Felipe II y el secreto del Escorial: Una biografía Maldita

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¿Rey Prudente o Demonio del Mediodía?

Para sus defensores, Felipe II fue el monarca prudente, pero sus enemigos protestantes lo definieron como el Demonio del Sur. Sin embargo, a esos breves retratos les faltan matices. Habría que añadir su convicción de que su vida tenía un sentido trascendente, casi mesiánico, la certeza de que era él, y no la Iglesia, el verdadero brazo ejecutor de Dios, y que para luchar contra el Mal eran tan válidos las espadas como la alquimia, o los soldados como los magos y nigromantes que se dieron cita en el monasterio de El Escorial.

Pero tal vez la clave se halle en no considerarlo ni Rey Prudente ni Demonio del Mediodía, sino el nuevo rey Salomón. Y si nos atrevemos a mirarlo desde este ángulo, toda su vida cobra una nueva y estremecedora perspectiva, lo mismo que la fortaleza construida para poner a buen recaudo a las fuerzas del Mal: El Escorial, el nuevo Templo de Jerusalén.

La leyenda dice que san Lorenzo trajo de Oriente a Europa el Santo Grial. Pero ¿qué es exactamente la fuerza mágica que representa el Grial? ¿Es una mera casualidad que siglos después Felipe II, convencido de ser el nuevo rey Salomón, construyera el enigmático monasterio coincidiendo con la festividad de San Lorenzo? ¿Qué sucedería si ese proyecto ya estuviera en la mente del rey mucho antes de que tuviera lugar la batalla de San Quintín?

¿Qué ocultó a lo largo de su vida Felipe II? ¿Qué aguarda a ser descubierto bajo las piedras dispuestas según criterios herméticos por Juan de Herrera en El Escorial? ¿Qué relación tuvo Felipe II con el Mal a lo largo de su vida?

ANTICIPO:
ESPAÑA HUELE A AZUFRE; BEATAS Y ALUMBRADOS

(PRIMERA ENTREGA)

Aquel aroma a azufre que se iba extendiendo por Europa no tardó en llegar a España. El terreno estaba aquí abonado, pues el país tenía una historia repleta de judaizantes, brujas, viejos sabores islámicos y místicos de las más variadas especies.

Es cierto que el comienzo del siglo XVI parecía presagiar una bonanza inquebrantable en el terreno económico, pero las cosas se quebraron una vez que el siglo rué sumando años. La población había aumentado, especialmente en las ciudades, gracias al flujo comercial con América.

La producción industrial, organizada aún en gremios con su estricta reglamentación y técnicas poco avanzadas, pronto se reveló insuficiente en el caso castellano para satisfacer la creciente demanda de productos. Además, impuestos como la alcabala, que gravaba las operaciones de compraventa, encarecían aún más las operaciones. Y lo que parecía una bendición del cielo, como era el arribo de metales preciosos, no tardó en descubrirse una nueva trampa del Maligno que incrementó los precios como jamás se había visto.

Los problemas irían creciendo dentro de las interminables fronteras del Imperio de Carlos V, un monarca que, como señala Antonio Domínguez Ortíz, aún conservaba en su manera de interpretar el gobierno rasgos medievales, como aquella peregrina oferta que hizo al rey francés Francisco I de enfrentarse en combate singular, como si de un torneo se tratara, para dirimir sus diferencias.

Un monarca que, sin embargo, intuía un futuro imposible de evitar, con sus avances científicos (dicen que murió en Yuste rodeado de brújulas, relojes y atlas), y que, al contrario que su hijo, era extremadamente sensual, activo y belicoso. Y tuvo ocasiones múltiples de emplearse a fondo.

Los Comuneros, movimiento representativo de una parte de la pequeña nobleza castellana y la burguesía de un grupo de ciudades notables, se enfrentarían a él y a los nobles extranjeros que trajo consigo de Alemania. Carlos V contó, sin embargo, con el apoyo incondicional de la alta nobleza castellana y obtuvo la victoria decisiva en Villalar en 1521.

En Valencia y en Mallorca tendría el reto de las Germanías casi en las mismas fechas. Se trataba de hacer frente a la oposición de la burguesía urbana contra la alta nobleza campesina que apoyó al rey.

Y luego estaban aquellos malnacidos príncipes alemanes aliados de Lutero.

¿Y sí el Demonio se extendía por España?

En España había un instrumento al servicio de Dios para tranquilizar a los espíritus cristianos: la Inquisición.

Como señala Joseph Pérez, en los años veinte del siglo xvi el Santo Oficio se había convertido en un tribunal permanente y único para Castilla y Aragón. Solo había un inquisidor general, y la red de la organización se había extendido por todo el país. El problema al que se enfrentaba era el nuevo disfraz que parecía adoptar el Demonio.

