido —que era la mayoría de las veces— y gesticulando como uno de los antiguos abates. A medio camino, el posadero se detuvo en seco y Digho a punto estuvo de estamparse contra su molludo trasero. Durante unos segundos sus pies trastabillaron entre dos peldaños y la hilera de fardos osciló de un lado a otro peligrosamente.
—¡Por los pelos de una mona! ¿Es que estás ciego o qué? ¿Acaso no has visto que me detenía?
Digho, tras la atalaya de bártulos, logró recuperar la verticalidad y lanzó un gruñido al escuchar la risilla burlona de Marluff.
—Esperadme aquí —continuó Barbarano ignorando las muecas que se dirigían sus dos sirvientes—, voy a ver el género que se ofrece ahí dentro, aunque por el olor no debe de ser de muy buena calidad. Volveré enseguida.
El posadero giró sobre sus talones y continuó ascendiendo por la escalinata que llevaba hasta el salón de contratación. En cuanto desapareció entre los tenderetes que copaban los alrededores de los pórticos, Digho depositó todos los bártulos en un peldaño y respiró aliviado.
—Como te vea maese Barbarano dejando en el suelo la comida te la descontará de la paga.
El pequeño criado respondió arrugando el ceño y Marluff optó por morderse la lengua. Silbando distraídamente se sentó junto a su camarada y prendió la mirada en el bullicio que tomaba los alrededores. Desde allá se tenía una buena perspectiva de la callejuela que partía de la Avenida del Consulado y llegaba hasta la dársena. La gente se congregaba alrededor de los tenderetes, formando una gran masa atestada de cabezas y gorros. Al fondo, más allá de los edificios que escotaban la calle, podía distinguirse el mar, teñido de un azul tan intenso que llegaba a dañar la vista; el sol apretaba con fuerza a aquellas alturas de Verano. No obstante, tal era la afluencia de personas que delimitaban la calle, que resultaba imposible entrever los barcos de pesca anclados al muelle. Posiblemente serían muchos. Los Días de Mercado pocos eran los pescadores que izaban vela y se adentraban en alta mar. Los beneficios que pudieran ganar aquel día estaban en la Lonja, no en las mansas aguas del Lorenord.
Las amas de casa husmeaban entre los cajones rebosantes de hielo y pescado, levantando los pulpos por encima de sus cabezas para ver la calidad de la piel traslúcida. Los mercaderes gritaban con todas sus fuerzas, tratando de solapar los precios de sus vecinos con voces cada vez más abigarradas. Había gran cantidad de mendigos entre las tiendas, envueltos en harapos y suplicando una moneda con la que saciar el hambre. Los impuestos reales habían llevado a la ruina a no pocos ciudadanos. Las órdenes de expropiación y de embargo acabaron con el patrimonio de las familias más modestas, obligándolas a mendigar por un mendrugo de pan o a recoger todas sus posesiones y partir de la ciudad. Por desgracia, la política restrictiva del Rey incluso llegaba a poner trabas a aquellos que querían marchar lejos de Abisinia. En apenas dos años, un país próspero y permisivo, se había convertido en una ratonera asfixiante donde resultaba costoso subsistir.
—¿Crees que este año habrá Feria de la Cosecha? —preguntó Marluff con su habitual tono embobado.
—Todavía falta casi una cuenta para que comience —replicó Digho.
—Dondorringer me dijo que el rey no permitirá que los portones se abran durante una semana seguida, y más cuando la guerra se encuentra tan próxima.
—Pues entonces ve y pegúntale al Rey por sus intenciones.
Marluff lanzó un gruñido y arrugó el morro mientras prendía la mirada en la masa de gente que ocupaba la avenida del Consulado. Conforme la mañana iba avanzando, más y más galardenses se animaban a salir de sus casas y acababan uniéndose a la algarabía que se formaba en la ciudad. Incluso los soldados del Rey, inmersos en sus propios corrillos, parecían desentenderse del trasiego. Aquella imagen casi recordaba a los días de antaño: cuando el optimismo y la alegría inundaban las calles.
—En tiempos del noble Theorn todo esto no habría pasado —suspiró Marluff con nostálgico—, antes el inicio del verano era distinto… muy distinto. —De pronto cambió de postura y le propinó un codazo a su compañero—. ¿Sabes una cosa?
Digho lanzó un gruñido a modo de respuesta.
—Voy a proponerle a Missi que venga conmigo este año al baile de inauguración de la Feria.
—¿Qué?
—¡Sí, lo tengo decidido! Se lo voy a proponer en dos o tres días, antes de que nadie se me adelante.
Digho lanzó una risilla burlona al ver el gesto ilusionado de su compañero.
—¿Qué pasa? —inquirió Marluff contrariado pero todavía con las mejillas teñidas de rojo—. ¿Es que no me ves capaz?
—Seguro que te dirá que no…
—¿Por qué?
—Ella es demasiado guapa para ti, Marluff —repuso Digho con tono condescendiente, como si estuviera dirigiéndose a un niño—, seguro que acabará yendo con el hijo del molinero, o con ese soldado que lleva rondándola varias noches.
El muchacho frunció el ceño y farfulló una palabrota.
—Pues yo me adelantaré a todos y ya verás como viene conmigo.
Digho afirmó con un cabeceo y se desentendió de las ensoñaciones de su amigo. Una vez más dirigió la mirada hacia la callejuela que partía de la avenida y conducía hasta la dársena. A diferencia de otras calles colindantes, la muchedumbre comenzaba a desbordar el empedrado, embutiéndose en una masa sudorosa que parecía no tener fin. La curiosidad asaltó al pequeño criado cuando un coro de voces agudas y estridentes llamó su atención:

