Fieramente humano

FieramenteHumanoRMartinez

Cuando el policía Gabriel Márquez conoció al enigmático doctor Jasón Zanzaborna, no podía imaginar lo que se le venía encima.
Desde luego, nada sabía de lo ocurrido treinta años atrás, ni de todas las deudas impagadas que el doctor dejó entonces. Menos aún del pasado de la misteriosa mujer que acompañaba al doctor a todas partes. O del estrafalario individuo tuerto que un día apareció por su casa.
Lo que menos podía sospechar era que él mismo, de un modo incomprensible, había estado involucrado en esa historia desde antes de lo que creía.
Ahora, mientras la amenaza de algo sombrío y terrible se extiende sobre su ciudad y su vida, Gabriel Márquez deberá desentrañar su propio pasado para resolver, por fin, su futuro.
Rodolfo Martínez (Candás, 1965) es uno de los valores más sólidos del fantástico español. Ganador del Premio Minotauro de Novela Fantástica, del Premio Asturias de Novela y de varios premios Ignotus, su obra siempre se ha caracterizado por un inteligente mestizaje de géneros y temáticas que la convierten en algo muy personal y siempre interesante. Parte de ella ha sido traducida al francés, al portugués, al turco y al polaco. Ha cultivado la ciencia ficción, la fantasía oscura  y la novela policiaca con elementos fantásticos, como en su serie de Sherlock Holmes, compuesta de cuatro novelas.
Fieramente humano es su novela más reciente del ciclo narrativo de «La Ciudad»: una serie de relatos donde se dan cita, a plena luz de día y en la ciudad contemporánea, algunos de los elementos más oscuros e inquietantes de la tradición fantástica.

ANTICIPO:

Despertó y contempló al hombre que dormía junto a ella. Medio echado de lado, indiferente a cuanto pasaba a su alrededor, parecía completamente en paz.
La mujer se incorporó despacio, midiendo cada movimiento. Sus articulaciones protestaron y, ante eso, se mordió el labio, tratando de no hacer caso del calor que la golpeó de pronto en el vientre y que estuvo a punto de arrancarle un gemido de placer. Salió fuera de la cama y volvió a mirar al hombre dormido.
Dentro de su cabeza, sus pensamientos eran un campo de batalla en el que todos los contendientes perdían.
Despacio, rodeó la cama y se acercó por el otro lado. Miró aquel cuerpo relajado, ajeno al mundo, y una llamarada de odio y deseo hizo que le costase trabajo mantenerse de pie.
Soy una mujer, cabrón, pensó. Una mujer. Una maldita mujer, hijo de puta. No soy tu juguete.
Cerró el puño y, durante un minuto interminable, fue incapaz de hacer nada. Luego, con una violencia que la llenó de un placer salvaje, dejó caer la mano cerrada sobre el cuerpo dormido. Golpeó. Una, dos, tres veces. Y en cada ocasión, algo estalló en su bajo vientre y la hizo sentirse colmada, completa como nunca antes.
Soy una mujer, cerdo.
Golpeó una vez más y se detuvo de repente. El hombre dormido no parecía haber notado nada, pero un pensamiento se coló de pronto en la cabeza de la mujer.
¿Qué haces? Vete de aquí, no pierdas el tiempo.
Retrocedió y abrió la mano, y aquel gesto le costó más de lo que parecía posible. En el armario, encontró ropas y se vistió en silencio. En el umbral de la habitación, se detuvo, dio media vuelta y echó una última mirada al hombre dormido.
Soy una mujer, hijo de puta, pensó una última vez.
Salió al salón y echó a andar hacia la puerta de la casa. Sin encender las luces, recorrió el pasillo, asustada por cada pequeño ruido y roce que la noche producía a su alrededor.
En el recibidor, la vio.
La gata gris, lamiéndose indiferente las pezuñas y jugando con algo pequeño y flácido cubierto de pelos. Al ver a la mujer alzó la cabecita maliciosa y dejó escapar un maullido desganado.
Ella apretó la mandíbula una vez más y sintió cómo el pánico volvía líquidas sus tripas.
No, mierda, no, no lo voy a permitir.
Siguió avanzando.
La gata pareció haberse olvidado de ella, demasiado ocupada jugando con el cadáver del pequeño animal que había capturado. La mujer pasó a su lado y no le prestó atención.
Eso es, maldito demonio. Eso es, sigue jugando. Sigue ocupada. Olvídate de mí. Yo no soy importante, no me prestes atención.
Casi había llegado a la puerta de la calle cuando lo oyó. Cerró los ojos y su mano se crispó en una garra alrededor del pomo.
No, no hagas caso, se dijo a sí misma. Sigue caminando.

—¿Vas a alguna parte?
Algo la hizo girarse en contra de su voluntad. Niete Nowan, totalmente despierto y con una erección bailando entre sus piernas, la miraba con su sonrisa afilada y sus ojos azules y vacíos brillando en la oscuridad.
—¿Vas a alguna parte? —repitió.
Sí, cabrón, pensó. Me voy a recuperar mi vida. Me voy a mi casa. Me voy a buscar el cuchillo más largo que encuentre y luego voy a volver y jugar con tus tripas, hijo de puta.
Pero lo que dijo fue:
—No.
Sus rodillas temblaron. Dentro de su vientre algo suave, afilado y delicioso, la despojó de toda voluntad.
—No —repitió.
Cayó al suelo, derrotada.
—No —dijo de nuevo.
—Mejor —respondió Nowan—. Mucho mejor. Vuelve a la cama. Tenemos cosas que hacer.
Dio media vuelta y echó a andar, sin esperar a ver si ella lo seguía. Lo hizo, deslizándose a cuatro patas por el pasillo, sintiéndose sucia y disfrutando de cada momento.

