Flashman a la conquista de Abisinia

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En octubre de 1862, el emperador de Etiopía mando una carta a la reina Victoria en la que le ofrecía una alianza y, tras dos años esperando respuesta, decidió encarcelar al representante británico como represalia y protesta por el desinterés de su majestad. Este incidente diplomático desencadenó el envío de una expedición militar angloindia, encabezada por Sir Robert Napier y en la que, como se podría suponer, va nuestro protagonista, para hacer lo que mejor sabe: trabajo "entre líneas" muy cerca de los servicios secretos británicos, y que le permitirá desplegar todas sus habilidades pragmatismo, cinismo y capacidad para el engaño. ¿Cómo conseguirá esta vez salir airoso y aparentar que es un dechado de virtudes patrióticas

ANTICIPO:
La expedición había desembarcado hacia tres meses´ Pero todavía llegaban diariamente barcos de suministros, soldados y buques de guerra que se unían a la flota de vapores, barcos de vela y pequeñas embarcaciones que entregaban su carga en la carretera elevada que salía de la bahía. Había también un ferrocarril con vagonetas que trasladaba los artículos al interior, donde se apilaban en montañas de fardos y cajas entre las tiendas de campaña que se extendían hasta lo lejos.

Era la pesadilla de un intendente, demasiado equipo desembarcado en la costa demasiado rápido y ningún lugar donde colocarlo, y la confusión todavía empeoraba debido a la multitud arremolinada de lo que alguien llamaba «la democracia portuarias: mandos y culis de Madras, generales y tamborilero», cuadrillas de los muelles, tanto negra» como blancas, trabajando a las órdenes de capataces civiles desesperados, soldados de faena que ignoraban los aullidos de sudorosos suboficiales, oficinistas y aguadores, mujeres nativas recolectoras de forraje y todo tipo de africanos y asiáticos, y un Arca de Noé entera de animales. Junto a nuestro puesto en la carretera elevada se izaba a unos elefantes desde una barcaza hasta el muelle, chillando y trompeteando mientras se balanceaban peligrosamente en las alturas sujetos por unas bandas en el vientre, y las grúas chirriaban y temblaban hasta que las enormes bestias llegaban al suelo con un peligroso golpeteo de trompas y patas; los soldados, lanzando tacos, ensillaban y cargaban unas muías que tenían una pata atada para evitar que salieran corriendo; las bombas de agua bombeaban su comente en enormes tanques con ruedas en el ferrocarril… porque cada gota de agua de Zoola tenía que llevarse a la costa desde los condensadores de los barcos en la bahía, y ya mientras ponía los pies en tierra, una de las mangueras se partió por la mitad derramando el agua entre las mulas de carga y serpenteó en torno a las patas de los elefantes, que chillaron y retrocedieron presas del pánico, mientras sus conductores se agarraban a sus trompas para tranquilizarlos.

La cabeza de puente de Gran Bretaña en Abisinia era, en efecto, un caos espantoso, que el polvo y el hedor empeoraban infinitamente. Más allá de la bahía y el campamento se extendía una llanura plana, con

las montanas a lo lejos, pero apenas se podían ver entre la nube de color amarillento que se cernía sobre las tiendas, las cabañas y los rooties, e incluso las aguas de la bahía, cubriéndolo todo con un polvillo fino que había que sacudirse constantemente de la ropa y la piel y escupir.

Pero eso no era nada comparado con el olor, un espantoso hedor a carroña que se te agarraba a la garganta y convertía la respiración en una agonía ponzoñosa.

—Si cree que esto es malo, tenía que haber estado aquí hace un mes —dijo el wallah de transportes que supervisaba la carga de mis cajas fuertes en una vagoneta del ferrocarril. Era un señorito muy fino, lánguido y afable llamado Twentyman, un húsar con espantamoscas y todo, seguido por un chico con un cubo de agua alcanforada cuya obligación era dar trapos húmedos a su jefe para que se quitara el polvo.

—¿Que qué es eso? Pues miles de animales muertos pudriéndose, eso es. Los caballos caen como moscas, las muías también, nadie sabe por qué, los veterinarios no han visto en su vida nada igual —dejó caer el trapo húmedo en el cubo con un suspiro cansado—. Gracias a Dios que están los buitres, si no, tendríamos una epidemia.

