Escuadrilla Azor

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Los pilotos de la primera guerra mundial eran algo más que simples soldados, eran los caballeros del cielo. La prensa y el público convertía en ídolos a los jóvenes héroes. Pero para Stanley Woolley, comandante de la escuadrilla Azor, el mito de la caballería de las nubes se ha esfumado. Allá arriba sólo hay víctimas y verdugos, y no deja de repetir a sus hombres que se olviden del juego limpio. Sus bruscos métodos funcionan, pero aun así Woolley sospecha que ningún miembro de la escuadrilla logrará sobrevivir.

ANTICIPO:
A doce mil pies, Richards ya no sentía los pies. El sufrimiento pasivo de congelarse en la carlinga soterraba todos los recuerdos de lo ocurrido en la tienda de Woolley. Era agotador el mero hecho de estar sentado y flexionar constantemente cada músculo y ascender y ascender y ascender mientras el motor rugía con estrépito allí delante y los cables silbaban por todas partes…

De pronto se dio cuenta de que Woolley le estaba tocando el claxon que llevaba acoplado a la carlinga. Richards levantó un brazo con movimientos agarrotados y Woolley le Índico con un gesto de la mano que volviera a la formación en línea.

En el instante en que Richards estuvo preparado, Woolley dio comienzo a la lección. Primero alabeos sencillos y virajes y picados fáciles; después, alabeos más rápidos, virajes más cerrados y picados más pronunciados. Tan pronto como Richards salía de una maniobra, Woolley lo metía en otra. La presión fue en aumento. Cuando Woolley descendió en un deslizamiento lateral, a Richards le pareció una maniobra brusca y pronunciada que no era segura, pero lo siguió tan de cerca como los píes helados y las manos sudorosas se lo permitieron.

Woolley se zambulló en un picado, dejó que Richards se uniera a él y señaló hacia la derecha. Niveló el aparato antes de dirigirlo en un cerrado viraje a la derecha, de forma que las alas derraparon en el aire enrarecido. Richards intentó seguirlo y se desvió una milla. Había iniciado el viraje con suavidad, y al intentar reducirlo, la corrección fue violenta, por lo que el aeroplano dio un bandazo y salió escupido del viraje. Perdió velocidad, la respuesta de los controles fue lenta y el motor rugió, resentido. Sudoroso, agarrotado y desmañado, Richards, entre maldiciones, enderezó el aeroplano con esfuerzo.

Woolley cargó contra él desde la derecha, por encima y un poco hacia atrás, mientras hacía sonar la bocina como un demente. Se lanzó con tal potencia que los ojos desorbitados de Richards sólo vieron un perfil frontal que crecía con rapidez hasta que, con un escalofriante aullido que disminuyó de manera progresiva, Woolley ascendió y pasó rozando la carlinga de Richards, tras lo cual se alejó, zumbando.

Richards inspiró con dificultad. Se sentía avergonzado.

«Si ése hubiera sido un alemán —pensó—, ahora estaría muerto.»

Woolley volvió y voló a su lado. Lo miró e hizo una señal para que formara de nuevo en línea. Durante los siguientes diez minutos volaron en círculos cada vez más cerrados, primero en un sentido, después en el otro, hasta que Richards pensó que el avión se haría pedazos por la chirriante tensión de perseguir su propia cola.

Para entonces, el riego sanguíneo le había vuelto a los pies, tenía el cuerpo sudado y los nervios acusaban cada vibración del aparato como si éste fuese un ser vivo. Comprendió que los límites del avión eran sus límites, y sus capacidades, las suyas. Nunca había sentido eso cuando pilotaba un rechoncho Avro 504 sobre Salisbury Plain. Aquello era otra historia.

Woolley interrumpió la persecución por la cola y practicaron virajes Immelmann: combinar medio rizo con medio tonel para salir boca arriba en el ápice de la vertical. Richards iba tan lento que Woolley acabó un segundo Immelmann y se lanzó en picado sobre él cuando el joven salía del primero. Estuvieron practicando los Immelmann durante un cuarto de hora.

Para entonces, Richards estaba muy cansado. El esfuerzo de manejar los controles, la agotadora tensión por la incertidumbre, la extenuante fatiga de la concentración, lo habían dejado desmadejado. Lo único que quería era sentarse en un buen sillón en un cuarto tranquilo con una taza de té.

A continuación, Woolley lo dirigió a una sesión de virajes diversos durante diez minutos. Al final, a Richards le temblaban las manos dentro de los guantes, tenía los antebrazos agarrotados por el esfuerzo y había vomitado en el suelo del avión.

Woolley puso rumbo al aeródromo y Richards lo siguió como un cordero. Tuvo que asirse con una mano en el borde de la carlinga para poder sujetar los controles con firmeza. Los pies le resbalaban en el vómito medio helado.