Taira contempló a sus antiguos asociados. Los cuatro se sentaban frente a él, sobre sus propias piernas, con las manos en los muslos y tratando de aparentar que se sentían a gusto en aquella postura. Kirk lo conseguía, más o menos; y Connheath se las apañaba para dar la sensación de que sentarse de ese modo siempre había sido natural para él. Lindsey, en cambio, se veía a todas luces incómodo e intentaba buscar, sin que se notase demasiado, una postura más agradable. En cuanto a Salima, como siempre, era indescifrable.
—Ayer hablé con Kirk, y llegamos a la conclusión de que era mejor estar todos juntos, presentar un frente común contra aquello que nos persigue. Y que mi casa era un buen lugar para hacer eso. Al fin y al cabo —arqueó una ceja—, la he construido para que me proteja. Y no debería representar ningún problema que os protegiera también a vosotros. Mis hombres son leales, están bien entrenados y su eficacia es… mortal, os lo aseguro. No garantizo que estemos seguros del todo. Cómo garantizar algo así. Pero lo estaremos tanto como en cualquier otro sitio, y más que en muchos otros.
—Parece razonable —dijo Connheath.
—Sí, aunque lo razonable y lo cierto no tienen por qué tener nada que ver.
En aquel momento, se descorrió uno de los paneles de papel de arroz y dos mujeres entraron en la sala. Dejaron té y algo de comida frente a los invitados de Taira, y luego se fueron después de hacer una silenciosa reverencia. A Taira no se le escapó el modo en que Sakura miraba a Kirk, y volvió a preguntarse qué era lo que el gaijin habría hecho con sus mujeres la otra noche. Hmmm. Tendría que averiguarlo. Pero ya habría tiempo para ello.
Desayunaron en un silencio interrumpido aquí y allá por algún comentario apreciativo sobre la comida o alguna pregunta trivial para matar el tiempo. Taira respondió a los cumplidos con una sonrisa y una inclinación de cabeza; y a las preguntas con un par de frases lacónicas que no decían nada.
Luego, una vez terminado el desayuno, dio dos palmadas, esperó a que retirasen las tazas y platos y solo entonces dijo lo que tenía pensado decir desde un principio:
—Desde mi conversación con Kirk han pasado varias cosas. No, no me refiero a las muertes de Tumbara y Jordan. Por lamentables que sean, ya no podemos hacer nada por ellos. Hablo de algo de una naturaleza un poco más… práctica. Tras la partida de Kirk, alguien se puso en contacto conmigo y me ofreció su ayuda. Decidí aceptarla.
—¿Alguien? ¿Quién? ¿Qué clase de ayuda? —preguntó Connheath, mientras Kirk fruncía el ceño y Lindsey se mordía el labio.
—Tus preguntas son pertinentes, amigo mío. Pero mejor dejaré que él mismo las responda.
Hizo la seña convenida y la puerta se abrió tras sus antiguos asociados. Ninguno de ellos se volvió para enfrentarse con el recién llegado. Así que lo teatral de su entrada se malgastó; solo Taira fue testigo y, al fin y al cabo, él ya lo esperaba.
El hombre que acababa de entrar no pareció contrariado por aquello y siguió caminando. Rebasó a los tres hombres y la mujer sentados en el suelo y se detuvo junto a Taira. Se volvió entonces y los miró en silencio.
Ellos alzaron la vista y lo miraron a su vez. Vieron a un hombre alto, de facciones angulosas y altivas y mirada de depredador. Vestido de negro y con los brazos cruzados, los contemplaba con una ceja arqueada.
—¿Quién es este tipo?
Tal como Taira había esperado, Kirk fue el primero en hablar. Y no parecía muy contento.
—Soy el doctor Jasón Zanzaborna, Raymond Kirk —dijo el hombre de negro. Su voz, tranquila y profunda tenía una autoridad casi desganada—. Y soy, quizás, una de las pocas posibilidades que tienes de salir con vida de esta.
Kirk pareció encontrar aquello muy gracioso.
—No me digas.
—Lo acabo de hacer.
Kirk chasqueó los labios.
—¿De qué va este tío, Taira?
—«Este tío» va de sí mismo, Raymond Kirk —dijo Zanzaborna—. Si quieres saber algo de mí, pregúntamelo.
—¿Qué es usted? —intervino Connheath. Su voz no parecía hostil, sino vagamente interesada en todo aquello, como si estuviera sopesando la posibilidad de un negocio.
—Un hombre.
—Eso ya lo he visto.
Kirk abrió la boca, estuvo a punto de decir algo, se lo pensó mejor y guardó silencio.
—Dice que puede ayudarnos a salir con vida de esta —siguió Connheath—. ¿Cómo?
—Enfrentándome a lo que va tras ustedes y destruyéndolo, por supuesto. Algo que ninguno de ustedes puede hacer.
—Tonterías —masculló Kirk.
Zanzaborna se limitó a mirarlo con una sonrisa de medio lado y una ceja arqueada.
—Ya veo —dijo Connheath—. Y supongo que usted tiene las habilidades necesarias para llevar a cabo esa… tarea. Eso me plantea dos preguntas, amigo mío. La primera es cuáles son esas habilidades. Y la segunda, por qué quiere ayudarnos.
—Su vida o su muerte no me importan demasiado —respondió Zanzaborna—. Pero la criatura que va tras ustedes es… un reto interesante. Mucho. En cuanto a su primera pregunta, digamos que soy un mago.
Kirk se echó a reír.
—¿Un mago? No jodas, amigo. ¿Cómo vas a detener a ese tipo? ¿Sacando una paloma de la manga y lanzándosela a la cara? ¿O haciéndole juegos de manos hasta que se muera de aburrimiento? Esto es absurdo. Este tipo es un farsante.
—No lo es —dijo Salima, de repente.
—¿Qué?
—No lo es —repitió la mujer.
—¿Cómo puedes saber…?
—Lo sé.
—Ella tiene razón. Kirk —dijo Lindsey. Parecía enormemente nervioso—. No es ningún farsante.
—Venga, gordo, ¿cómo cojones puedes saber…?
—Lo sé. Y Connheath también lo sabe. Y Taira. Y si estuvieras menos ocupado en tratar de controlar la situación, tú también lo sabrías.
Lindsey se mordió el labio y bajó la vista. Kirk intentó replicar algo a lo que acababa de decir y descubrió que, en realidad, el maldito gordo tenía razón. Sí, claro que el tipo era lo que decía ser. Claro que podía ayudarles. Lo había notado en cuanto lo sintió entrar en la habitación. Pero, mierda, aquello no le gustaba. La situación empezaba a escaparse de su control, y aquello era algo que…
—La situación nunca ha estado bajo su control, Raymond Kirk —dijo Zanzaborna.
—Que te jodan, amigo. Está bien, es un puto mago, tal y como dice. Y si todos estáis de acuerdo en que nos ayude, adelante. Pero no me fío de él, ¿está claro?
—Hace bien. Yo tampoco me fío de ustedes. Pero ustedes me necesitan. Y, en cierto modo, yo los necesito a ustedes. Así que podemos llegar a un entendimiento, pese a todo.
—Que te jodan, amigo —repitió Kirk.