En efecto, con los Reyes Católicos no había problema en identificar al Maligno. Se le veía claramente en el rostro de judaizantes y conversos sospechosos. Pero ¿qué sucedía ahora? Pues que el criptojudaísmo es prácticamente inexistente, aunque aún haya algunos procesos notables. De modo que había que adiestrar el olfato para que los sabuesos del Santo Oficio detectaran a los nuevos enemigos. Y es que, según cita que el propio Pérez recoge de un converso portugués, mientras hubiese palomar habría palomas. O lo que es lo mismo, mientras existiese Inquisición, habría herejes. La propia Inquisición los encontraría o los crearía.

Lo mismo que sucedía en Europa con la renovación religiosa, ocurría en España. Por aquí también medró el propósito de buscar a Dios de forma más íntima, con una suerte de nueva mística que gozó de cierta permisividad hasta mediado el siglo. Circulan también textos espirituales traducidos y comenzaron a rescatarse viejos recuerdos priscilianistas ¡y aparecieron las beatas!

Menéndez Pelayo se burla de lo que sucedió diciendo: ¡Con qué pocas ideas viven una secta y siglo! Y luego añade que proliferaron los casos de milagrería y embaucamiento, pero, aunque moleste a este autor católico, Sánchez Dragó y Joseph Pérez dejan bien claro que se trató de un fenómeno social digno de estudio.

En efecto, aparecieron cientos de beatas, especialmente en Andalucía y en Extremadura. Eran mujeres capaces de obrar prodigios derivados de su fe; mas era fe alejada de la Iglesia, salvo el apoyo que so lían prestarlas algunos clérigos con los que se reunían discretamente en lugares apartados y en garitos oscuros, dando pie a toda suerte de especulaciones.

A lo largo de páginas venideras nos toparemos con otros ejemplos, pero elijamos ahora un caso de estos primeros anos del siglo: la beata de Piedrahita.

Dice Menéndez Pelayo de ella que no era mujer viciosa, pero si fanática e iluminada. Hija de un labrador de la sierra de Ávila y criada en Salamanca, comenzó a ganar fama por su devoción, revelaciones y dotes para la profecía. Y por todo ello en 1507 el prior de los dominicos la manda llamar para que vaya a reformar los conventos de Toledo, e incluso el rey Femando la recibió en la corte y hasta contó con el apoyo decisivo del cardenal Cisneros cuando las malas lenguas la llevaron a juicio porque se decía que había hombres rondando su cama.

Peor le fueron las cosas a Magdalena de la Cruz, que llegó a abadesa del convento de las Clarisas de Santa Isabel de Córdoba. Dicen que profetizó la victoria de Carlos V en Pavía mucho antes de que tuviera lugar. Afirmó que estaba bendecida por Dios desde que se encontraba en el vientre de su madre; se contaba que solo se alimentaba con el pan eucaristico, y se organizaron romerías y peregrinaciones para verla. E incluso se asegura que cuando nació el futuro Felipe II, en 1527, pusieron en su cuna ropas que la beata había tocado. Pero todo cambió el primer día de enero de 1544, cuando unas discretas averiguaciones descubrieron su impostura.

En efecto, la Inquisición tomó cartas en el caso y hubo juicio de los buenos el 3 de mayo de 1546. Allí, tras ser convenientemente interrogada como solo el Santo Oficio sabía hacer, confesó lo increíble: que siendo nina el Demomo la indujo a simular su santidad; que el mismo Satanás se le apareció en forma de Cristo crucificado; que a los doce años dos íncubos insaciables llamados Balbán y Pitónio comenzaron a cabalgarla con la destreza que todo el mundo sabe que tienen los íncubos para esos galopes, y se le aparecían de la más diversa forma, bien como un toro, como un camello o, puestos a disfrazarse, incluso como san Jerónimo y san Francisco; que aunque fingía ayunos, por la noche zampaba cuanto podía a escondidas, y que se regalaba con todo lo que el cuerpo la pedía.

De modo que se la declaró sin más demora vehementer suspecta de herejía, y teniendo en cuenta su vejez y que había cantado como un jilguero sin dar demasiado trabajo a la Inquisición, el Santo Oficio se contentó con obligarla a confesar su culpa públicamente con una soga de esparto al cuello y un cirio en la mano. Naturalmente, luego se la apresó de por vida entre las paredes del monasterio de la orden impidiéndole tomar la eucaristía, salvo peligro de muerte, y degradándola a ser la última en todo en la comunidad: en el refectorio, en el coro y en el capítulo.