Woolley cambió de idea y ascendió de nuevo a ocho mil pies. Allí dirigió a Richards a una serie de picados con el motor en marcha. Cada vez hacía el picado un poco más profundo, lo prolongaba un poco más, hasta que Richards vio la campiña francesa levantarse como un telón de fondo ante él, oyó crujir las raíces de las alas y sintió que el fuselaje trepidaba por la creciente velocidad. Atisbo con el rabillo del ojo a Woolley y vio que la desgarradora presión del aire empezaba a doblar las puntas de las alas; entonces repitió una y otra vez la misma obscenidad que los mozos de cuadra hasta que Woolley salió del picado suavemente y lanzó al SE en ascenso por la otra ladera de 3a colina imaginaria hasta que perdió el ímpetu y cayó perezosamente hacia adelante, a posición de vuelo nivelado.

Richards lo siguió, tembloroso, y a mil pies Woolley lo llevó de nuevo al límite, sólo que esta vez la caída fue vertical. Richards asió la palanca con las dos manos como sí fuera la caña del timón en medio de una tormenta. El viento aullaba; veía moverse setos, árboles y otras cosas. Era plenamente consciente del inocuo rastro de aceite deslizándose lentamente sobre la cubierta del motor.

Había un campo con un almiar, justo al frente, e hizo una modificación mínima, inútil, para esquivarlo. A quinientos pies, una tira de tela del ala inferior se desgarró con un ruido fuerte y se hizo Jirones. Fue consciente de una pequeña satisfacción: eso también seria el fin de Woolley. Entonces el comandante niveló el morro y trazó una larga y espléndida curva que los llevó lanzados a través de la campiña al doble de la altura de los árboles. Woolley le dio al joven un par de minutos para que recobrara el resuello, la vista y lo que le quedara de valor, y luego tocó el claxon. Todo el trayecto de vuelta lo hicieron volando bajo y rozando setos. Richards sólo fue consciente de la proximidad del campo de aterrizaje cuando, tras salvar unos árboles, vio los aeroplanos aparcados alrededor del perímetro del aeródromo. Woolley lo estaba esperando cuando salió de la carlinga. La voluminosa chaqueta y el casco igualmente grande hacían que la cara del comandante pareciera más delgada todavía. Unas manchas de aceite le oscurecían la tez irregular, y donde presionaban los bordes de las gafas, parecía tenerla en carne viva.

—¿Qué viste en el cielo? —le preguntó el comandante.

Richards se tambaleó y se aferró al ala al tiempo que negaba con la cabeza.

—¿Viste algo en el cielo?

El Joven teniente intentó mover la boca para hablar, pero tenía los músculos agarrotados.

—Entonces es que estás cegato. Conté dieciséis aparatos y ni siquiera estaba buscándolos. —Richards parpadeó, fija la vista en las botas del comandante, e intentó detener el temblor de la cabeza—. ¿Qué viste en el suelo? ¿Algo de lo que informar si hubieses sido un piloto enemigo?

Richards se obligó a alzar los ojos. Los oídos le zumbaban con el bramido negativo del silencio y el Incierto agolpamiento de la sangre; el suelo le parecía inestable, como si en cualquier momento fuera a inclinarse y a hundirse sin previo aviso. ¿Había visto algo en tierra? Sólo un almiar. Sólo un almiar.

—Yo… no tuve mucho tiempo para mirar—contestó.

—Tuviste todo el maldito tiempo que necesitabas —espetó Woolley—. ¿No viste el campamento francés en Conty? Volamos alrededor un buen rato. ¿No había tanques en la carretera de Beauvais a Breteuil? ¿No había artillería en vagones de ferrocarril cerca de Poíx?

—No, señor. —Richards sentía los labios correosos y hablar le suponía un esfuerzo tremendo. Lo único que quería era recibir permiso para marcharse y no tener que volver a cruzar una sola palabra con nadie, nunca.

—Si no viste nada, ¿qué diablos hacías ahí arriba? Obviamente no estabas prestando mucha atención a pilotar el aeroplano. Juana de Arco con armadura completa habría volado mejor que tú. Y no vuelvas a subir con esas botas, son demasiado cursis. Ponte algo grueso y resistente, y lleva muchos calcetines. Tenías fríos los pies allí arriba, ¿verdad? Buenos pisotones se ha llevado esa pobre barra del timón. No harás que funcione pateándola, ¿sabes?

Woolley se apartó y caminó, sin prisas, hacia la carlinga. Por un instante Richards temió que echara un vistazo dentro, pero el comandante se limitó a palmear el fuselaje y a escupir en el caliente tubo de escape, que siseó.

—Pobre cacharro —dijo—. ¿Quién es tu mecánico?

—Fairbrother —contestó Richards.

—Ve a buscarle ahora y dile que arregle esa tela rasgada y todo lo demás. Y que vuelva a llenar el depósito. Luego ve a buscar a Rogers y a Lambert y practicáis la formación cerrada. Ellos te lo explicarán. —Echó a andar sin prisas.

Cuando estuvo a treinta metros se volvió a mirar. Richards se enjugaba la cara con el pañuelo. Woolley se puso en Jarras y el joven dejó caer e! pañuelo antes de alejarse del aeroplano con premura.

-¡Fairbrother¡ -gritó con voz débil-. ¡Cabo Fairbrother!

Un hombre acudió corriendo a su llamada.

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