Hugin y Munin llevaban todo un día llevando cosas al tuerto. Revoloteaban un par de veces en la cocina, se posaban en la encimera y añadían algo al confuso y heterogéneo montón que se estaba formando.
El tuerto revolvía aquí y allá, de vez en cuando encontraba algo prometedor y, con un fruncimiento de boca y un guiño de su ojo sano, lo incorporaba al guiso indescriptible que llevaba varios días cociéndose en la enorme olla.
A veces miraba a los cuervos con reprobación, y en ocasiones les preguntaba de dónde habían sacado aquello o lo otro.
Munin no respondía. Se atusaba las alas con el pico y, de algún modo, se las apañaba para dar la impresión de que se estaba encogiendo de hombros.
Hugin miraba al tuerto, guiñaba los ojos en un gesto que siempre parecía burlón y terminaba lanzando algún comentario al aire:
—¡Calla y trabaja, viejo verde!
O bien:
—¿Qué coño te importa?
Mientras trabajaba en su guiso, el tuerto dejaba vagar sus pensamientos. Como vagabundos dentro del territorio familiar de su cabeza, iban y venían, giraban, saltaban y, a veces, tan solo se detenían.
Pensaba en su hijo. En lo que quedaba de él, disolviéndose lentamente dentro de la olla. El muchacho nunca había sido un prodigio de inteligencia, eso era cierto. Pero al fin y al cabo, nunca se le había pedido que lo fuera. Era poderoso y era brutal; directo y simple, sin complicaciones innecesarias, rápido para la risa e igual de rápido para la rabia. Y nunca había necesitado nada más de él. Ahora sería distinto. No intentaba recrearlo. De hecho, no estaba muy seguro de lo que intentaba, más allá de la vaga idea que lo había impulsado, meses antes, a descender a la helada cueva donde se conservaba aún el antebrazo de su hijo.
Pensaba en su padre. Él mismo convertido en una estatua de hielo. Un gigante frágil e inmóvil. Un solo tañido de la uña del tuerto podría haber convertido su cuerpo resplandeciente en astillas. Y en realidad, por qué no hacerlo, se había dicho al verlo. Por qué no, había pensado, con el antebrazo del muchacho a buen recaudo y a punto de abandonar la cueva. A todos los efectos, el viejo gigante de hielo estaba muerto. No ganaba ni perdía nada si destruía su cuerpo. Quizá por eso no lo había hecho.
Pensaba en el modo en que todos habían ido desapareciendo. Languideciendo lentamente, oscurecidos en la memoria de los hombres a medida que el hijo del carpintero y el nuevo panteón que había traído con él (aquellos diosecillos célibes, atormentados y llenos de culpas y frustraciones) se iban apoderando de sus recuerdos, sus miedos y sus esperanzas. No había habido Ragnarök alguno. Ningún brillante y sangriento Götterdamerung lleno de gloria y muerte. Solo un lento disolverse en la oscuridad del olvido.
Pensaba en cómo se había resistido, en cómo se había negado a desaparecer, en cómo, pese a todo, siguió insistiendo en existir cuando todos los demás se habían rendido. ¿Tozudez? ¿Estupidez? ¿Valentía? Las dos primeras, sin duda. De la tercera no estaba muy seguro.
Pensaba en Jasón Zanzaborna, y en el asunto en que se había metido. Traería consecuencias, eso lo sabía muy bien. Pero no podía hacer nada por evitarlo. Y en realidad, de haberlo habido es muy posible que no lo hubiera hecho. Jasón le gustaba; lo suficiente como para recomponer sus pedazos y ayudarlo a ponerlos en su sitio, si al final quedaba alguno lo bastante grande. Pero nada más. Y, al fin y al cabo, se decía, ¿qué derecho tenía nadie a hacer más? Jasón había tomado una decisión, y tendría que llevarla hasta sus últimas consecuencias; si sobrevivía, entonces podría recomponerse. Si no… Bueno, esas cosas pasaban, al fin y al cabo.
Hugin y Munin seguían engordando el montón de objetos de la encimera. Y él, con sus pensamientos dejados al pairo, rebuscaba y a veces encontraba algo prometedor. Como el pulgar de un niño, la chapa de una botella, un gusano medio vivo, cuentas de colores, o un cordón umbilical recién cortado.