Digho es enano,
Digho es tontorrón,
y maese Barbaranoooo…
le dará un pescozón.

El criado, que conocía demasiado bien aquella tonadilla, se incorporó de un brinco y advirtió, diez escalones más abajo, un grupillo de rapaces ataviados con harapos y remiendos, que se contoneaban agarrados del hombro al ritmo de la canción:

Digho es enano,
Digho es tontorrón,
y maese Barbaranoooo…
le dará un pescozón.

Algunos de los transeúntes que subían hacia la Lonja o compraban entre los tenderetes, se volvieron ante el alboroto y observaron la escena con una sonrisa burlona en los labios. Marluff no pudo reprimir una carcajada al ver el rostro teñido de púrpura de su compañero.
—¡Malditos pilluelos! ¡Dejad de molestar a la gente de bien!
Pero los rapaces, lejos de amedrentarse ante la ridícula estampa del criado, se agarraron con más fuerza y repitieron la tonadilla mientras hacían muecas y gestos obscenos. Digho descendió un escalón con aire amenazante y los pilluelos retrocedieron lanzando exclamaciones y risillas malévolas.
—Conozco a vuestros padres —aseguró Digho apuntándoles con el dedo. La risa de Marluff resonaba a sus espaldas, provocando que su enfado fuera en aumento—. Como volváis a…
—¡Está doto! ¡Está doto!
Digho se quedó en silencio al escuchar aquella vocecilla estridente. Cuando volvió la cabeza se encontró con una niña de no más de cuatro años que, encaramada a lo más alto de la escalinata, señalaba hacia la calle que llevaba al puerto. Los clientes que pasaban por su lado, detuvieron la marcha y miraron hacia donde señalaba la niña; los mozuelos que habían cantado la estúpida tonadilla echaron a correr hacia el basamento del edificio y prorrumpieron en exclamaciones. Incluso Marluff, atraído por la muchedumbre, subió la escalinata y se unió al bullicio.
—¡Es verdad! —exclamaron los niños a coro—. ¡Está roto! ¡Está roto!
Digho, sin perder de vista la callejuela, comenzó a subir escalones. Conforme iba llegando a la cúspide del edificio, la perspectiva mejoró y el nudo de cabezas dejó paso a la barrera que separaba la dársena de los edificios. Varios metros más allá se alzaba un inmenso galeón anclado al muelle. Antaño, la presencia de aquella nao no hubiera llamado demasiado la atención, sin embargo, en aquellos tiempos de recesión, el tránsito de grandes barcos mercantes había ido descendiendo paulatinamente. Pero lo cierto era que aquel galeón no destacaba precisamente por su esplendor, sino por el estado en el que se encontraba. De los tres palos tan solo sobrevivía el trinquete, y las dos velas que se aferraban a las vergas estaban tan desgarradas que parecían un cúmulo de harapos deshilachados. Había perdido el bauprés y el castillo de popa. Del espolón únicamente quedaba una banda ancha y carcomida por las olas; del mascarón no había ni rastro. El alcázar se reducía a un andamiaje inestable en donde sólo sobrevivía la rueda del timón. La estructura de la cubierta estaba desvencijada, rota, arrancada violentamente, como si mil huracanes se hubieran disputado sus huesos, dejando al descubierto el armazón interno. La madera de la quilla, de las cuadernas y de los mamparos era un cúmulo ennegrecido que se fundía con el bronce quemado.

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