Me presenté, esperando tener que explicar mi llegada, pero no fue necesario.

—¡Lo sabemos todo de usted, sir Harry! —dijo, alegremente—, El correo del balandro de Jedda nos trajo noticias suyas la semana pasada, y una delegación del Estado Mayor lleva esperando tres días con mucha expectación. Así que éstos son los spondulikos que tanto hemos esperado, ¿eh? Maravilloso, llévelos a bordo, sargento, y usted, intérprete, traiga a sus hombres más fuertes para que nos echen una mano, pórtese bien.

Me despedí precipitadamente de Ballantyne, que estaba ansioso por volver a respirar aire fresco, él mismo y su barco, y me subí a la vagoneta con Twentyman, seguido por los marines, que se sentaron en las cajas fuertes.

—Bien hecho, sargento, dejen los traseros ahí bien colocados —aprobó Twentyman—. No se tiene nunca el cuidado suficiente con el 33.° Regimiento de Infantería a mano, porque son unos ladrones irlandeses y unos tíos desesperados. Así que mantengan el ojo en los dólares o Paddy saltará por encima de la valla con los bolsillos sonando… ¿Qué? Intérprete, jildi jao, sub admi push karo!

El intérprete aullaba y fustigaba a los culis con su bastón, y nos vimos impulsados hacia la parte delantera del camino. Dije que estaba muy bien que tuviesen un ferrocarril, con una carga tan pesada como la mía, y pregunté hasta qué distancia llegaba.

—Cinco millas más o menos —dijo Twentyman, muy contento—. Hay unas ciento veinte hasta Attegrat, así que me temo que tendrá que usar muías, señor. Recorren unas doce millas por día, suponiendo que las consiga, porque tenemos menos de diez mil animales de carga cuando se supone que deberíamos tener treinta mil. Bueno, ya le digo. Bandobast de Bombay…

Di gracias a Dios interiormente por no formar parte de aquella expedición, y le pregunté cuándo podría dar noticias a Napier de mi llegada.

—Ah, dentro de un par de horas… el telégrafo está sólo a mitad de camino de Attegrat, pero tenemos unas banderas de señales de día y unas lámparas de magnesio para los mensajes nocturnos, es lo último, de lo más moderno… ¡Ah, ahí está uno de los miembros de la delegación! ¡Hola, Henty, al fin está aquí!

Mientras saltábamos, un tipo robusto y con cara de buey con guardapolvos y quepis iba desmontando y nos sonreía ampliamente, con la mano tendida.

—Juraría que no me reconoce, sir Harry! —exclamó—. George Henty del Standard… compartimos un alojamiento con Billy Russell y Lew Nolan en Sebastopol, cuando usted cayó con disentería. ¡Antes de que mataran al pobre Lew, y usted y Cardigan cargasen hacia la gloria!

Me estrechó la mano como un hermano a quien se ha perdido hace mucho tiempo, pero yo no le recordaba en absoluto.

—¿Sabe que fue usted quien lanzó mi carrera periodística? —exclamó—. Yo estaba en intendencia del hospital, ya sabe, hasta que ofrecí un artículo al Advertiser describiendo su participación en la carga y… bueno, aquí estoy.

Yo me preguntaba si aquél sería el idiota que había escrito aquellas grandilocuentes paparruchas que George Pagel, que Dios le maldiga, recortó y enmarcó y colocó en el comedor del 4.° Ligero, todo eso de que «con gran nobleza y poderío cabalgaba el gallardo Flashman, con los ojos relampagueantes». Y tirándose pedos como un balón que se deshincha, aunque eso ellos no lo sabían…

Mi idea más inmediata fue bajar los humos a aquel bruto que se tomaba demasiadas confianzas, pero es mejor estar a bien con la prensa, así que exclamé que desde luego, le recordaba muy bien, y le pregunté qué tal le había ido durante todos aquellos años. Él se puso rojo de gratitud al ver que el famoso Flashy recordaba.

—¡Pero aquí hay otra persona que está contando los minutos para verle al fin! —exclamó, y emergiendo de una tienda, salió el gigante Goliat vestido como si fuese a una boda gitana, y yo me quedé pasmado, con la boca abierta.