Kirk, totalmente inmóvil, yacía en la cama sobre la que había intentado violar a Salima. Ahora estaba totalmente a su merced, después de que ella hubiera pinzado los nervios adecuados. Le había bajado los pantalones y, con sus uñas afiladas y frías, recorría el escroto del hombre.
En la mente de Kirk apenas había sitio para nada que no fuera el miedo. Pero ese «apenas» era suficiente para que algo que solo podía ser deseo le provocara una erección. Intentó hablar y descubrió que no podía. Y, por primera vez en toda su vida, descubrió lo mucho que lo excitaba sentirse indefenso.
Salima clavó sus uñas en la carne de Kirk. Este cerró los ojos.
En ese momento, se abrió la puerta de la habitación y Zanzaborna entró por ella.
—Por favor, no lo haga —dijo.
Salima, sin abandonar su presa sobre el escroto, se volvió a medias y contempló al mago.
—Estoy en mi derecho.
—Lo sé. Sé lo que Kirk ha intentado hacer, pero… lo necesitamos. Y me temo que le necesitamos… íntegro. Nos serviría de poco hecho un guiñapo y lamentándose por su virilidad perdida.
Salima pareció dudar unos instantes.
—No renuncio a lo que es mío.
—Ni yo se lo pido. Podrá… eh… recolectar su trofeo después.
—Si es que hay un después.
Zanzaborna asintió.
—Cierto. Si es que lo hay.
Salima se apartó y dejó que Zanzaborna se hiciera cargo del cuerpo desmadejado de Kirk. El mago lo cogió en sus brazos y lo cargó fuera de la habitación de la mujer. Poco después lo dejaba en su cama. Lo miró con reprobación y dijo:
—Recuperará pronto la movilidad. Pero antes, permítame un consejo. Por una vez, deje de pensar con sus genitales. Su vida puede depend…
Se interrumpió de pronto, alzó la vista y olfateó.
No, no era posible. ¿Tan pronto?
Dio media vuelta y salió de la habitación de Kirk tan rápido que no parecía tocar el suelo. Recorrió la casa de Taira, siguiendo aquel olor elusivo que, en realidad, no era un olor. Un grito de horror le confirmó que iba por buen camino y, poco después, entraba en la habitación de Lindsey.
El gordo estaba arrodillado en el suelo, con las manos en los oídos y un llanto silencioso y desesperado escapándose de sus ojos. Frente a él había una figura. Una imagen tan tenue e insustancial que hasta la respiración de Zanzaborna la hacía titilar y estremecerse.
La proyección de Nowan sintió la presencia del mago, dio media vuelta y se enfrentó a él. Por un instante, por menos de un microsegundo, pareció sorprendido. Luego, la sonrisa vacía y afilada volvió a brillar en su rostro y, de repente, lanzó un beso a Zanzaborna. Sus labios articularon un «pronto» que quedó flotando en el aire mientras la figura se desvanecía.
El doctor notó que algo tropezaba contra él. Comprobó su poder enorme mientras pasaba a su lado y sintió vértigo. Se agarró al marco de la puerta para no caer y apretó los dientes.
Solo era una proyección. Una excrecencia de sí mismo. No es posible que tuviera tanto poder.
Pero negar lo evidente no servía de nada. Tomó aire y trató de presentar una apariencia de tranquilidad. Los demás vendrían pronto a ver qué había ocurrido y aparecer débil ante ellos era un lujo que no podía permitirse.
Miró a Lindsey, todavía arrodillado en el suelo, y enseguida comprendió qué le había hecho Nowan.
Sordo. Lo ha dejado sordo, se dijo. Qué exquisitamente apropiado.

—Tienen un mago.
Varda, hecha un ovillo en el suelo, alzó la vista y abrió la boca.
—Tienen un mago. Qué inesperado. No es que les vaya a servir de mucho, por supuesto, pero lo hace un poco más interesante. Sí, sin duda.
Varda volvió a ponerse cómoda. Nowan dio media vuelta, regresó al salón y se dejó caer sobre el sofá.
—Un mago —murmuraba—. Y parece un hombre de recursos. Será interesante.
Cerró los ojos. Todo aquello empezaba a volverse aburrido. Al principio había estado bien, había resultado gratificante ir cobrando las facturas que se le debían al oscuro corazón de las tinieblas. Había disfrutado con ello. Pero tras cada nueva muerte iba volviéndose más aburrido, y ahora tenía ganas de acabar con aquello de una vez.
Sí, la presencia del mago lo volvía algo más interesante. Pero tampoco mucho, en realidad. Al día siguiente (al amanecer, ¿por qué no? Era un momento tan buen momento como cualquier otro) se ocuparía de ello. Terminaría con aquel asunto de una vez.
¿Y luego?
Luego… No estaba seguro. Podía hacer cuanto quisiera, cuanto deseara. El mundo entero podía ser su patio de juegos. Pero no tenía muy claro a qué jugar.
Por primera vez en mucho tiempo, recordó su pasado y se preguntó cuál sería su futuro. ¿Importaba en realidad? Sabía bien lo que era: una máquina de destruir bien engrasada, un peón en manos de la oscuridad. Se le había concedido poder con un propósito, y sabía muy bien que el hecho de disfrutar de ese poder, no tener escrúpulo alguno en utilizarlo y volcarlo una y otra vez en su propia satisfacción tan solo era un modo de empujarlo a hacer aquello para lo que se le había creado.
Diseñado.
Construido.
Elaborado con precisión, paciencia y malicia.
Eso era él. Una extensión del corazón de las tinieblas. Su mano. Su garra quizá.
Pero, al contrario que una mano o una garra, tenía voluntad propia, deseos propios y pensamientos propios.
¿Acaso importaba eso?
En realidad, no.
Haría lo que tenía que hacer. Y disfrutaría con cada momento de ello. Y luego… Lo que pasara después no tenía ninguna importancia. Lo que pasara después, en realidad, no existía.
Se dio cuenta de que no estaba solo y abrió los ojos.
La mujer, desnuda y de pie, lo contemplaba con una mezcla imposible de rabia y deseo. Sonrió. Era hermosa. Uno de sus mejores juguetes. La compulsión que había instalado en ella no había anulado su voluntad y había luchado (y lo seguiría haciendo) cada vez que él la tomaba. Sin embargo, seguía intentándolo, incapaz de resistirse al placer.
Se relamió, anticipando todo lo que la mujer podría darle aún, antes de deshacerse de ella. Clavó la vista en aquel rostro perfecto concebido para que lo tomasen, y en aquella boca hecha para chupar, tragar y lamer. Bajó los ojos y recorrió un cuerpo que parecía haber sido diseñado para ser poseído violentamente y disfrutar de cada centímetro de él que se resistiera.
Sí, el mejor juguete que había tenido en años, sin duda.
—¿Qué quieres? —preguntó.
La mujer intentó que su voz sonase normal mientras decía:
—¿Qué va a ser de mí?
—Vas a darme todo lo que quiera, por supuesto. Creí que eso había quedado claro.
Ella negó con la cabeza.
—No. Quiero decir después. Cuando hayas acabado.
Él sonrió.
—¿Después? Después dejaras de serme útil. El mundo está lleno de juguetes. Buscaré otro. Aunque no todos serán tan buenos como tú, eso es cierto.
—¿Y qué va a ser de mí?
Nowan se encogió de hombros.
—Si ya no me sirves, ya no le sirves a nadie. Te mataré.
Casi la oyó tragar saliva. Su miedo era algo delicioso, casi tanto como su resistencia, como su rabia, como su deseo.
—¿Por qué? Si ya no te sirvo, ¿por qué no me dejas marchar?
Se encogió de hombros de nuevo.
—No me apetece. Además, uno no deja sus juguetes para que otros jueguen con ellos. No, esas cosas no se hacen.
Ella intentó resistirse, pero empezó a temblar, y Nowan se dio cuenta de que estaba llorando. Sintió unos deseos terribles de hacerle daño y hacerla disfrutar de su propio dolor. Se tocó la entrepierna. Sí, ¿por qué no?
Se incorporó.
—Te mataré. Esta noche —dijo—. Te tomaré por todas partes y luego te mataré. Y disfrutarás de todos y cada uno de esos momentos. Te lo prometo.
Cumplió su promesa.