Pero no quedó aclarado aquel don suyo de la profecía, ni otros muchos asombrosos sucesos que a su alrededor se dijo que ocurrieron. Y por más que la Inquisición lo pretendiera, el número de beatas crecía y crecía sin cesar.

Y luego estaban los alumbrados.

El ilumínismo empieza a existir documentalmente hacia 1510 en la zona de Guadalajara, afirma Joseph Pérez. Y lo hace precisamente alrededor de una beata llamada Isabel de la Cruz. Se trata de un sarampión espiritual que brota en casas franciscanas de la Alcarria. Durante unos años viven sin ser molestados, hasta que ellos mismos terminan por molestar a la Inquisición y el 23 de septiembre de 1525 el inquisidor general y arzobispo de Sevilla, Alonso ManrÍquez, inaugura la caza de aquellos que se decían alumbrados, dejados y perfectos. Una corriente a la que perteneció un franciscano de Ocaña a quien se tildó de alumbrado con las tinieblas de Satanás y que pretendía juntarse con mujeres santas para engendrar profetas.

De idiotas los tildará Menéndez Pelayo, pero lo cierto es que sus ideas de abandono en los brazos de Dios, negación de la voluntad propia y quietismo se extendieron por buena parte del país. Entre ellos había trato carnal, se decía, y algunos no lo negaban. Medrano se unía carnalmente con la beata Francisca Fernández, por ejemplo, afirmando que tal ejercicio no era pecado. Y es que, razonaban, no habiendo libre albedrío, como ellos pensaban, el hombre no tiene responsabilidad propia. Y ahí, y en otros puntos de su credo, discrepan y se alejan de los erasmistas, quienes en la España de Carlos V encontraron apoyos inicialmente, incluidos los del rey. Otra cosa fue que algunos erasmistas tuvieran relación con los alumbrados y eso dio pretexto a la Inquisición para ir por ellos.

Mientras tanto, los alumbrados seguían reuniéndose con nocturnidad en sus guaridas para decir cosas como la que se atribuye a María Cazalla: En espíritu y en verdad quería ser Dios adorado y no en templos hechos por mano y arte.

De manera que aquellas ideas opuestas al culto establecido, a las ceremonias y a los sacramentos se extendieron por el país de la mano del Maligno, a juicio de la Inquisición. Hasta que en Toledo, en 1529, se dictan sentencias contra los alumbrados a los que se pudo echar mano— No obstante, la epidemia aún demostraría hasta qué punto había desarrollado su musculatura. Pero para descubrirlo habrá que esperar a que Felipe II desenfunde la espada contra el Demonio.

LAS ARMAS MÁGICAS DE CARLOS V

Todos los historiadores coinciden en la enorme influencia que las enseñanzas de Carlos V tuvieron en su hijo Felipe II. Páginas más adelante regresaremos sobre ese tema, pero ahora queremos hacer una reflexión: si lo que su padre hizo y dijo pesó sobre Felipe II como una sombra permanente, ¿hasta dónde llegó ese ejemplo?

La batalla contra el Mal no es cosa de risa. Los capitanes y almirantes no conocen las estrategias precisas para derrotarlo, porque mas que combate en campo abierto nos encontramos ante una guerra de guerrillas. Y más que espada, aunque también habrá que echar mano de ella, otras armas son requeridas.

Carlos V tuvo entre sus asesores a Enrique Comelio Agrippa de Nestesheim, mago, alquimista, cabalista y astrólogo, además de matemático. Una mente aguda como pocas en su época, lo que finalmente lo conduciría a la cárcel en Bruselas años más tarde, y al exilio en Italia al ser visto como brujo.

También contó el cesar con los consejos del médico bolones Leonardo Fioravanti, insigne galeno a quien se atribuyen conocimientos de alquimia y la autoría de una obra en cuatro tomos a tener en cuenta, titulada Della Física. E incluso, a decir de Atienza, Carlos V poseyó algún fragmento de piedra filosofal y pequeñas cantidades no especificadas de polvo de proyección, aunque se ignora qué filósofo pudo proporcionárselas.

Si la historia está de acuerdo en las influencias del padre sobre el hijo, tomemos todas las influencias, no una parte. Aunque, eso si hubo entre ellos diferencias. Felipe II no admitirá injerencias del Papa ni de nadie en su lucha contra el Mal. Sentía que tenia una misión y tal vez en su cabeza resonaban las palabras de Yahvé a David:

… haré surgir un descendiente tuyo, que saldrá de tus entrañas, y lo confirmaré en el reino. Él me construirá un templo y yo consolidaré su trono para siempre.

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