Aparte de Mangas Coloradas, era el hombre más enorme que había visto en mi vida, casi de dos metros de alto, y con la complexión de un gorila gigante. Su cuerpo enorme estaba envuelto en una túnica hecha de melenas de león, que le cubrían desde el pañuelo blanco que llevaba en torno al cuello hasta las enormes botas de media cana. Lucía una barba negra que le llegaba hasta el pecho, gafas con montura de concha y fez, y una lanza en una mano y una sombrilla de paja en la otra. Para completar aquel espectacular atuendo llevaba también un sable en la cintura, un revólver metido en el cinturón y un escudo redondo nativo colgando a la espalda. Cuando sonreía, con el brillo orgulloso de sus dientes entre la barba, parecía un ghazi que hubiese tomado hachís y entonces habló, enérgico y chillón, apretando suavemente mi mano con la suya, como un párroco que me diese la bienvenida a la iglesia.

—Charles Speedy, sir Harry, antiguo ayudante del 10.° de Punjabis. Yo le vi en tiempos en el Grand Trunk, junto a Fatehpur, hace mucho, mucho tiempo, pero usted no me vio.

«Entonces debía de andar yo escondido y con traje de paisano», pensé. Mi asombro debía de resultar patente, porque él hizo una mueca juguetona y abrió los brazos.

—Sir Robert Napier quiere que me vista como un nativo, cree que eso impresiona a los sidis locales, ¡benditos sean! Soy su consejero político, y ahora mismo, su comité de bienvenida —esbozó otra alarmante sonrisa, acompañada por unas palabras más alarmantes todavía—. No hace falta que le diga lo contentos que estamos de tenerle aquí con nosotros.

Aquélla era la primera insinuación que tenía de la posible y espantosa consecuencia de la misión que estaba llevando a cabo simplemente para hacer un favor a un antiguo compañero de colegio. Por supuesto, aquellas palabras se podían interpretar de dos formas, y no perdí ni un momento en darles el sentido correcto.

—No estoy con ustedes. Más bien simplemente les entrego el mensaje —e hice un gesto hacia las cajas que los culis estaban descargando bajo el ojo vigilante de Twentyman y mi sargento Bootneck—. He oído que cuesta diez días llegar hasta Napier con muías. ¿Anda muy corto de efectivo?

—Bastante, pero con un baúl de dólares cubrirá sus necesidades inmediatas, y le llevaremos esto al interior en menos de cuarenta y ocho horas. No puede tener los bolsillos vacíos cuando se reúna con el rey del Tigre para arreglar nuestro paso a través de su territorio. Napier lleva días esperando en Attegrat, pero su majestad se retrasa, probablemente para no comprometerse. Theodore puede estar muy lejos, pero aun así estos pequeños gobernantes le tienen muchísimo miedo —soltó una risotada retumbante—. Como político, me corresponde a mí convencer al rey Kussai de que nosotros somos el lado ganador, de modo que cuanto antes lleguemos al sur, mejor. Usted, Henty y yo podemos repartir el contenido de un baúl de plata entre nuestras sillas y llevarnos un par de animales. ¿Lo oye, George? Puede dejar de escribir y hacer algo útil a cambio…

—No ocurre todos los días que se estrechen las manos dos leones como sir Harry FIashman, C. V., y el Basha Fallaka—dijo Henty, guardándose su libretita—. Los dos juntos sois una buena noticia, Charlie. ¿Cuándo salimos, pues?

—Después de tiffin —dijo Speedy— Si a sir Harry le parece bien… —Henty se rió y dijo que no le parecía raro que los abis le llamasen Basha Fallaka, que significa «jefe rápido», una bromita sobre su nombre de Speedy.

A mí él ya me estaba pareciendo demasiado rápido para mí. Apenas llevaba diez minutos en tierra firme y ya me estaba arrastrando a una silla de montar un Goliat loco vestido de carnaval para que me internara por el país y galopase cuarenta y ocho horas seguidas hasta el puesto de mando de Napier. Cierto, le había jurado a Speedicut que vigilaría aquellos dólares todo el camino hasta Attegrat, pero aquello había sido en Trieste, con las huestes del mal merodeando por allí, y ahora estaba allí el propio oficial político de Napier para hacerse cargo del asunto… y después de aquella mención de que yo estaba «con ellos», no deseaba aproximarme al teatro de operaciones más de lo imprescindible, no fuese que Napier tuviese la idea de meterme en el embrollo. Ya conozco a esos malditos generales. Ya me he enfrentado a ellos antes.