El doctor Zanzaborna recorría la casa de Taira, plantando aquí y allá sus centinelas, estableciendo sus defensas y dejándolo todo preparado para la llegada de Nowan. Sabía que no se haría esperar, que no tardaría demasiado. Quizá no aquella misma noche, pero no mucho más tarde. Por la mañana, tal vez.
Mientras lo hacía, mientras lanzaba un gesto aquí, murmuraba un conjuro allá o dejaba caer una maldición algo más lejos, no paraba de pensar en su viejo maestro. En los años pasados con él.
Habían sido unos buenos años. Incluso sin necesidad de magnificarlos por la nostalgia, lo habían sido. Fueron los años en que aprendió a conocerse a sí mismo y a explorar el mundo; a encontrar el verdadero poder que yacía dentro de él y a sacarlo a la luz. Fueron los años en los que se convirtió en lo que era ahora.
Sí, fueron buenos, sin duda.
Y luego, el momento en que se había alzado ante su maestro. Aquel día en que comprendió que ya no tenía nada que enseñarle y que, por tanto, había dejado de ser su aprendiz. Aquella tarde en que se había enfrentado a él, totalmente desnudo, sin más armas que él mismo y el poder que había dentro de él.
El montón de ceniza humeante del que se escapaba un último lamento. Una vez había sido un hombre. Un mago poderoso. Un maestro. Pero ya no.
El doctor Zanzaborna cruzaba el jardín, se detenía ante el paisaje de miniatura y contenía una sonrisa ante montes que le llegaban al pecho, árboles que no pasaban de su pantorrilla y ríos que podía cruzar de un solo paso.
Y seguía recordando.
No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado desde entonces, desde aquel momento en que se enfrentó a su maestro y lo convirtió un cúmulo de cenizas cuyo último suspiro había sido desbaratado por un golpe de viento.
A veces le parecía que había sido ayer.
Otras, que hacía mil años.
No importaba demasiado. Desde aquel momento en que se había convertido en el maestro de sí mismo, en cierto modo, el tiempo había dejado de fluir, de tener importancia. Solo la búsqueda de poder, el modo de refinar y concentrar su uso. El resto había sido irrelevante.
Y todo para llegar este momento, se dijo.
¿El momento de su triunfo? ¿El de su muerte?
En cualquier caso, se decía, un momento que sería recordado. Para siempre. Ganara o perdiera, triunfara o fuera destruido, la batalla que iba a tener lugar allí se recordaría en los próximos mil años. O más.
Eso no alejaba la punzada de miedo que lo acompañaba. Pero al menos la volvía manejable. De momento.

El hombre tuerto puso el fuego al mínimo de potencia. Tapó la olla y se quedó largo rato inmóvil, contemplando en apariencia la pared que había frente a él.
Sí, ya. Era el momento.
Extendió los brazos frente a él, con los dorsos de las manos enfrentados. Sus dedos hicieron presa en el aire y, lentamente, comenzaron a tirar. Apretó los dientes. Una gota de sudor resbaló por su nariz. Siguió tirando.
Sí, por fin.
Tomó aliento y continuó separando los brazos. Poco a poco, una grieta se abrió frente a él y, poco a poco, fue agrandándola, partiendo en dos la realidad, separándola, alterando la forma del universo, aunque fuera a una escala mínima.
A medida que la grieta se agrandaba, la cocina se iba volviendo la pesadilla de un mal pintor surrealista. Todo alrededor del desgarrón que el tuerto estaba abierto, se deformaba, perdía la proporción y se volvía fluido, a veces arrugado, quebrado tal vez.
Indiferente a ello, el tuerto seguía con su tarea, hasta que la grieta tuvo un tamaño suficiente para que un hombre adulto pudiera pasar por ella. Solo entonces se detuvo.
Su respiración era un jadeo. Su rostro estaba cubierto de sudor. Y sus dientes, tan apretados que durante unos minutos fue incapaz de relajar la mandíbula. Al fin, pudo lanzar algo que era medio silbido medio suspiro y murmuró:
—Bueno, he hecho trabajos mejores. Pero no está mal. Y será suficiente.
Lo que se divisaba más allá de la grieta no tenía sentido. El tuerto sonrió al contemplarlo.
—Venga, muchacho. No es momento de componendas. Adelante.
Con paso decidido, se internó en la puerta que acababa de abrir en la realidad y desapareció más allá.
Hugin y Munin revolotearon unos segundos por un espacio completamente absurdo, y luego le siguieron.

Nowan llegó, de hecho, poco antes del amanecer.
Descubrió las defensas que el mago había alzado y dedicó unos segundos a luchar contra ellas. Comprendió que su propósito no era detenerlo, sino demorarlo y, sobre todo, comprobar el alcance de su poder. De acuerdo, que lo comprobara.
Luego, con un encogimiento de hombros, toda la arquitectura delicada de conjuros, trampas, sortilegios y maldiciones, se desvanecieron como si no hubieran existido.
Cruzó el jardín. Se detuvo junto al bosque de bonsáis y, con un gesto, los desarraigó e hizo astillas.
Veinte hombres armados con acero resplandeciente y vestidos de negro lo atacaron. Sonrió y se convirtieron en un confuso revoltijo de vísceras sangrantes.
Entró en la casa.
Recorrió un largo pasillo en sombras. Distinguió las cinco figuras lejanas y vio cómo una de ellas daba media vuelta y echaba a correr. Bueno, que corriese, no podría escapar de sí mismo. Ninguno de ellos podía.
Un rectángulo de luz partía el pasillo. Se asomó a la puerta y vio a un Lindsey desconsolado con un taco de billar en la mano. Le devolvió el oído que le había robado el día anterior y, con él, toda la música que lo había acompañado a lo largo de su vida.
Su cabeza reventó en un acorde definitivo y, con un encogimiento de hombros, Nowan continuó su camino.

Connheath echó a correr en cuanto vio la figura de su verdugo recortarse a lo lejos en el pasillo. Que los demás se enfrentaran a él, se dijo. Que aquel tipo que decía ser un mago le hiciese frente. No había llegado hasta donde lo había hecho apostando a un caballo perdedor.
Seguía corriendo, atravesando un pasillo tras otro, dejando atrás una sala tras otra, sin mirar lo que había a su alrededor, buscando una salida que tenía que estar cerca. Y luego, una vez fuera, ya se las compondría.
Miró a sus espaldas sin dejar de correr, a la vez que entraba en una sala llena de bultos de aspecto humano, iluminada por el preludio de un amanecer que se colaba por dos enormes ventanales.
Sus pies resbalaron en suelo demasiado pulido. Incapaz de detener su carrera, chocó contra algo y cayó al suelo. Sus manos tocaron placas de madera lacada y su pecho se abrió como una mujer bien dispuesta ante lo que solo podía ser la punta de una lanza. Ahogó un grito, y un borbotón de sangre se escapó de su boca.
Tumbado en el suelo, con la punta de la lanza saliendo de su pecho obscena y ensangrentada, miró a su alrededor. Comprendió dónde estaba, pero poco le importaba ya el haber chocado contra una armadura ceremonial y haberse ensartado a sí mismo de un modo completamente estúpido.
Tenía que levantarse. Tenía que seguir corriendo. Como fuera. No importaba. Tenía que hacerlo.
Solo que apenas podía moverse. Apenas podía hacer nada que no fuera toser sangre y permanecer inmóvil.
Oyó un ruido. Pequeños pies almohadillados sobre el suelo de madera. Y, a la luz mortecina del amanecer que comenzaba, vio el cuerpo gris de la gata que avanzaba hacia él.
No, se dijo. Aquello no. De todas las cosas posibles, aquella no.
La gata trepó por su cuerpo, lamió la sangre de la lanza y se acercó a su rostro. Connheath sintió las arcadas, pero no tenía fuerza ya ni para vomitar. Y, cuando la gata empezó a devorarle el rostro, fue incapaz de gritar. Se dio cuenta de que estaba llorando. Y de que, en realidad, nada de cuanto hiciera tenía ya demasiada importancia.