Por otra parte, yo estaba retirado y bien retirado, y no vestía la casaca de su majestad desde China, en el 1860, y necesitaba el kitab personal de Napier para que me pagara el viaje de vuelta a casa. Él esperaría sin duda que fuese a verle, y a mí, tonto de mí, no se me ocurría ninguna buena excusa para no hacerlo. Tenía que haberle dicho a Speedy que había cogido las paperas o que tenía dolor de tripa, o hacer cualquier maldita cosa con tal de quedarme a una distancia segura de la campaña que, a juzgar por el pesimismo y las discusiones que generaba, prometía ser la mayor catástrofe desde la retirada de Kabul.

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8 Opiniones

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  • Soberano
    on

    Pues la última (definitivamente última, me temo, por desgracia) entrega de Flashman es, de nuevo, una novela divertidísima de aventuras y rigurosamente histórica. Sigue la nunca confesada pasión de Flashye como viajero por los parajes que recorre y gentes que conoce, sus disparatados embrollos, su legión de personajes históricos que convierten al propio Flashman en un tipo decente, y los momentos especialmente miserables marca de la casa.

    Una buena novela que se lee de forma distinta, sabiendo que ya no habrá más.

    Por cierto, aquí he encontrado una pintoresca ilustración de sir Harry…

    Flashman a la conquista de Abisinia

  • MarcusTarcus
    on

    Muy ilustrativa la imagen. Pero, a riesgo de despertar algunas iras, ¿no está algo sobrevalorado en conjunto Flasman como obra literaria?

  • gandalin
    on

    Buena imagen,,,,

    Os hago una pregunta que ya hice con la Serie del Fusilero Sharpe:

    ¿ Alguien me puede decir el orden desde la primera a la última de las novelas de Flashman? ¿ Aunque creo que no tienen hilo conductor de unas a otras, sí me apetece leerlas en el orden en que fueron siendo publicadas.

    Gracias.

  • Alberto
    on

    El orden de los libros es:

    1. Harry Flashman
    2. Royal Flash
    3. Flashman y señora
    4. Flashman y la montaña de luz
    5. Flashman el libertador
    6. Flashman se va al oeste
    7. Flashman y los pieles rojas
    8. Flashman y la carga de la Brigada Ligera
    9. Flahsman y el gran juego
    10. Flashman y el ángel del señor
    11. Flashman y el dragón
    12. ¡Tres hurras por Flashman!
    13. Flashman a la conquista de Abisinia

    Los libros de pueden leer sin problemas de forma independiente (aunque mejor seguir el órden) salvo el 6º y el 7º que deberían leerse por ese órden (so pena de destripar momentos clave del sexto)

  • gandalin
    on

    Muchas gracias. !!!! . Yo he visto en edición de Bolsillo de Edhasa al menos los cuatro primeros. No se si estarán todos.

    Chao

  • gandalin
    on

    Ya puestos, no se si sabes también el orden de la serie de Hornblower ( soplador de trompas) .

    Gracias.

  • Alberto
    on

    Pues no lo se, pero se puede consultar en la wikipedia.

  • JavJimBar
    on

    Marcus, como obra literaria no sabría decirte, ya que esos juicios críticos se los dejo a los intelectuales y demás faros de la cultura, pero como serie de novelas de aventuras es de lo más divertido que he leido en la vida.

    Francamente, no creo que el pobre McDonald Fraser intentara escribir el Ulises de Joyce ni nada que se le pareciera. Básicamente fue muy honesto con su trabajo y le daba al lector justo lo que le prometía: aventuras bien documentadas en fregados históricos, en los que incluía a Flashy con alfileres, intrigas amorosas y una serie de chistes habituales, que el lector se esperaba, pero que no por ello resultaban menos divertidos. El inmoral desenfado de Flashy le convierten en el mejor antihéroe que he leido, y en uno con el que resulta muy fácil identificarse: cobarde -pero sensato-, salido como el pico de una mesa, y algo cabroncete, aunque en el fondo no sea tan mala persona. Es uno de los personajes más reales que hayan sido creados.

     

    Por cierto, qué imagen más cojonuda. Existen un par de portadas de Frank Frazzeta que yo pensaba que eran de lo mejorcito, pero ésta es de lo más representativa.

    Un saludo

    Javier  

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