—Así que tú eres el mago —dijo Nowan.
Zanzaborna asintió. Tras él, Kirk y Salima, sin darse cuenta de lo que hacían, se habían acercado el uno al otro. Taira, ataviado con su ropa ceremonial, mantenía la mano en la empuñadura de su espada.
—¿Y no vas a preguntarme quién soy yo?
—¿Es que acaso importa?
Nowan sonrió. Había verdadera emoción en aquella sonrisa, y Zanzaborna lo encontró más inquietante aún que su vacía expresión de triunfo de unos segundos antes.
—No, por supuesto que no. Sin embargo, me privas de un chiste, me impides mostrarte mi ingenio. Y eso hace que no me sienta bien.
—La lamento. Cuán desconsiderado por mi parte. Así pues, ¿quién eres tú?
—Soy nadie.
El doctor arqueó una ceja.
—Oh —dijo Nowan—, en ningún momento dije que fuera un buen chiste. Ni que fuese original, ya que estamos. Al fin y al cabo, ya lo usó ese insufrible griego que vivía de su ingenio para cegar al cíclope. Podría haber dicho que soy Nemo, pero aquel francés pagado de sí mismo ya creó un personaje que se hacía llamar así.
—Así que has decidido hacer doble o nada y te has llamado a ti mismo Niete Nowan —apostilló Zanzaborna.
El joven entrecerró los ojos.
—Te estás impacientando, mago. Y eso no es bueno. No es que la paciencia te vaya a servir de nada, entiéndeme. Pero ya que vas a morir, al menos procura hacerlo con estilo.
—Eso está aún por ver.
—Sin duda. Es posible que mueras suplicando y humillándote. —Sonrió—. ¿Ves? Ese sí que ha sido un buen chiste: tú te referías a que aún estaba por ver la certeza de tu muerte. Yo, en cambio, decidí interpretarlo del otro modo posible. ¿La culpa? Tuya, por supuesto.
—Claro, cómo no.
—En fin. ¿Qué más da? ¿De verdad esperas ganar?
—Es una posibilidad.
Nowan negó con la cabeza.
—No para ti. No frente a mí. Puedes irte, ¿sabes? Abandonar esta historia que no te incumbe. Salir de ella y dejarla atrás.
Ahora fue el doctor quien negó con la cabeza.
—No, no puedo. Ya no. La he hecho mía. Y ahora es mi historia, tanto como lo es tuya. —Señaló a sus espaldas—. O de ellos.
—Como quieras. Mejor así, supongo.
Echó a andar y, antes de que Zanzaborna comprendiera qué ocurría, descubrió que acababan de hacerlo a un lado y que Nowan estaba frente a frente con Taira. El doctor parpadeó. Apretó los puños y convirtió su miedo en algo lejano y molesto con lo que tendría que lidiar más tarde. Echó a andar, pero antes de que hubiera dado un paso, Taira y Nowan se desvanecieron frente a sus ojos.
Intentó explorar, lanzó su mente y trató de localizarlos, pero no había rastro alguno de ellos.
No. No podía ser. Pero en su interior alguien se estaba riendo, alguien que parecía una versión envejecida y maliciosa de su viejo maestro. Idiota, decía entre carcajada y carcajada. Imbécil. Has mordido más de lo que puedes masticar. Y ahora vas a pagar el precio.
¡No!
Parpadeó y miró a su alrededor. Salima y Kirk lo contemplaban con el ceño fruncido.
—Váyanse. Él volverá y entonces intentaré detenerlo. Cuanto más lejos estén de aquí, tanto mejor.
Los dos se intercambiaron una mirada y luego abandonaron la habitación.
Zanzaborna se sentó, tomó aire y rebuscó en su interior. Reunió hasta la última brizna de su poder y se dispuso a esperar.
La gata salió en ese momento del pasillo en sombras. Se detuvo a unos metros de él y se sentó sobre sus cuartos traseros. Parecía mirarlo con interés.

El hombre tuerto vagaba por algo que no existía. Que no había existido. Que nunca iba a existir. Hugin y Munin revoloteaban a su alrededor.
Allí estaban. Todas las vidas que no habían sido. Los finales que no habían tenido lugar. Las historias que no habían llegado a ocurrir.
Y él necesitaba una. Solo una de ellas.
Miró a su alrededor, aunque no había un alrededor hacia el cual mirar. Contempló la miríada de posibilidades no realizadas y se preguntó cuál escogería.
Una de ellas pareció consciente de él. Se acercó. Se dejó caer en el hueco de su mano abierta.
¿Por qué esa?
¿Y por qué no?
El tuerto sonrió, al reconocer la posibilidad, al darse cuenta de lo que era. Sí, cómo no. Una vida que debió haber nacido treinta años antes, frustrada por los planes del corazón de las tinieblas. Apropiado, en cierto modo retorcido.
Así que asintió.
En ese momento, vio que algo revoloteaba junto a sus cuervos, acercándosele. ¿Otra? Pero él solo necesitaba una para lo que pretendía. Una sola. Nada más.
Sin embargo, la posibilidad truncada insistía en acercársele y, cuando estuvo lo bastante próxima, comprendió que ella también pudo haber sido real hacía treinta años; que, al igual que la que yacía en la palma de su mano, era una vida que pudo haber nacido de no haber sido por un viaje al desierto.
Pero daba igual. Una sola era suficiente.
Dio media vuelta y echó a andar, de vuelta al mundo. Hugin y Munin lo siguieron.

Nowan regresó de pronto.
—¿Sigues aquí? —preguntó.
Zanzaborna se puso de pie y asintió en silencio.
—Aún puedes irte, mago.
—No.
—Como quieras. —Se encogió de hombros—. La verdad es que no tengo tiempo para esto, ¿sabes? Creí que tu presencia lo haría un poco más entretenido. Pero me temo que no ha sido así. Será mejor que acabemos cuanto antes.
Alzó una mano y, de pronto, el universo entero entró en la mente del doctor Zanzaborna. Barrera tras barrera fue atravesada como si no existiera y lo infinito, lo ilimitado se las arregló para encontrar acomodo en lo finito.
—Adiós —escuchó Zanzaborna una voz lejana.
Apenas le prestó atención, pues estaba demasiado ocupado en la contemplación de todo cuanto existía.
Era…
Era…
No había palabras para describir lo que veía, lo que sentía, lo que había dentro de él. Maravilloso y aterrador. Retorcido, oscuro, luminoso e inacabable.
Y él era…
Él era…
Insignificante.
La palabra lo golpeó como una bala disparada contra su alma. Su cabeza saltó violentamente hacia atrás y Zanzaborna cayó al suelo.
El universo huyó de su mente, lo dejó solo, imbuido tan solo de su propia pequeñez. Su insignificancia trivial.
El doctor se apoyó en el suelo, parpadeó y trató de enfocar la vista. Todo cuanto había a su alrededor era irrelevante, mediocre, vulgar y pueril. Como él mismo.
Sintió que las lágrimas le recorrían el rostro y se preguntó por qué no lo había matado Nowan. Luego empezó a reírse, una risa cruel y afilada dirigida contra sí mismo. ¿Matarlo? Había hecho algo peor, infinitamente peor: le había mostrado lo insignificante que era, y luego lo había dejado abandonado a su suerte.
Lo había destruido y luego le había permitido seguir con vida.
Riéndose y llorando a la vez, el doctor Zanzaborna se hizo un ovillo en el suelo.

El tuerto regresó al mundo, con una posibilidad frustrada en el hueco de su mano. Esperó a que Hugin y Munin hubieran vuelto también y empezó a cerrar la grieta que él mismo había abierto.
La realidad casi se había recompuesto del todo cuando sintió que algo intentaba cruzar. Comprendió enseguida lo que era y trató de apresurar su tarea.
Demasiado tarde. Una nueva posibilidad sin desarrollar pasó al mundo, revoloteó un instante junto a su hermana y luego desapareció.
El tuerto terminó de cerrar la grieta.
Bueno, se dijo. Él tenía lo que quería. No importaba demasiado que algo más hubiera cruzado. O tal vez sí. En cualquier caso, no había mucho que pudiera hacer al respecto.
Abrió la olla y, con mucho cuidado, casi con ternura, dejó caer dentro lo que había llevado consigo.
Revolvió unos instantes y luego volvió a colocar la tapa. Subió la intensidad del fuego durante unos segundos y lo apagó.
Bien, no tardaría mucho, se dijo mientras se sentaba, sacaba una pipa y empezaba a fumar.

Salima y Kirk habían descendido por el acantilado, habían encontrado un pequeño yate y se las habían apañado para hacerlo salir a alta mar.
Eso no les sirvió de mucho cuando Nowan los alcanzó.
—Así que sois los últimos —dijo—. Supongo que es apropiado.
Dio un paso hacia ellos y vio cómo se separaban. Sonrió.
—Bueno —dijo—, no habéis sido gran cosa como padres. Pero sois mis padres. No sé si eso significa algo.
Kirk miró a Salima incrédulo. Y esta le devolvió una mirada de desprecio.
—Sí, papi. Me engendraste allí, en los túneles, ¿recuerdas? Luego, cuando me dio a luz, mami se libró de mí tan pronto como pudo. Me entregó a Olmo. Aunque él no estuvo mucho tiempo conmigo, claro.
—¿Por qué? —preguntó Kirk.
Salima se encogió de hombros.
—En fin. La familia reunida después de un buen tiempo, y todo eso. ¿Cuál quiere ser el primero? ¿Ninguno? No, me temo que esa no es una opción.
Se acercó a Salima. Ella enfrentó su mirada.
—Eres valiente, mami. Y hermosa. Si no estuviera tan harto de todo esto, te haría mía ahora mismo. Pero… Bueno, qué más da.
Posó una mano sobre el vientre de ella.
—Estuve cómodo aquí dentro. Eso creo.
Salima sintió que algo se rompía dentro de ella. Notó cómo sus entrañas implosionaban, arrastrando todo cuanto era a la nada.
—Adiós, mami.
Hubo un destello de luz, un crujido apenas audible, y Salima se desvaneció como si no hubiera existido nunca.
—Bueno, papi. Te toca. El último.
Kirk retrocedió. Tropezó con algo y cayó al suelo. Nowan se acercó a él, se agachó y, de un modo despreocupado, desmenuzó su pie. Kirk trató de gritar, antes de comprender que no sentía dolor.
—Lo haremos rápido, pero primero…
De un golpe desganado le arrancó los genitales y los arrojó por la borda. Kirk vio desaparecer la cosa más importante de su universo y comprendió que ni siquiera se le permitía lamentarse por ello, sentir dolor ante lo que acababa de pasar. Intentó hablar.
—Oh, vaya, unas últimas palabras. Dime, papi.
—Eres un peón. Un instrumento. Como nosotros. Y, cuando dejes de tener utilidad, se van a librar de ti. Igual que de nosotros.
Nowan sopesó las palabras que acababa de oír.
—Sí —dijo, al cabo de un rato—. Es posible. Es más que probable. Pero ¿sabes?, en estos momentos no me importa un pimiento.
De un manotazo lánguido convirtió el rostro de su padre en un puzle desmoronado.

Lo que entró en la cocina era un guiñapo tembloroso que el tuerto apenas pudo reconocer como al doctor Zanzaborna. Entró arrastrándose y lloriqueando y se desplomó sobre el suelo.
—Hmmm —dijo el tuerto—. Sí. Suponía que pasaría esto.
Tenía un bebé en el hueco del brazo. Una niña sonrosada y sonriente. Le hizo unas cuantas carantoñas y luego se arrodilló junto al cuerpo del doctor.
—Estás vivo, amigo mío, que es más de lo que se puede decir de muchos. —Miró al bebé—. Yo creo que se recuperará, ¿y tú? —Ella gorgoteó algo—. Sí, eso me parecía.
Le dio la vuelta al doctor. Sus ojos eran un vacío atormentado.
—Sí, Jasón. Te recuperarás. Te va a costar, no va a ser fácil y puede que mueras en el proceso. Pero te recuperarás.
Con una sola mano, cargó el cuerpo del doctor sobre su hombro y echó a andar fuera de la cocina. Iba murmurando mientras lo hacía.
—Bueno, pequeña, dejaremos que descanse un poco. Y luego lo pondremos en el camino adecuado. ¿Te parece bien? Sí, yo también pienso lo mismo. Tendré que ponerte un nombre, criaturita. Sí, un nombre adecuado y breve. ¿Eva? ¿Te parece bien? ¿Te gusta? Sea, pues. He oído nombres peores.

compra en casa del libro Compra en Amazon Fieramente humano
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